17 de junio de 2007

Vuelta a la "tranquilidad"


Mi coche tiene CD. Modelno que es uno. Pero el muy jodío siempre arranca con la Cope. Y esto que, entre que te acomodas y no, terminas por atender al discurso de estos muchachotes. Siempre terminas sonriendo, así que deben de ser simpáticos. Por más que a mi me gustaría escuchar a los obispos, con su propia voz, vaya, que mira que se las apañan bien para no salir nunca en la foto, eh?

Poquito antes de las elecciones les llamé. Ese día habían conseguido interesarme de verdad, porque uno de los contertulios parecía a punto de atravesar los lindes entre el mundo terrenal y el otro. Entiéndaseme, que me pareció que era cosa de urgencia. Casi estaba viendo al hombre, con las venas de la frente hinchadas como globos, y las del cuello, tu ... Pa mi que tenía una erección del puro cabreo.

Pos nada. Que llamé. Me contestó una tía muy seca:

- ¿Qué desea?

- Nada, mujer, que mira si tenéis un Tranquimazín o algo pal hombre que tenéis hablando ahí, que le va mal, en serio.

No sé qué me dijo del culo y colgó el teléfono como quien lanza una granada. Desde entonces me lo pienso mejor antes de ayudar.

Resulta que ayer me vuelvo a quedar con el dichoso programita. No encontraba no sé qué por la guantera, y busca por aquí busca por allá, y estos venga raja que te raja. Entonces me fijo que el tono de voz ha disminuido considerablemente. Hablan del fin de la tregua, claro. Que si los informes del servicio no sé qué del ejército, que si anuncios de un gran atentado. O varios. Nadie alza la voz. Parece que estuvieran hablando del tiempo. Y en esto que me fijo que no han dicho aún "cobardes", ni "asesinos", ni "sanguinarios", ni "execrable", ni "repugnante"...¿Ehhhhh?

Cuando espero que alguien recupere el vigoroso discurso de hace apenas unos días, me encuentro con un asombroso "Y ahora vamos a ver qué nos aconsejan en el Corte Inglés". Me he tomado la molestia de seguirlos escuchando en los días subsiguientes (es mucho, eh?) y creo que lo puedo confirmar.

¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿ Será posible ???????????

¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ Se han quedado tranquilos ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! !

Hay que joderse.

8 de junio de 2007

Humilde

Apenas un tubo de zinc con la herrumbre campando ya a sus anchas una vez que el metal abandona el cobijo de la insignificante ventana. Barrotes de hierro pintados de negro, para impedir el paso de los amigos de lo ajeno. Difícilmente entrarían aquí. Es más, difícilmente prestarían siquiera atención. Son más bien barrotes contra el miedo. Absurdos barrotes, porque el miedo está dentro.

Y un geranio. Sencillo, acomodado y confortable. Creciendo hacia todas partes sin demasiados obstáculos. La maceta modesta, de plástico. Suerte que el color casi hace pensar en el barro.

Hay una luz extraña. El sol anda bajo aún y acaricia las paredes encaladas de enfrente, mandando luego un reflejo mortecino que no llega a ser blanco. Es curioso la cantidad de blancos que existen. Este debe tener un nombre especial. Quizás blanco-discreto. O blanco-secundario. Aunque también parece un blanco oscuro, lo cual es una contradicción. Menos para quien lo mire y lo "vea" así. Quizás es un blanco-negro.

Ahora recuerdo algo. En el fondo siempre he sido un cachondo. De pequeño, más. Una vez, mi madre que mando a la tienda "da Agustina" a por una bobina de hilo negro. Me enfurruñé, como siempre que interrumpía mis sueños, y pregunté:

- ¿Claro o oscuro?

Siempre he sido un cachondo.

2 de junio de 2007

Rioseco



Me encanta hacer fotos. Me he levantado temprano para que el sol marque las sombras como quiero. Subo hacia los montes huyendo del ajetreo urbano, dejo el coche en cualquier esquina y me interno en este "caborco" con intención de hacer la foto de mi vida. Hace frio. Hay un leve rocío encima de las hojas y las flores. Desciendo poco a poco entre amarillos violentos y violetas apacibles. Hago un par de disparos y sigo bajando con calma. Y enseguida las fotos empiezan a perder interés. Esto es fantástico.

Aún esquilmado en su mayor parte por los incendios que se repiten puntualmente cada dos años el pequeño valle revienta de colores y de sonidos. Los robles lucen una gama de verdes imposible de explicar. Desde lejos parecen enormes pompas de algodón.

Las "xestas" inundan los espacios más abiertos con sus diminutas flores amarillas. En medio crecen matas de espliego redondas y difusas con sus extrañas flores coronadas. Verde, amarillo, violeta, azul, ... Envidia me da quien pueda plasmar todo esto en una fotografía. Yo no soy capaz, así que me rindo a la sensación de poseer todo esto que no es ni será nunca de nadie.

Los saltamontes emiten un sonido amenazante, como de serpiente, sin dejarse ver. Corre una brisilla que obliga a cruzar los brazos sobre el pecho para combatir el frio. Me siento en una piedra blanca y seca, de esas que por aquí llamamos "xeixos" y dejo vagar la vista por la otra vertiente. Enormes copas verdes en torno al sendero antiguo de los pastores y sombras prolongadas hasta el infinito por el sol que se levanta cansinamente. Silencio de pájaros y arañas, de saltamontes y mosquitos, de culebras esquivas y ratones inquietos.

Vuelvo la cabeza después de oir ruido tras de mi y apenas llego a ver la cómica carrera de un conejo sorprendido por mi presencia. Luego una sombra cruza el suelo saltanto del amarillo al violeta y de ahí al verde. Un pequeño gavilán busca sustento. Sólo faltan las hadas.

Aquí no pasa nada. Sólo ocurre la vida. El viento transporta semillas y mensajes a algún lugar elegido al azar y el sol seca el leve rocío de la noche ascendiendo después a su trono inalcanzable. Mil vidas minúsculas recorren microscópicas veredas procurándose alimento sin que su frenética tarea parezca afectar a nada ni a nadie. Gorriones y mirlos atruenan el aire con un grito incansable y acaso imprescindible. Todo el espacio cautivo entre las dos vertientes tiembla con este ir y venir de preguntas y respuestas.

Cuando llegas crees estar solo y en silencio. De hecho esa sensación te invade de una manera clara, abrumadora. Sólo cuando te dejas vencer por los sentidos y el pensamiento se detiene lentamente, como una vieja locomotora, expulsando ansiedades y agonías como nubes de vapor blanco y efímero, te das cuenta de que no puedes estar más compañado. Y que el silencio aquí es un canto que no empieza nunca y no termina nunca.

Dejo vagar la vista, descendiendo la ladera por entre las matas de flores blancas y azules y rojas y violetas y negras. Abarco distancias infinitas en un viaje aéreo que ojalá pudiese ser real. Y al llegar al final asciendo por el lienzo de la otra vertiente, preñado de colores y sombras, luces y lejanías, hasta alcanzar la cima de los montes, redonda y mansa a veces, y otras aguda y brava. Y pienso en el largo de viaje de esas rocas que desde el magma incandescente de los abismos han ascendido hasta tocar el cielo. Hay cosas que no se pueden comprender.

A punto de abandonar el lugar, vuelvo la cabeza a uno y otro lado, intentando llevarme conmigo la sensación de plenitud que proporciona la vista. Me imagino como sería esto antes. Hace quizás mil años aquí no habría un sólo espacio donde el sol no tuviera que luchar para abrirse camino. Un mundo de castaños desproporcionados, robles invencibles y alcornoques de ramas caprichosas y robustas. Contemplo desde la lejanía a los que han logrado sobrevivir. Si tan pocos consiguen alimentar estas sensaciones, más vale no pensar en el bosque original. Por respeto.

Volveré. Eso espero.

26 de mayo de 2007

Memoria infantil



Recuerdo avanzar a lomos de un animal enorme de pelo cobrizo, mirando hacia los lados. Ante mi la espalda gigantesca de un hombre al que mi frágil memoria recordará pasados muchos años. Mi corta edad y mi carácter exageradamente tranquilo convierten esta pequeña aventura en algo que escapa en buena medida a mi comprensión. Todo me asombra, y este hombre, más aún. Huele a sudor de macho acostumbrado al trabajo. No habla mucho. De vez en cuando me hace una broma en un gallego familiar y reposado, sin esperar respuesta. El animal inicia un trote corto y enseguida noto la protección de una mano que podría abarcar a otros dos como yo. "!! Cóllete ben !!" Me agarro a su cinturón como puedo y dejo que las cosas sigan su curso.

El animal deja el camino y se interna en la viña por un estrecho sendero. Oigo risas. Hombres y mujeres van y vienen con cestos de uvas y navajas en las manos. Las hembras más maduras llevan la voz cantante. Siempre tienen una frase punzante en los labios contra padres, hijos y maridos, propios o ajenos. Una vez sale al aire, el coro femenino celebra la chanza con entusiasmo. Entonces, algún hombre responde cachazudo con la intención afilada y los demás hacen causa común. Es gente que ha aprendido a llevar las penas dentro y aprovecha la más mínima excusa para alegrarse la existencia. Incluso en medio de la faena, entre estas cepas que surgen como por milagro de la tierra seca y arcillosa.

La cosa acaba en la bodega. El sol en lo más alto. Todos hombres. El vino contagia el buen humor y siempre hay algo con que engañar al estómago. No sé como se ha enterado, pero resulta que este hombre gigantesco sabe de mis debilidades. Ha aparecido en mis manos una lata de mejillones. Debo haber puesto unos ojos como platos, porque se rie de muy buena gana. Luego echa mano de un enorme cepillo con el que debe limpiar el piso de cuando en vez y arranca una de las largas púas. Saca la navaja con parsimonia, le da un par de rápidos cortes y me entrega el improvisado estilete afilado y limpio al mismo tiempo. Mi papá me alecciona.

- ¿Cómo se dí, fillo?
- Gracias, Tito.

Responde con una risa grave y relajada, me revuelve el cabello con la mano y se incorpora al círculo de hombres.

Murió no mucho después a una edad relativamente temprana. Sólo entonces supe que había contraído una fea enfermedad en la cárcel. Y que se había atrevido a alzar la voz en un tiempo en el que hablar podía ser delito. Cosas que pasan.

22 de abril de 2007

Imperativo legal



Me ha denunciado. Asegura que tengo las típicas manías de los humanos y que no tengo más que mirarme al espejo. Y que no tengo putidea de fotografía. Joder, se la ve convencida (es chucha, no chucho ....). Si es que no doy una ... Mis disculpas, Dª Chucha.

Don Chucho



Simpático, ¿verdad? Pero no sólo. Aplomado, interesado y muy dueño de la situación. Venía olisqueando por aquí y por allá, un poco apresurado, así que pensé que se me largaba con viento fresco. Tiré una foto con las prisas lógicas y quedó como mal repartida. El chucho descentrado y la sombra como escapándose por la esquinita de abajo. Transmite una fuerte impresión de abandono entre los espacios mal ubicados.

Y no es el caso. Cuando me puse frente a él, plantó el culo en el suelo y levantó la cabeza tal como veis. Como un modelo. Ni el más mínimo gesto de duda, temor o curiosidad. El tipo está en su sitio y yo no. Y lo sabe, el muy jodío. Además le han cortado el pelo para aliviarle estos imprevisibles calores y se siente importante. Me ha dicho que cuando iban a proceder con la melena ha salido pitando. Que le gusta así, estilo Beatles. Le he dicho que le queda muy bien, en un intento de conservarle en esa postura unos instantes más. No había necesidad. Cuando he bajado la cámara ha torcido un poco el morro, como si la sesión le hubiera resultado corta.

6 de abril de 2007

La Vía Láctea

Cinco de la mañana. Madre me sacude los hombros con ese algo especial que pone en todo cuanto tiene que ver con "su niño". Abandono la cama y con el tenue reflejo de la luz de la cocina me pongo en marcha. No hay que despertar al resto de la casa. Me aseo de manera sumaria bajo una luz de cera y luego me enfundo estas ropas de tacto áspero y color francamente desagradable.

Una taza de leche oscurecida con no sé qué y estoy listo. Madre va y viene con esa expresión de fatalidad crónica que tan bien conozco. Echo al hombro el petate y me despido con un par de gestos rápidos mientras escucho el consejo de siempre. "Ten coidado, fillo".

Me acoge la noche de Marzo y una atmósfera que anuncia día soleado. Hay algo cálido en estas luces mal alimentadas. Los tacones despiden ecos por las sombras, en un silencio que sabe a compañía. No sé por qué siempre he visto en las noches silenciosas algo acogedor. Tengo tiempo de sobra, así que camino con tranquilidad, con una brisa sosegada en el rostro y el pensamiento como detenido.

Voy dejando atrás cruces solitarios y ventanas que van componiendo un puzzle urbano de resplandores blancos o amarillos. Algunos obreros esperan en las esquinas, en pequeños grupos. Disfruto del paseo cuanto puedo, como demorando el final del camino, pero al fin la estación se hace más y más evidente en la distancia.

Penetro en un espacio exiguo iluminado por luces blancas, cegadoras. Apenas un par de personas en la cola. Tras el ritual de costumbre obtengo la acostumbrada papeleta que me sitúa en Madrid-Atocha. Salgo al andén y alivio la espera avanzando o retrocediendo con pasos melancólicos mientras compongo con las vías un punto de fuga en el infinito. El monstruo de hierro aparece pronto en el horizonte, con un rugido inevitable y un pálido haz de luz entre los ojos.

Me acomodo en un departamento vacío, apago la luz y me dispongo a dormitar lo mejor que pueda. El revisor no aparecerá hasta dentro de un par de horas. Por la ventanilla desfilan rincones conocidos, recuerdos de la infancia, quizás confusos ya. Una vez más, me voy. A la puta "mili". Por cuarta vez en el último año. Cuanto más tiempo pasa más me duele. Doy cobijo a algunas imágenes del pasado y luego a otras que deben ser del futuro. Me abandono al sueño.

Esta vez no es madre quien sacude mis hombros. "Billete, por favor". Traje azul con gorra más o menos a juego, camisa blanca víctima ya de las arrugas y la corbata negra de rigor. Ha debido dormir poco el hombre. No acostumbra a pasar a estas horas. En cuanto quedo solo apago la luz de nuevo. Miro afuera de la ventanilla medio adormecido y entonces me fijo mejor. La luna permanece tras las suaves colinas y envía un rumor blanco que dibuja los contornos de un horizonte suspendido en un lienzo. El tren avanza cansinamente por una llanura interminable y arriba hay un coro de luces que no he visto jamás. Al menos, nunca tantas. Y no de esta manera. No sabía que la luz tuviera tantas tonalidades. O que las sombras fueran tan cambiantes. Hay estrellas gigantes ahí arriba. Y otras más pequeñas que van y vienen. Huyen unas de otras en un juego inocente. Quizás juegan a esconderse en las sombras. La mancha blanquecina que llamamos Láctea recorre el cielo cegador, paralela al tren, como invitando a seguirla. Estoy convencido de que nunca más volveré a verla. No de esta manera. Cuando llevo así un buen rato, me doy cuenta de que lo que siento ahora se parece mucho a la plena consciencia. No de uno propio, sino de todo. De la luz y las sombras ... los vientos, los caminos, el futuro, la angustia, el hierro, los olores, la vejez, la amargura, la calma, los fracasos, el cariño, el hastío, las heridas, el hambre, los volcanes, los mares, las injurias, el trueno, ...

Creo que es la única vez que me he sentido así. Y seguramente será la última. Hay cosas que no ocurren dos veces. Tendré que dar las gracias al revisor insomne.


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