23 de noviembre de 2010

La condena




Habían pasado los años, casi imperceptiblemente, con una mezcla de melancolía y dejadez que no dejaba marcas. Aparentemente. Hacía mucho ya que no sacaba aquellas fotos del cajón porque lo único que lograba era constatar de la forma más dolorosa el hecho de que aquella ya no era la misma mujer. Y los cambios físicos no eran lo más desalentador, sino aquella especie de invariable apatía que llenaba sus días y sus noches. Lo peor era que la benevolencia que en otro tiempo practicaba consigo mismo había dado paso a una actitud distante que prometía convertirse en censura, abiertamente y sin mucha demora. Comenzaba a odiarse.

Lo comprobó un día cualquiera mientras pasaba frente al espejo y la mirada apagada, sombría, casi sucia, desmintió su cuerpo aún apetitoso, altivo y sinuoso, su armadura. Se preguntó para qué le servía, de una forma casi soez, desvergonzada. Cuando salió a la calle el aire la abrió la liviana gabardina como deseando exhibir el pecho que viajaba indolente bajo aquel manto blanco y distinguido. La miraron dos hombre, murmurando, luego el cartero, obeso y sin afeitar. Lo miró ella también, obligándolo a bajar la vista. Y un instante después se sorprendió murmurando entre los rumores otoñales de las hojas. Quien te vería fozar aquí como un cerdo, gordo asqueroso... Seguía cruzándose con miradas ávidas, las de los hombres, y otras más esquivas a las que no prestaba mucha atención.

Se detuvo ante un escaparate y descubrió que nunca había actuado de aquella manera. De hecho despreciaba profundamente a quienes se sienten por encima de los demás, pero entonces... Los reflejos cambiantes del cristal servían de escenario a una reflexión basada en recuerdos vagos y visiones de épocas pasadas. Volvió a la carga... gordo asqueroso... jamás había siquiera pensado algo tan ofensivo de alguien. Simplemente, no se lo permitía. Estaba a salvo de aquellas miserias de los demás. Ella era diferente. Una señora.

Una hoja detuvo su vuelo ante el cristal y cayó a sus pies, danzando caprichosamente ante los vivos colores de las blusas, los trajes masculinos, las cinturones estrechos y brillantes. Ha muerto, pensó. Y parece alegre, sin embargo... Y yo viva y tan... Se le atragantó la palabra en la garganta y notó un cosquilleo en las fosas nasales. Las imágenes del escaparate perdieron nitidez y algo pesado le oprimió el pecho como la losa de una tumba. Contempló la carrera de las dos gotitas en el cristal, mejillas abajo. Luego se sacudió la tristeza con pasos firmes y vigorosos bajo una leve llovizna que consiguió calmarla poco a poco. Sonó denso y fatigado el reloj de la catedral, con sus pasos metálicos y cansados. Algo le hervía dentro. El cuero del bolso estaba humedecido por algo que nacía en sus manos siempre que la asaltaban aquellos repentinos estados de ansiedad y tristeza.

Pasó el lado de la tienda. Libritos de todos los tamaños, algunos con una llamativa tira cruzando su inofensiva geografía. "Anunciado en tv". Miró el rinconcito que conocía. Autores eslavos, desconocidos para cualquiera que no devorara los libros como ella lo hacía. Como si fueran su verdadero alimento. Una moderna edición del Decamerón y lo último de Saramago. Enfocó al fondo del local, a la mesa que conocía tan bien. Y allí estaba. Siempre estaba allí. Se preguntó por la razón de aquella calma invencible de hombre sereno e inconmovible, y un poco más tarde por la razón de aquellos dos adjetivos tan aparentemente precisos y esclarecedores. No sé nada de tí, pensó. Y de mí, tampoco. Súbitamente lo vio alzar la cabeza de la lectura y sonreír lentamente con la mirada, casi sin cambiar de posición, con aquella mezcla de desinterés y todo lo contrario. Tardó en reaccionar cuando se quitó las gafas y le hizo un gesto para que entrara, desde la penumbra de aquel local ajado y al tiempo bendecido por los años.

Tenía algo que le interesaría, le dijo, mientras ella dejaba la vista vagabundear por las estanterías llenas de colores opacos y aquella extraña formación de lomos con letras serias y circunspectas. Olía a un abandono natural, como huelen los bosques en otoño. Mientras él avanzaba por el estrecho pasillo entre columnas de libros dispuestos en equilibrios improbables, recordó su voz intimidada y casi ronca aquel día que había decidido olvidar. Cuántos años pasan desde el día que niegas sin saber bien por qué y ese otro en que, por la misma razón, te preguntas qué hiciste en aquel preciso momento.  Había abandonado su mirada como derrotado de antemano, pero la frase nació igualmente en su garganta triste. No sé por qué te quiero... Recordó sus pasos vencidos a través de aquellos mismos pasillos, y su propio rechazo manifestado sin la más mínima duda, con  aquel caminar altivo en dirección a la puerta, poniendo distancia con la estatua que ya no tenía ni valor para mirarla de nuevo.

Ahora se le antojaba no sólo extraño, sino también enfermizo y hasta humillante, el hecho de que aquel hombre se hubiera convertido con el paso de los días y las horas en "su librero". De repente no podía entender nada y se le hizo incluso más insoportable cuando su voz le llegó a los oídos. He marcado estas frases porque sé que te gustarán. A punto de asir el pasamanos, vislumbró al contraluz las huellas de su mano derecha en el barniz gastado de aquella madera amiga. Y pensó que en setenta y ocho años no había sido capaz de fijarse en nada verdaderamente importante. Se quedó mirando aquellas breves lineas mientras ella contemplaba los surcos de su piel pálida, casi translúcida. Algo le estalló dentro cuando sus ojos azules y desesperanzados descansaron como siempre lo hacían en los suyos, confiadamente, casi beatíficamente. Nunca tenía que confirmar nada. Él lo sabía y al cabo de los años llegó a saber que no necesitaba más que una sutil indicación para envolver el libro ciudadosamente en aquel papel que olía vagamente a resina y alcanfor.

Como si no fuera suya, observó la languidez de su mano cuando dejó el billete en la del hombre demorándose una eternidad. Notó su tacto frío y suave, el leve envaramiento de los dedos largos y cuidados, acaso un leve temblor al devolver las monedas. Oyó su propia voz como si una supuesta doble asistiera a la escena en lo alto de las estanterías, con un eco metálico y extrañamente monocorde. Estaré sola en casa esta noche. Las palabras caían desde la boca con lentitud de estrellas, con un sonido de lluvia traída por la fatalidad, como algo inevitable, orgánico. Ven a verme. Como él en aquel lejano día, desvió la mirada antes de dejar de hablar, como si le pesara más de lo soportable. Metió el libro en el bolso con un gesto mecánico y avanzó hasta alcanzar la puerta y salir al exterior de nuevo.

El hombre salió de la casa algo más tarde las tres de la madrugada y caminó muy lentamente hasta el auto, absolutamente ensimismado. Introdujo la llave en el contacto y encendió los faros. El rumor del vehículo apenas perturbó los ecos de la noche en calma, atravesando lentamente las avenidas hasta llegar al parking. Encajó su anticuado perfil entre dos rayas blancas observando que no había ningún otro coche alrededor, apagó el contacto y encendió parsimosiosamente un cigarrillo. El retrovisor reflejaba el alma incandescente de las dos farolas en el asfalto empapado por la lluvia tenaz, en una luz amarillenta y melancólica. Por qué... se repetía, con un dolor extraño ganando terreno entre los dedos, en los labios, en el vientre y el sexo, donde aún palpitaban las huellas insufribles de sus dedos, el calor imborrable de su aliento, la ronca agonía de sus suspiros rotos... 

Despertó entumecido, con un frío atroz envolviéndole el semblante y la sensación de haber muerto hacía mucho, como si morir no tuviera la más mínima importancia. El alba había nacido levantando una nube de brumas en el río, y las farlolas permanecían encendidas, contradiciendo al mecanismo que tendría que haberlas apagado. Se quedó mirando las llaves en el arranque, ensimismado, hasta que pasó un cartero obeso y sin afeitar. En la piel continuaba el rastro hiriente de sus manos incandescentes. Murmuró quedamente una especie de conjuro. No sé por qué te quise. 

10 de noviembre de 2010

Caer en gracia



El mundo se mueve merced a extraños engranajes y por más que se hable del esfuerzo y la constancia y toda esa matraca, está claro que la suerte cuenta y a veces mucho más de lo que pudiera pensarse. Por otro lado, parece que hay gente que nace con un don que no es nada común, y hasta en la desgracia tiene suerte.

La cosa viene al caso (obsérvese el escorzo léxico-fonético con atención, porfa) de un personaje que en otros tiempos se llamaba Kurt Savoy, y ahora ha decidido ponerse más "fashion" y se lo ha cambiado por Curro Savoy, que parece que va más con los tiempos. Este tipo se gana la vida silbando. Como lo cuento. No os vayáis a pensar que es cosa de fruncir los morros y ponerse a soplar como cuando te afeitas, no. Hay que silbar con cierto arte, como él. Pero lo gracioso está en cómo ha llegado a ese extraño destino. Resulta que estaba en un concurso de cantantes (qué feo ha sonado eso...) y en esto que se le olvida la letra de la canción y se pone a silbar. Y gana el concurso.

Dice que se fue para casita como unas pascuas, con veinte duros y una lata de Colacao de las grandes. "Porque no veas como las estábamos pasando". El hombre sigue dando guerra con su "Curro Savoy" a las espaldas, y ha venido a caerle en gracia a cierta gente de Radio 3. Gracias a ellos completamos un poco la foto del personaje con algún detalle curioso. Como tantos otros gladiadores del mundo de la música no llegó a completar sus estudios. Cuenta que el día en que debía examinarse, "con los nervios que llevaba",  cometió el pequeño desliz de olvidarse de su santa en una gasolinera. Y en esto que vio el bolso en el asiento y tuvo que dar la vuelta, lo cual le impidió realizar su sueño. La oportunidad no volvería a presentarse, pero lo que realmente sorprendió al hombre fue la reacción de su mujer. "Quería divorciarse y todo", dice con aire dramático. "Pero es que no pudo ser y qué se le iba a hacer. Conducí cinco o seis kilómetros marcha atrás, y claro,  los chóferes de los camiones se enfadaban". El entrevistador traga saliva y confirma los detalles. La cosa se pone aún más cachonda. "¿Por la autopista??" "Sí, claro".

Os dará la risa, pero el tío se pasea la geografía española (no sé si la de afuera también) de arriba a abajo, conoce a toda la gente importante y se bandea como un salmón en la corriente. Y encima lo sacan por la radio porque les ha caído en gracia.

Y es que tener gracia tiene su aquel. Aunque vengas de robar un banco. Es más, robar un banco también tiene su gracia.

http://www.youtube.com/watch?v=WycrKk-q-Bc&feature=fvsr

28 de octubre de 2010

El corcho



Van de un sitio a otro, confiados, con la copa en la mano, la mayoría rodeando el cáliz con dedos delicados, despreocupadamente. Ella, sin embargo, empuña el cuello transparente del cristal con firmeza, rodeándolo con el pulgar y el índice mientras los tres dedos restantes bajan por la copa como un coro de acompañantes hasta llegar a a la base, relajados. Su sonrisa ilumina los rostros de aquellos a quienes saluda con un simple gesto. Sólo se detiene un instante, cuando una amiga acaricia delicadamente su larga cabellera azabache, exhibiendo la envidia en la mirada.

La atmósfera está llena con la voz contenida y acaso ensimismada de Chet Baker, un tipo que fue vapuleado una y mil veces por la crítica de la época. Simplemente se atrevió a cantar y eso desató una tempestad. Probablemente es adecuada para que estas bocas se muevan unas frente a otras, mientras los ojos viajan buscando siempre a alguien, con discreción, y luego vuelven hasta el contertulio, que inspecciona el lugar de donde vienen para corresponder luego amablemente a la sonrisa que reclama de nuevo atención. A esto lo llaman una fiesta.

Hay un tipo sentado desmañadamente en una butaca de un color chillón y mate, opaco, un color denso, casi pesado, agobiante. Lleva una camiseta de listas blancas y verdes que desentona de una manera brutal con los vestidos oscuros y vaporosas de ellas, con los trajes de verano de ellos, con el suave perfume de la sala y las notas aisladas del equipo de música. Dos mujeres le escuchan sentadas en los brazos de la butaca, con expresión maternal y cierto aire protector. Él recita versos de un libro amarillento y sorbe muy a poquito el líquido dorado de la copa estrecha.

Sale el camarero y de la bandeja cae el corcho sin que nadie repare en el. Llega más gente a la sala haciendo subir la temperatura. Alguien abre la puerta del balcón para que corra el aire. La cortina se abate sobre la concurrencia hasta que alguien la hace prisionera. Chet insiste en su mensaje, "the thrill is gone..." sin conseguir que nadie preste atención a su voz de penumbras, a sus tonos de amante entristecido, derrotado.

Un hombretón pisa el corcho que ha caído de la bandeja y lo proyecta contra las piernas de una morena pálida con acento nórdico y cuerpo ligero. Dos pasos más allá una rubia mucho menos grácil da un paso hacia atrás, riendo la gracia de su acompañante. Su pie se desliza involuntariamente sobre el corcho y en una décima de segundo su compostura se transforma en un conjunto de ángulos descompuestos que vacila en el aire y termina aterrizando sobre una mesita auxiliar donde reposan botellas de licor, un recipiente con cubitos de hielo y un plato de cristal de bohemia en el que agonizan media docena de rodajas de limón.

El hombretón acude raudo al lugar de la catástrofe, interesándose por la mujer con expresión de preocupación. "No es nada, cariño". El afectuoso vocativo estalla en la sala como una granada de infantería. Ella exhibe por un instante una mirada confusa y después se sacude las ropas mientras él examina el suelo recién abrillantado, con un gesto de ira contenida. -Ricardo, siempre tan amable, ya veis-... Hay sonrisas maliciosas en los ojos de la concurrencia y un silencio que la dama intenta llenar con una incesante verborrea. -¿Va todo bien...c a r i ñ o?- Esta vez el vocativo se ha demorado eternamente hasta que al final ha salido de la boca de la morena con la lentitud quien atraviesa un campo de minas. Ni las moscas se atreven a poner fin al espeso silencio mientras ella atraviesa la sala haciendo girar la copa entre el índice y el pulgar. Al llegar frente al balcón, tira del lazo que sujeta la tenue cortina, y ésta vuela hasta encontrar el cuerpo del hombrón absorto, petrificado, y envolverlo como un sudario. Pero sólo los más alejados se atreven a celebrar lo cómico de la escena.

- Mi marido siempre ha sabido cuidar a las mujeres -. Las palabras se persiguen casi voluptuosamente, hasta que la frase llena el espacio entre las las paredes altas e inmaculadas. Ella lo mira, absurdamente inmóvil tras  el tul blanco, compone una mueca compasiva y finalmente se aleja dando la espalda con un movimiento de bailarina. Chet interpreta la escena desde una cabina de grabación de los años cincuenta, "this is the end, so why pretend...". Alguien entrega una servilleta para reparar los daños del cava en los brazos bronceados de la rubia, las damas examinan su cuerpo como buscando partes extraviadas y los hombres encuentran el momento adecuado para admirar los cuadros de las paredes, las exuberantes lámparas del  techo, los botones de sus chaquetas de lino, la boquilla humedecida de los cigarrillos, los flecos de las alfombras...

El hombretón aparta la cortina con un gesto de condescendencia, se excusa amablemente sin obtener respuestas, atraviesa la sala con paso vivo y da un manotazo a la puerta del interminable corredor. Al llegar al cuarto de baño arroja la copa contra uno de los espejos manchando la chaqueta con el flujo de cava que brota sin control del recipiente. Después, se va.

El incidente dio lugar a lo que más tarde sería conocido como "la guerra del corcho", una batalla comercial que costó incluso vidas humanas. El biógrafo del hombretón, aseguró que éste le confió poco antes de morir, que nunca había perdido el control de las cosas importantes de su vida. Con la excepción del corcho de aquella maldita fiesta. El camarero desapareció y no se supo más de él hasta pasados meses. La policía lo contabilizó entre las víctimas de la guerrilla. Nadie hizo preguntas.


(Imagen de Mundofotos.net)

17 de octubre de 2010

Flor





Te regalo una flor diminuta, del color de la paja y del sol, perdida entre otras muchas como ella, y sin embargo luminosa, diáfana, irrepetible.
Te la regalo porque es hermosa en su insignificancia, tan poca cosa que no hay con qué pagarla. 
Te la doy para que recuerdes que siempre hay muchas a tu alrededor, y poco importa si nos fijamos o no en su humilde apariencia de cosa-que-no-sirve.
Te prometo que vale tanto como el complejo mundo que un día levantamos y ahora se nos escapa  entre los sueños y la hojarasca de los días.
Te aseguro que esa pequeña flor es todo lo que en realidad tenemos.
Y es mejor que me creas.

26 de septiembre de 2010

Verano tardío



Tenía mal aspecto y pinta de no haber dormido bien en muchas noches. No era su problema. Abrió la cazadora y dejó que viera la pipa asomando en la cinturilla del pantalón. Cierra y ponte aquí detrás. La contempló unos instantes antes de empezar a retirar de las estanterías lo que le pareció más valioso. Algunos frascos de colonia se fueron al suelo estrepitosamente mientras iba y venía sorteando las mesas y los paneles publicitarios. Le echó otra rápida mirada y confirmó que no estaba nada bien. Se detuvo un instante y preguntó. ¿Se puede saber qué te pasa? No voy a hacerte nada, por si pensabas que soy el destripador. Le sorprendió la dificultad con que levantó los párpados. Hablar le costó más todavía .Si te llevas eso me veo en la calle... 

Ya. Vas a ser feliz con esta esclavitud mal pagada, ¿no? Los párpados se derrumbaron de nuevo, mientras el cuerpo se recostaba contra la pared. Volvió a su serie de frenéticas carreras entre los anaqueles, valorando en una décima de segundo si los relojes o los gemelos o los perfumes merecían realmente la pena. Cuando volvió a pasar ella reposabe en el piso encerado con las piernas descompuestas y el vestido recogido hasta la cintura. Tenía los ojos abiertos y una expresión ausente instalada en los ojeras violáceas. No había rastro de lágrimas en sus ojos, sólo un aura de impotencia que manaba de las cuencas de sus manos abiertas hacia el techo, como esperando una lluvia refrescante de la superficie metálica y abrillantada. Se inclinó y la miró mejor apartando los cabellos rubios de los ojos. De su nariz manaba lentamente una mucosidad transparente. Recordó las voces de su madre instruyéndolo siempre en la necesidad de las buenas costumbres y particularmente en la conveniencia de llevar siempre un pañuelo en el bolsillo. Secó con él la corriente que bajaba de los hoyuelos de la nariz. Después movio su cabeza para mirarla de frente hasta que ella retiró la mirada fijándola en algún punto del suelo, sin decir nada. 

Había rumores en el exterior y la claridad del amanecer prometía un día cálido y luminoso. Juró inconscientemente antes de que las palabras del Chorvo volvieran a taladrar su mente como tantas otras veces. No vales para esto, eres un pringao. Volvió a mirarla despacio. Sería bonita si cuidara más el cutis y se peinara más acorde con las últimas tendencias. Tenía la voz ronca cuando preguntó. ¿Es cierto eso que me has dicho? Los párpados se alzaron de nuevo, pesadamente, y en los ojitos negros brilló una expresión esperanzada. Se levantó, juró de nuevo y miró el reloj nerviosamente. Tendrás que colocarlo tú de nuevo, ¿vale? Miró el saquito donde había acumulado el botín de cualquier manera mientras la voz de ella se rompía sin llegar a hacerse comprensible. No podía dejar de mirarla mientras se abría camino hacia la puerta trasera. Definitivamente, era bonita. 

Advirtió la sombra que se precipitaba sobre él por puro instinto. Y por puro instinto la mano voló hacia el interior de la cazadora de cuero. Algo paró su carrera dos veces y lo dejó sentado ridículamente sobre los canalillos sucios de la acera, poblados de colillas de cigarros y de las hojitas secas de los plátanos jóvenes. Las fuerzas lo abandonaron súbitamente y su espalda cayó contra la pared. Por primera vez en su vida se fijó en el vuelo grácil e indisciplinado de las golondrinas. Vislumbró la silueta borrosa de un uniforme azul y una gorra de plato con manchitas blancas y azules. Después el calor de una mano menuda en la mejilla y unos cabellos dorados danzando ante unos ojos marchitados por esas típicas ojeras de los días de insomnio. Y la noche llegó extrañamente, cuando apenas el día había nacido. 

Ocurrió un lunes de un verano tardío. Un día limpio, cálido y luminoso como tantos otros.

2 de septiembre de 2010

De mis (hermosas) partes.





¿Por qué creéis que un tipo tarda media hora en salir del cuarto de baño? Porque dentro del cuarto de baño hay un espejo, lo saben hasta los perros. Entre tirar de la cisterna y repasar tu excelsa geografía hay una clara prioridad que engorda día a día la estadística. Esa que dice que un elevado tanto por ciento de los varones no tiramos de la cisterna. Lo que no dice es que lo hacemos porque tenemos algo más importante que hacer. Adorarnos. 






Nos adoramos porque pensamos que los demás no nos adoran lo suficiente. Y es rigurosamente cierto. No tanto como quisiéramos. Y sanseacabó. El narcisismo es una parte como otra cualquiera de la autoestima. Una que nos grita que somos más altos, más guapos y más inteligentes que cualquier físico nuclear. Porque sí. Porque pa eso somos nosotros y no los demás. Se entiende ¿no?. Mucho mejor que el misterio de la santísima trinidad, a fé. 



Servidor viene observando en los últimos días un desfile de pinreles por cierta red social que no puede menos de excitar sus centros neurálgicos. Los de uno. Y finalmente ha decidido unirse a la vorágine podal y enseñar sin pudor sus partes más hermosas. Ojo lo que andamos pensando a estas alturas. Esto es una casa decente. Aquí se reza al dios de occidente, se vota después de leer la prensa y se folla con la luz apagá, que ya bastante porquería hay en el internés. Pero tampoco está de más regalarse un poco la vista, que tiempo de no ver ná ya tenemos bastante por delante. Ea. 



Prima, ni se te ocurra hacer comparaciones, que te veo venir. Y si no me pinto las uñas es pa no terminar pintándome hasta los pelos de las orejas, que uno da el primer paso y el siguiente abre la puerta de los infiernos. A ellos vamos. Me acompañen, porfisss, que el cielo es muy aburrío. 



Ah !! Los requiebros en english, please. There you have given him, uncle !!



"Qué vicio tienes, criatura... Qué vicio"


La foto y el texto de la parte inferior son colaboraciones involuntarias de Toto, lo cual se le comunicará oportunamente. Gracias, prima.

13 de julio de 2010

De amores invencibles




Salió de casa con el gesto contraído de quien no ha logrado encontrar lo que perseguía. Lo que perseguía eran siempre pequeñas cosas, o quizás no lo eran pero tenían esa apariencia. Lo grande y lo pequeño son dos extremos de algo que jamás lograremos entender. Contra su costrumbre, cerró la puerta con violencia. Se arrepintió enseguida, cuando la aldaba proyectó su peso hacia adelante y luego cayó pesadamente sobre otra pieza del mismo metal amarillento.

El silencio de las escaleras murió bajo los ecos de los robustos tacones, ni demasiado altos ni excesivamente bajos. Aquella ventanita del tejado transmitía una luz mortecina que acompañaba al pasamanos de madera, dejando algún reflejo amable en las paredes. Se levantó la mirilla del vecino del tercero, como siempre. Maldijo su asombrosa desfachatez cuando el clic anunció que la observación había cesado. No se molestaba en disimular. En aquellas ocasiones habría deseado tener un cuerpo desmañado, completamente liso, grisáceo, casi invisible. Todo lo contrario de lo que tenía.

Poblaban las aceras algunos grupos de personas aisladas, llenando el espacio como si hubieran sido distribuídas por la mano de alguien que quisiera una escena que hablara de la soledad, del aislamiento. Cruzó el paso de cebra y suspiró al encontrarse bajo el manto de las hojas de los plátanos, con sus ramas entrelazadas para conseguir aquel paseo que llamaba a la calma en los días de agosto. Un río de frescura en el mar del estío bajo el que caminaba la gente ya desapegada de la soledad de las aceras.

Descansaban en un banco, los dos con las piernas cruzadas. Ella con los brazos atravesados también sobre el pecho y él repasando indolentemente las hojas de un periódico de un tamaño tal que lo obligaba a escorarse hacia la izquierda para no molestar a su acompañante. Portaba la mujer unas gafas negras, grandes y redondas, muy parecidas a las que había tenido tanto tiempo. Hasta que aquel día...

Entonces tuvo la extraña sensación de estarse viendo desde un punto en el pasado, como una espectadora de sus propios recuerdos. Creyó reconocer el cabello ensortijado de él, la correa de cuero envejecido que se negaba a cambiar porque había sido de su padre, los botones superiores de la camisa, desabrochados, el gesto concentrado de las cejas, las manos grandes y fuertes, los dos pequeños desiertos sobre las sienes.

Y en un instante tuvo la horrenda sensación de no poder recordar nada con algo de cariño. Como si los recuerdos hubieran sido cubiertos de una costra de olvido necesario, o se hubieran transformado en algo ajeno, algo que ya no le pertenecía. Aunque seguían donde estaban, bien pertrechados de detalles, de voces, de ruidos domésticos y olores de comida. Estaban, pero ya ni siquiera hacían daño.

Superó a la pareja y se dio cuenta de que tenían muy poco que ver con lo que ellos habían sido o representado. Ella había encendido un cigarrillo y balanceaba una pierna sobre la otra nerviosamente. Hizo una pregunta y él contestó con un monosílabo desganado. Continuó observando el leve baile vegetal sobre su cabeza y los rayos del sol que se colaban por los espacios que la brisa abría caprichosamente. Entre las hojas podrían vivir seres alados y diminutos. Hadas que no conocían el hastío, que nacían al día con una sonrisa tierna y entusiasta, siempre ansiosas por hacer de la vida un nuevo hallazgo. Y príncipes galantes, protectores. Y dragones amables y ranas de las que renacían los enamorados, depositado el beso necesario. Tenía que haber un mundo diferente, en algún sitio. Era absolutamente necesario.

Caminó hasta el final del paseo, intercambiando algún saludo, mientras en la memoria desfilaban las fechas y los aniversarios, las sonrisas de algún mayor que ya no estaba, el gesto concentrado de su padre, tan sabio y tan callado. Se detuvo y cerró los ojos un instante, para que nada impidiera la evocación de aquel rostro de marfil, sus cejas espesas e indisciplinadas, su boca rectilínea, sus pómulos de indio, su mirada de pozo. Se dijo que no había querido a nadie tanto. Estalló en el móvil el aviso de un mensaje. ¿Me invitas a cenar mañana? Y el sol tomó un tono más alegre, las hojas comenzaron a silbar bajito, los murmullos mecánicos de la calle adoptaron el preciso tono de un La mayor alegre y veraniego. En la esquinita de la pantalla brillaba su nombre en letras negras e impersonales. Claro, cariño. El mensaje se ha enviado correctamente. El dios del viento mandó una ráfaga de aire vigoroso y los pájaros protestaron entre las hojas, airados y orgullosos de no obedecer a nadie.

Era hijo de aquel hombre. Tenía sus mismas manos largas y huesudas, su estatura de estatua, su piel de cobre, sus ojos negros incendiados, su boca de pecado. Pero ahí terminaban sus herencias. Recordó aquel último día, la tormenta retumbando entre los montes como un mal presagio, los golpes bruscos de las puertas, los pasos apresurados avanzando por el pasillo exiguo, como enjaulados, la conversación de frases cortas e hirientes, aguzadas para causar el mayor daño posible. El ruído certero del vidrio de las gafas al quebrarse bajo el zapato abrillantado de él, su desprecio expresado en la ausencia de su mirada cuando la puerta emitió un veredicto y después un silencio de mármol.

Tomó de nuevo el teléfono en la mano y recorrió el menú hasta que el mensaje le iluminó la mirada y la sonrisa. ¿Me invitas a cenar mañana? Y el corazón se le expandió en un sentimiento que se parecía mucho a un refugio.

24 de junio de 2010

¿Feijóo con capirucho?




Llegó al poder a la sombra de una fotografía de un lider opositor embarcado en el yate de algún poderoso. La Voz de Galicia se encargó de reproducirla el día anterior a las elecciones y aquello parece que empujó definitivamente el mensaje de austeridad de nuestro inefable Alberto. Para cuando se hizo pública la superchería, el daño estaba hecho. Después se supo también que buena parte de su discurso sobre el despilfarro de Touriño era pura falacia y que la mayoría de los cochazos los había comprado Fraga.

Se ha gastado un pico en retirar los libros en gallego de las aulas (alguien ha preguntado si hay que meterlos en la cárcel, por gallegos, o quemarlos directamente, que es muy escandaloso pero más austero). Tampoco tiene reparo en pagar entre 800 y 1000 euros por una silla para el complejo Gaiás y 150.000 euros en mobiliario auxiliar, para engrosar un montante de 1,5 millones en lo que irremediablemente será el mausoleo de Manuel Fraga.

Pero ahora resulta que nuestro buen Alberto quiere más y no se le ha ocurrido mejor idea que financiar a algún grupo anti-abortista.

http://www.publico.es/espana/322873/feijoo/financia/boicot/ultra/ley/aborto

Todo ello bajo la bandera de la libertad. Feijóo queire que las gallegas puedan elegir. Y para eso tira de austeridad y les llena el bolsillo a los pro-vida (???) con el dinero de todos. ¡Qué hermosa es la solidaridad!

A estas alturas ya uno se pregunta si el drama que supone apartar nuestra lengua de las escuelas no es más que una cortina de humo para ocultar determinado tipo de cosas. Y dada la magnitud del disparate, es como para echarse a temblar. Uno no puede menos de asociar a los grupos anti-abortistas con organizaciones de extrema derecha y las hemerotecas están ahí para quien quiera comprobarlo: algunos de sus miembros acostumbran a llevar pistola.

¿Veremos algún día a nuestro Alberto ante una cruz en llamas?

22 de junio de 2010

Caos


Una tela de rafia, tupida y opaca, con una vena de un color más alegre. Algo simplemente útil para transportar grano, sirviendo de fondo a una escena siempre visible pero nunca contemplada.

Una trama metálica que ha creado una costra de óxido de hierro al contacto con la lluvia. Extraña criatura nacida sin querer de dos padres involuntarios.

Los restos moribundos de un vegetal ya reseco, convertido en invitado a una reunión extraña, poco natural, contra-natura, como diría un padre de la iglesia. Un árbol seco. Un fracasado.

Quizás el perfecto retrato del caos rutinario y habitual.

Del sin-sentido.

9 de junio de 2010

!!Vergüenza ¡¡

"Vous êtes complètement fous !!" Que significa, "Están Vds. completamente locos". Alguien tenía que decirlo alguna vez. Así de alto y así de clarito, en una de sus podridas instituciones. No perderse la parte final: no hay calificativos suficientes.


7 de junio de 2010

Sobre la moral


Nos ponemos la camisa blanca, que es símbolo de tantas cosas que ya nadie sabrá qué significa, pero queda bien. Limpia y da esplendor, como el limpiacristales. Llevamos a los críos a la catequesis a aprender las partes más sencillas del dogma católico, porque por lo visto ayuda a formarlos y a convertirlos en hombres y mujeres de bien. Unos años más tarde miramos para otra parte si por la mañana la habitación del chaval huele a ginebra más de lo debido porque es normal que a esas edades comentan algunos excesos, todos lo hemos hecho, y al fin y al cabo, con ventilar un poco se acaba el problema.


Después les buscamos un buen hombre o una buena mujer. Que no le pegue, si es él, y que no se haya cepillado a toda la facultad si es ella. Porque hay cosas que cantan más de lo que puede soportar la concurrencia de una misa de doce en un domingo soleado de ciudad civilizada de occidente. Lo demás queda en la apacible historia no conocida. Qué más da si se le escatiman unos euros todos los meses a la seguridad social, si aquella dependienta sigue esperando por el pago de esos vestidos tan caros que se le antojaron a una madre por los sesenta y siete en un momento de depresión pasajera, si el albañil no cobró a tiempo y pasa por la oficina un día sí y otro también a escuchar aquello de "no sabemos cuándo volverá". Son pecaditos. Como aquellas copitas de vino dulce de nuestras abuelas que producían un atontamiento tan dulce como el licor y después una sed brutal.


Las reglas de una cierta clase de moralidad se han inventado para hacerlas valer sobre aquellos a quienes dominamos, y no tienen ninguna otra utilidad. Lo mismo que las iglesias han sido concebidas para que la doble moral tome carta de naturaleza y se acomode en las conciencias de manera suave y sin estridencias, pacíficamente. Allí se le da la mano a cualquier pordiosero justamente para que se aparte de nosotros en cuando salga, para que se busque la vida y no moleste. Porque apartarlos como a los animales no queda bien.


Y lo curioso es que puede pasar la vida en ese no querer saber lo que se sabe, en mantener la calma mientras todo se oculta convenientemente, sosegada y pacíficamente. Qué extrañas nos resultarían esas comunidades donde el sexo no se esconde, donde las parejas retozan en una hamaca mientras los niños corretean a su alrededor mirándolos de vez en cuando con cara de curiosidad pero sin interrumpir sus interminables juegos. Hemos convertido la vida en una pura ocultación y al final no es extraño que huyamos de nosotros mismos, inconscientemente horrorizados ante tanta superchería.


Ni siquiera los viejos lo superan, pasada ya la vida, cuando ante unas copitas de orujo sonríen al recordar. El dichoso Braulio, cuentan, tan devoto él, que no podía estar en ningún sitio sin que lo persiguiera algún marido. Y las viejas, si están a la mesa, ríen con ellos y menean la cabeza como ahuyentando los malos pensamientos. Y aún algún secreto quedará ahí, entre la luz crepuscular y las copitas menudas que van dando cuenta de la botella de licor, porque quizás alguno de los presentes no debe saber según qué cosas. Cuántos secretos se irán a la tumba...


Asombra observar con qué celo se guardan los secretos de la vida afectiva, muy en particular, y cómo al final del camino todo son sonrisas cuando se recuerdan. Cómo las cicatrices y las furibundas críticas que levantaba la licenciosa vida del dichoso Braulio, son ahora objeto de una dulce indulgencia y una sonrisa donde late la complicidad cuando no la pura envidia. Condenado viejo, dirán unos y otras, recordando su lúbrica faceta mucho más que su laboriosidad o su prudencia con los negocios. Como si todo lo demás no hubiera merecido realmente la pena y ahora esos pecados fueran lo único realmente valioso. Nuestros trofeos para el más allá. Eso que nos hace pensar, “me habéis jodido, pero no tanto como pensabais”.


Será que lo que duele quedó atado a un momento en el tiempo y más allá del día, el mes y el año, no tiene más destino que el puro agotamiento. Y que al final de todo, a fuerza de golpes, decepciones y caídas, uno aprende que en la vida sólo hay una cosa que merezca la pena, y es vivir. Y a la moral se le aflojan las carnes de tan atroz manera que todos los potingues, las cremas y los afeites sólo sirven para darle una apariencia aún más penosa. Como a esas estrellas que, ya en los setenta, pasean su palmito por la televisión, naufragando en la patética fantasía de sus propios delirios.

27 de mayo de 2010

Terra




Teño unha terra nobre, fermosa, cumprida como poucas, verde coma un milagre, chea de luz e de misterio, de tebras e cantigas, acougada e fonda, vella e lanzal. Pode que repousada, ensimismada nunca.
Todo iso non o saben ver os meus governantes, pero iso é outra cousa.


Tengo una tierra noble, hermosa, colmada como pocas, verde como un milagro, llena de luz y misterio, de oscuridades y cantos, tranquila y honda, vieja y esbelta. Reposada quizás, ensimismada nunca.
Todo eso no lo saben ver mis gobernantes, pero eso es otra cosa.

21 de mayo de 2010

¿Contra qué?


Felipe González es un maestro a la hora de rematar las frases. Empezó con aquello de Otan No, y después remató la frase:.. de entrada. Hace unos días nos dio otra de sus impagables clases. Esto es una economía social, dijo. Y remató la frase: ... de mercado.
Ya lo pilláis, ¿verdad? Yo no entiendo un carajo de economía, pero a toda esta peña la conozco bien y es cuanto necesito para daros otra clase.

Esto funciona así, chavales, chavalas: como somos una economía de mercado nosotros le llenamos las alforjas a los poderosos y ellos a cambio nos dan trabajo. Si alguien está pensando en los parados no va por buen camino. El trato es que nos dan trabajo si somos rentables, obviamente. Si no, a pedir a Cáritas, que para está la caridad cristiana.

Si alguien le pregunta a un poderoso por qué se queda con los beneficios de nuestro trabajo, le dirá muy ancho que para eso arriesga sus ganancias. Porque si pierdo también es a cuenta mía, ¿comprendes?, te dirá. Y pondrá carita de padre franciscano y hasta te pasará la mano por el hombro en un gesto de cariño que tu habrás de agradecer si no eres un asqueroso radical antisistema. Si se te ocurre decirle que sería mucho mejor compartir ese riesgo colectivamente y socializar también la ganancia, te soltará el rollo de la libertad individual y seguirá con aquello de "ya ves en qué han acabado los sistemas socialistas" omitiendo el pequeño detalle de que ninguno hasta la fecha ha podido desarrollarse sin que lo agredan desde tierra mar y aire.

Eso lo sabíamos hace ya tiempo. Pero ahora resulta que la dichosa letanía del riesgo se nos ha quedado en bragas. Ahora resulta que eso no reza con los grandes capitalistas y nos encontramos con que la quiebra del sistema financiero amenaza "al sistema". Y entonces se concluye que hay que apoyar al sistema con nuestro dinero. Y todo ese que ha volado de no se sabe dónde (porque ahora resulta que hay dinero "volátil") para terminar en el bolsillo de los especuladores, los constructores y demás listillos del sistema, resulta que es intocable. Recordemos: esto es un sistema social... de mercado. De manera que hay que echar mano de ese que teníamos para escuelas, hospitales y demás. Se nos suben los impuestos y se recorta el gasto social. De repente resulta que las pérdidas causadas por el famoso riesgo de la iniciativa privada son socializables, pero los beneficios no. Ah, vale... que nos están dando por culo y en paz. Perdón por la incorrección.

Pues sí. Exactamente. El riesgo empresarial es asumible mientras no amenace al sistema. Cuando eso ocurre, nosotros ponemos los beneficios y santas pascuas. Y si no queda para comer, a Cáritas, lo dicho. Porque esto es una economía social... de mercado. Lo habéis pillado. Pero, ¿sabéis qué pasa? Pues que dicho así queda un poquito brusco, ¿no? Poco elegante, carente del glamour necesario y de la corrección política obligada en un país de primera división que diría Zapatero. Así que hay que disfrazarlo un poquito. ¿Sabéis como? Con una huelga general. Es decir, salimos a la calle, gritamos un poquito y nos volvemos para casita a comer latas de sardinas caducadas y a ver si Santa Rita arregla esto. Nos lo descuentan de la paga del mes (para mantener la apariencia de verosimilitud, aunque a muchos hasta les dará vergüenza... ) y a seguir viendo la tele como buenos cristianos.

Pues no, mira. No trago. Paso de esa mierda. Necesitamos una huelga general y muchas más, pero no para discutir de comas y decimales en tal o cual partida presupuestaria. Necesitamos una huelga general contra el puto sistema que es un asco, huele a podrido, está acababado y no da para más. Contra los banqueros, los especuladores y los gobernantes que han llevado el barco contra las rocas cuando más arreciaba la tempestad. Contra los Camps y las Aguirres que se forran con el dinero de todos y encima dan lecciones de moral. Contra los magistrados que ocultan la masacre del franquismo y aún procesan a quien pretende tirar de la manta, contra el nacionalismo español que inunda las escuelas de mentiras y prejuicios contra quienes pertenecemos a culturas diferentes, contra la Iglesia, su ejército de periódicos y emisoras ultras y todo su pandilla de meapilas hipócritas, incluído el Sr. Bono, contra el franquismo vergonzante de tantos peperos y no pocos psocialistas con mando en Extremadura o el Vaticano, contra la Audiencia Nacional y todos los tribunales superiores con presencia de elementos franquistas, contra la estulticia del señor Feijóo y su panda de pijos metidos a gobernantes, contra los obispos cómplices de esos curas que no saben cerrarse la bragueta (si tu mano te hace pecar... ), contra los que dilapidan el agua y envenenan los campos, contra los que aprovechan la crisis para llenarse el bolsillo, contra los que acuden al parlamento sólo para levantar la mano cuando el jefe lo ordena, contra la expoliación del territorio, contra el velo de las monjas, contra la televisión basura, contra la cultura de la apariencia, contra todo este vengonzoso montaje para el embrutecimiento.

Necesitamos una huelga general contra la España victoriosa de una guerra civil contra un gobierno legítimo y una postguerra que fue un genocidio cuyas víctimas siguen hoy en día olvidadas en las cunetas. Una huelga general contra la estafa de la Reforma Política, contra los Fragas, los Varelas y los Juan Carlos que son herencia directa de la dictadura. Y por un gramo menos de eso, ni me levanto de la cama, señor Toxo.

Y se dice Tosho. No Tojo, ni Tocso, a ver si nos vamos enterando. Que ya le llega que tenga que ponerlo con la grafía inglesa para que se entienda. Después dirán que todos somos españoles, hay que joderse.

18 de mayo de 2010

Que conten ben...

... que somos máis de cen !!

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17 de Maio, Día das Letras Galegas, este año convertido en un día más de lucha por la que es nuestra principal señal de identidad: nuestra lengua. Mientras nuestros gobernantes se empeñan en atacar a su propia cultura, la gente se moviliza una y mil veces ante el atropello.

Feijóo soporta a duras penas el aluvión de críticas previsible en el acto que celebra la Real Academia Galega, donde desde Ferrín hasta Manolo Rivas lo ponen en su sitio con tanta corrección académica como contundencia. Apela a las palabras de Uxío Novoneyra, a quien se dedica la fecha este año, sin sonrojarse aparentemente, pero finalmente llega a la plaza de O Obradoiro la carta de la familia del escritor que se suma a la protesta de forma clara y tajante.

Dónde se va a esconder este cantamañanas a partir de este día?



7 de mayo de 2010

La erótica de la represión


A quienes no hayan vivido según qué épocas les parecerá sencillamente increíble, falto de lógica, kafkiano, infantil... y podríamos seguir añadiendo adjetivos hasta mañana. Pero ocurría y de hecho nos lo tomábamos como algo natural, el curso simple de las cosas. Los escotes los llevaban las señoras importantes y siempre eran limitados. Mucho. Las faldas bajaban un par de palmos de las rodillas y los bañadores se parecían mucho a las escafandras. Pero tras ese aparente telón, alimentado por algo que era desde luego enfermizo, crecía lo que jamás se podrá ocultar ni disimular. Puede que el hecho de que todos los alumnos fuéramos varones ayude a entender lo que sigue.

Había una mujer, de unos cuarenta, que nos enseñaba historia, francés y algo de arte. Podía aparecer en pantalones, pero lo normal era una falda "de tubo" que difícilmente soportaba el volumen de sus contundentes muslos cuando cruzaba las piernas. Bajita, redonda, de aspecto moderno para la época (el pelo corto en una mujer era casi impensable) y gafas negras. Solía dar la clase sentada sobre la tarima, justo en el centro de las dos filas de pupitres. Era agradable y nunca nos lo hacía pasar mal. Siempre deseábamos aquel momento. Aludía a algo insustancial mientras esperaba el horrísono eco del timbre y deshacía el cruce de piernas con una lentitud que a todos nos parecía estudiada. Treinta y muchas miradas seguían aquel movimiento buscando algún resplandor remoto algo más allá de su rodilla. Nadie lo consiguió nunca, de lo que deducimos que sus prendas íntimas no eran del color esperado. También hubo quien pensó que simplemente no existían.

Con curiosa frecuencia, arremangaba la falda hasta la mitad de los muslos y hacía una llamativa observación mientras se subía las medias como quien contempla el sol en un ocaso otoñal. Naturalidad, chicos. Viajaba. Nosotros no tanto. En las filas de atrás, donde solían habitar los más mayores, se oían obscenidades aún sin inventar y a estas altura estoy seguro de que aquel murmullo medio desbocado le gustaba. Se le adjudicó un mote felino que le iba bien. Nadie quedaba allí sin su segundo nombre.

Esta otra era muy diferente. Alta, delgada y bien formada, el pecho breve, las caderas proporcionadas, piernas largas y melena corta y ondulada. Llevaba siempre un rictus de amargura en la boca que aún la acompaña. Seguramente nos despreciaba y castigarnos era para ella una rutina más. De rodillas, decía, y el aludido tenía que permanecer en tal estado ante su mesa. Esto era lo interesante. Su mesa estaba algo elevada, sobre una de aquellas inevitables tarimas que marcaban la diferencia con nuestro mundo de abajo. Y no tenia fondo, de manera que el sufridor contaba con la impagable compensación de verle las piernas a la profesora. Las tenía bonitas, como he dicho.

Uno puede entender que no le diera importancia según a quien le tocara aguantar la mordedura de las duras vetas de la madera bajo las rodillas. La mayoría teníamos poca educación pero también poca malicia. Ese no era el caso de César. Era mucho mayor, más alto y mucho más fuerte. Una auténtica pesadilla en los recreos. Le castigaba poco para lo que merecía, pero algunas veces cedía a la ... ¿tentación? No puede interpretarse de otra forma el hecho de que no viera como se escurría bajo la mesa. Era un pajero nato que no dudaba en masturbarse en plena clase, aunque no quedó constancia de que lo hiciera nunca en aquella situación. Eso no nos hubiera cogido de sorpresa. Lo fascinante era verla a ella, con la vista fija en cualquier libro de los que dejaba sobre la mesa, extrañamente quieta, ensimismada, mientras la clase palpitaba en silencio y al lúbrico sujeto sólo le faltaba introducir la cabeza bajo su falda.

He dejado lo mejor para el final, por supuesto. Nuestra protagonista era y es menuda pero bien proporcionada, de geometría redonda y sinuosa, rostro sencillamente hermoso, ojos azules y melenita corta. De esas mujeres que consiguen llamar la atención sin proponérselo. También autoritaria y creo que decididamente partidaria del régimen franquista, cosa que aún hoy se le nota. Imponer la autoridad era lo suyo y las normas emanadas del sistema educativo de entonces eran para ella el catecismo. Jamás vistió un pantalón. Y su cuerpo se adaptaba a las faldas como si éstas fueran una segunda piel. Creo que aquellas nalgas traían al centro entero hipnotizado. No tenía un cuerpo llamativo y sus principios la invitaban a disimular el pecho bajo ropas siempre amplias y discretas. Su trasero, en cambio, era como un cartel rojo en medio de una lavandería y disimularlo era algo que sólo podía conseguirse arruinando completamente todo su aspecto, cosa que afortunadamente nunca ocurrió.

Los castigos, como ya se ha comentado, eran frecuentes y solían consistir en la suspensión de los descansos o en el secuestro directo después de las horas lectivas. En aquella sala era la reina. Allí su voz autoritaria no admitía que nadie rechistase y el silencio tenía que ser monacal. En aquel ambiente, su proximidad resultada turbadora. Era deliciosamente solícita cuando pedías ayuda. Mientras explicaba por qué aquello era un atributo y no un complemente era fácil que su mano te rodease los hombros y su pecho descansara plácidamente a ninguna distancia de tu cara. Y la explicación solía alargarse. ¿Te das cuenta?, decía y cuando afirmabas reaccionaba como si hubiera entendido justamente lo contrario. Y aquello se demoraba de una manera sencillamente deliciosa, licuante. Creo que para ella también.

Aquel día sigue prendido en mi memoria y ahí quedará siempre. Me acompañaban un par de chavales novatos y el tal César, todos acomodados en el banco del fondo de la clase cumpliendo un castigo por cualquier motivo. Imposible recordar de qué hablaba. Mucho más fácil evocar sus redondas posaderas dibujadas con esmero por la falda de tweed, plantadas a un palmo de mis narices. Al tal César se le habían hinchado las nascarillas como a un caballo desbocado y no apartaba la mano de la bragueta. Aquellas dos lunas llenas bailaban ante nuestras asombradas bocas cuando ella cambiaba el peso del cuerpo de una pierna a la otra mientras continuaba con una declaración que no recordaré jamás. El estupor se me acentuó cuando miró hacia atrás y mostró una sonrisa que entonces no pude comprender.

Unos segundos después, aquel culo hermoso y codiciado se apoyaba directamente sobre el pupitre obligándonos a retirarnos hacia atrás. El peso del cuerpo comprimió las carnes duras y rotundas. Jamás he visto un imán tan potente. Cada vez que acomodaba las nalgas sobre el barniz gastado de la madera me imaginaba la falda explotando y liberando el precioso botín. Recuerdo el sonido detestable del timbre cuando la mano de aquel César se desplazó en el aire siguiendo el contorno de sus nalgas hermosas. Nos invadió el pánico al ver la expresión del tipo. El contacto parecía inevitable y aquello iba a suponer un escándalo de proporciones gigantescas. En el último instante los glúteos de ella decidieron que la sesión había terminado. Los dos novatillos tenían la cara entre las manos y César miraba con un aquel de furia contenida. Aún seguía congestionado cuando se incorporó mostrando sin ningún pudor el madero que se le había atravesado en la pretina. Mi corazón reanudó su paso poco a poco y ella me regaló otra sonrisa cuando salía por la puerta.


(Imagen de: http://elperro1970.files.wordpress.com/2007/09/culo.jpg)

5 de mayo de 2010

7 Plumas

(Atiendo a la petición del proyecto "7 Plumas" publicando la nota de prensa de su presentación, tal como sigue. Que vaya todo bien. Utilizad el enlace que figura en el texto para acceder.)



Nace un “Gran Hermano” Literario
Un grupo formado por siete escritores de diferentes provincias españolas se ha unido en un proyecto denominado “7 Plumas” con el fin de escribir una novela en conjunto. Cada componente del proyecto escribirá un capítulo de la obra, siempre capítulos cortos, tomando el relevo de uno de sus compañeros. La novela se ha iniciado sin previa planificación, temática, estilo o título. Entre sus integrantes la gran mayoría ni se conoce personalmente, ni siquiera han hablado telefónicamente. Todos sus contactos hasta el momento han sido por correo electrónico y por medio de un blog.
Han elegido para este proyecto el formato blog, en la dirección "www.7plumas.com”, con el fin de convertirlo en una especie de “Gran Hermano Literario” y teniendo como objetivo acercar y cautivar a nuevos lectores, ofreciéndoles un nuevo formato donde ver cómo se crea y potencia un personaje, cómo cada escritor posee un estilo y una voz narrativa diferente, un lugar donde se percaten de las dudas literarias de cada autor y con permiso para entrar en los camerinos de la creación de una obra literaria. Y de esta forma vivir todo el proceso de creación de la novela y, si les apetece, hasta poder alinearse con uno de los autores.
Lo más destacable de este proyecto será la posibilidad que tendrán los lectores de influir en el guión de la novela, determinar si el protagonista acaba en los leones o feliz comiendo perdices. A modo de un “Gran Hermano”, podrán criticar a los autores y leer aquello que se cuece entre ellos durante el periodo de escritura de la obra. Las críticas y comentarios, los más influyentes, formarán parte de la edición impresa de la novela. La edición impresa, presumiblemente, integrará la propia novela escrita por las siete plumas y la otra que surja del mundo paralelo generado por los comentarios y de esta nueva experiencia en sí.
Esta vuelta de tuerca a la edición tradicional, en la que se presenta una novela antes de finalizarla, en donde los lectores tienen influencia en el argumento, en formato digital y gratuito, escrita por varios autores en la distancia y utilizando nuevas herramientas como Internet, será para combatir los cada día más preocupantes datos sobre la pérdida de hábitos de lectura.

26 de abril de 2010

Un "éxito".


Se dice que una imagen vale más que mil palabras y es bien cierto. Y alguna de las personas que han decidido expresarse con el dibujo o la pintura tienen una capacidad especial a la hora de hacer entender cosas en principio pueden parecer complejas pero que a la postre son bien simples. El concederle el simple beneficio de la duda a ciertos grupos políticos es, a estas alturas, suicida. Y quien no acierte a verlo lo lamentará y mucho andando el tiempo. No se trata de poder elegir. Se trata de que algunas opciones son la herencia directa del pasado y es allí justamente a donde nos quieren llevar.

La viñeta, de Xosé Luís González, más conocido como "O Carrabouxo", ilustra a las mil maravillas la situación del idioma gallego en nuestra comunidad. Lo que se pretende vender como una cordial convivencia no persigue más que la eliminación del gallego de las aulas. Y por lo tanto, de la vida. De nuestra vida.