3 de diciembre de 2011

La casa, limpia.




Hacía un frío singular, como de fin del mundo. Y sin embargo no conseguía sentir la agresión de otras horas, esas minúsculas agujitas que se encajaban entre la piel y los huesos y se quedaban ahí, vampirizándolo. El día tenía una luz de barrio obrero, entre grasienta y desamparada y hasta el ruído de la calle parecía haber dado una tregua al paso de las horas.

Retiró la copa de cerveza que se había dejado sobre la cpu y sopló con fuerza, por instinto, intentando borrar inútilmente las manchas que quedaban allí, aferradas al metal frío. Le dolía la espalda de dar vueltas y vueltas en la cama, encajando las diversas partes del cuerpo sobre las sábanas, en posiciones a veces inverosímiles. Intentaba calmar el insomnio con una especie de yoga inventado para romperse las articulaciones, pero no lo conseguía. En mañanas como aquella, el cansancio era tan profundo que tenía la impresión de vivir en una suerte de mundo irreal en el que todo resultaba lejano, y, sobre todo, ajeno.

La ansiedad comenzaba a crecer pasada la primera media hora fuera de la cama y se transmitía a sus movimientos nerviosos y a veces descoordinados. Limpiaba para combatir aquella sensación de amenaza. Había pensado que mataba dos pájaros de un tiro, mitigar la tortura y mantener la casa razonablemente presentable para sí mismo. Las visitas le importaban un carajo, pero sabía reconocer que no había visitas. Mentir a los demás es cosa inevitable. A uno mismo, es un ejercicio de estulticia barata.

Metió la ropa en la lavadora y se alejó para comprobar que aquellas letritas que en la corta distancia se revelaban absolutamente ilegibles, correspondían al lavado habitual. Aquel run-run lo tranquilizaba. Un rumor doméstico que ayudaba a pensar que la casa estaba viva, en marcha, como cualquier otra casa. Puso un vinilo de Tom Waits en el giradiscos y comprobó que lo que sonaba se correspondía aceptablemente con su estado de ánimo. Waltzing Mathida, waltzing Mathilda you... Se imaginó bailando un vals con Mathilda, se inventó sus ojos verdes, su cabello sin tintes, su cintura tan próxima, su pecho cubierto apenas por una camiseta de tirantes, como en las películas americanas ambientadas en el caluroso sur... Dónde coño estaba su Mathilda...

Mientras pasaba la escoba, pensó que la suciedad sigue una norma parecida a la energía. Nunca se pierde, sólo se transforma. O se cambia de sitio y recala donde mas se note su presencia, para joder, que es de lo que se trata. La vecina de arriba reñía con aquella adolescente con cuerpo de mujer declarada apta para el consumo... Se avergonzaba un poco de aquellos pensamientos preñados de un cinismo visceral e incontrolado. Luego se decía que aún le quedaba dignidad. Y que la perdería de buena gana entre sus piernas... esto ya con un rictus de amargura en los labios cerrados a cal y canto, como una de aquellas fábricas en las que había pasado media vida. Un esclavo, no más... A qué engañarse...

Descubrió en la nevera un olor poco agradable y manoteó entre aquellos mundos de plástico comercial hasta que dió con los restos de una cena antigua. Cerró la bolsa de la basura atando las asitas de color rojo después de darles vueltas hasta conseguir que aquellos desperdicios no dejaran escapar un gramo de aire al exterior. Caminó hacia la puerta de salida y lo dejó en la esquina, con desgana. Cerraron una puerta de golpe en las alturas. Y qué mierda de mundo vamos a arreglar si no sabemos cerrar las puertas, mecagoendiós... 

Voz de Gardel al otro lado de la calle. "... que naciste en la miseria de un cuartucho de arrabal...". No recordaba que nadie hubiera compuesto alguna vez un tango alegre, o sarcástico, o irónico, no... Tristes, sí. Todos. Miró hacia la ventana donde el tipo fumaba en camiseta, con la cortina escapando de los marcos de la ventana por efecto de alguna corriente. No escuchaba a Gardel, pensó. Y después se preguntó por qué le apetecía juzgarlo de aquella inmisericorde manera.

Y decidió seguir limpiando la casa hasta que reluciera como los chorros del oro. 
Porque estaba hasta los güevos de estar triste. 
Y porque la tristeza siempre luce mejor en una casa limpia.

10 de noviembre de 2011

Subliminal



Se le ve opaco. Escondido tras las barbas decimonónicas. Tras las gafas también. Hasta diría que tras los ojos.

No ofrece nada, nunca lo ha hecho. No dice nada. No bebe, no fuma, no juega al balón (¿o sí?) . Es un hombre-no.

No he leído su programa. Lo conozco a él y a los suyos hace tiempo. Paso. Sí que me fijo siempre en sus carteles electorales. Siempre me transmiten un mensaje de peligro inminente. 

Ahora el peligro está tan presente que el cartel tiene una calidad casi telepática. No hay más que mirarlo un par de segundos y en seguida sabes lo que está pensando: 

¡ A ti te voy a joder!

6 de noviembre de 2011

Santa Locura


Grandes políticos, grandes estadistas, grandes científicos, grandes literatos... Todos etiquetados de cuerdos, sensatos, gente con la cabeza muy bien amueblada, como se suele decir. Mucho mejor amueblada que la de los demás, eso ya no se dice pero se presume. Hasta que aparece un biógrafo avispado y nos cuenta de las miserias del personaje, por lo demás previsibles, porque en un mundo loco es imposible estar cuerdo.

Dicen que Netanyahu está cuerdo. Y George Bush, y Emilio Botín y Mayor Oreja... Y lo dice gente que entiende, ojo...

Lo mismo que se dice que la castidad es la "más singular" de las perversiones, uno casi diría que la cordura no deja de ser otro tipo de enfermedad mental. Grave, sí, porque quien la padece tiende a pensar que su eventual locura es un absurdo teórico. "Yo estoy muy cuerdo", es la afirmación más frecuente de muchos locos, declarados o no, que eso no es precisamente lo más importante.

En ese contexto, y puestos a ver el mundo bajo un prisma tan poco habitual, quizás la locura es algo muy recomendable. O por ser más concretos, las locuras. Esas que se hacen a pie de calle, entre la carga rutinaria de los días. Esos actos que nos reivindican como personas realmente libres, soberanas, dueñas de un destino individual que se procura con premeditación y acaso alevosía. Ese quedarse en la cama porque hoy el director afirmó que mañana es día de demostrar el compromiso personal (e inquebrantable, faltaría más) con la empresa. El aparecer en la iglesia con un escote vertiginoso ahora que nada puede hacer ni el obispo ni el alcalde para evitarlo, y espléndida cosa si el escote lo porta la esposa del susodicho. (Del alcalde, no del obispo...)

Qué tiene de malo liarse un ratito con la hastiada mujer del vecino, después de advertirla de la inconveniencia de la pecaminosa relación (libidinoso ardid donde los haya) y argumentar una tristeza inexplicable, de siglos, cuando ella abre los brazos dando rienda suelta a su instinto protector. Nadie va a secar tus lágrimas igual que la mujer del vecino, no lo dudes. Pero no llegarás a ese paraíso por el camino de la sensatez. Y se habrá perdido un hermoso pecado.

Si quienes dicen gobernar el mundo nos aconsejan prepararnos para lo peor mientras se llenan los bolsillos con el dinero de los demás y las instituciones miran para otro lado porque "no procede", ¿quién va a tener los santísimos cojones (permítase la vulgaridad en aras de la claridad del mensaje) de progonar sensatez y buen sentido?. ¿No será mejor clamar de una puta vez por el advenimiento de Santa Locura? ¿No será ese y no otro nuestro destino real, el subvertirlo todo, pero a fondo, hasta que luzcan al aire las blancas nalgas de esta sociedad a la que nunca nos hemos atrevido a desnudar?

Permítase Vd. una locura, hombre, mujer. Pero con más frecuencia. Convénzase de que su cordura y su tristeza tienen mucho que ver y después no se quede parado, contemplando la inconmensurable absurdidez de su vida pasada. No. Haga locuras. Cométalas, incluso. Eso sí, disfrútelas, porque sufrirlas es la peor de las estupideces.

Y la locura tiene algo de gloria. La estupidez no hay por donde cogerla, créame.

Imagen de dogguie.com

19 de octubre de 2011

A dónde van...



Sabía que el verdadero viaje en el tiempo se hace a pie, volviendo a los lugares donde hemos dejado algo de nosotros. La casualidad quiso que uno de sus muchos itinerarios comerciales transcurriera por aquel valle encajado entre montes viejos y acostumbrados a la fatiga del sol y la continua brega de la lluvia y el viento. Estoicos pellejos del planeta que contemplan cansados la vida de los torpes humanos. Las sendas eran casi las mismas, apenas una pintura recién aplicada enmarcando los límites de la carretera. El mismo sinuoso camino que llamaba a las puertas de la memoria.

El pueblo había cambiado. Materiales sintéticos en las ventanas, semáforos en la via principal y edificios enormes que impedían el paso del sol y multiplicaban los ecos de las tareas cotidianas. Algunas caras conocidas y arrugadas ya, a la sombra de los plátanos en una tarde de verano como otra cualquiera.

Echó de menos el polvo de los caminos de antaño. La civilización se parece mucho a la domesticación. Todo resulta más amable pero se pierde la magia de la verdadera naturaleza de las cosas. Puede que también la de las personas. El camino, en las afueras, seguía sin asfaltar, y en las cunetas crecían plantas silvestres agostadas por el calor y el abandono. Un par de chalets de impecable factura a ambos lados de lo que había sido un hogar. El carácter pacífico de la palabra no consiguió engañarlo y tampoco la apariencia inocente de las paredes encaladas aún, resistiendo milagrosamente el paso del tiempo.

Por aquella puerta había salido ella aquel extraño día en que su mundo de muchachito en ciernes se tambaleó ante la amenaza brutal de su ausencia. Uno de los primeros rayos de luz de la consciencia había sido aquel terrible aldabonazo de los conflictos personales sobre la madera inocente de los primeros años. El recuerdo punzante de su rostro contraído por la ira y anegado en lágrimas de rabia. Aquel terrible día fue su llanto de crío el que iluminó las conciencias de los adultos, cegadas por las cosas pequeñas y ruines. Las miserias de que nos sembramos el camino por razones que no llegaremos a conocer jamás.

Afortunadamente, quedaban ecos más alegres de los días pasados. Sonrisas femeninas entre juegos interminables, olores a comida de gente humilde y esforzada, rastros de la brisa de abril entre las hojas altas de aquellos árboles que entonces parecían inmortales. Sus gigantescas ausencias demostrando ahora que nada dura eternamente.

No fue capaz de internarse entre las paredes vacías y desamparadas. Como si la presencia de un protagonista real de la historia fuese una profanación insufrible. La simple aproximación despertaba sensaciones extrañas, ruidos de otro tiempo, rumores de agua vertida en la gran olla que solía presidir la cocina, en lo alto de aquellas arandelas a punto de fundir bajo el calor terrible del carbón.


Y de repente se preguntó dónde había quedado todo aquello. En qué extraño rincón podrían haberse refugiado las risas infantiles o las voces airadas de los malos días. Dónde los sudores y dónde los llantos. Dónde los murmullos del amor nocturno o las dudas que siembra la escasez. Dónde la esperanza de los días futuros o la tristeza de esos que pasan como nubes, mansos e incógnitos, sin propósito ni destino aparente.

Antes de abandonar el lugar, miró por última vez a las paredes mudas, como quien pregunta.

5 de octubre de 2011

Penumbra



Hay un mundo de espirales de oro, un balcón en Castellana destinado a impedir siquiera la tentación del anonimato. Es un mundo de aristas amables, donde las víctimas siempre tienen alguien dispuesto al consuelo e incluso al sacrificio. Es como una norma de la casa. Pero las heridas no duelen menos por el hecho de que las armas estén bruñidas e impolutas.

De hecho, duelen más, porque a una herida le sigue otra en tan corto espacio de tiempo que esta gente ya se acostumbró a andar doliente. Algunos dicen que lloran mejor así sus versos. Todos adoran la proximidad del dolor de los otros, tras sus vidrieras. Cuando dicen "los otros", miran a lo lejos con gesto melancólico, acariciando la moldura cálida de las puertas del balcón, y atienden inadvertidamente al ruido fraternal del tráfico. Les relaja, dicen.

Mientras permanecen absortos, con la mirada perdida en la nube de contaminación y la boca crispada en una tristeza como encontrada en el portal, la criada recoge las colillas de un cenicero abandonado encima del piano y se pregunta (en ruso) qué le pasará hoy al delicado.

Hay una verdad poco aceptada, como ofensiva, obscena, y es que el dolor es cosa exclusiva de quien lo padece. Por eso no hay consejo útil, ni protocolo que tenga una aplicación real. Duele y eso basta. Y no te duele a ti, por mucha solidaridad que hayas atesorado en tu corazón de izquierdas, progresista, ecológico, anti-machista, federal y republicano.

Los héroes siempre lo han sido por desesperación. Y los villanos, aunque la desesperación de estos es distinta y crónica, casi rutinaria. Incurable, seguramente.

En el mundo que vive bajo la luz violenta de los astros, las cosas y hasta las personas adoptan las máscaras que la luz impone. Lo hacen sin darse cuenta, pero al final, lo saben y lo aceptan.

Es cierto que ver tan claramente facilita las cosas, descubre los caminos, facilita tácticas y estrategias, ayuda a conocer todo cuanto deseamos. Todo cuanto deseamos. Deseamos, deseamos, deseamos...

Pero quizás el misterio se desenvuelve mejor en la penumbra. Lejos del sol. Alrededor del agujero negro.

28 de septiembre de 2011

La piel de los otros



Ayer escuché a alguien hablar en una emisora de radio de ciertos proyectos cinematográficos. Ese alguien declaró haber sido víctima de un atentato. Contaba que desde ese momento no había sido capaz de leer novelas de crímenes.


Y se me ocurrió pensar en toda la porquería que leemos o visionamos como si fuera algo absolutamente inocente. La tele sin ir más lejos.
Se dice que los niños no deben ver escenas de violencia. 


¿Los adultos, sí? 
¿Seguro?
Tengo la desagradable impresión de que nuestra reconocida insensibilidad tiene mucho que ver con eso. La piel de los otros queda lejos.

8 de septiembre de 2011

28 de julio de 2011

Lejanía


No hay lejanía en la distancia, sino una cierta imposibilidad de tocar los puntos sensibles de la flor de cuyo cuidado dependen nuestras propias esperanzas. Esos que abren los pétalos con la lentitud de una aurora invernal, violeta y azul y blanca y tierna.

Lejanía es la barrera que alzan nuestras voces. Las cosas que hacemos y, sobre todo, las que no hacemos. Las caricias negadas porque la vista sigue el paso del que nos cuenta lo que ocurre en el mundo con gesto absurdamente divertido. Como si supiera algo...

Lejanía es bajar el cristal del automóvil en lugar de regar un geranio que se muere gritando su agonía con las hojas arrastrándose fuera del tiesto, como un mendigo que solicitara audiencia al jefe supremo del banco mundial. Y qué querrá decir mundial y supremo... Quién lo sabe.

Asombra tener que retirar la piel de esa placa metálica que recibió los rayos de un sol que habita a ...


ciento cincuenta
millones
(de)
kilómetros




Lejanía es el eco de aquello que no tendremos nunca. El alma olvidada de aquellos a quienes no veremos jamás.


Distancia es otra cosa.

8 de julio de 2011

Estupefacto



Ando algo estupefacto. A mí también me gusta Querétaro. La palabra, quiero decir, la ciudad no la conozco. Es sonora, como se suele decir. Esdrújula, rotunda y con mucha vibración. Serán las erres, digo yo… Pero resulta que tiene un significado especial. Parece que significa roquedal, según algunas versiones, nido de reptiles, según otras, fuentes,  dicen algunos… Mientras leía todo esto, andaba yo pensando de dónde nacerían todos estos simbolismos, por qué tanta interpretación.

Resultó que el topónimo, que de eso se trata, fue aplicado por las tribus Purépechas a estos lugares allá por la meso-América. Su origen anda en los términos "k'erhiretarhu" o "k'erendarhu", según los lingüistas de por allá. O sea, que de española tiene lo que yo de sacristán. Ni pizca. Pero eso no es problema para que el Instituto Cervantes la declare como la palabra más bonita “del español”, después de celebrado el concurso ad hoc. La propuesta fue de García Bernal, un actor mejicano que, por lo demás, me cae muy bien, aunque eso no viene al caso.

Busqué por el gúguel, pensando que tendría que haber alguien más que yo. Algún otro sorprendido en el mundo mundial, ante estas peripecias lingüísticas que parecen escapar de cualquier lógica mínimamente razonada. Recorrí unas quince pantallas del ordenador, con búsquedas distintas, recogiendo impresiones de un total aproximado de cien páginas-web diferentes. Encontré otra opinión estupefacta. Una. Pertenecía a un tal Hugo Burel, que dejó su opinión en El País, calificando la cosa de “mamarrachada”, más cabreado por el hecho de que fuera un simple topónimo que por la curiosa circunstancia de que no pertenezca a la lengua de Cervantes. Ni así pude evitar contemplar con horror, una vez más, como las lenguas de los Purépechas eran calificadas de “dialectos”. Vuelta la burra al trigo…


El resto se reducía a lo que yo llamaría, siguiendo la cruda expresividad de cierto amigo mío, interfelación cultural a ritmo de castañuela, aunque él seguramente lo diría más rudamente. Todos y todas, felices de la riqueza inabarcable e infinitamente prolífica “del español”.  Lo más que encontré fue alguna velada reserva (una, si he de ser concreto) fácilmente detectable al declararse la preferencia como “hispana” o “preferida por los hispano-hablantes”. Ya quisieran las costureras de Camariñas hilar tan fino. Abundaban más, las declaraciones del tipo "Es además, reflejo de la comunión entre los idiomas nativos del lugar y la colonia española". Tomakasmanzana.

Quizás es este el estilo de trabajo que se impone en estas proximidades nuestras, desde que los insignes historiadores de la Gran España, UnaGrandeyLibre, traducen el término árabe “Jhalikya” por “Reino de León” o inventan un Alfonso no-sé-cuantos para que las líneas genealógicas de la España eterna no sufran menoscabo. Porque España nació en el Antiguo Testamento, no confundamos. Y Querétaro ya andaba en aquellas Tablas de Moisés. Que era madrileño, chavales. De Lavapiés, pero de la parte fina.


PD: Por si corroe mucho la curiosidad: el segundo puesto del concurso fue para “gracias”, propuesta por el cantante (en el buen sentido de la palabra) Rapael, y el tercero para “sueño”, por Rojas Marcos. Juan Luís Guerra propuso “Jesús” y no fue muy allá en el ranking. Mario Vargas Llosa propuso… “libertad”, tenía que cagarla… La última fue Santander. Espero que no se entere quien yo me sé.

15 de junio de 2011

La poli con el culo al aire

O de como desacreditar a un movimiento social según las democráticas normas de CiU. No perderse el final !! Y mejor dejar cargar el buffer un ratillo si no queréis tener interrupciones.

19 de mayo de 2011

Democracia Real Ya



No estoy de acuerdo en criticar a "los políticos" porque en ese saco caben demasiadas cosas, y porque no veo que Enrique Tierno Galván tuviera nada que ver con Manuel Fraga. Lo mismo que esperanza Aguirre no tiene ahora nada que ver con muchos buenos políticos, que los hay, como hay buenos funcionarios, más allá de la demagogia barata de la derechona rancia y casposa que seguimos sufriendo.


Sí veo claramente que el sistema político por el que nos gobernamos está agotado y sólo sirve para engordar ingentes aparatos burocráticos que sólo sirven para perpetuar los privilegios de las élites.


La democracia tiene que ser algo más que votar una vez cada cuatro años y el hecho de que la corrupción haya llegado a los niveles que ha llegado indica claramente que hay algo muy podrido en el mismo corazón del sistema. No es sólo que los delincuentes de guante blanco hayan hecho de los mercados el gigantesco marco de su piratería. Es que el territorio está siendo esquilmado, los recursos están siendo víctima del puro despilfarro y la impunidad se ha convertido en muchos casos en una norma. El dinero se ha convertido en juez y parte y no hay quien le pare los pies.




Algo (mucho, quizás) debe cambiar. Pero primero, que cambien las cosas básicas. Que los que se han enriquecido a cuenta de la desgracia de los demás devuelvan lo que han robado y respondan ante la justicia (aunque ésta también necesita de un buen repaso...) de sus delitos. Que la burla que supone premiar con montones de millones a quienes han organizado esta gran estafa, cese de una vez y se castigue a los responsables. Que quienes han acumulado más de lo que pueden contar respondan del bienestar de quienes ya no tienen ni donde dormir. Y que los privilegios se terminen de una vez por todas. Es inmoral que se repartan sueldos millonarios para quienes no hacen más que acumular cargos mientras quienes trabajan en condiciones casi humillantes no tienen ni para pagar la hipoteca.  Toda esa mierda debe acabarse ya, caiga quien caiga. 


Tampoco estoy de acuerdo con liquidar de un plumazo las administraciones autonómicas, como predica algún apóstol de la FAES, porque en este país hay culturas y lenguas diferentes que tienen derecho a defender lo suyo. Pero con la que está cayendo sería cosa de preguntarse  por qué tenemos que regalarle graciosamente diez mil millones de euros a la Iglesia o en razón de qué tenemos que pagar los excesos y hasta los negocietes de una monarquía que no ha pasado por las urnas y no tiene empacho en reconocer el haber colaborado con la dictadura. O por qué se embargan los sueldos del funcionariado, pero no se hace nada de nada por combatir el vergonzoso y gigantesco fraude fiscal. Por ejemplo.


Por eso apoyo al movimiento más allá de sus lógicas indefiniciones políticas. Hay unas prioridades bien fijadas y eso es, de momento, suficiente. ¡¡ Adelante !!


Imágenes de neorrabioso.blogspot.com

6 de abril de 2011

Es un sueño (Conjuro)

En los círculos científicos más especializados fue algo inesperado a lo que se buscaba explicación una y otra vez, no tanto con la esperanza de explicarse el fenómeno, sino más bien por llegar por fin a la conclusión de que aquello no iba a ocurrir. Habían pasado meses desde la aparición en un diario italiano de una escueta noticia, apartada en las páginas centrales, al lado de un anuncio de una gran superficie en el que sonreía  una familia convincentemente feliz.

Con el paso de las semanas, y allí donde el buen tiempo lo permitía, fue llegando poco a poco la conciencia de aquel espectáculo inesperado que encendía el romanticismo de mucha gente y la extrañeza de unos pocos entendidos. Los medios empezaron a hablar de aquel desacostumbrado perigeo, y la gente de la calle aprendió una palabra largamente ocultada pero presente ahora en todas partes.

Hasta que llegó un día en que, en un plató de París, un científico sin afeitar pronunció por primera vez aquella palabra y la sala se llenó de un silencio sepulcral. Una tacita de café se estrelló en el suelo haciendo volver las cabezas hasta aquel punto y después, la presentadora hizo una pregunta con una sola palabra. "¿Mucho?", dijo. Y el científico desaseado respondió con tres. "Sí. Muy preocupante."  Entonces, los contertulios comenzaron a pisarse la palabra unos a otros hasta que aquel hombre de pelo cano y mirada cansada abrió la boca de nuevo y todos callaron como si de aquella boca fuera a surgir el oráculo en el que todo el mundo había dejado de creer. Y lo que dijo fue como el veredicto de un alto tribunal, lacónico e inapelable. Alguna de aquellas personas se levantó de la silla, alterando los planes del realizador, mientras la presentadora ignoraba la cámara que buscaba su mirada. Unos segundos después, el mensaje de aquella cadena generalista se reducía a la pura publicidad.

Algunos diarios comenzaron a hablar de la extraña proximidad del astro, pero siempre en las páginas interiores y dándole a la noticia un tono tipicamente frívolo, y pasados unos días ningún medio se atrevió a hablar del fenómeno. Los informativos comenzaron a emitirse en horas inesperadas y la televisión de llenó de programas de dibujos animados. Las instituciones gubernamentales se convirtieron en un sin fin de reuniones donde alguien terminaba siempre levantando la voz, acusando a cierto departamento, y quienes presidían aquellos cónclaves se mesaban los cabellos como patriarcas bíblicos, y después se retiraban las gafas y frotaban los ojos insistentemente, como queriendo despertar de un mal sueño.

Enormes mareas arrasaron los archipiélagos de Indonesia mientras el mundo occidental discutía la conveniencia de informar abiertamente de lo que ocurría. En una calle de cualquier gran ciudad, una pareja de ancianos alzó la vista entre los altos edificios para contemplar, paralizada, la silueta rojiza de aquel invitado inesperado, gigantesco y amenazador. En el mar se incubaban enormes tempestades que arrasaban vastos territorios para dar paso a una calma tensa en la que se percibía algo muy parecido a la presencia de un animal sanguinario que  recobraba fuerzas antes de volver a atacar.





La humanidad se dividió en los clases de personas. Los que se encerraban en diferentes tipos de guaridas y los que querían ver el final a pesar de todo. En medio quedaban enormes multitudes víctimas de los embotellamientos de tráfico, los cataclismos provocados por las mareas y el desorden más absoluto. Sólo la inmediatez del desenlace impedía consecuencias aún peores. Cuando la pesada inercia de los medios de comunicación se detuvo por fin, un solitario diario fijó una fecha y una hora. Nadie lo leyó, con la excepción del equipo que se encargó de publicar la noticia en un último y emotivo gesto de profesionalidad.

Los montes se cubrieron de multitudes llorosas y desesperadas que transportaban a sus criaturas exhaustas y les prometían que no iba a pasar nada. Los enamorados se miraban a los ojos y repetían tres palabras que terminaron por ser el último signo de comunicación humana, transformado en conjuro y repetido como una letanía mientras las miradas se levantaban hacia el monstruo sideral, hermoso e inconmovible. Es un sueño, es un sueño, es un sueño... 

Finalmente, todos quienes habían decidido permanecer con los ojos abiertos, resignados y conscientes de la que iba a ser la última hora, compartieron una única y contradictoria sensación. Una manifestación de pánico y fascinación que se propagaba desde millones de miradas conscientes por fin de su insignificancia dentro del universo infinito e incomprensible. En cada corazón, la inevitable pregunta de por qué el final se presentaba bajo una apariencia tan asombrosamente hermosa.





Y los montes y los valles repitieron el eco de aquellas tres palabras hasta que la galaxia asistió a un súbito resplandor sin preguntarse siquiera cuál sería su significado.


Imágenes de Alicantevivo.org y Dibujando.net

29 de marzo de 2011

De gentes ilustradas

"EL HECHO QUE ZURITA LLAMÓ LA DOMA Y CASTRACIÓN DEL REINO DE GALICIA..."

Eduardo Pardo de Guevara y Valdés

Consejo Superior de Investigaciones Científicas


Encabeza estas líneas una célebre frase de Castelao, pronunciada el 18 de septiembre de 1931, en el contexto de un discurso parlamentario titulado Proyecto de Constitución,y repetida después en una de sus obras más difundidas. La cita completa de aquel alegato político es como sigue:

Desde que los llamados Reyes Católicos verificaron el hecho que Zurita llamó la doma y castración del Reino de Galicia, la lengua gallega ha quedado prohibida en la Administración, en los Tribunales, en la enseñanza, y la Iglesia misma evitó que nosotros, los gallegos, rezásemos en nuestra propia lengua.

La importancia que aquí concedemos a estas palabras es la que se deriva de su repetición y aceptación como síntesis de un hecho irrefutable. Tras ella, pues, se descubre una conocida interpretación negativa, desafortunada exactamente, del reinado de los Reyes Católicos y, muy en particular, de lo que fue y supuso para Galicia -y para los gallegos- la política pacificadora emprendida por aquellos monarcas durante sus primeros años de gobierno.

Pero, antes de considerar con un poco de detalle los hitos fundamentales de esta política en relación con Galicia, pues ése y no otro es el objeto de estas páginas, convendrá precisar de inmediato que la célebre cita de Castelao es en su literalidad simple y llanamente errónea. Esta afirmación tajante no precisa de argumento ni comentario, puesto que se corrobora con la sola transcripción ad pedem litterae de lo escrito por el propio Zurita. Estas fueron las palabras del cronista aragonés:

En aquel tiempo se comenzó a domar aquella tierra de Galicia, porque no sólo los señores y caballeros della pero todas las gentes de aquella nación eran unos contra otros muy arriscados y guerreros, y viendo lo que pasaba por el conde [de Lemos] -que era gran señor en aquel reino- se fueron allanando y reduciendo a las leyes de la justicia con rigor del castigo.{jgbox linktext:=[(3)]}....  Véase, Anales de la Corona de Aragón, Libro XX, Cap. LXIX.

* * * * * *


He aquí una muestra de los científicos métodos de algunos de los ilustres personajes de este curioso país. A este señor no le debían gustar mucho las palabras de Castelao y eso se entiende con sólo observar con cuidado su apellido. Lo que asombra es el método seguido para descalificar sus afirmaciones. Sencillamente nos dice que no se precisa de argumentación de ningún tipo, sino que con sólo leer lo que al respecto dijo el propio cronista de los Reyes Católicos llega y sobra. Niquelao, que diría mi amiga Carmen.

Avanzando un poquito más por el texto se encuentra uno con la chirriante traducción de algunos topónimos gallegos, lo cual deja la cosa más clara y levanta un tufillo conocido:

Se dice, en primer término, que Pardo de Cela fue apresado en la casa de Castro de Oro el 7 de diciembre de 1483, y se dice asimismo que el desenlace lo facilitó la traición de algunos criados suyos -veintidós exactamente-, al frente de los cuales figuraría un tal Roy Cofano, vecino del Valle de Oro.

El texto lo ha publicado la Agrupación Cívica Coruña Liberal en Abril de 2007.

http://www.corunaliberal.es/publicaciones-secciones-78/31-doma-y-castraciel-reino-de-galicia/415-la-qdoma-y-castracidel-reino-de-galicia-4

Este señor es miembro del CSIC, director del Insituto de Estudios Padre Sarmiento, vicepresidente del Comité Español de Ciencias Históricas, doctor en historia medieval por la Complutense de Madrid y director de la revista Cuaderno de Estudios Gallegos. No sé por qué me huele que tendrá muchos más cargos. Nacido en Ponteceso, provincia de A Coruña. Seguro que él dice Puenteceso. Manías mías... 


El Sr. Pardo en la Real Academia de Heráldica y Genealogía.

21 de marzo de 2011

Historias (casi secretas) de España




Nota 11: Roberto Mesa. El colonialismo en las crisis del XIX español. Madrid. 1967 
Nota 12: Rafael Mª de Labra. La abolición de la esclavitud en el orden económico. Madrid 1873.
 


De "Los Gallegos". Gustavo Fabra Barreiro. 

16 de marzo de 2011

Gamberradas nucleares



¿Alguien sabía que en una central nuclear pueden producirse explosiones de hidrógeno? Yo no recuerdo que nos lo hayan contado nunca, así que ando algo sorprendido por la noticia, que no por la falta de información. La falta de información es lo habitual tratándose de este tipo de energía. Hay gente que se pregunta ahora por qué se sitúan las centrales nucleares en terrenos próximos al mar. Qué ingenuidad, criaturitas... Pues porque en último extremo es la única manera de intentar enfriarlas. Lo cual, desgraciadamente, no es lo mismo que enfriarlas de verdad. Alguien podría pensar que lo de actuar "en último extremo" cuando se trata de una central nuclear es una opción descartada desde el principio. Esos son más ingenuos todavía. El hecho, palmario ya a estas alturas, es que el tinglado de la energía nuclear es INGOBERNABLE en caso de accidente.

Ya hace tiempo que está claro que todo este tinglado nuclear es una jodida chapuza. Lo que sorprende es que, con la que está cayendo, alguien que tenga autoridad en la materia se descuelgue diciendo que lo que está ocurriendo en Japón es que las centrales están demostrando su seguridad. Esto lo ha soltado así, tal cual, doña María Teresa Domínguez, Presidente del Foro de la Industria Nuclear española.

http://www.euribor.com.es/2011/03/14/el-foro-nuclear-dice-que-la-catastrofe-de-japon-demuestra-que-las-centrales-tienen-gran-fortaleza/

Lo peor no es eso. Lo peor es que Marianico había dicho unos días antes que hay que volver a acordarse de la energía nuclear. Cospedal primero y la Soraya después se han encargado de "matizar" sus afirmaciones, por supuesto. Por su parte, Zapatero se ha reunido con una señora que entiende mucho del tema y nos ha soltado el consabido mensaje de tranquilidad. Que no pasa nada, hombre, que es en Japón. Esto no es lo que dicen, pero sí lo que piensan. En manos de este tipo de gente estamos y no hay vuelta.

La de arriba es la central de Garoña, en Burgos. Construida en 1970 y protagonista de un buen mogollón de eso que llaman "incidentes". El gobierno vasco ha pedido su paralización hace pocos días. Hasta Patxi, que es psoecialista y vasco "moderado", aunque el euskera se le resiste un año sí y otro también, se da cuenta. Los anteriores gobiernos vascos la han pedido unas trescientas veces y las organizaciones llamadas ecologistas ya no hablan del tema porque de tanto repetirse parece que les haya dado un parrús y no sepan decir otra cosa.

La gran crisis no será un cosa muy grande sino más bien la suma de muchas pequeñas chapuzas. El panorama empieza a parecerse bastante a eso. Así que, hermanos y hermanas, hace falta una puta revolución. El problema es que los revolucionarios o se han muerto ya o están en la cárcel porque están muy mal vistos. Agárrense ustedes, que vienen curvas.




Dª María Teresa Domínguez, una auténtica "hooligan" nuclear. 

21 de febrero de 2011

(Ella y) Genaro



No hablaba mucho. Más bien se limitaba a ser cordial con la mirada, los gestos, las actitudes en general. Tampoco escamoteaba una sonrisa cuando brotaba de forma natural, pero no se sentía obligada a sonreír si no le salía de dentro. Nunca dio explicaciones. No dijo de dónde venía, ni quién era, qué tenía o dónde quería estar ni con quien. Y se acostumbraron a sus largas y silenciosas presencias ante aquella puerta, bajo la arcada que la protegía de la lluvia y los vientos traicioneros de la primavera y el invierno.

Escribía dentro y respiraba afuera. Cocinaba comidas austeras y sencillas que le duraban días y días, y regaba las flores con un cariño especial. Nunca lloraba cuando se le morían, pero antes de sustituirlas por otras les dedicaba una mirada atenta y un pensamiento no necesariamente triste. Aquellas pequeñas ausencias le recordaban otras más lejanas en el tiempo y mucho más dolorosas. Éstas conseguían paralizar sus movimientos relajados entre las matas verdes y luminosas, y la sumían en un mundo de ensoñaciones que finalmente alumbraban una sonrisa interior, no visible. Una llamita que formaba parte del mundo de recuerdos que le daba calor en los inviernos y fuerzas cuando el sol agotaba los miembros. Vivía en la calma lenta y sosegada de quien no espera nada.

Nadie se sorprendió cuando sus estancias bajo aquella luz caliente y amarillenta se fueron espaciando más y más en el tiempo y la soledad se apropió de su antiguo reino. Un día llegó una ambulancia siguiendo el rastro de un coche caro y reluciente del que descendió una pareja que miró con expresión de censura las aceras sucias y los bancos de la Diputación, carcomidos por el sol y las heladas. La sacaron en una camilla y se la llevaron ante la mirada curiosa de Genaro, un viejo jubilado que a veces la ayudaba a podar los rosales. Solía quitarse la boina en presencia de la mujer, y sólo en los últimos tiempos fue capaz de interpretar aquel gesto de tristeza que ella componía al verla girar estúpidamente entre sus manos secas y agrietadas por las heladas y el trabajo. Tampoco hablaba mucho y prescindía de las amabilidades de rigor. Y se enfadaba si las plantas eran regadas más de lo necesario, pero sólo la reconvenía con la mirada y cierto gesto torvo que ella recibía siempre con una sonrisa de esas que tardan un tiempo en morir.

Transcurrieron unas semanas y el coche elegante hizo de nuevo acto de presencia. Bajó un hombre rondando los cincuenta que exhibía una barba bien cuidada y miraba las casas malamente alineadas de la calle principal con signos de nerviosismo. Detrás de él apareció un camión de mudanzas con un grupo de trabajadores que entró en la casa siguiendo sus pasos. Después de darles las instrucciones necesarias, salió de nuevo a la puerta con una bolsa de tela en la mano, y se compuso los cabellos parado bajo la vieja arcada, ensimismado. Una chapa de latón con propaganda de cerveza lo guió hasta la cantina. Allí le dijeron donde vivía el viejo. Genaro tenía ojos de sorpresa cuando se abrió la puerta con el gemido típico de las bisagras viejas. Recogió el paquete con cierta timidez, vislumbrando apenas en el interior los perfiles de las herramientas que ella utilizaba,con sus colores vivos y sus mangos estrechos y pulidos, como de juguete.

Se sorprendió más cuando el hombre extrajo del interior de su abrigo un librito de pastas duras, en las que el color había sucumbido ante el roce inevitable y recurrente de los dedos femeninos. El lazo azul que lo ceñía parecía por alguna razón un sello inexpugnable. Lo miró asustado hasta que el temor se transformó en una sonrisa donde crecía una cierta vergüenza. Yo no sé leer, señor. Cuando lo dijo ya la vergüenza había muerto. Ella me dijo que no importaría, señor Genaro. Inició apenas el gesto de quitarse la boina cuando aquel hombre tomó el camino de vuelta. Y su mano quedó flotando en el aire mientras recordaba la sonrisa de ella, ligera y aterciopelada, hasta que por fin bajó y deshizo con parsimonia el lazo azul. Las páginas estaban repletas de signos de un negro intenso, amplios y encaracolados. Aquí y allá, pétalos de rosas y dalias, con su olor dulzón y su color de fiesta. Escuchó una y otra vez el mensaje de aquellas hojitas muertas antes de quedarse dormido ante los troncos que ardían murmurando aquella cancioncilla que ella solía entonar mientras los dos se afanaban entre toda aquella vida vegetal.



Al día siguiente se presentó en casa de su hermana, muy temprano, y en lugar de dar los buenos días, preguntó sin más por su sobrina. ¿Dónde está Sole? Su hermana le dijo que tenía clases esa mañana porque uno de sus compañeros en la escuela había caído enfermo. Genaro dio un par de vueltas por la habitación, inquieto, mientras la mujer lo miraba extrañada. Le dices que tengo que aprender a leer. Lo dijo y se marchó por donde había venido, pero a punto de cerrar la puerta hizo una aclaración. Hoy, mejor que mañana. Y sus pasos se perdieron entre el polvo del camino mientras su asombrada hermana miraba las paredes, una tras otra, como quien busca explicación a las tormentas.


Imagen: Campesino, de Ortega Muñoz

1 de febrero de 2011

El espejo



El mundo se acaba en una hora, cuando doblas la esquina y el aire frío detiene el curso apenas intuido de la no-consciencia. El mundo se acabó ya muchas veces, de forma irremediable, definitiva, para otros que no son tú ni pueden serlo. Quizás se acabó para ti antes de saber que estabas en el mundo, aquel día que tan conscientemente reconociste que el muro que tenías delante era infranqueable por la sencilla razón de que no tenías fuerzas para saltar al otro lado. Y muchas menos para saber lo que había al otro lado, lejos de la confortable cotidianeidad de tu celda conocida, tu isla fortaleza, tu prisión protectora.

Y pasó el fin del mundo y volviste a la vida un día en que las horas pasaban inocuamente ante las inmóviles cortines de una ventana por la que se colaba un horizonte grabado en una zona concreta y precisa del cerebro, un óleo familiar cononado por el monte de las tres victorias. Reposaron las horas lentamente, mientras los recuerdos se abrazaban y se miraban a los ojos como los viejos prisioneros que ven la libertad cuando ya es más un riesgo que una liberación. La mayoría murieron despúes del abrazo, cuando el aire movió tímidamente el aura pesado de la inmovilidad, la textura más liviana del pensamiento, y la mirada descubrió en la cima del monte la clave del asombro. No todo ha terminado. ¿Habrá más de una vida? Quizás, pero aquí mismo.

Es aquí, entre esta confusión infinita, donde hemos de celebrar lo poco que tenemos. Después de conocer que apenas somos nada. Suspiros acodados en los mostradores de los bares mientras Saturno surca la tiniebla a una velocidad incomprensible dentro de un universo que no nos presta ni la más mínima atención. El caucho arrastra la huella pegajosa de los restos de cerveza y al mismo tiempo el gas libra batallas gigantescas en la entraña de Júpiter. O acaso en otro tiempo que no es nuestro y nada importa. Tendríamos un ataque invencible de pánico si fuéramos conscientes del aterrador tamaño de la tiniebla que nos envuelva por todas partes. Ahí afuera y aquí, dentro de ese otro universo que nos resulta aún más desconocido. Más extraño y más cerca. El agujero negro del espejo.


12 de enero de 2011

Orden




Nos han llenado la vida de normas e instrucciones.

No pasa un día sin que me pregunte para qué sirven en realidad.