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4 de octubre de 2016

Taxidermia

    Pasear es un arte. Y una buena compañía para el paseo es una cámara fotográfica. Además de que no habla, ayuda a justificar el ir y venir por mil rincones sin que nadie perciba nada extraño en tu deambular por aquí o por allá, a veces de forma errática.

Las cámaras fotográficas adoran las cosas viejas, vapuleadas por el tiempo, muertas (o no tanto) hasta la herrumbre. Se sienten irremisiblemente atraídas por esa herida y uno no puede contenerlas. Cuando te das cuenta estás en medio de un patio que no es de tu propiedad, y sueles percibirlo cuando ya la cosa no tiene solución. Perdone, ¿qué hace usted aquí? La pregunta te deja helado pero tiene la virtualidad de pintarte cara de inocencia. Balbuceas cualquier excusa escasamente inteligible y casi siempre te encuentras con la magnanimidad de tu desconocido interlocutor. A veces incluso te llevas grandes sorpresas.

¿Usted es gallego, verdad? Este hombre es directo y no le importa dejarlo claro desde el principio. La pregunta disipa la tensión de inmediato, invitando a la charla cuya necesidad acabamos de negar. Asiento, sorprendido, mientras él se sienta en una silla de cuerda con un saco en una mano y una navaja en la otra. Pues aunque le parezca extraño, yo también. ¿No me diga? Esta vez se ha entendido lo que ha salido por mi boca casi automaticamente, al percibir la aparente contradicción entre la declaración y el acento claramente andaluz que detecto. La reacción es un simple movimiento de cabeza y un suspiro que acompaña el movimiento del cuerpo que toma asiento con parsimonia.

¿Conoce un lugar que se llama Soldón? Cientos de veces he pasado por allí, señor, en el tren que me llevaba a la capital. Esto lo pienso pero no dejo que salga de boca para afuera, quizás intimidado por el hecho de haber sido pillado en falta, así que me limito a asentir bajando la cabeza. La navaja muerde la piel de la patata que acaba de surgir del saco de esparto, mientras el hombre, más bien grande, más bien grueso, mueve la cabeza arriba y abajo sin decir nada. Sí, señor, Soldón Sequeiros, allí he nacido, confirma.

Es una historia como otras, todos tenemos una. Un padre ferroviario, una madre muerta prematuramente, tres hermanos y una hermana mucho más joven. Y el trabajo. La historia de alguna gente es esa: puro trabajo. Jornalero y cazador, porque las viñas se le daban mal y allí no había mucho más que hacer. No intervengo mucho en la conversación, él no parece necesitarlo y yo prefiero, como siempre, escuchar.

¿Sabe usted lo que es la taxidermia? Asiento, envuelto de nuevo en la sorpresa. El aspecto de esta persona no hace pensar en una terminología ni medianamente sofisticada. Me reprendo por esta lamentable reflexión mientras él desliza la navaja sobre una oronda patata con verdadera maestría. Mi padre también era taxidermista, además de ferroviario como le he dicho. Habla a ráfagas y después descansa, como tomando aire. No parece estar en paz, aunque no sé exactamente por qué digo esto.

Me pregunto entonces por qué estoy aquí. No tenías gasolina, me respondo, es así de fácil. Y en estas sierras aisladas del mundo no parece buena idea esperar a encontrar otra estación de servicio tras las mil y una revueltas de una carretera que parece haber sido trazada siguiendo el curso de un relámpago cegador.

Las frases van hilvanándose unas a otras, con largas pausas por su parte y largos silencios por la mía. Hasta que la curiosidad puede conmigo. ¿Y cómo ha venido a parar aquí? La pregunta detiene un instante el ir y venir de la navaja y también el curso de la conversación. La piel de la patata aterriza mansamente en el suelo cuando su respuesta corona la atmósfera otoñal de la tarde. Por amor, señor, por amor. Observo las botas ásperas, teñidas del color ocre de la tierra, las ropas algo descuidades sin llegar a la suciedad, la piel endurecida por las heladas, el vello cubriendo los brazos y asomando como un torbellino negro por el escote de la camisa abierta de par en par. No es una declaración que se pueda asociar facilmente a esta imagen de jornalero taxidermista.

He tocado un punto sensible. Siéntese, ordena, antes de entrar en la casa y salir con dos vasos bajos de cristal y una botella de vino ya mediada. Para cuando llega a vacía, cosa que ocurre sin grandes demoras, estamos en medio del salón de la casa, literalmente atiborrado de fotografías. Ni el más mínimo rastro de la afición taxidermista de este hombre que habla y calla como siguiendo un ritmo marcado por el reloj de la pared.

De vez en cuando lo escucho murmurar, ensimismado. Era tan bonita... Pero no me atrevo a encararlo directamente porque le adivino la mirada húmeda y lastimosa. Las fotografías, amarillentas y no siempre protegidas por el cristal habitual, muestran a la familia en los años 50, en el andén de la estación, dispuesta por orden de estatura y vestida con colores neutros que resaltan las camisas blancas. Aquí y allá algunas fotos de la pareja, en primer plano, con expresión seria él, más animada y sonriente ella. Era bonita. Una de esas morenas que no necesitan de grandes aspavientos para atraer las miradas de los hombres. Ojos negros soñadores, boca carnosa, cabellera negra y ondulada, nariz rectilínea, casi griega. Una belleza sencilla pero muy convincente.

No me atrevo a preguntar qué ocurrió, pero estoy seguro de que voy a saberlo. Como adivinando mis pensamientos y mientras contempla ensimismado las fotos de la mujer, murmura, casi para sí mismo... La vida no es justa, señor. Las maderas del piso crujen lastimeras bajo el peso de su humanidad, como llorando, mientras el peso del cuerpo va cambiando de una pierna a la otra, siguiendo la ruta que marca la mirada, literalmente prisionera de las imágenes desvaídas que pueblan las paredes. No es justa, no señor... Consuélese pensando que todos nos iremos, aquí no queda nadie, declaro con convencimiento. Él se vuelve y, parado sobre el suelo, mirándome fijamente con el vaso de vino atenazado en la mano derecha, como quien devuelve una compra en mal estado, me espeta: se murió, señor, pero no se ha ido.

El vaso de vino aterriza casi con violencia sobre un viejo aparador de castaño, mientras dirige sus pasos hacia la parte de atrás de la casa. Venga, ordena otra vez, y algo me dice que no se puede desobedecer. Atravesamos un cuarto apenas iluminado y después una despensa donde reina la fragancia rotunda de un jamón en proceso de curación, cruzando puertas situadas en medio de las paredes encaladas, tal como se hacía en las viejas casas de las aldeas, donde la intimidad parecía estar reducida a las puras noches. Finalmente llegamos a otra estancia diminuta con una ventana orientada al sur y abierta de par en par. Enseguida percibo la extraña ausencia de cualquier tipo de mobiliario.

Cuando por fin distingo lo que el corpachón del hombre ha estado ocultando, no puedo por menos de dar un respingo. Él, concentrado en algo perentorio, no se inmuta y continúa avanzando hacia la tumbona donde reposa un bulto que recuerda a un ser humano. De no ser porque los mechones de pelo caen sobre las ropas negras, descubriendo una piel escuálida y blancuzca que ha comenzado a insinuar el nacimiento de los dientes, en una mueca que sería aterradora para cualquiera. Para este hombre, no. No alcanzo a ver de dónde ha salido el escueto taburete donde asienta ahora sus posaderas, absorto en la contemplación de los restos de lo que un día debió ser una mujer hermosa. Cuando su mano avanza para cubrir los dedos femeninos, de un blanco mezquino y petrificado, murmuro una excusa cualquiera y desando el camino sin mirar hacia atrás. Al llegar a la puerta, vuelvo la cabeza. Nadie me sigue.

De repente, las casitas blancas, dispuestas en formación a lo largo de la pronunciada pendiente, han dejado de tener su encanto y hasta percibo alrededor de los olivos un efluvio que se niega a abandonarme. El rumor del motor de mi viejo Fiat me devuelve un poco a la realidad de un día luminoso que el sol aprovecha para recorrer los campos áridos bajo la mole impresionante de los montes vecinos. De repente se me ocurre que estos paisajes de la Alpujarra granadina tienen algo de irreal.

Al pasar delante del cuartel de la Guarcia Civil, algo me hace pisar el freno de improviso. El coche se detiene abruptamente y se cala antes de que consiga pisar el pedal del embrague. Algunas ideas confusas rondan mi cabeza, pero es mucho más intensa una sensación de alarma que parece haberse instalado para siempre. Contemplo por el retrovisor la bandera sobre la austera arquitectura de la casa-cuartel. Alguien asoma por la puerta fijando su atención en el coche anclado firmemente en medio de la carretera. Así que me decido, arranco de nuevo, coloco absurdamente el intermitente e inicio la marcha  como si acabara de robar la imagen del patrón del pueblo.

Y cuando por fin veo, ya a lo lejos, las casitas encaramadas en la montaña, me justifico mentalmente: ¡Y quién coño soy yo para entender sobre la vida y la muerte!



6 de abril de 2011

Es un sueño (Conjuro)

En los círculos científicos más especializados fue algo inesperado a lo que se buscaba explicación una y otra vez, no tanto con la esperanza de explicarse el fenómeno, sino más bien por llegar por fin a la conclusión de que aquello no iba a ocurrir. Habían pasado meses desde la aparición en un diario italiano de una escueta noticia, apartada en las páginas centrales, al lado de un anuncio de una gran superficie en el que sonreía  una familia convincentemente feliz.

Con el paso de las semanas, y allí donde el buen tiempo lo permitía, fue llegando poco a poco la conciencia de aquel espectáculo inesperado que encendía el romanticismo de mucha gente y la extrañeza de unos pocos entendidos. Los medios empezaron a hablar de aquel desacostumbrado perigeo, y la gente de la calle aprendió una palabra largamente ocultada pero presente ahora en todas partes.

Hasta que llegó un día en que, en un plató de París, un científico sin afeitar pronunció por primera vez aquella palabra y la sala se llenó de un silencio sepulcral. Una tacita de café se estrelló en el suelo haciendo volver las cabezas hasta aquel punto y después, la presentadora hizo una pregunta con una sola palabra. "¿Mucho?", dijo. Y el científico desaseado respondió con tres. "Sí. Muy preocupante."  Entonces, los contertulios comenzaron a pisarse la palabra unos a otros hasta que aquel hombre de pelo cano y mirada cansada abrió la boca de nuevo y todos callaron como si de aquella boca fuera a surgir el oráculo en el que todo el mundo había dejado de creer. Y lo que dijo fue como el veredicto de un alto tribunal, lacónico e inapelable. Alguna de aquellas personas se levantó de la silla, alterando los planes del realizador, mientras la presentadora ignoraba la cámara que buscaba su mirada. Unos segundos después, el mensaje de aquella cadena generalista se reducía a la pura publicidad.

Algunos diarios comenzaron a hablar de la extraña proximidad del astro, pero siempre en las páginas interiores y dándole a la noticia un tono tipicamente frívolo, y pasados unos días ningún medio se atrevió a hablar del fenómeno. Los informativos comenzaron a emitirse en horas inesperadas y la televisión de llenó de programas de dibujos animados. Las instituciones gubernamentales se convirtieron en un sin fin de reuniones donde alguien terminaba siempre levantando la voz, acusando a cierto departamento, y quienes presidían aquellos cónclaves se mesaban los cabellos como patriarcas bíblicos, y después se retiraban las gafas y frotaban los ojos insistentemente, como queriendo despertar de un mal sueño.

Enormes mareas arrasaron los archipiélagos de Indonesia mientras el mundo occidental discutía la conveniencia de informar abiertamente de lo que ocurría. En una calle de cualquier gran ciudad, una pareja de ancianos alzó la vista entre los altos edificios para contemplar, paralizada, la silueta rojiza de aquel invitado inesperado, gigantesco y amenazador. En el mar se incubaban enormes tempestades que arrasaban vastos territorios para dar paso a una calma tensa en la que se percibía algo muy parecido a la presencia de un animal sanguinario que  recobraba fuerzas antes de volver a atacar.





La humanidad se dividió en los clases de personas. Los que se encerraban en diferentes tipos de guaridas y los que querían ver el final a pesar de todo. En medio quedaban enormes multitudes víctimas de los embotellamientos de tráfico, los cataclismos provocados por las mareas y el desorden más absoluto. Sólo la inmediatez del desenlace impedía consecuencias aún peores. Cuando la pesada inercia de los medios de comunicación se detuvo por fin, un solitario diario fijó una fecha y una hora. Nadie lo leyó, con la excepción del equipo que se encargó de publicar la noticia en un último y emotivo gesto de profesionalidad.

Los montes se cubrieron de multitudes llorosas y desesperadas que transportaban a sus criaturas exhaustas y les prometían que no iba a pasar nada. Los enamorados se miraban a los ojos y repetían tres palabras que terminaron por ser el último signo de comunicación humana, transformado en conjuro y repetido como una letanía mientras las miradas se levantaban hacia el monstruo sideral, hermoso e inconmovible. Es un sueño, es un sueño, es un sueño... 

Finalmente, todos quienes habían decidido permanecer con los ojos abiertos, resignados y conscientes de la que iba a ser la última hora, compartieron una única y contradictoria sensación. Una manifestación de pánico y fascinación que se propagaba desde millones de miradas conscientes por fin de su insignificancia dentro del universo infinito e incomprensible. En cada corazón, la inevitable pregunta de por qué el final se presentaba bajo una apariencia tan asombrosamente hermosa.





Y los montes y los valles repitieron el eco de aquellas tres palabras hasta que la galaxia asistió a un súbito resplandor sin preguntarse siquiera cuál sería su significado.


Imágenes de Alicantevivo.org y Dibujando.net

21 de febrero de 2011

(Ella y) Genaro



No hablaba mucho. Más bien se limitaba a ser cordial con la mirada, los gestos, las actitudes en general. Tampoco escamoteaba una sonrisa cuando brotaba de forma natural, pero no se sentía obligada a sonreír si no le salía de dentro. Nunca dio explicaciones. No dijo de dónde venía, ni quién era, qué tenía o dónde quería estar ni con quien. Y se acostumbraron a sus largas y silenciosas presencias ante aquella puerta, bajo la arcada que la protegía de la lluvia y los vientos traicioneros de la primavera y el invierno.

Escribía dentro y respiraba afuera. Cocinaba comidas austeras y sencillas que le duraban días y días, y regaba las flores con un cariño especial. Nunca lloraba cuando se le morían, pero antes de sustituirlas por otras les dedicaba una mirada atenta y un pensamiento no necesariamente triste. Aquellas pequeñas ausencias le recordaban otras más lejanas en el tiempo y mucho más dolorosas. Éstas conseguían paralizar sus movimientos relajados entre las matas verdes y luminosas, y la sumían en un mundo de ensoñaciones que finalmente alumbraban una sonrisa interior, no visible. Una llamita que formaba parte del mundo de recuerdos que le daba calor en los inviernos y fuerzas cuando el sol agotaba los miembros. Vivía en la calma lenta y sosegada de quien no espera nada.

Nadie se sorprendió cuando sus estancias bajo aquella luz caliente y amarillenta se fueron espaciando más y más en el tiempo y la soledad se apropió de su antiguo reino. Un día llegó una ambulancia siguiendo el rastro de un coche caro y reluciente del que descendió una pareja que miró con expresión de censura las aceras sucias y los bancos de la Diputación, carcomidos por el sol y las heladas. La sacaron en una camilla y se la llevaron ante la mirada curiosa de Genaro, un viejo jubilado que a veces la ayudaba a podar los rosales. Solía quitarse la boina en presencia de la mujer, y sólo en los últimos tiempos fue capaz de interpretar aquel gesto de tristeza que ella componía al verla girar estúpidamente entre sus manos secas y agrietadas por las heladas y el trabajo. Tampoco hablaba mucho y prescindía de las amabilidades de rigor. Y se enfadaba si las plantas eran regadas más de lo necesario, pero sólo la reconvenía con la mirada y cierto gesto torvo que ella recibía siempre con una sonrisa de esas que tardan un tiempo en morir.

Transcurrieron unas semanas y el coche elegante hizo de nuevo acto de presencia. Bajó un hombre rondando los cincuenta que exhibía una barba bien cuidada y miraba las casas malamente alineadas de la calle principal con signos de nerviosismo. Detrás de él apareció un camión de mudanzas con un grupo de trabajadores que entró en la casa siguiendo sus pasos. Después de darles las instrucciones necesarias, salió de nuevo a la puerta con una bolsa de tela en la mano, y se compuso los cabellos parado bajo la vieja arcada, ensimismado. Una chapa de latón con propaganda de cerveza lo guió hasta la cantina. Allí le dijeron donde vivía el viejo. Genaro tenía ojos de sorpresa cuando se abrió la puerta con el gemido típico de las bisagras viejas. Recogió el paquete con cierta timidez, vislumbrando apenas en el interior los perfiles de las herramientas que ella utilizaba,con sus colores vivos y sus mangos estrechos y pulidos, como de juguete.

Se sorprendió más cuando el hombre extrajo del interior de su abrigo un librito de pastas duras, en las que el color había sucumbido ante el roce inevitable y recurrente de los dedos femeninos. El lazo azul que lo ceñía parecía por alguna razón un sello inexpugnable. Lo miró asustado hasta que el temor se transformó en una sonrisa donde crecía una cierta vergüenza. Yo no sé leer, señor. Cuando lo dijo ya la vergüenza había muerto. Ella me dijo que no importaría, señor Genaro. Inició apenas el gesto de quitarse la boina cuando aquel hombre tomó el camino de vuelta. Y su mano quedó flotando en el aire mientras recordaba la sonrisa de ella, ligera y aterciopelada, hasta que por fin bajó y deshizo con parsimonia el lazo azul. Las páginas estaban repletas de signos de un negro intenso, amplios y encaracolados. Aquí y allá, pétalos de rosas y dalias, con su olor dulzón y su color de fiesta. Escuchó una y otra vez el mensaje de aquellas hojitas muertas antes de quedarse dormido ante los troncos que ardían murmurando aquella cancioncilla que ella solía entonar mientras los dos se afanaban entre toda aquella vida vegetal.



Al día siguiente se presentó en casa de su hermana, muy temprano, y en lugar de dar los buenos días, preguntó sin más por su sobrina. ¿Dónde está Sole? Su hermana le dijo que tenía clases esa mañana porque uno de sus compañeros en la escuela había caído enfermo. Genaro dio un par de vueltas por la habitación, inquieto, mientras la mujer lo miraba extrañada. Le dices que tengo que aprender a leer. Lo dijo y se marchó por donde había venido, pero a punto de cerrar la puerta hizo una aclaración. Hoy, mejor que mañana. Y sus pasos se perdieron entre el polvo del camino mientras su asombrada hermana miraba las paredes, una tras otra, como quien busca explicación a las tormentas.


Imagen: Campesino, de Ortega Muñoz

23 de noviembre de 2010

La condena




Habían pasado los años, casi imperceptiblemente, con una mezcla de melancolía y dejadez que no dejaba marcas. Aparentemente. Hacía mucho ya que no sacaba aquellas fotos del cajón porque lo único que lograba era constatar de la forma más dolorosa el hecho de que aquella ya no era la misma mujer. Y los cambios físicos no eran lo más desalentador, sino aquella especie de invariable apatía que llenaba sus días y sus noches. Lo peor era que la benevolencia que en otro tiempo practicaba consigo mismo había dado paso a una actitud distante que prometía convertirse en censura, abiertamente y sin mucha demora. Comenzaba a odiarse.

Lo comprobó un día cualquiera mientras pasaba frente al espejo y la mirada apagada, sombría, casi sucia, desmintió su cuerpo aún apetitoso, altivo y sinuoso, su armadura. Se preguntó para qué le servía, de una forma casi soez, desvergonzada. Cuando salió a la calle el aire la abrió la liviana gabardina como deseando exhibir el pecho que viajaba indolente bajo aquel manto blanco y distinguido. La miraron dos hombre, murmurando, luego el cartero, obeso y sin afeitar. Lo miró ella también, obligándolo a bajar la vista. Y un instante después se sorprendió murmurando entre los rumores otoñales de las hojas. Quien te vería fozar aquí como un cerdo, gordo asqueroso... Seguía cruzándose con miradas ávidas, las de los hombres, y otras más esquivas a las que no prestaba mucha atención.

Se detuvo ante un escaparate y descubrió que nunca había actuado de aquella manera. De hecho despreciaba profundamente a quienes se sienten por encima de los demás, pero entonces... Los reflejos cambiantes del cristal servían de escenario a una reflexión basada en recuerdos vagos y visiones de épocas pasadas. Volvió a la carga... gordo asqueroso... jamás había siquiera pensado algo tan ofensivo de alguien. Simplemente, no se lo permitía. Estaba a salvo de aquellas miserias de los demás. Ella era diferente. Una señora.

Una hoja detuvo su vuelo ante el cristal y cayó a sus pies, danzando caprichosamente ante los vivos colores de las blusas, los trajes masculinos, las cinturones estrechos y brillantes. Ha muerto, pensó. Y parece alegre, sin embargo... Y yo viva y tan... Se le atragantó la palabra en la garganta y notó un cosquilleo en las fosas nasales. Las imágenes del escaparate perdieron nitidez y algo pesado le oprimió el pecho como la losa de una tumba. Contempló la carrera de las dos gotitas en el cristal, mejillas abajo. Luego se sacudió la tristeza con pasos firmes y vigorosos bajo una leve llovizna que consiguió calmarla poco a poco. Sonó denso y fatigado el reloj de la catedral, con sus pasos metálicos y cansados. Algo le hervía dentro. El cuero del bolso estaba humedecido por algo que nacía en sus manos siempre que la asaltaban aquellos repentinos estados de ansiedad y tristeza.

Pasó el lado de la tienda. Libritos de todos los tamaños, algunos con una llamativa tira cruzando su inofensiva geografía. "Anunciado en tv". Miró el rinconcito que conocía. Autores eslavos, desconocidos para cualquiera que no devorara los libros como ella lo hacía. Como si fueran su verdadero alimento. Una moderna edición del Decamerón y lo último de Saramago. Enfocó al fondo del local, a la mesa que conocía tan bien. Y allí estaba. Siempre estaba allí. Se preguntó por la razón de aquella calma invencible de hombre sereno e inconmovible, y un poco más tarde por la razón de aquellos dos adjetivos tan aparentemente precisos y esclarecedores. No sé nada de tí, pensó. Y de mí, tampoco. Súbitamente lo vio alzar la cabeza de la lectura y sonreír lentamente con la mirada, casi sin cambiar de posición, con aquella mezcla de desinterés y todo lo contrario. Tardó en reaccionar cuando se quitó las gafas y le hizo un gesto para que entrara, desde la penumbra de aquel local ajado y al tiempo bendecido por los años.

Tenía algo que le interesaría, le dijo, mientras ella dejaba la vista vagabundear por las estanterías llenas de colores opacos y aquella extraña formación de lomos con letras serias y circunspectas. Olía a un abandono natural, como huelen los bosques en otoño. Mientras él avanzaba por el estrecho pasillo entre columnas de libros dispuestos en equilibrios improbables, recordó su voz intimidada y casi ronca aquel día que había decidido olvidar. Cuántos años pasan desde el día que niegas sin saber bien por qué y ese otro en que, por la misma razón, te preguntas qué hiciste en aquel preciso momento.  Había abandonado su mirada como derrotado de antemano, pero la frase nació igualmente en su garganta triste. No sé por qué te quiero... Recordó sus pasos vencidos a través de aquellos mismos pasillos, y su propio rechazo manifestado sin la más mínima duda, con  aquel caminar altivo en dirección a la puerta, poniendo distancia con la estatua que ya no tenía ni valor para mirarla de nuevo.

Ahora se le antojaba no sólo extraño, sino también enfermizo y hasta humillante, el hecho de que aquel hombre se hubiera convertido con el paso de los días y las horas en "su librero". De repente no podía entender nada y se le hizo incluso más insoportable cuando su voz le llegó a los oídos. He marcado estas frases porque sé que te gustarán. A punto de asir el pasamanos, vislumbró al contraluz las huellas de su mano derecha en el barniz gastado de aquella madera amiga. Y pensó que en setenta y ocho años no había sido capaz de fijarse en nada verdaderamente importante. Se quedó mirando aquellas breves lineas mientras ella contemplaba los surcos de su piel pálida, casi translúcida. Algo le estalló dentro cuando sus ojos azules y desesperanzados descansaron como siempre lo hacían en los suyos, confiadamente, casi beatíficamente. Nunca tenía que confirmar nada. Él lo sabía y al cabo de los años llegó a saber que no necesitaba más que una sutil indicación para envolver el libro ciudadosamente en aquel papel que olía vagamente a resina y alcanfor.

Como si no fuera suya, observó la languidez de su mano cuando dejó el billete en la del hombre demorándose una eternidad. Notó su tacto frío y suave, el leve envaramiento de los dedos largos y cuidados, acaso un leve temblor al devolver las monedas. Oyó su propia voz como si una supuesta doble asistiera a la escena en lo alto de las estanterías, con un eco metálico y extrañamente monocorde. Estaré sola en casa esta noche. Las palabras caían desde la boca con lentitud de estrellas, con un sonido de lluvia traída por la fatalidad, como algo inevitable, orgánico. Ven a verme. Como él en aquel lejano día, desvió la mirada antes de dejar de hablar, como si le pesara más de lo soportable. Metió el libro en el bolso con un gesto mecánico y avanzó hasta alcanzar la puerta y salir al exterior de nuevo.

El hombre salió de la casa algo más tarde las tres de la madrugada y caminó muy lentamente hasta el auto, absolutamente ensimismado. Introdujo la llave en el contacto y encendió los faros. El rumor del vehículo apenas perturbó los ecos de la noche en calma, atravesando lentamente las avenidas hasta llegar al parking. Encajó su anticuado perfil entre dos rayas blancas observando que no había ningún otro coche alrededor, apagó el contacto y encendió parsimosiosamente un cigarrillo. El retrovisor reflejaba el alma incandescente de las dos farolas en el asfalto empapado por la lluvia tenaz, en una luz amarillenta y melancólica. Por qué... se repetía, con un dolor extraño ganando terreno entre los dedos, en los labios, en el vientre y el sexo, donde aún palpitaban las huellas insufribles de sus dedos, el calor imborrable de su aliento, la ronca agonía de sus suspiros rotos... 

Despertó entumecido, con un frío atroz envolviéndole el semblante y la sensación de haber muerto hacía mucho, como si morir no tuviera la más mínima importancia. El alba había nacido levantando una nube de brumas en el río, y las farlolas permanecían encendidas, contradiciendo al mecanismo que tendría que haberlas apagado. Se quedó mirando las llaves en el arranque, ensimismado, hasta que pasó un cartero obeso y sin afeitar. En la piel continuaba el rastro hiriente de sus manos incandescentes. Murmuró quedamente una especie de conjuro. No sé por qué te quise. 

28 de octubre de 2010

El corcho



Van de un sitio a otro, confiados, con la copa en la mano, la mayoría rodeando el cáliz con dedos delicados, despreocupadamente. Ella, sin embargo, empuña el cuello transparente del cristal con firmeza, rodeándolo con el pulgar y el índice mientras los tres dedos restantes bajan por la copa como un coro de acompañantes hasta llegar a a la base, relajados. Su sonrisa ilumina los rostros de aquellos a quienes saluda con un simple gesto. Sólo se detiene un instante, cuando una amiga acaricia delicadamente su larga cabellera azabache, exhibiendo la envidia en la mirada.

La atmósfera está llena con la voz contenida y acaso ensimismada de Chet Baker, un tipo que fue vapuleado una y mil veces por la crítica de la época. Simplemente se atrevió a cantar y eso desató una tempestad. Probablemente es adecuada para que estas bocas se muevan unas frente a otras, mientras los ojos viajan buscando siempre a alguien, con discreción, y luego vuelven hasta el contertulio, que inspecciona el lugar de donde vienen para corresponder luego amablemente a la sonrisa que reclama de nuevo atención. A esto lo llaman una fiesta.

Hay un tipo sentado desmañadamente en una butaca de un color chillón y mate, opaco, un color denso, casi pesado, agobiante. Lleva una camiseta de listas blancas y verdes que desentona de una manera brutal con los vestidos oscuros y vaporosas de ellas, con los trajes de verano de ellos, con el suave perfume de la sala y las notas aisladas del equipo de música. Dos mujeres le escuchan sentadas en los brazos de la butaca, con expresión maternal y cierto aire protector. Él recita versos de un libro amarillento y sorbe muy a poquito el líquido dorado de la copa estrecha.

Sale el camarero y de la bandeja cae el corcho sin que nadie repare en el. Llega más gente a la sala haciendo subir la temperatura. Alguien abre la puerta del balcón para que corra el aire. La cortina se abate sobre la concurrencia hasta que alguien la hace prisionera. Chet insiste en su mensaje, "the thrill is gone..." sin conseguir que nadie preste atención a su voz de penumbras, a sus tonos de amante entristecido, derrotado.

Un hombretón pisa el corcho que ha caído de la bandeja y lo proyecta contra las piernas de una morena pálida con acento nórdico y cuerpo ligero. Dos pasos más allá una rubia mucho menos grácil da un paso hacia atrás, riendo la gracia de su acompañante. Su pie se desliza involuntariamente sobre el corcho y en una décima de segundo su compostura se transforma en un conjunto de ángulos descompuestos que vacila en el aire y termina aterrizando sobre una mesita auxiliar donde reposan botellas de licor, un recipiente con cubitos de hielo y un plato de cristal de bohemia en el que agonizan media docena de rodajas de limón.

El hombretón acude raudo al lugar de la catástrofe, interesándose por la mujer con expresión de preocupación. "No es nada, cariño". El afectuoso vocativo estalla en la sala como una granada de infantería. Ella exhibe por un instante una mirada confusa y después se sacude las ropas mientras él examina el suelo recién abrillantado, con un gesto de ira contenida. -Ricardo, siempre tan amable, ya veis-... Hay sonrisas maliciosas en los ojos de la concurrencia y un silencio que la dama intenta llenar con una incesante verborrea. -¿Va todo bien...c a r i ñ o?- Esta vez el vocativo se ha demorado eternamente hasta que al final ha salido de la boca de la morena con la lentitud quien atraviesa un campo de minas. Ni las moscas se atreven a poner fin al espeso silencio mientras ella atraviesa la sala haciendo girar la copa entre el índice y el pulgar. Al llegar frente al balcón, tira del lazo que sujeta la tenue cortina, y ésta vuela hasta encontrar el cuerpo del hombrón absorto, petrificado, y envolverlo como un sudario. Pero sólo los más alejados se atreven a celebrar lo cómico de la escena.

- Mi marido siempre ha sabido cuidar a las mujeres -. Las palabras se persiguen casi voluptuosamente, hasta que la frase llena el espacio entre las las paredes altas e inmaculadas. Ella lo mira, absurdamente inmóvil tras  el tul blanco, compone una mueca compasiva y finalmente se aleja dando la espalda con un movimiento de bailarina. Chet interpreta la escena desde una cabina de grabación de los años cincuenta, "this is the end, so why pretend...". Alguien entrega una servilleta para reparar los daños del cava en los brazos bronceados de la rubia, las damas examinan su cuerpo como buscando partes extraviadas y los hombres encuentran el momento adecuado para admirar los cuadros de las paredes, las exuberantes lámparas del  techo, los botones de sus chaquetas de lino, la boquilla humedecida de los cigarrillos, los flecos de las alfombras...

El hombretón aparta la cortina con un gesto de condescendencia, se excusa amablemente sin obtener respuestas, atraviesa la sala con paso vivo y da un manotazo a la puerta del interminable corredor. Al llegar al cuarto de baño arroja la copa contra uno de los espejos manchando la chaqueta con el flujo de cava que brota sin control del recipiente. Después, se va.

El incidente dio lugar a lo que más tarde sería conocido como "la guerra del corcho", una batalla comercial que costó incluso vidas humanas. El biógrafo del hombretón, aseguró que éste le confió poco antes de morir, que nunca había perdido el control de las cosas importantes de su vida. Con la excepción del corcho de aquella maldita fiesta. El camarero desapareció y no se supo más de él hasta pasados meses. La policía lo contabilizó entre las víctimas de la guerrilla. Nadie hizo preguntas.


(Imagen de Mundofotos.net)

26 de septiembre de 2010

Verano tardío



Tenía mal aspecto y pinta de no haber dormido bien en muchas noches. No era su problema. Abrió la cazadora y dejó que viera la pipa asomando en la cinturilla del pantalón. Cierra y ponte aquí detrás. La contempló unos instantes antes de empezar a retirar de las estanterías lo que le pareció más valioso. Algunos frascos de colonia se fueron al suelo estrepitosamente mientras iba y venía sorteando las mesas y los paneles publicitarios. Le echó otra rápida mirada y confirmó que no estaba nada bien. Se detuvo un instante y preguntó. ¿Se puede saber qué te pasa? No voy a hacerte nada, por si pensabas que soy el destripador. Le sorprendió la dificultad con que levantó los párpados. Hablar le costó más todavía .Si te llevas eso me veo en la calle... 

Ya. Vas a ser feliz con esta esclavitud mal pagada, ¿no? Los párpados se derrumbaron de nuevo, mientras el cuerpo se recostaba contra la pared. Volvió a su serie de frenéticas carreras entre los anaqueles, valorando en una décima de segundo si los relojes o los gemelos o los perfumes merecían realmente la pena. Cuando volvió a pasar ella reposabe en el piso encerado con las piernas descompuestas y el vestido recogido hasta la cintura. Tenía los ojos abiertos y una expresión ausente instalada en los ojeras violáceas. No había rastro de lágrimas en sus ojos, sólo un aura de impotencia que manaba de las cuencas de sus manos abiertas hacia el techo, como esperando una lluvia refrescante de la superficie metálica y abrillantada. Se inclinó y la miró mejor apartando los cabellos rubios de los ojos. De su nariz manaba lentamente una mucosidad transparente. Recordó las voces de su madre instruyéndolo siempre en la necesidad de las buenas costumbres y particularmente en la conveniencia de llevar siempre un pañuelo en el bolsillo. Secó con él la corriente que bajaba de los hoyuelos de la nariz. Después movio su cabeza para mirarla de frente hasta que ella retiró la mirada fijándola en algún punto del suelo, sin decir nada. 

Había rumores en el exterior y la claridad del amanecer prometía un día cálido y luminoso. Juró inconscientemente antes de que las palabras del Chorvo volvieran a taladrar su mente como tantas otras veces. No vales para esto, eres un pringao. Volvió a mirarla despacio. Sería bonita si cuidara más el cutis y se peinara más acorde con las últimas tendencias. Tenía la voz ronca cuando preguntó. ¿Es cierto eso que me has dicho? Los párpados se alzaron de nuevo, pesadamente, y en los ojitos negros brilló una expresión esperanzada. Se levantó, juró de nuevo y miró el reloj nerviosamente. Tendrás que colocarlo tú de nuevo, ¿vale? Miró el saquito donde había acumulado el botín de cualquier manera mientras la voz de ella se rompía sin llegar a hacerse comprensible. No podía dejar de mirarla mientras se abría camino hacia la puerta trasera. Definitivamente, era bonita. 

Advirtió la sombra que se precipitaba sobre él por puro instinto. Y por puro instinto la mano voló hacia el interior de la cazadora de cuero. Algo paró su carrera dos veces y lo dejó sentado ridículamente sobre los canalillos sucios de la acera, poblados de colillas de cigarros y de las hojitas secas de los plátanos jóvenes. Las fuerzas lo abandonaron súbitamente y su espalda cayó contra la pared. Por primera vez en su vida se fijó en el vuelo grácil e indisciplinado de las golondrinas. Vislumbró la silueta borrosa de un uniforme azul y una gorra de plato con manchitas blancas y azules. Después el calor de una mano menuda en la mejilla y unos cabellos dorados danzando ante unos ojos marchitados por esas típicas ojeras de los días de insomnio. Y la noche llegó extrañamente, cuando apenas el día había nacido. 

Ocurrió un lunes de un verano tardío. Un día limpio, cálido y luminoso como tantos otros.

7 de mayo de 2010

La erótica de la represión


A quienes no hayan vivido según qué épocas les parecerá sencillamente increíble, falto de lógica, kafkiano, infantil... y podríamos seguir añadiendo adjetivos hasta mañana. Pero ocurría y de hecho nos lo tomábamos como algo natural, el curso simple de las cosas. Los escotes los llevaban las señoras importantes y siempre eran limitados. Mucho. Las faldas bajaban un par de palmos de las rodillas y los bañadores se parecían mucho a las escafandras. Pero tras ese aparente telón, alimentado por algo que era desde luego enfermizo, crecía lo que jamás se podrá ocultar ni disimular. Puede que el hecho de que todos los alumnos fuéramos varones ayude a entender lo que sigue.

Había una mujer, de unos cuarenta, que nos enseñaba historia, francés y algo de arte. Podía aparecer en pantalones, pero lo normal era una falda "de tubo" que difícilmente soportaba el volumen de sus contundentes muslos cuando cruzaba las piernas. Bajita, redonda, de aspecto moderno para la época (el pelo corto en una mujer era casi impensable) y gafas negras. Solía dar la clase sentada sobre la tarima, justo en el centro de las dos filas de pupitres. Era agradable y nunca nos lo hacía pasar mal. Siempre deseábamos aquel momento. Aludía a algo insustancial mientras esperaba el horrísono eco del timbre y deshacía el cruce de piernas con una lentitud que a todos nos parecía estudiada. Treinta y muchas miradas seguían aquel movimiento buscando algún resplandor remoto algo más allá de su rodilla. Nadie lo consiguió nunca, de lo que deducimos que sus prendas íntimas no eran del color esperado. También hubo quien pensó que simplemente no existían.

Con curiosa frecuencia, arremangaba la falda hasta la mitad de los muslos y hacía una llamativa observación mientras se subía las medias como quien contempla el sol en un ocaso otoñal. Naturalidad, chicos. Viajaba. Nosotros no tanto. En las filas de atrás, donde solían habitar los más mayores, se oían obscenidades aún sin inventar y a estas altura estoy seguro de que aquel murmullo medio desbocado le gustaba. Se le adjudicó un mote felino que le iba bien. Nadie quedaba allí sin su segundo nombre.

Esta otra era muy diferente. Alta, delgada y bien formada, el pecho breve, las caderas proporcionadas, piernas largas y melena corta y ondulada. Llevaba siempre un rictus de amargura en la boca que aún la acompaña. Seguramente nos despreciaba y castigarnos era para ella una rutina más. De rodillas, decía, y el aludido tenía que permanecer en tal estado ante su mesa. Esto era lo interesante. Su mesa estaba algo elevada, sobre una de aquellas inevitables tarimas que marcaban la diferencia con nuestro mundo de abajo. Y no tenia fondo, de manera que el sufridor contaba con la impagable compensación de verle las piernas a la profesora. Las tenía bonitas, como he dicho.

Uno puede entender que no le diera importancia según a quien le tocara aguantar la mordedura de las duras vetas de la madera bajo las rodillas. La mayoría teníamos poca educación pero también poca malicia. Ese no era el caso de César. Era mucho mayor, más alto y mucho más fuerte. Una auténtica pesadilla en los recreos. Le castigaba poco para lo que merecía, pero algunas veces cedía a la ... ¿tentación? No puede interpretarse de otra forma el hecho de que no viera como se escurría bajo la mesa. Era un pajero nato que no dudaba en masturbarse en plena clase, aunque no quedó constancia de que lo hiciera nunca en aquella situación. Eso no nos hubiera cogido de sorpresa. Lo fascinante era verla a ella, con la vista fija en cualquier libro de los que dejaba sobre la mesa, extrañamente quieta, ensimismada, mientras la clase palpitaba en silencio y al lúbrico sujeto sólo le faltaba introducir la cabeza bajo su falda.

He dejado lo mejor para el final, por supuesto. Nuestra protagonista era y es menuda pero bien proporcionada, de geometría redonda y sinuosa, rostro sencillamente hermoso, ojos azules y melenita corta. De esas mujeres que consiguen llamar la atención sin proponérselo. También autoritaria y creo que decididamente partidaria del régimen franquista, cosa que aún hoy se le nota. Imponer la autoridad era lo suyo y las normas emanadas del sistema educativo de entonces eran para ella el catecismo. Jamás vistió un pantalón. Y su cuerpo se adaptaba a las faldas como si éstas fueran una segunda piel. Creo que aquellas nalgas traían al centro entero hipnotizado. No tenía un cuerpo llamativo y sus principios la invitaban a disimular el pecho bajo ropas siempre amplias y discretas. Su trasero, en cambio, era como un cartel rojo en medio de una lavandería y disimularlo era algo que sólo podía conseguirse arruinando completamente todo su aspecto, cosa que afortunadamente nunca ocurrió.

Los castigos, como ya se ha comentado, eran frecuentes y solían consistir en la suspensión de los descansos o en el secuestro directo después de las horas lectivas. En aquella sala era la reina. Allí su voz autoritaria no admitía que nadie rechistase y el silencio tenía que ser monacal. En aquel ambiente, su proximidad resultada turbadora. Era deliciosamente solícita cuando pedías ayuda. Mientras explicaba por qué aquello era un atributo y no un complemente era fácil que su mano te rodease los hombros y su pecho descansara plácidamente a ninguna distancia de tu cara. Y la explicación solía alargarse. ¿Te das cuenta?, decía y cuando afirmabas reaccionaba como si hubiera entendido justamente lo contrario. Y aquello se demoraba de una manera sencillamente deliciosa, licuante. Creo que para ella también.

Aquel día sigue prendido en mi memoria y ahí quedará siempre. Me acompañaban un par de chavales novatos y el tal César, todos acomodados en el banco del fondo de la clase cumpliendo un castigo por cualquier motivo. Imposible recordar de qué hablaba. Mucho más fácil evocar sus redondas posaderas dibujadas con esmero por la falda de tweed, plantadas a un palmo de mis narices. Al tal César se le habían hinchado las nascarillas como a un caballo desbocado y no apartaba la mano de la bragueta. Aquellas dos lunas llenas bailaban ante nuestras asombradas bocas cuando ella cambiaba el peso del cuerpo de una pierna a la otra mientras continuaba con una declaración que no recordaré jamás. El estupor se me acentuó cuando miró hacia atrás y mostró una sonrisa que entonces no pude comprender.

Unos segundos después, aquel culo hermoso y codiciado se apoyaba directamente sobre el pupitre obligándonos a retirarnos hacia atrás. El peso del cuerpo comprimió las carnes duras y rotundas. Jamás he visto un imán tan potente. Cada vez que acomodaba las nalgas sobre el barniz gastado de la madera me imaginaba la falda explotando y liberando el precioso botín. Recuerdo el sonido detestable del timbre cuando la mano de aquel César se desplazó en el aire siguiendo el contorno de sus nalgas hermosas. Nos invadió el pánico al ver la expresión del tipo. El contacto parecía inevitable y aquello iba a suponer un escándalo de proporciones gigantescas. En el último instante los glúteos de ella decidieron que la sesión había terminado. Los dos novatillos tenían la cara entre las manos y César miraba con un aquel de furia contenida. Aún seguía congestionado cuando se incorporó mostrando sin ningún pudor el madero que se le había atravesado en la pretina. Mi corazón reanudó su paso poco a poco y ella me regaló otra sonrisa cuando salía por la puerta.


(Imagen de: http://elperro1970.files.wordpress.com/2007/09/culo.jpg)

28 de marzo de 2010

Las hojas muertas (y IV)


Los tacones levantaron ecos apremiantes en el silencio asombrado del lugar en penumbras. Cedió la puerta con un quejido metálico que cesó cuando el pomo golpeó la pared. La luz entraba por los cristales rotos, a raudales, revelando la silueta de la contraventana, vencida sobre la pared como un soldado moribundo. Hacía un frío difícil de creer y nada especialmente interesante que contemplar. El quejido de las bisagras arreciaba, a medida que la inercia dictaba el regreso al punto de equilibrio.

Al principio fue apenas una sombra. Los cabellos enmarañados, componiendo una suerte de llamarada indómita pintada de colores extrañamente fríos. Después, a medida que la puerta viajaba lentamente hasta el centro de la habitación, la frente grotescamente abultada, los pómulos marcados bajo la piel tensa y apergaminada, los ojos desmesuradamente abiertos en un gesto de ira de un azul espectral y la boca deformada en un gesto brutal, entre obsceno y estuporoso, con los labios envueltos en un carmín espeso, casi sanguinolento. Retrocedí, estremecido, sin poder apartar las pupilas de su mirada gélida y violenta, atrapada para siempre entre los trazos rápidos y largos de una mano segura, decidida. Pinta largo y seguro, me decía, como si no te importara el resultado.

Derrotado, bajé la vista hacia las maderas entristecidas y protegido ya de su mirada demoledora desplacé la puerta hasta ocultar de nuevo su glacial presencia. Recordé entonces la expresión confusa y apesadumbrada de quienes la rodeaban el día en que todos sus cuadros desaparecieron de la casa, cuando ya nadie osaba pedir explicación alguna sobre su particular comportamiento.

La puerta se abrió cuando estaba a punto de poner la mano en el picaporte. Reconocí enseguida el gesto ensimismado de Julián, el marido de Anuncia, medio oculto ahora entre los cabellos blancos y desordenados. Su sonrisa forzada y huidiza. No había cambiado mucho. ¿Como va la vida, Julián?, me alegro mucho de verlo. Malamente señor, son malos tiempos. ¿Y Anuncia? Con sus cosas, como siempre. Claro. Pues sí. Quedó medio asomado a la puerta con la actitud entre curiosa y precavida de quien no confía en la información que le dan los sentidos.

Intercambiamos un par de frases más, a modo de despedida. Supongo que ya nadie vive aquí, Julián. Ya no, señor, pero el café se acaba y hay que reponerlo. No prestó ninguna atención a mi gesto de estupor.

El viento arreció al cerrarse la puerta, y las hojas volvieron a buscar una salida del laberinto, jugueteando caprichosas entre mis zapatos.

FIN

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Foto: Recorte de la carátula de "In the court of the Crimson King". King Crimson.

24 de marzo de 2010

Las hojas muertas (III)

Uno de ellos corrió hacia la sala contigua, aún en penumbras y desapareció. Los otros tres continuaron con su examen a distancia, curiosos y dueños de la situación. Después de accionar el interruptor, avancé hacia el salón. Sólo entonces tuve conciencia del insólito hecho de que la luz inundara la estancia tímidamente, casi avergonzada, con un tono amarillento recreado en las paredes por la lámpara de múltiples brazos que descendía desde el techo como quien busca conversación. El silencio reinaba como un dios y los escasos testimonios de vida en el exterior no hacían más que confirmar la irrealidad de la escena.


Los pasos resonaron sobre la madera como un reloj de otro mundo, lentos y pesados. No había puertas en el estrecho pasillo que separaba las dos estancias. Las paredes altas, el tiempo detenido y el silencio absoluto. Ante los ojos nacía una sensación intensa de caos, o, quizás, de pesadilla. Sobre los muros, sujetos desmañadamente con puntas, los lienzos arrancados de los marcos, y a sus pies, en el suelo, los restos que los clavos habían expulsado brutalmente de la pared. El suelo inexplicablemente bruñido, como cuidado por las manos de un hada capaz de cualquier prodigio.


Brotó en el aire el tañido inesperado del piano. El gato se quedó parado sobre la más grave de las teclas, mirando arrogante y después retrocedió. En una repisita practicada en el mueble del instrumento, una taza finamente pintada sobre un platillo a juego, y una cucharilla. En el fondo, los restos oscuros, ya desecados, del café, y en los bordes, un rastro vagamente escarlata.


Muy a disgusto, reconocí aquellos cuadros inmaduros y coloreados hasta la exageración con la agobiante sensación de estar viviendo un sueño desmentido por la brutalidad de los clavos incrustados en la pared de cal. Llenó la estancia el recuerdo de su voluntad imperiosa e invencible hasta aquel triste momento . Serás pintor porque esa es mi voluntad y la de los tuyos. De la pared torturada emergieron sus ojos, dos océanos de un azul infinito que hasta entonces habían sido hermosos, abiertos y paralizados ante la negativa. Su gesto impenetrable me atravesó las vísceras al recordarla, erguida en la vieja butaca, con la eterna taza de café suspendida entre el índice y el pulgar, reclamando la presencia de Anuncia. El señor nos abandona, dijo entonces, mientras su boca verificaba la sentencia con el gesto indiferente de quien decide terminar el café por ninguna razón determinada.


Después vino la ausencia. La lejanía. La vida que tomó otros rumbos. La promesa inaplazable del futuro en marcha. La apacibilidad de no hacerse preguntas que flagelan la memoria. Hasta que Laura, la hija de Anuncia, llamó un Viernes por teléfono y comunicó el fallecimiento con tres días de retraso. ¿Y cómo no me habéis avisado? Y el silencio al otro lado, seguido de un suspiro y una breve frase pronunciada porque no quedaba más remedio. No quiso que se avisara a nadie, ya sabe cómo era.


Partículas de polvo bailaban en el aire entre los haces de luz filtrados por las ramas de los plátanos cuando volví a recorrer la casa con pasos cansados. Nunca había permitido la presencia de espejos en su reino. El fotógrafo de la familia, un tal Damián, que debía ser un maestro en el arte de la paciencia, había intentado durante años convencerla para dejar a la posteridad un retrato. A nadie le aprovechará cuando ya no esté, respondía invariablemente con un asomo de fastidio. Quizás aproveche a quienes ahora la rodean, mi señora, replicaba el buen hombre. Esos me tienen aquí. Y jamás nadie conoció un retrato suyo.


Su belleza tenía un algo de irreal, probablemente a causa de su extrema palidez y la mirada casi transparente. Y aquel carácter no ayudaba a mejorar la impresión de lejanía. Déspota hasta el punto de aceptar el propio sufrimiento como algo preferible a la debilidad, e incapaz de ponerse en el lugar del otro, hacía del cumplimiento de su voluntad un principio irrenunciable que le granjeó no pocas antipatías antes de encerrarse en casa a cal y canto cuando apenas había cumplido cuarenta años. Lo demás fue un puro seguir caminando por la misma conocida senda. Lo que llamamos hábitos.


Me sorprendió aquella puerta cerrada, casi invisible en medio del pasaje entre la parte este y oeste de la casa. Volvieron a la memoria los juegos en aquel minúsculo espacio bajo las escaleras que conducían al ático, atiborrado de muebles inservibles, lámparas abandonadas y alfombras destruidas por la humedad. El cierre soportó estoicamente la presión ejercida por mi mano, acaso temblorosa. Caminé despacio por el pasillo, frustradas las ansias de saciar la curiosidad. Cuando volvía sobre mis pasos, la silueta de la llave, suspendida sobre el marco de la puerta, se hizo visible al contraluz misterioso de la casa.


(continuará)

19 de marzo de 2010

Las hojas muertas (II)

Dos palomas agitaron las alas en el exterior mientras cerraba de nuevo la puerta. Olía a algo espeso y penetrante. Allí estaba el escaño en que solía recrear mi gusto por la soledad en las tardes asfixiantes del verano. Un manto de polvo viejo cubría el contorno de los escasos muebles de la estancia, apenas iluminada por la escasa claridad que penetraba las grietas de las contraventanas. El pestillo golpeó abruptamente la madera seca y oscura cuando lo liberé para permitir el paso de la luz a través de los cristales, oscurecidos ya por una suciedad enquistada. Continuó el rumor tras la puerta de la sala, abierta de forma inexplicable. El olor ganaba en intensidad con el paso de los minutos.


Súbitamente, una suerte de grito infantil rasgó el silencio que hasta entonces parecía indestructible. Sobrecogido en un primer momento, dejé que el eco de los propios pasos ahuyentara el acoso irracional del pánico. La puerta daba acceso al pasillo, en cuya oscuridad se adivinaban apenas algunas fotografías de la familia. Allí debía estar el rostro casi inexpresivo del abuelo Arturo, el gesto adusto y severo de su mujer, Elba, y las caritas asustadas de quienes habían sido mis compañeros de juegos en torno a la casa, ahora sombría y silenciosa.


Conforme avanzaba en la penumbra, aumentaba la sensación de estar siendo observado y una inquietud naciente se iba adueñando de la atmósfera. Después, la luz inundaba la soledad de las salas que iba visitando, una a una, descubriendo algún mueble abandonado, a veces en medio de la habitación, como si a última hora la indiferencia se hubiera impuesto sobre cualquier otro tipo de consideración.


Otro pequeño pasillo marcaba el camino hacia las escaleras que daban acceso a la planta superior. No recordaba en qué lugar se hallaba la ventana. Con una mano suspendida en el aire, previendo algún mal encontronazo, desemboqué en la sala contigua. Un bufido claramente amenazador se extendió sobre las tablas del suelo hasta convertirse en un rumor sordo que ascendió por las escaleras rápidamente. Comenzaba a sentir frío y sólo la terquedad propia de mi carácter me impedía encender una cerilla, empeñado en negar la naturaleza intrínsecamente inquietante de la tiniebla. Una pequeña línea de luz descubrió finalmente la contraventana, que liberó un largo lamento al separarse de los cristales turbios.


Tres reguerillos de un color amarillento bajaban por la pared serpenteando como pequeños meandros hasta morir inexplicablemente a cierta distancia de los escalones de madera. Barras doradas en los vértices de los ángulos de los escalones, limpias, casi brillantes, y bajo éstas, obedeciendo al orden impuesto por una mano seguramente pulcra y segura de sí misma, una alfombra de tonos rojos, beige, amarillos y azules, componiendo escenas de caza.


Al mirar hacia abajo, el brillo del barniz del pasamanos destacó sobre la suciedad impersonal de las maderas del piso inferior. En el último escalón, ante la puerta, los ojos de una Diana sentada en actitud indolente, mostrando el pecho y mirando directamente desde la alfombra a los ojos del espectador. Su sonrisa tenía un aquel de indiferencia poco propio de una diosa.


La mano empujó la puerta con fuerza, creyéndola encajada en los marcos por la fuerza del tiempo y la humedad, ocasionando un brusco desplazamiento que murió con un golpe sordo y rotundo contra la pared. Del techo, apenas visible en la obstinada penumbra de la casa, cayeron unas briznas de polvo danzando sobre la luz proyectada desde las ventanas. El olor, más y más penetrante, reinaba por todos los rincones.


Las contraventanas se separaban ahora con suavidad de sus alojamientos, casi lánguidamente. Apoyé los dedos en los cristales y enseguida los froté, lamentando aquel movimiento inconsciente, pero la piel no reveló el más mínimo signo de suciedad. El dedo medio recorrió la fría superficie del vidrio para certificar que la suciedad se había quedado en el exterior. Más allá del jardín abandonado circulaba un coche sin ninguna prisa, como un elemento más del decorado, indiferente y silencioso.


Cuadros en las paredes. O por mejor decir, marcos en las paredes. Marcos de un tamaño importante y despojados de su contenido, mostrando a veces los restos del forro posterior y algún resto extraño colgando de la estructura. La madera del piso producía chirridos constantes, suaves y mantenidos como la nota de un violín, mientras la vista viajaba por las butacas, las perchas vacías, el carrillón paralizado y las cortinas altas y espesas. El rumor llegó, líquido, desde la puerta. El gato me miraba fijamente mientras los orines se deslizaban lentamente hasta una de las juntas de la madera, por donde se escurrieron al piso inferior. Enseguida noté el tacto inexplicable de una segunda mirada, y luego de una tercera y una cuarta. Aquellos animales denunciaban sin ningún complejo mi condición de intruso.


(continuará)