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14 de enero de 2012

Deriva mental



Hay algo de premonición en las hojas secas que llenan el suelo de juegos sin sentido. El aire parece un crío que juega a ser Dios con esos seres muertos y rígidos, exhaustos. Mirando al horizonte, uno diría que nunca ocurre nada que merezca la pena. Nadie miente a nadie, no hay niños sin escolarizar, la corrupción ha sido desterrada al inferno, y el infierno ha sido definitivamente prohibido. También el cielo.

El zumbido monótono de un motor que avanza corto de revoluciones sobre una autovía casi desierta. El rumor de la respiración dentro del habitáculo en silencio. Las volutas de humo que danzan en el aire caprichosamente. El siseo sibilino y callado de la calefacción. Hace un frío de muerte. El frío es la verdadera y absoluta miseria. Toda la vida debería reunirse en torno al trópico, pero somos ya miles y miles y miles. De millones. De almas, dicen. Entre las cuales hay seres que no la tienen pero se han hecho un lugar en la cima de la pirámide. La voz de los sin alma que gobiernan las almas. Hace un frío de muerte.

La verdadera libertad es la ausencia total de pensamiento. La reflexión tiene aristas duras y afiladas. Cuanta más sinceridad en la propia conciencia, más hondas las heridas. Los recuerdos vagan por el vehículo, cambiando de asiento de vez en cuando. Suenan voces anglosajonas en un "jukebox" escondido tras una cortiña de años que han pasado sin que uno se diera cuenta de qué ocurría. La vida es eso que pasa mientras tú haces planes para el futuro, dijo John. John era un broncas de cuidado, pero encontró el hilo de una luz que conducía al futuro. Aunque no se puede decir que lo supiera. Su jefe sí sabía.

He hecho una foto hermosísima, pero no voy a dejar que ningún especialista me dé su veredicto. Lo sé y me basta. Hay tanta alegría y tanto amor en esos ojos que se podría limpiar la conciencia del mundo en estos seis mil años de historia. Ella era así, y será así siempre.

El tabaco es el mejor anestésico del universo. Uno cree enseguida en las propiedades milagrosas de esas corrientes que salen de los pulmones extrayendo las bilis interiores, los restos del naufragio ya crónico, el recuerdo de aquella bofetada injusta, la mirada de desprecio de ella, la que te amaba. El humo del cigarro marca el ritmo ideal de la vida. Dos que fuman siempre se besarán mucho mejor. Las mujeres fuman porque les gusta, no porque tengan fijación con el sexo oral. Ya te gustaría, so mamón... 

No se escribe para aliviar el hambre del mundo. De justicia, digo. Se escribe para llenar un vacío de un papel en blanco que es el perfecto retrato del mundo de ese que escribe. Su historia y su epitafio. Se escribe para escapar del último minuto y también del minuto anterior. Ese que ya se fue sin despedirse, qué puta manía de no comportarse con un mínimo de educación...  


Algunos grandes escritores se pasaron la vida corrigiendo su propia obra y uno se pregunta que sentido tiene semejante cosa. O qué sentido tiene coleccionar sellos. O escribir cartas. O masturbar a tu amante mientras ella lee una revista de cotilleos y de vez en cuando te corrige. Más fuerte, más abajo, con calma... 

Lo mejor que te puede pasar es que, al final, te bese. Lo peor, también.

5 de octubre de 2011

Penumbra



Hay un mundo de espirales de oro, un balcón en Castellana destinado a impedir siquiera la tentación del anonimato. Es un mundo de aristas amables, donde las víctimas siempre tienen alguien dispuesto al consuelo e incluso al sacrificio. Es como una norma de la casa. Pero las heridas no duelen menos por el hecho de que las armas estén bruñidas e impolutas.

De hecho, duelen más, porque a una herida le sigue otra en tan corto espacio de tiempo que esta gente ya se acostumbró a andar doliente. Algunos dicen que lloran mejor así sus versos. Todos adoran la proximidad del dolor de los otros, tras sus vidrieras. Cuando dicen "los otros", miran a lo lejos con gesto melancólico, acariciando la moldura cálida de las puertas del balcón, y atienden inadvertidamente al ruido fraternal del tráfico. Les relaja, dicen.

Mientras permanecen absortos, con la mirada perdida en la nube de contaminación y la boca crispada en una tristeza como encontrada en el portal, la criada recoge las colillas de un cenicero abandonado encima del piano y se pregunta (en ruso) qué le pasará hoy al delicado.

Hay una verdad poco aceptada, como ofensiva, obscena, y es que el dolor es cosa exclusiva de quien lo padece. Por eso no hay consejo útil, ni protocolo que tenga una aplicación real. Duele y eso basta. Y no te duele a ti, por mucha solidaridad que hayas atesorado en tu corazón de izquierdas, progresista, ecológico, anti-machista, federal y republicano.

Los héroes siempre lo han sido por desesperación. Y los villanos, aunque la desesperación de estos es distinta y crónica, casi rutinaria. Incurable, seguramente.

En el mundo que vive bajo la luz violenta de los astros, las cosas y hasta las personas adoptan las máscaras que la luz impone. Lo hacen sin darse cuenta, pero al final, lo saben y lo aceptan.

Es cierto que ver tan claramente facilita las cosas, descubre los caminos, facilita tácticas y estrategias, ayuda a conocer todo cuanto deseamos. Todo cuanto deseamos. Deseamos, deseamos, deseamos...

Pero quizás el misterio se desenvuelve mejor en la penumbra. Lejos del sol. Alrededor del agujero negro.

1 de febrero de 2011

El espejo



El mundo se acaba en una hora, cuando doblas la esquina y el aire frío detiene el curso apenas intuido de la no-consciencia. El mundo se acabó ya muchas veces, de forma irremediable, definitiva, para otros que no son tú ni pueden serlo. Quizás se acabó para ti antes de saber que estabas en el mundo, aquel día que tan conscientemente reconociste que el muro que tenías delante era infranqueable por la sencilla razón de que no tenías fuerzas para saltar al otro lado. Y muchas menos para saber lo que había al otro lado, lejos de la confortable cotidianeidad de tu celda conocida, tu isla fortaleza, tu prisión protectora.

Y pasó el fin del mundo y volviste a la vida un día en que las horas pasaban inocuamente ante las inmóviles cortines de una ventana por la que se colaba un horizonte grabado en una zona concreta y precisa del cerebro, un óleo familiar cononado por el monte de las tres victorias. Reposaron las horas lentamente, mientras los recuerdos se abrazaban y se miraban a los ojos como los viejos prisioneros que ven la libertad cuando ya es más un riesgo que una liberación. La mayoría murieron despúes del abrazo, cuando el aire movió tímidamente el aura pesado de la inmovilidad, la textura más liviana del pensamiento, y la mirada descubrió en la cima del monte la clave del asombro. No todo ha terminado. ¿Habrá más de una vida? Quizás, pero aquí mismo.

Es aquí, entre esta confusión infinita, donde hemos de celebrar lo poco que tenemos. Después de conocer que apenas somos nada. Suspiros acodados en los mostradores de los bares mientras Saturno surca la tiniebla a una velocidad incomprensible dentro de un universo que no nos presta ni la más mínima atención. El caucho arrastra la huella pegajosa de los restos de cerveza y al mismo tiempo el gas libra batallas gigantescas en la entraña de Júpiter. O acaso en otro tiempo que no es nuestro y nada importa. Tendríamos un ataque invencible de pánico si fuéramos conscientes del aterrador tamaño de la tiniebla que nos envuelva por todas partes. Ahí afuera y aquí, dentro de ese otro universo que nos resulta aún más desconocido. Más extraño y más cerca. El agujero negro del espejo.


17 de octubre de 2010

Flor





Te regalo una flor diminuta, del color de la paja y del sol, perdida entre otras muchas como ella, y sin embargo luminosa, diáfana, irrepetible.
Te la regalo porque es hermosa en su insignificancia, tan poca cosa que no hay con qué pagarla. 
Te la doy para que recuerdes que siempre hay muchas a tu alrededor, y poco importa si nos fijamos o no en su humilde apariencia de cosa-que-no-sirve.
Te prometo que vale tanto como el complejo mundo que un día levantamos y ahora se nos escapa  entre los sueños y la hojarasca de los días.
Te aseguro que esa pequeña flor es todo lo que en realidad tenemos.
Y es mejor que me creas.

22 de junio de 2010

Caos


Una tela de rafia, tupida y opaca, con una vena de un color más alegre. Algo simplemente útil para transportar grano, sirviendo de fondo a una escena siempre visible pero nunca contemplada.

Una trama metálica que ha creado una costra de óxido de hierro al contacto con la lluvia. Extraña criatura nacida sin querer de dos padres involuntarios.

Los restos moribundos de un vegetal ya reseco, convertido en invitado a una reunión extraña, poco natural, contra-natura, como diría un padre de la iglesia. Un árbol seco. Un fracasado.

Quizás el perfecto retrato del caos rutinario y habitual.

Del sin-sentido.

7 de junio de 2010

Sobre la moral


Nos ponemos la camisa blanca, que es símbolo de tantas cosas que ya nadie sabrá qué significa, pero queda bien. Limpia y da esplendor, como el limpiacristales. Llevamos a los críos a la catequesis a aprender las partes más sencillas del dogma católico, porque por lo visto ayuda a formarlos y a convertirlos en hombres y mujeres de bien. Unos años más tarde miramos para otra parte si por la mañana la habitación del chaval huele a ginebra más de lo debido porque es normal que a esas edades comentan algunos excesos, todos lo hemos hecho, y al fin y al cabo, con ventilar un poco se acaba el problema.


Después les buscamos un buen hombre o una buena mujer. Que no le pegue, si es él, y que no se haya cepillado a toda la facultad si es ella. Porque hay cosas que cantan más de lo que puede soportar la concurrencia de una misa de doce en un domingo soleado de ciudad civilizada de occidente. Lo demás queda en la apacible historia no conocida. Qué más da si se le escatiman unos euros todos los meses a la seguridad social, si aquella dependienta sigue esperando por el pago de esos vestidos tan caros que se le antojaron a una madre por los sesenta y siete en un momento de depresión pasajera, si el albañil no cobró a tiempo y pasa por la oficina un día sí y otro también a escuchar aquello de "no sabemos cuándo volverá". Son pecaditos. Como aquellas copitas de vino dulce de nuestras abuelas que producían un atontamiento tan dulce como el licor y después una sed brutal.


Las reglas de una cierta clase de moralidad se han inventado para hacerlas valer sobre aquellos a quienes dominamos, y no tienen ninguna otra utilidad. Lo mismo que las iglesias han sido concebidas para que la doble moral tome carta de naturaleza y se acomode en las conciencias de manera suave y sin estridencias, pacíficamente. Allí se le da la mano a cualquier pordiosero justamente para que se aparte de nosotros en cuando salga, para que se busque la vida y no moleste. Porque apartarlos como a los animales no queda bien.


Y lo curioso es que puede pasar la vida en ese no querer saber lo que se sabe, en mantener la calma mientras todo se oculta convenientemente, sosegada y pacíficamente. Qué extrañas nos resultarían esas comunidades donde el sexo no se esconde, donde las parejas retozan en una hamaca mientras los niños corretean a su alrededor mirándolos de vez en cuando con cara de curiosidad pero sin interrumpir sus interminables juegos. Hemos convertido la vida en una pura ocultación y al final no es extraño que huyamos de nosotros mismos, inconscientemente horrorizados ante tanta superchería.


Ni siquiera los viejos lo superan, pasada ya la vida, cuando ante unas copitas de orujo sonríen al recordar. El dichoso Braulio, cuentan, tan devoto él, que no podía estar en ningún sitio sin que lo persiguiera algún marido. Y las viejas, si están a la mesa, ríen con ellos y menean la cabeza como ahuyentando los malos pensamientos. Y aún algún secreto quedará ahí, entre la luz crepuscular y las copitas menudas que van dando cuenta de la botella de licor, porque quizás alguno de los presentes no debe saber según qué cosas. Cuántos secretos se irán a la tumba...


Asombra observar con qué celo se guardan los secretos de la vida afectiva, muy en particular, y cómo al final del camino todo son sonrisas cuando se recuerdan. Cómo las cicatrices y las furibundas críticas que levantaba la licenciosa vida del dichoso Braulio, son ahora objeto de una dulce indulgencia y una sonrisa donde late la complicidad cuando no la pura envidia. Condenado viejo, dirán unos y otras, recordando su lúbrica faceta mucho más que su laboriosidad o su prudencia con los negocios. Como si todo lo demás no hubiera merecido realmente la pena y ahora esos pecados fueran lo único realmente valioso. Nuestros trofeos para el más allá. Eso que nos hace pensar, “me habéis jodido, pero no tanto como pensabais”.


Será que lo que duele quedó atado a un momento en el tiempo y más allá del día, el mes y el año, no tiene más destino que el puro agotamiento. Y que al final de todo, a fuerza de golpes, decepciones y caídas, uno aprende que en la vida sólo hay una cosa que merezca la pena, y es vivir. Y a la moral se le aflojan las carnes de tan atroz manera que todos los potingues, las cremas y los afeites sólo sirven para darle una apariencia aún más penosa. Como a esas estrellas que, ya en los setenta, pasean su palmito por la televisión, naufragando en la patética fantasía de sus propios delirios.

20 de abril de 2010

El síndrome de MIUPM


Sálvenme de tomar a broma determinados tipos de enfermedades que nos visitan últimamente y que ocasionan grandes sufrimientos por el simple hecho de no estar en la lista de las que conocemos. Conozco a alguna gente que lo pasa realmente mal en un simple supermercado por haber tenido la mala fortuna de desarrollar una sensibilidad extrema ante algo tan aparentemente inocuo como es un perfume.

No vengo a hablar de eso, sino más bien de las curiosas nomenclaturas que vienen aplicándose a esos padecimientos, que recuerdan mucho a la inveterada costumbre que tienen allá en Cuba, donde un barrendero no es tal, sino un Técnico de Mantenimiento Urbano, (pongamos por caso, que me lo estoy inventando) de darle lustro a las cosas más nimias.

Al hilo del asunto, recuerdo que hablaba yo con esta amiga mía de lo curiosos que resultan los mecanismos mentales que utilizamos en muchas ocasiones cuando no queremos enterarnos de lo que no nos apetece. Leo por aquí y por allá que alguna gente padece del llamado Síndrome de Atención Deficiente, que dicen que resulta causado por la edad y se manifiesta en cosas como no saber dónde ha dejado uno las llaves, o en recorrer una y otra vez el pasillo porque cuando estabas a punto de encontrarlas te asalta la duda de si habrás apagado el gas o no. Si lo sabré yo…

Y no vengo a negar que estas cosas ocurran. Sólo que a veces perdemos de vista que el cerebro es un amigo impagable y en muchas ocasiones decide protegernos sin que nadie tome aparentemente esa decisión. De manera que, más allá de lo justificado o no de esas almibaradas nomenclaturas, en realidad lo que ocurre muchas veces es que hay cosas que apartamos de nuestro camino porque molestan, porque dan la vara, nos ponen de los nervios, nos tocan los santísimos y sanseacabó.

Por ponerlo en términos parecidos a los que utilizarían los técnicos, tod@s padecemos del síndrome de Me Importa Una Puta Mierda, que se parece bastante al de Atención Deficiente, pero no. No es lo mismo.

7 de marzo de 2010

Gente rarita


Predican una sensatez extraña, varada entre parámetros poco comunes y acostumbrada a lo no habitual. Ellas, por ejemplo, sacuden los brazos en el aire frenéticamente frente al televisor, mientras él mira extasiado una lámpara. Preguntar la razón de conductas tan extrañas no tiene mucho sentido, porque lo mismo te lo explican con dos palabras en cualquier lengua inútil y se quedan tan frescas.

Si se tiene en cuenta que son capaces de echarse al mundo con una temperatura que va de los cero grados a los menos cinco, uno empieza a ver claro. Inútil preguntar. Te dirán que se lo pasan pipa, pero el hecho objetivo y demostrable es que a las pocas horas de llegar a destino, a eso de las ocho de la mañana, desfilan por las calles a toda velocidad en dirección a una estación de autobuses. Cada uno se lo pasa pipa como le da la gana.

Ojo. Tampoco es que fumen porros de CO2 o que les atraiga el aire mañanero literalmente gélido, porque de hecho y con una insomne excepción, van dormidos. La explicación es la otra pata de la silla, que viene de Barcelona y ha tenido el valor de echarse doce horitas de autobús a cuestas. Se hace la interesante. No aparece. Que dónde está M, que si no será este el andén, que si no será esta la estación, que si no será esta la ciudad o habrá optado por el plan C... Pero no. Sólo se hacía la interesante. Después aterriza en el cántabro asfalto una sonrisa y dos ojos verdes escondidos entre la llamarada colorá. Todo ello envuelto en un atuendo tropical que llamaría la atención si uno no establece bien el contexto. Ella iría desnuda por la vida. I prou.

Los días de esta gente transcurren en un caótico sistema de medidas donde la víctima más frecuente suele ser el reloj. "La-hora-de" es un concepto prohibido y eso que normalmente se llaman planes es la pura materialización de la utopía. Pero dentro de un orden son tan capaces de hacer cosas normales como cualquiera. Y por si queda alguna duda, aquí se deposita, a los efectos oportunos, el correspondiente testimonio que corre a cargo de la alegría de la casa. Si os estáis preguntando por qué precisamente ella, podéis continuar. Es bueno hacerse preguntas.


Se llama Nata. Nunca dice tonterías, no va a votar y si le das un poquito de fuet te da unas lambetadas que flipas. Para posibles pretendientes: el ser de raza canina sería aconsejable, obviamente. Hay que apostar por una cierta moralidad en lo afectivo.

Ojo. Hablamos de moralidad, no de sotanas. Y lo dejamos aquí, que me embalo.

27 de febrero de 2010

Frío


No sé exactamente qué es el mundo. No sé si una moneda. El tiempo. El frío que viaja entre mi mundo y este otro mundo que no es el mío y no sé a dónde pertenece. No sé quién es el responsable, porque ya... a qué buscar entre tanta indiferencia.

La mía es la peor, porque me toca. Me sabe ácida por las mañanas y siempre huele mal, por más jabón que emplee. No es que me duela, porque sé olvidar lo que me conviene.

Es sólo que me sabe mal que toque con las manos desnudas en estos cero grados del Nervión. Porque voy a lo mío, viajo en coche y me espera una comida caliente y agradable entre gentes amigas. Una desvergüenza.

No sé si una moneda...

18 de enero de 2010

Reposo


Pudo quedarse en el oscuro anonimato en el que estaba quizás más tranquila, ajena a nuestro mundo incomprensible. Un segundo después de exponerla a los ojos de ese mundo, me he preguntado por qué ésta y no otra. La respuesta es la obsesión particular de muchos y también la mía. El dichoso tiempo, ese mago tramposo. Somos víctimas irremediables de todolo que ocurre más de una vez. Para cuando las veces ya son más de tres o cuatro decimos aquello de "terminé por cogerle cariño". Es eso exactamente lo que ocurre.

Al lado de ese fenómeno hay otro que también resulta interesante: aquellas cosas que terminan por ocupar un lugar destacado en el reino de nuestros intereses, suelen gustarnos poco en al primer momento. Al contrario que las que nos entusiasman ya de salida, las cuales, casi siempre, terminan por convertirse en un auténtico fastidio al que normalmente no regresamos jamás.

Tiempo. Reposo. Sedimento. Así alcanzamos a conocer de verdad todo lo que al principio no se había apreciado bien. Quizás es sencial. Saber que la primera vez que has visto estas pocas hojas más o menos ordenadas en un cierto espacio, en realidad no has visto casi nada. Y sólo si el azar, o el destino, acuden para permitirte una segunda o una tercera oportunidad, llegarás a preguntarte si lo que tienes delante vale la pena.

Lo cual me lleva a pensar dos cosas. La primera es que somos verdaderamente torpes, en general. La segunda es que no tiene nada de raro que tantas cosas vayan de mal en peor. Claro que Platón ya decía lo mismo. Pero entonces no se daban mucha prisa para nada. O eso decían ellos...

4 de noviembre de 2009

El feísmo "gallego"



Por alguna extraña razón, alguien ha decretado que el llamado “feísmo” es algo consustancial con Galicia. Y nos lo hemos creído tan a pies juntillas que disfrutamos extendiendo la idea. A estas alturas creo que somos una de las pocas comunidades en el mundo que disfruta tirando piedras sobre su propio tejado. Aquí reímos los chistes “de gallegos”, votamos a los que nos envenenan los mares, y si alguien tapia la finca con algo mínimamente curioso, corremos a la red a poner un gran letrero que diga “gallego puerco”, no vaya a ser que no se enteren en Camberra.

Instalados ya en la cabalgante diglosia que nos divide la boca en una pura esquizofrenia colectiva, apuramos el cáliz de la enajenación y la extendemos al resto de nuestros espacios vitales. Hemos optado por hacer reír a los turistas, “que son los que nos dan de comer”. Y ya puestos a hacerles reír, terminamos por creernos el guión, sin darnos cuenta de que la cosa iba de broma.

Uno, que de vez en cuando se da una vuelta por el mundo, ha visto cosas feas por todas partes. Cosas feas, absurdas, indignantes y hasta delictivas. Y no hay lugar en el planeta que se salve, a menos que por allí no haya pasado la raza humana.

No hace tanto que se ha retirado del diccionario de la Real Academia Española cierto contenido del término “gallego” que más o menos venía a ser un sinónimo de retrasado mental, más bien sucio y con cara de puerco. No sé si ha sido buena idea. En realidad era el testimonio vivo de cómo desde el poder se estigmatiza todo aquello que ha de permanecer bajo el duro yugo de la dominación. En el presente, esa definición era más un insulto para el agraviante que para el agraviado y tenía la virtud de ser un testigo absolutamente fiable del trato que nos ha dispensado la historia o, más bien, quienes la escriben, en este caso la Real Academia de la Lengua de España.

Probablemente la mecánica de la dominación es tan sencilla como mantener a las almas sumidas en la suprema ignorancia y recordarles frecuentemente su condición. En realidad aquí tenemos los mejores huertos del mundo, los mejores ríos, los mejores montes y desde luego los mejores mejillones. Pero a mi pueblo llegan los mediocres, cuando sobran. Los buenos siguen camino. Esa continua fuga de lo propio, sean los mejillones o la electricidad, es una de las cosas que ha terminado por afianzar una idea profunda y arraigada de abandono.

En realidad, en muchos casos es el orgullo, unido a la falta de recursos, lo que aconseja plantar un somier a la entrada de una finca. Es la conciencia absoluta del desamparo lo que aconseja subsistir por los propios medios olvidándose un poco o un mucho de las apariencias. Y bien mirado, un cierre de hierro forjado es algo terriblemente pretencioso que la naturaleza niega a cada paso. Y aquí de naturaleza sabemos mucho más de lo que se cree.

En cualquier caso, estos somieres que aquí se ven, tienen domicilio social más al este, y poco importa cuál sea el lugar. Lo que tienen en común con los gallegos es el entorno de abandono en que suelen encontrarse. Abandono que la autoridad ha practicado en el pasado y sigue practicando en el presente, allá y aquí.

No es nuestra desidia. Es su infinita avaricia. Ni nuestra incuria. Más bien su falta de humanidad. Y quizá también nuestra pacífica condición. Pero esa sólo es un error en tiempos de guerra. Y de guerra, afortunadamente, entendemos poco.

15 de junio de 2009

Sobre el lenguaje, Ebay y la desconfianza.



Qué pasaría por su cabeza cuando escribió aquello de "état moyen"... Qué pocas veces nos paramos a pensar que lo que decimos, lo que escribimos, ha tenido una razón de ser y tiene también un fin. Un destinatario. Alguien que va a interpretar el código a su propia manera y quizás influido por una noche mal dormida. O por los resultados de un partido de fútbol. Quizás se ha despertado y por primera vez en mucho tiempo el espacio al otro lado de la cama está vacío. Por eso tenía frío, se dirá...

Es fácil saber cuál es el sentido de esas dos palabras. Pero lo que significan realmente nos está vedado. Quizás Maurice Sylvain estaba en estado "moyen" cuando escribió la inocente frase. Si vive en un piso viejo, habitado aún por sus padres, es fácil que Maurice barrunte tempestades desde hace tiempo, como hacen los parados cuando el estado decreta que no hay más pasta. De esas tempestades que se quedan con uno aún en los sueños. Si es así, Maurice seguramente ha exagerado. Precisamente porque está acostumbrado a cosas no tan "moyen".

Como la vida nos aboca a cada paso a la desconfianza, el que ha leído las dos palabras ha hecho un diagnóstico casi inmediato. Menudo pájaro el franchute este. A saber lo que entenderá por "état moyen". Y se le ha venido a la cabeza, como una iluminación celestial, la misma frase en las columnas de venta de coches de segunda mano. "Estado medio". O sea, para la chatarra. Es que hay que echarle cara ...

Por suerte tenemos algo que nos sobra. Probablemente de las pocas cosas que no se agotan hasta que ya uno va cansado de disfrutarlas. Tenemos tiempo. En este caso, minutos. No han pasado más que minutos cuando una posibilidad se abre camino. Quizás Maurice sólo ha querido decir lo que ha dicho. Y estado medio signifique estado medio. ¿Medio con respecto a qué? ¿En opinión de quién? ¿A qué efectos exactamente? Y gracias a esos minutos, quien ha leído esas dos simples palabras, hará ahora una simple pregunta.

¿Qué has querido decir con "estado medio"? La versión en francés parece correcta, aunque hay alguna duda respecto de si aquellos dichosos guiones del dichoso "est-ce-que" siguen siendo normativos. El ordenador confirma que el mensaje se ha enviado a Maurice. Y es ahora cuando se sabe que la frase que va a leer resulta excesivamente lacónica. No hay un saludo, ni una palabra amable. Quizás hemos condenado al "franchute" definitivamente, mucho antes de pensar siquiera en hacerle una simple pregunta. Y nos hemos dado cuenta, sí. Pero después de que el correo haya iniciado su virtual camino hacia un lugar llamado Chassieu, en Francia.

Su respuesta llega pronto y es también corta. Sencilla y sin fórmulas de cortesía. Será joven Maurice y quizás piensa que hay cosas mejores que hacer que parecer más o menos amable y educado. O todo lo contrario y es de la opinión de que las frases amables están de más en un asunto comercial. Puede que piense que están de más en casi todo. Quizás Maurice está harto de disimular la mierda de vida que le ha tocado, responde a lo que se le pregunta y cuando cree que ha completado la respuesta, coloca un punto final. Y punto. Final.

Le hemos mandado al señor Sylvain, o al joven Sylvain la cantidad de dinero que nos pide por el macro en "état moyen". Y el correo se ha encargado de hacérnoslo llegar. Un poco tarde, lo cual invita a pensar que no hace mucho caso de las prisas. Cabe la posibilidad de que este Maurice haya tenido que atender a Monsieur Sylvain, a la sazón impedido en una silla de ruedas, por ejemplo, aunque ágil de memoria y locuaz en torno a los recuerdos que Maurice ya ha escuchado demasiadas veces. Tendremos pues que disculparlo si ha sido así. En todo caso el artefacto ha llegado cuando ha llegado y de poco sirve buscarle explicaciones.

La primera inspección no ayuda a mejorar la imagen que, por razones injustificadas e injustificables, nos hemos hecho de su persona. Las piezas giran bien, sin ofrecer resistencia, pero no están excesivamente limpias. No brillan como esperábamos. A saber por qué esperamos semejante cosa si la foto que mostraba el cacharro hacía pensar en lo contrario. Ocurre algo peor. El visor delata una fibra negra firmemente adherida a la lente. Y otras dos estrellas del mismo color a uno y otro lado, rotundas y dispuestas a hacer guardia el tiempo que haga falta.

Para confirmar una vez más el atractivo irresistible de la condena, emitimos veredicto al segundo siguiente. La has cagado. Vocación por el cilicio, podríamos llamar a esto. Vestigios paranormales de la educación católica que prometía hacer de nosotros gente de bien. El primer condenado, uno mismo. Y luego, confirmación irrevocable de la condena al infausto franchute. Ya ni las primeras fotos se hacen con interés. Total... Aunque... bueno, lo que es ver, sí que se ve. Incluso algunos colores resultan atractivos. Aunque se haya movido la cámara cuando no debía, lo cual no es culpa del franchute. Y las aproximaciones dibujan un mundo fantástico. Uno parece capaz de introducirse en una de esas corolas sonrosadas que prometen una puerta al paraíso. A despecho de las dichosas manchas. Que, por cierto... no sabemos donde se han metido. Curioso. Incluso si se aumenta la imagen lo inimaginable, se siguen mostrando esquivas. No están. Lo cual es una suerte. O un milagro. Porque en el visor sí que siguen estando. Serán fantasmas franchutes de visor. Por ejemplo.

Quizás Maurice se esté riendo del desconfiado carpetovetónico que le ha comprado ese viejo objetivo. Y habrá pensado, "anda la cara que va a poner cuando mire por el visor". Y es probable que se lo haya contado a Monsieur Sylvain, que habrá reído de buena gana y recordado tiempos en los que reía más, cuando su Charlotte le hacía cosquillas en el sofa y luego le ponía un dedo sobre los labios para frenar sus entusiasmos porque Maurice estaba a punto de dormirse. Quien sabe si Maurice sabe hacer milagros a distancia, que es la única manera de hacer milagros sin que venga algún espabilao a montar un chiringuito mariano.

Lo mejor será reír como ellos, mis virtuales amigos de Francia, que no franchutes, y recordar que los milagros están allí donde alguien quiere verlos. Y no es cuestión de fe. Sencillamente, vale la pena hacer una sencilla pregunta, aún cuando las esperanzas de una respuesta positiva sean casi nulas, porque ocurre que esa negación nace en nosotros mismos y es de nuestra exclusiva responsabilidad. Esa es la absurda manera en que llegamos a negar la posibilidad de ver al otro lado a un tipo generoso, con problemas parecidos a los nuestros, y capaz de hacer valer su generosidad por encima de nuestras torpezas
.


(Toma realizada con el "macro" adquirido a monsieur Sylvain).

PD: Se me olvidaron los créditos. Debo la inspiración de estas lineas a Tania Alegría. Ella me ha mostrado el camino a la hora de llevar "al papel" estas pequeñas aventuras del día a día: http://historiasdelmundovirtual.blogspot.com/

1 de mayo de 2009

Sobre el lenguaje, Ebay y la desconfianza.



Qué pasaría por su cabeza cuando escribió aquello de "état moyen"... Qué pocas veces nos paramos a pensar que lo que decimos, lo que escribimos, ha tenido una razón de ser y tiene también un fin. Un destinatario. Alguien que va a interpretar el código a su propia manera y quizás influido por una noche mal dormida. O por los resultados de un partido de fútbol. Quizás se ha despertado y por primera vez en mucho tiempo el espacio al otro lado de la cama está vacío. Por eso tenía frío, se dirá...


Es fácil saber cuál es el sentido de esas dos palabras. Pero lo que significan realmente nos está vedado. Quizás Maurice Sylvain estaba en estado "moyen" cuando escribió la inocente frase. Si vive en un piso viejo, habitado aún por sus padres, es fácil que Maurice barrunte tempestades desde hace tiempo, como hacen los parados cuando el estado decreta que no hay más pasta. De esas tempestades que se quedan con uno aún en los sueños. Si es así, Maurice seguramente ha exagerado. Precisamente porque está acostumbrado a cosas no tan "moyen".


Como la vida nos aboca a cada paso a la desconfianza, el que ha leído las dos palabras ha hecho un diagnóstico casi inmediato. Menudo pájaro el franchute este. A saber lo que entenderá por "état moyen". Y se le ha venido a la cabeza, como una iluminación celestial, la misma frase en las columnas de venta de coches de segunda mano. "Estado medio". O sea, para la chatarra. Es que hay que echarle cara ...


Por suerte tenemos algo que nos sobra. Probablemente de las pocas cosas que no se agotan hasta que ya uno va cansado de disfrutarlas. Tenemos tiempo. En este caso, minutos. No han pasado más que minutos cuando una posibilidad se abre camino. Quizás Maurice sólo ha querido decir lo que ha dicho. Y estado medio signifique estado medio. ¿Medio con respecto a qué? ¿En opinión de quién? ¿A qué efectos exactamente? Y gracias a esos minutos, quien ha leído esas dos simples palabras, hará ahora una simple pregunta.


¿Qué has querido decir con "estado medio"? La versión en francés parece correcta, aunque hay alguna duda respecto de si aquellos dichosos guiones del dichoso "est-ce-que" siguen siendo normativos. El ordenador confirma que el mensaje se ha enviado a Maurice. Y es ahora cuando se sabe que la frase que va a leer resulta excesivamente lacónica. No hay un saludo, ni una palabra amable. Quizás hemos condenado al "franchute" definitivamente, mucho antes de pensar siquiera en hacerle una simple pregunta. Y nos hemos dado cuenta, sí. Pero después de que el correo haya iniciado su virtual camino hacia un lugar llamado Chassieu, en Francia.


Su respuesta llega pronto y es también corta. Sencilla y sin fórmulas de cortesía. Será joven Maurice y quizás piensa que hay cosas mejores que hacer que parecer más o menos amable y educado. O todo lo contrario y es de la opinión de que las frases amables están de más en un asunto comercial. Puede que piense que están de más en casi todo. Quizás Maurice está harto de disimular la mierda de vida que le ha tocado, responde a lo que se le pregunta y cuando cree que ha completado la respuesta, coloca un punto final. Y punto. Final.


Le hemos mandado al señor Sylvain, o al joven Sylvain la cantidad de dinero que nos pide por el macro en "état moyen". Y el correo se ha encargado de hacérnoslo llegar. Un poco tarde, lo cual invita a pensar que no hace mucho caso de las prisas. Cabe la posibilidad de que este Maurice haya tenido que atender a Monsieur Sylvain, a la sazón impedido en una silla de ruedas, por ejemplo, aunque ágil de memoria y locuaz en torno a los recuerdos que Maurice ya ha escuchado demasiadas veces. Tendremos pues que disculparlo si ha sido así. En todo caso el artefacto ha llegado cuando ha llegado y de poco sirve buscarle explicaciones.


La primera inspección no ayuda a mejorar la imagen que, por razones injustificadas e injustificables, nos hemos hecho de su persona. Las piezas giran bien, sin ofrecer resistencia, pero no están excesivamente limpias. No brillan como esperábamos. A saber por qué esperamos semejante cosa si la foto que mostraba el cacharro hacía pensar en lo contrario. Ocurre algo peor. El visor delata una fibra negra firmemente adherida a la lente. Y otras dos estrellas del mismo color a uno y otro lado, rotundas y dispuestas a hacer guardia el tiempo que haga falta.


Para confirmar una vez más el atractivo irresistible de la condena, emitimos veredicto al segundo siguiente. La has cagado. Vocación por el cilicio, podríamos llamar a esto. Vestigios paranormales de la educación católica que prometía hacer de nosotros gente de bien. El primer condenado, uno mismo. Y luego, confirmación irrevocable de la condena al infausto franchute. Ya ni las primeras fotos se hacen con interés. Total... Aunque... bueno, lo que es ver, sí que se ve. Incluso algunos colores resultan atractivos. Aunque se haya movido la cámara cuando no debía, lo cual no es culpa del franchute. Y las aproximaciones dibujan un mundo fantástico. Uno parece capaz de introducirse en una de esas corolas sonrosadas que prometen una puerta al paraíso. A despecho de las dichosas manchas. Que, por cierto... no sabemos donde se han metido. Curioso. Incluso si se aumenta la imagen lo inimaginable, se siguen mostrando esquivas. No están. Lo cual es una suerte. O un milagro. Porque en el visor sí que siguen estando. Serán fantasmas franchutes de visor. Por ejemplo.


Quizás Maurice se esté riendo del desconfiado carpetovetónico que le ha comprado ese viejo objetivo. Y habrá pensado, "anda la cara que va a poner cuando mire por el visor". Y es probable que se lo haya contado a Monsieur Sylvain, que habrá reído de buena gana y recordado tiempos en los que reía más, cuando su Charlotte le hacía cosquillas en el sofa y luego le ponía un dedo sobre los labios para frenar sus entusiasmos porque Maurice estaba a punto de dormirse. Quien sabe si Maurice sabe hacer milagros a distancia, que es la única manera de hacer milagros sin que venga algún espabilao a montar un chiringuito mariano.


Lo mejor será reír como ellos, mis virtuales amigos de Francia, que no franchutes, y recordar que los milagros están allí donde alguien quiere verlos. Y no es cuestión de fe. Sencillamente, vale la pena hacer una sencilla pregunta, aún cuando las esperanzas de una respuesta positiva sean casi nulas, porque ocurre que esa negación nace en nosotros mismos y es de nuestra exclusiva responsabilidad. Esa es la absurda manera en que llegamos a negar la posibilidad de ver al otro lado a un tipo generoso, con problemas parecidos a los nuestros, y capaz de hacer valer su generosidad por encima de nuestras torpezas.
(Toma realizada con el "macro" adquirido a monsieur Sylvain).

25 de enero de 2009

Difícil de entender

Hace tiempo que la realidad parece ser algo confuso, una cosa no precisamente muy bien delimitada. Lo real es que nos va bastante mal, pero por acá o por allá, quienes pueden lo disimulan de mil maneras hasta que ya la sensación de lo que te rodea y lo que se pregona se dan de tortas a cada paso.

Quedan algunos reductos de gente joven que se atreve a pensar y a protestar, sin miedo a que los tachen de radicales o extremistas, que siempre hay una etiqueta más o menos conveniente a mano. Y se les da bien hacer carteles, por cierto.

Lo malo es que en un suspiro aparece algún representante del ala no-pensante y en un par de segundos planta encima lo que sería la representación gráfica de eso que se ha dado en llamar "Es-lo-que-hay".

De no ser por la presencia de la Soziedad Alkoholika, uno pensaría que está en Manchester. Pero no. Es Viveiro. Un festival al que denominaron "Resurrection", haciendo gala de la modernidad que se debe no sólo practicar, sino demostrar.

En mis tiempos ayudaba a organizar las fiestas de mi barrio, nido de radicales extremistas donde los haya. Los viejos solían preguntarme qué orquesta se traía ese año. Me pregunto qué pensarían si les respondiera: "All Against the World". Y conozco la respuesta.

16 de diciembre de 2008

Tiniebla

Siempre habrá un día en que maldigas tus propios fundamentos. Un día en que serías tu peor enemigo. El más taimado e inmisericorde. Hay horas tan negras que ni el sueño se atreve a entrar entre sus paredes y se queda fuera, asombrado y muerto de frío, sin atreverse a franquear el umbral en penumbras.

Días hay en que la soledad es casi un manto que se adapta al cuerpo con tal perfección que parece que nunca hubieras tenido una cálida mano sobre el hombro o una sonrisa blanca y despreocupada frente al rostro. Días en que la mente te oculta lo único que realmente conoce y se inventa un personaje concebido sólo para las tragedias, al que nadie podría prestar la más mínima atención. Si alguien se detiene a tu lado y te invita a un café, enseguida verás en su cara un gesto de confusión que le disuade incluso de contestar a tu exánime disculpa. Llevas prisa.

Llega un momento en que esos días son más y más frecuentes y ya es difícil deshacerse del confortable manto de la soledad. Resulta cómodo cuando hace frío y también cuando hace calor. Es un disfraz con infinitas capacidades de adaptación, algo que siempre se acomoda a lo que sea necesario, rápida y apaciblemente.

Por suerte hay algo, perdido en algún rincón del laberinto, que consigue hacer valer su voz cuando más perdido te encuentras en la inmensidad de ese saberse nadie. Un duende caprichoso que reniega de tu cobardía y detesta el silencio. Un tipo contumaz y levantisco al que aparentemente no conoces de nada, pero que habita en tí, y no renuncia nunca. Jamás.

Para cuando descubres que has sido capaz de alejarte de tan peligroso cobijo, descubres también que no ha sido inútil. Queda una especie de asombro que ya no tiene nada que ver con la fatalidad de la vieja frontera. Asombro ante el espejo que retrata a uno de los muchos que eres, que diría Whitman. Perplejidad ante las propias dudas. Incredulidad ante la continua sorpresa de la vida, que no será nunca previsible.

Y una sensación mucho más agradable. Algo que debe parecerse a la satisfacción del iniciado. La conciencia profunda de saberse mejor, pero por dentro. La sencilla seguridad de saber distinguir más allá de la pura apariencia. De ver mucho más lejos que la pura mirada. Para entenderlo es recomendable abrigarse bien y subir a una montaña un día claro. Y una vez en lo alto, darse unos suaves paseos, acostumbrarse al frío poco a poco y finalmente limitarse a contemplar lo que ocurre. En esos largos minutos en que el astro se oculta, justo antes de que la tiniebla imponga su ley, el duende deja ver la inmensa versatilidad de sus poderes. La infinita variedad de mundos que habitan entre la luz y la tiniebla. Eso es la vida.

24 de noviembre de 2008

Musgo

A veces me gustaría penetrar en las mismas entrañas de las cosas.
Llegar a tocar ese misterio que llamamos "la esencia" de la vida.
La pregunta que no tiene respuestas.
Y a falta de respuestas me aventuro en algún rincón donde ese misterio parezca más accesible.
Esta es la corteza de un castaño, árbol por lo demás misterioso donde los haya.
Crecen en mundos casi mágicos, apartados de la casa, pero tampoco tan lejanos como para considerarlos ausentes.
Sobre sus a veces formidables figuras suelen convivir la vida y la muerte, en proporciones muy variables.
Eso ya es una respuesta.

13 de noviembre de 2008

Galimatías

Encrucijada entre las nubes.
Sol aparente al fondo.
El deseo aparca en todas partes.
Camina. Un paso. Ahora.

Letras dubitativas. Redondelitos breves sobre las íes.
Siempre hay vino sobre la mesa.
La calma ha muerto.

Le escribí que la amaba.
Una breve estampita en la esquina derecha.
A tu edad los jóvenes se enamoran de las mujeres mayores.
Ecos desde Bretaña

Ella un segundo después, bañada en sonrisas
Es de cobardes reprimir el deseo de la huida.
Aquel día fui mudo cuatrocientos metros.
La voz de uno que ha muerto.
Yo quería ser John Lennon pero Dios me negó una cabellera decente.
No ha muerto, lo mataron.

Falso que todo necesite una razón de ser.
Paso. Su. Dia. Cada. Ventana. Bajo.
En los libros de religión faltaba una lección de sexo en profundidad.
En los de Formación del Espíritu Nacional faltaba una advertencia para los menores de edad.
Si la hubiera besado...

Ahora no recuerdo haber escrito la palabra amor.

30 de septiembre de 2008

Vida sana


No sabría decir por qué lo hice. No soy dado a los cambios, pero afortunadamente los cambios ocurren con o sin permiso. A veces de las formas más inexplicables. En aquel momento me dedicaba a arreglar el mundo, o eso creía yo, criaturita... Y debió ser que una labor tan seria y trascendente termina por levantar protestas en algún compartimento del cerebro, como exigiendo algún tipo de desahogo. Digo yo.

Quizás por influjo de "Integral", revista por lo demás recomendable, cayó en mis manos un librito de una francesa que hablaba de la buena vida. Aproveché lo que me pareció sensato, que era poco. Y de la noche a la mañana me apunté a la vida sana. Hay cosas que sólo se pueden hacer así. Hay que explicar que los bares y estancos del pueblo deben una importante parte de su buena marcha a mi existencia. Digamos esto sólo para ilustrar lo radical del cambio, que no para presumir de viciosa condición, y sin entrar en enojosos detalles.

No recuerdo haber acusado especialmente la retirada de la brutal dosis de nicotina y demás nutrientes aportados por las docenas de cajetillas de tabaco que consumía cada semana. A las que había que sumar la triple ración que solía administrarme durante el "finde", en los templos de baile de la época. Si acaso eché un poquito de menos el sabor especial del cigarrillo que, ya en la cama, daba paso al sueño o anunciaba la inminencia del desayuno. A eso he llegado, sí.

La esplendorosa gama de sustancias más o menos etílicas que dividían el día en tiempo de vino, de orujo, vino de nuevo, cubatas y espuelitas de licor-cafeses, quedó reducida al agua. Recuerdo que un día pensé lo mentirosa que era aquella gente que decía que comer con agua era perjudicial. Mucho tuvieron que echarme de menos aquellos vasos altos y cilíndricos en los que me cepillaba los restos de las existencias de las juergas colectivas, al calorcito de aquel fantástico "Abraxas" de Carlitos Santana. Como las cartas. Al abrigo de los tutes y los subastados creció la fama de un sinfín de licores de esos que ahora se llaman artesanales, muy apreciados incluso en ambientes virtuales. (Yo sé lo que me digo...).

Mi pobre madre asistió apenada a la visión de mis platos a la hora de comer, con la ración reducida a un par de cucharaditas que darían pena a uno de esos médicos sin fronteras. Dejé de cenar en su presencia porque pensé que aquello la llevaría a la tumba. En un sitio donde aún se decía aquello de "Que Deus cho pague cunha muller que non che colla na cama" (1) se puede comprender el disgusto de mi progenitora.

Los resultados físicos fueron obvios transcurridas un par de semanas y aún antes. La piel se pegó a los huesos y a los músculos allí donde los había, y la barriga sencillamente desapareció, al extremo de que si la metía hacia adentro era fácil notar las agudas aristas de la columna vertebral, pero por delante. Decir que me convertí en algo ligero es explicarlo de forma muy precaria. En realidad flotaba en un elemento desconocido, dócil y etéreo y me resultaba imposible dejar de experimentar aquella maravilla física a todas horas, de manera que me convertí en alguien que corría todo el rato. Aquello reforzó aún más la sensación de liviandad, ya que tal actividad me había estado completamente vedada hasta entonces. El drástico cambio llegó a tal extremo que únicamente después de vivirlo se puede llegar a creer. Aquel tipo que se pasaba los inviernos con la cabeza desaparecida dentro del anorak azul "proleta", hizo de la ducha fría una religión. "¡Vivifica!", me decía cuando el chorro de agua helada batía violento contra la piel caliente luego de hacer siete u ocho kilómetros a la carrera, lo cual siempre había estado reservado "pa los pringaos".

Probablemente fue el brutal contraste con mi antigua etílico-nicotínica normalidad lo que puso en solfa las bondades de la milagrosa transformación. El haber llegado a tal estado de bienestar físico llevó mis neuronas a una especie de beatitud mental que pronto derivó en la necesidad de predicar la buena nueva. Un amigo mío llamó a aquello "el entusiasmo del converso", supongo que parafraseando a algún sociologo.
Me convertí en un coñazo. Entraba en las bares donde había vivido hasta entonces y pedía un agua. Y el barman, siempre un buen amigo, no sabía si llamar al médico. En cuanto comenzaba a explayarme sobre mi angelical estado empezaba a mascarse la tensión. Quien más quien menos miraba para las telarañas de las esquinas y a más de uno se le atragantaba la risa en cuanto encontraba alguna mirada cómplice, es decir, todas las miradas. Ya cuando repetía por vigésima vez aquello de "¡qué bien me encuentro!" la peña cambiaba de bar sin previo aviso, siempre coincidiendo con alguno de los momentos en que me veía obligado a aliviarme del agua mineral.

Tardé en curar de mi ataque de salud. Justo a tiempo de no verme condenado al ostracismo. A base de algún vinillo vespertino fui recuperando la senda de los entrañables recuerdos del "gin-tonic". Suerte que ya la edad fue poniendo las cosas en su punto, no sé si justo o aproximado, de modo que los viciosos placeres se redujeron al límite de lo soportable por los castigados órganos y al fin y a la postre sigo tomándome mis vinitos y mis cañas. Ahora me ha dado por mezclarlos con algo que no puedo mencionar porque os descojonaríais de mí sin miramientos, pero mira... He decidido que si a mí me gusta ya pueden llover billetes que tanto me da.

El dejar atrás el tabaco ha costado mucho más. No sé cuantas marcas habré fumado pero son muchas: Celtas, Ducados, Jean, Record, 46, Marlboro, Luckystrike, Habanos, ... y luego todos los Light correspondientes hasta que ya recalé en aquel Nobel que era una pura rendición. He tenido que ir sembrando los techos de los armarios de cajetillas abandonadas, pero a día de hoy no siento la más leve tentación de volver a libar del humo azulado. Sólo mola en las tomas nocturnas de las pelis, pero ya no pico.

¿La conclusión? No sé... Quizás que hay que tomarse las cosas con calma, pero también hay que estar siempre atento a las señales y abierto a los cambios. Y que la vida tiene un ritmo preciso y natural que va del día a la noche, y eso debe ser por algo. No puedes ver un amanecer si te acuestas entre vahos etílicos a las tantas. Y eso es perderse mucho más de lo que parece. Y la lucidez es algo que seguramente sólo se aprecia cuando se pierde, como muchas de las cosas más valiosas que tenemos.

Mi enhorabuena a quienes decidáis seguir ese camino, en la esperanza de que seáis mucho más coherentes que yo. Y menos coñazos.

(1) "Dios te lo pague con una mujer que no te quepa en la cama". Curiosa sentencia que debe tener que ver con aquello que llamaron "los tiempos del hambre".

Imagen por cortesía de Marian.

30 de agosto de 2008

Ciclos vitales


"A vida dá moitas voltas", decimos por aquí. Es una verdad indiscutible y muy poco arriesgada por otro lado. Es tan obvio que sólo quien tiene poquitos años puede atreverse a dudarlo, casi siempre para admitirlo abiertamente en cuanto ha caído el primer tortazo vital, que nunca tarda.

Vamos dejando como señales en ese camino para identificar esos acontecimientos, a veces afortunados y otras no tanto. Sencillamente, es así como se vive. En ocasiones me apetece pensar que la vida es como un balance, y que quienes no han obtenido un saldo razonablemente positivo al principio han de tener nuevas oportunidades al final, para llegar a esa especie de equilibrio.

Opino que realmente existen gentes a quienes la vida les va mal. A quienes la vida las trata mal. Sin embargo no soy capaz de identificar claramente cuáles son las circunstancias que definirían de manera inequívoca esa mala fortuna. Hay gente muy pobre que tiene una buena vida y gente muy rica que va dándose golpes como un fantasma desnortado. Parece que la verdadera fortuna está en elegir el camino adecuado, por muchos traspiés que se puedan dar. Y levantarse cada vez que se cae, que es lo difícil.

Vivir exige lucha y mucho temple. Mucha paciencia y unas buenas espaldas para soportar más de una andanada de esas que te dejan medio sonado. Y no me canso de prevenir a todas esas personas que en un momento dado deciden elevar una pared sobre sus mundos para que ya nada les haga más daño. Por la sencilla razón de que esa pared puede impedir que lleguen nuevas vidas al exiguo espacio que uno ocupa. Si eso llega a ocurrir, mal andamos.

La vida es riesgo y nadie puede obtener luz sin abrir la ventana por la que podría colarse un hermoso jilguero o un obús. Si se cuela el obús habrá que ponerse de nuevo a la tarea hasta que tengamos otra ventanita. Y vale la pena reconstruir tantas veces como sea necesario. Porque el jilguero llega. Siempre llega.

Quizás es importante tener la paciencia necesaria como para que llegue a ocurrir la primera vez. Después ya sabe uno que es posible y la tarea no toma tanto esfuerzo. Uno sabe que ocurrirá más tarde o más temprano. Y como el reloj ha dado ya tantas vueltas no importa esperar un poco más.

Llega un día en que te descubres de nuevo en eso que llamamos "el espejo de los otros". Tu reflejo en esas otras vidas. Diferentes, lejanas, desconocidas en buena medida. Pero próximas, cálidas, accesibles desde esas risas que nacen de algún rincón misterioso, sin esfuerzo y con vocación de continuidad. Ecos sencillos de humanidad sencilla. Caricias en las voces, promesas en las risas, contacto en los defectos que nos hacen humanos, mientras las nubes desfilan sobre nuestras cabezas afirmando que ya ha pasado un día, y luego otro y uno se pregunta por qué no ha nacido en Cantabria, en un ruidoso cruce de caminos donde hay un bar al que han puesto de nombre "México" para que un día alguien olvidara el dichoso artículo gramatical y dejara en el móvil de Eme una frase que decía "Estamos en México". Qué curioso...

Nadie sabe a dónde vamos desde aquí, con esas presencias, netas a veces, difusas aún en otros casos. Qué nuevos cruces de caminos nos esperan o qué nuevas voces vendrán a dejar sus ecos o sus sonrisas. Es difícil saber por qué, pero algunos de esos ecos y desde luego todas esas sonrisas, quedan.

Uno suele retocar las fotos razonablemente para no ofender la vista de quien mira. En esta ocasión no será así. Queda ahí una foto borrosa, defectuosa, falta del glamour que ahora parece casi exigible. Pero es una foto cierta. Es verdad. Como es verdad ese risa confiada que ha sido la verdadera columna vertebral de este encuentro de gente que ya más de uno y de dos hemos definido como entrañable. Hemos tenido el valor de abrir una puerta y ahora tenemos el camino delante. Nadie sabe a donde va, pero caminamos. Eso es vivir.

¡Por la vida! (Y por compañías como estas, hay que decirlo.)

23 de julio de 2008

Solo

Estar solo es
hacerse esa pregunta
y
no tener
valor
para contestar.