15 de mayo de 2008

Paradoja del refugio

Refugio2

Te hicieron daño.

Pisotearon tu manto de poesía armados con la fuerza de su propio vacío aterrador.

Arrasaron tu campo de amapolas como una turba de borrachos.

Entonces levantaste un muro para que no te lastimaran de nuevo.

Ya nadie te encontró.

Ni siquiera quienes querían ayudarte.

Y la tragedia se consumó en tu mundo silente y solitario.

En tu propio refugio.

13 de mayo de 2008

Invitada


Con el zoom a tope, la escasísima luz y el mal pulso que tengo... se puede decir que es un milagro.

11 de mayo de 2008

Una verdad elemental



P.D.- Yo, que me creo el gubernamental más perseguido de España y Portugal, tan injustamente, y que tanto sufrí, casi siempre con gran entereza, perdono a todos esos desgraciados que tantos crímenes cometieron con la palabra de Cristo en los labios. Cristo no manda matar y mucho menos a inocentes. Creo que lo han hecho por cobardía, pues también yo he sacado en consecuencia entre el grupo de mis hombre, que me adoraban, que los más cobardes eran también los más asesinos.



Yo siempre les aconsejé que no mataran cobardemente a nadie, que no robaran, que pidieran a los más ricos. Cuando tan injustamente predieron a mi compañera (una de las tres veces que lo hicieron) habíamos acordado
unos treinta y tantos hombres vengarnos y hacer una que fuese sonada en el mundo. Iba a ser dentro de la iglesia de Ponteareas, un domingo a la hora más concurrida.

Ello demuestra que no es de extrañar que muchos compañeros del lugar, allí donde hubo lucha, cuando les mataron a sus seres más queridos (pues los primeros en hacerlo fueron los sublevados, según un plan convenido) se volviesen verdaderas fieras, como así fue. Esto me reafirma en el caballo de batalla de toda mi vida: que mientras no exista la justicia social no puede haber orden, pues esto saca de quicio al ser más bueno.


Fragmento de "Memoria dun fuxido". Victor F. Freixanes. Ed. Xerais de Galicia. SA.

1 de mayo de 2008

Lo de siempre

Estrada

Todo es parecido a como era ayer. Y antes de ayer. Y el mes pasado. Algunos árboles no han tenido tiempo de vestirse otra vez y eso es todo lo que puede pensarse como nuevo. Llevan meses pasando frío. Dentro del coche se reproducen las conversaciones de casi todos los días y la carretera, abandonada por todos ya hace ciento cincuenta años, nos guía por las mismas vueltas y revueltas que en otro tiempo recorrían los carros de vacas, con aquel quejido lastimero que se aliviaba con un poco de jabón Lagarto humedecido.

Al pueblo le han ido creciendo los defectos con el tiempo. El ruido, el desorden, la falta de espacios, la falta de luz... Lo de siempre. Me despido de los colegas y después de un par de sobresaltos en los pasos de cebra respectivos, consigo llegar a casa, donde sigo el ritual que me resulta cómodo. Si me pagaran por ello no colgaría la ropa fuera del sitio acostumbrado. Si cuelgo el bolso del revés enseguida me doy cuenta de que algo queda mal, así que le doy la vuelta como si fuera algo importante y enfilo el cuarto de baño.

Hace un tiempo que intento convencerme de la necesidad de no hacer nada en algún momento. Y no lo consigo. No sé por qué hay que aprovechar el tiempo de esta manera casi obsesiva. Pero el hecho es que me acomodo en la taza del váter con un libro en la mano después de instalar las gafas sobre la nariz. Suso (de Toro) siempre hace nacer una sonrisa. Eso es una novedad. "A posteridade é un invento dos que viven despois". Por si tuviera alguna veleidad de escritorzuelo venido a más por alguna que otra palabra amable, se me recuerda que la posteridad la viven los que no se han muerto y al creador no se le reserva ni un pedacito de pastel. Se agradece.

Con suerte tendré la oportunidad de endulzar la jornada con alguna cibernética presencia que uno desearía siempre más real pero tampoco es cuestión de quejarse porque esto también es una agradable novedad. Tiempos hubo en que el tener noticias de alguien exigía de su presencia física o de que el azar tuviera a bien dejar llegar una humilde carta que solía pasar más de cuatro vicisitudes. Pero cuando la manecilla larga del reloj roza el seis en el fondo de la esfera la obligación llama de nuevo a la puerta. Hora de ir a ver a mami.

Nuevo sobresalto en el paso de cebra de abajo, el viento que empuja la lluvia contra la camisa mal abrochada y otro artilugio mecánico que hay que poner en marcha para seguir con el ritual. Y más semáforos, ruido, impaciencia, falta de civismo... Antes de superar el último obstáculo tricolor que sólo muestra el rojo cuando llevo prisa escucho las mismas protestas de siempre del que vive conmigo, dentro de la piel. "A ver qué hace este ahora..."

Apenas son cinco kilómetros. Pero no te aburres nunca. Esto también es rutina. Badenes colocados por sorpresa, rotondas en medio del desierto, controles policiales casi en el monte, ciclistas que se creen indestructibles, dos que se comentan el resultado del Getafe con los coches parados en medio del asfalto ... Lo de siempre.

Antes de ver a mami hay que atravesar otro paso de cebra. Aquí nunca han intentado asesinarme pero todo se andará. Saludo en recepción y vuelvo a hacerlo después camino del ascensor. Este tipo es feliz. Su ocupación esencial consiste en tamborilear con los dedos sobre los brazos de la butaca. Eso demuestra que está contento. Qué suerte. Bingo el Miércoles a las 20:00. Mentira cochina. Empezarán a y cuarto como mínimo. La impuntualidad también es costumbre. Me pregunto por qué ponen el anuncio en el ascensor. Pues porque por aquí pasa todo kiske, chaval. Lógico.

Tercera planta. Salgo del claustrofóbico ascensor y enfilo el pasillo. Sé que es lógico encontrarles siempre sentados pero algunos duermen más de lo aconsejable. Mientras consumo la distancia me fijo en esa señora. Hace días que me fijé en ella, seguramente porque se parece a mi tía. Es clavadita a ella, pero más triste. Luce un buen aspecto pero se le ha detenido la mirada unos metros más allá y también se le ha hecho una costumbre. Mami ha dejado de cerrar la puerta con llave porque la han cambiado de planta y aquí ya nadie se le cuela en la habitación. Vuelve a ver la tele. En otras circunstancias diría que pierde el tiempo, pero en su caso creo que es una buena idea.

No hay novedad. Ha dormido bien y ha comido bien. Y está absorbida por sus lanas y su hacer y deshacer y aprovechar y repasar y ... Sería más interesante leer a Benedetti pero nunca le ha gustado leer. Le he colocado una persianilla veneciana que andaba perdida por ahí porque la mujer andaba molesta con el sol . Sé que es increíble pero resultó tener las medidas justas. Y está como unas pascuas. La vecina le ha dicho que le ha quedado preciosa. Charlamos un ratillo hasta que por la puerta se cuela el mensaje acostumbrado de las ocho de la tarde, más o menos. "Señoras y señores residentes, pueden pasar al comedor".

La verdad es que mi progenitora se menea mejor que bien para los ochenta tacos que lleva encima. Su objetivo es llegar abajo antes de que se acomoden del todo, porque eso supone tener que escurrirse entre los escasos espacios que dejan las sillas. Hoy no podrá ser. Bajamos seis almas en el ascensor para llevarle la contraria al letrerito que lo prohíbe y una vez abajo nos despedimos con un par de besos apresurados. Y la condenada que echa a correr como si la cena fuera a escaparse. He desistido de corregir esas manías. Es inútil. Camino de vuelta sorprendo una sensación alegre en el aire. Como si esta luz de primavera a punto de nacer iluminara esa parte juvenil que aún vive dentro. Ya que el coche es el de todos los días y el conductor también, he decidido que al menos el camino de hoy no lo será.

Miro a mi pueblo mientras lo dejo a un lado, perdido en una pequeña llanura entre montes. Ha crecido mucho y mal. Hacia arriba. Tiene los defectos de las ciudades y muy pocas de sus virtudes. "Corre que xa pararás....". Tenía que decírselo. ¿Será que me molesta que corra más que yo? Es igual, lo mio ahora es ver desfilar el espacio entre estas lineas blancas que no dejan de seguirme. Vilanova, Rubiá, A Veiga de Cascallá, Biobra, Covas... y después estos pueblitos del Bierzo, Paradela, Requejo... Esta es mi parada. Justo enfrente unas pocas casitas se dan calor como en un cuento. Jamás paso ante ellas sin regalarles una mirada aunque no sé muy bien por qué. Quizás quieran quedarse a vivir en este cachibache donde a veces consigo guardar los juegos caprichosos de la luz y las sombras.

El camino cruza la vía férrea y serpentea entre viejos castaños hasta llegar a un claro frente al río donde se han dispuesto mesas y acomodos para disfrutar del baño en el verano. No veo mis casitas hasta que me asomo a la endeble pasarela. Por si inquietara poco el ver el agua por entre las maderas maltratadas por la lluvia y el sol ahí abajo, y los cables oxidados sujetando el conjunto de vigas, tuercas y remaches , alguien haPeligro colocado una señal de tráfico en lo alto de una de las columnas metálicas. Triangular y con un borde rojo. Dentro del triángulo se adivina el contorno de un crío con una tonelada de cultura a la espalda y una compañera del otro sexo, porque es más pequeñita. En la carretera entendería que hay un colegio cerca. Aquí puede que sean los críos el peligro, vete tú a saber. O la endeble pasarela, si. Debe ser eso. Y si es un peligro ¿por qué no la han cerrado? A ver si es verdad que el peligro son los chavalillos...

Es curioso que las casitas no se dejan encerrar en mi cajita mágica. Desde allá lejos parecen casi salidas de un cuento, apretaditas unas contra otras, con una tímida columna de humo abandonando el cálido rincón de la cocina. Y aquí, a dos pasos, se han vuelto invisibles. Como en la vida, a veces la distancia es imprescindible para poder hacerse una idea clara de las cosas.

Pues si no se dejan encerrar será por algo. Podría pensar que ha sido tiempo perdido. Pero no. Hoy no ha sido un día igual que los demás. Incluso puede que de estos poquitos recuerdos nazcan unas letras que ayuden a distinguir estos momentos de otros aparentemente iguales.

28 de abril de 2008

Amig@s del Net y del Congal: Nota

He optado por dejar los enlaces de los blogs colectivos porque creo que encontrarse con muchas direcciones invita a no visitar ninguna. También me daba cierto miedo de olvidarme de algun@, francamente, porque aunque sé que tod@s somos inteligentes, el tratar a alguien de manera "preferente" puede conducir a equívocos que no deseo. Añadiré individualmente a quienes aún no estén incorporados a uno u otro blog.

Hemos reunido a un grupo importante de gente y creo que pasará un tiempo antes de que consigamos crear una cierta dinámica. Pero las perspectivas (coincido con Ruy) son fantásticas. Ojalá se cumplan. Estoy orgulloso de estar entre vosotr@s.

Un gran abrazo. ¡A por el Mar!

27 de abril de 2008

Árboles desnudos


En días como este la luz es un estorbo
y los ojos también
de puro innecesarios

Condenados a ser testigos del naufragio
los recuerdos dormitan
un sueño ensimismado

Hay manos que examinan la piel agonizante
y arrojan pesadillas
pálidas a la calle

Por donde transitamos envueltos en penumbras
exánimes y absurdos
como árboles desnudos

16 de abril de 2008

La vergüenza



No he podido dormir. He estado repasando mi juventud, a grandes saltos, procurando no olvidar nada de lo que considero importante. La luz se cuela por las rendijas de la persiana y dibuja un baile de sombras en el techo. Y ahí sitúo mis recuerdos. Mis amigas de entonces que son las de hoy día, con alguna pérdida importante e inevitable. Mis pequeños y grandes amores, todos de ojos negros y tez morena, tal como siempre me han gustado.


Justo hasta hace poco más de un año en que el azar me regaló a este hombre de piel de porcelana, al que odié con los ojos hasta que un buen día se agachó a recoger mi paquete de tabaco y se atrevió a mirarme. Y desde entonces lo quise tanto como lo odiaron mis ojos y mil veces más.


Hoy voy a casarme. De blanco y ante el altar, acompañada de toda mi gente. Como dice mi madre, “como Dios manda”. Hace días que no me soporto, pero ya sabía que ocurriría. Hoy es el día y mis ansiedades han pasado. Debe ser por eso que me siento llena de una alegría que necesita ser pregonada y compartida sin límites. ¡Soy feliz!


Madre ha entrado en la habitación y se ha sentado en la cama, como hacía cuando no era más que una niña de huesos largos y carnes escasas. Como entonces me ha cogido las manos con las suyas. Pero hoy no puede hablar. Sólo me mira como temiendo que el aire me haga daño. Cuando me incorporo y la abrazo, uno de esos mágicos seres da la señal y el llanto acude a saludar a una madre y una hija que necesitan de un cariño nuevo, regado con agua y sal. Es hermoso quererse.


Me despido de mi cama sin mirar atrás y me entrego a la vorágine de los preparativos. Mi hermano, mucho más joven, me mira con un no sé que de melancolía. Me han preparado el baño. Creo que no paro de sonreír. Después de envolverme en pompas de jabón y aromas de lavanda, limpia y cálida como un jazmín tras una lluvia de verano, entro en la habitación. Han dispuesto una marea de sedas y tules del color marfil que a mí me gusta. He debido probarlo mil veces, pero hoy no será como siempre. Sólo están madre y Lidia . Madre ha venido a llorar y Lidia a asegurarse de que luzco mejor que una estrella. No hay una sola posibilidad de que no lo consiga.


Afuera se multiplican los rumores de gente que entra y sale, habla en voz alta y luego cuchichea, seguramente reprendida por papá, que nunca ha gustado del alboroto y no quiere que hoy sea diferente. Papá, siempre velando por unos y otros. Es un ángel. Por fin, Lidia se planta ante mí, da un paso atrás, sonríe, me mira a los ojos y sin más abre la puerta. Ha llegado el momento.


Debo ser la causa de este murmullo de asombro. Nace un silencio y crece mi rubor hasta que alguien aplaude y los que le siguen hacen nacer mi sonrisa entregada. Toda esta gente me quiere. Papá se adelanta con los ojos húmedos y me ofrece su mano, serio y sin dejar de mirarme un instante. Le entrego la mía y lo miro también, hasta el fondo del alma. No sé qué será lo qué alumbra hoy a este hombre, pero parece que vaya de la mano de Dios.


Se abre la puerta y tras una orden seca para apartar a quien nos cierra el paso, salimos. Parece que esté viviendo en un mundo aparte, fuera de mí, desde donde contemplo las sonrisas, la admiración, el gesto cariñoso de todos, las luces tiernas y perezosas de la mañana y el coche engalanado sobriamente.


Algunas sonrisas infantiles se pegan casi a los cristales mientras el coche echa a andar con timidez. Recorremos la escasa distancia hasta la modesta capilla del barrio alto entre miradas curiosas y una luz violenta de primavera adelantada. Papá me mira de cuando en vez con una expresión a la vez triste y feliz. Cuando llegamos se baja del coche justo a tiempo de poner orden entre una nube de críos que quisieran asaltarme. Alguien me grita “guapa” y ya no sé si puedo soportar tanta alegría.


Recibo la sonrisa franca de mi hombre mientras asciendo los escasos escalones y camino relajada hacia el interior de la capilla, pequeña y adornada con flores en los rincones más insospechados. Alguien empuja las grandes puertas produciendo un chillido de bisagras descuidadas y luego frota los dedos conjurando una suciedad cierta.


Recorremos el pasillo central acompañados de un ejército incondicional de sonrisas y miradas que besan en la distancia. Papá señala la gruesa alfombra ante mí sin poder evitar un sarcástico comentario ante la obvia suciedad sobre el tejido ajado y polvoriento. Acudo a la visión de todas estas amplias sonrisas para olvidarlo hasta que me encuentro con la expresión inocente del cura. Apenas lo he visto y ya me inunda esta sobrecogedora sensación.


Ahora cobra sentido el breve comentario de madre, ayer. Casi no le presté atención. Don Antonio se ha puesto enfermo, dijo. Evoqué un instante la figura cordial del viejo párroco que debía celebrar la ceremonia y luego olvidé, embriagada por este maremagnum de sensaciones. Y aquí tengo, ante mí, a quien jamás hubiera imaginado... Lleva el pelo rubio cortado al cepillo y conserva la mismo fría expresión en los gélidos ojos azules. Pero su apariencia es absolutamente insignificante comparada con el escalofrío despiadado del recuerdo.


Papá me mira y yo compongo el gesto como puedo, sin poder disimular una angustia que ha nacido súbitamente debajo de la piel. Me ha brotado un frío inhumano en un pozo ahí adentro. Vuelvo la vista a esos ojos de hielo y entonces acude a su boca la sonrisa. Su perfecta sonrisa.


Le niego la mirada. No logrará impedir que esto termine en uno u otro momento. Sigue el ritual con una calma que me consume. Pronuncia mi nombre y no puedo evitar un estremecimiento. Sigo mirando al suelo. Al fin encuentro el beso de mi amado casi sin darme cuenta, pero cuando vuelvo a bajar la vista, la mano del cura recorre mi mejilla demorándose en la caricia y dejando un rastro de hielo en la piel y en el alma. Mi repugnancia contrasta con su expresión beatífica como lo harían una rosa y un ataúd. Quienes me rodean sonríen comprensivos condenándome a la más absoluta soledad. Incluso quien ya es mi esposo no ve más que un gesto cariñoso. No recuerdo qué pasó después.


Cuando despierto escucho frases entrecortadas. "Ha sido demasiada la emoción". Tengo las piernas en el aire y papá sujeta mi cabeza mientras noto el frescor de la hierba en la espalda. Estoy tan confusa que no reconozco ni a mi gente. Hasta que ya en pie recobro poco a poco la compostura y al tiempo la memoria. Él reaparece entonces envuelto en las ropas litúrgicas, luciendo su beatífica expresión. Todos le hacen sitio mientras irrumpe en el corro. Vuelve a elevar la mano hacia mi mejilla, callado, mirándome fijamente, y entonces la vergüenza que me habita desde que tenía trece años me abandona por fin por la boca.


No volverás a tocarme.


El eco claro de esas pocas palabras invade el espacio y se detiene en el aire petrificado mientras algunas miradas van del uno al otro, confusas. La sonrisa muere lentamente en su piel de mármol. Acude a una de sus frases piadosas sin descomponerse. Me asombra esa expresión colmada de inocencia mientras en sus claras pupilas revivo el recuerdo lacerante del temblor malsano de sus dedos sobre mi piel de niña. Entonces escarbo con la mirada en sus entrañas consumida por la indignación hasta que sus ojos helados se baten en retirada, pero sin la más mínima sombra de culpa. Sigo su andar altivo mientras se refugia entre las piedras sagradas. No comprendo por qué le dan cobijo, pero ya no me importa. Ahora podré olvidarlo.


Pasado mucho tiempo volví a la iglesia, pero sólo a rezar. Siempre a horas disparatadas.