23 de julio de 2008
16 de julio de 2008
12 de julio de 2008
Lluvia
La ciudad se entregó a la caricia de un viento fresco que levantó puntitos de temblor en la piel, preparándose para el sueño o el insomnio. Los aullidos mecánicos cedieron en su continua batalla dando paso a rumores avergonzados y habituales. El paso de la gente se hizo lento y las miradas se levantaron del suelo acudiendo a las luces de neón que palpitaron buscando nueva vida. Los pájaros se disputaron el calor entre las ramas de los árboles, bajo los bancos o entre los gruesos cables del teléfono. Un olor a lluvia adivinada viajó entre las flores cansadas por el desfile de las horas.
Abrió la puerta del portal y contempló ensimismada los coches que recorrían la avenida, ya relajadamente, los hombres que levantaban el cuello de la chaqueta y las mujeres que cruzaban los brazos para aliviar el agravio del frío. Los tacones levantaron un repiqueteo familiar en las piedras del suelo a medida que el cuerpo avanzaba entre los reflejos urbanos, disimulados aún por las últimas llamaradas de un sol fugitivo.
La ciudad habló unos instantes en un lenguaje oscuro de cosas que se acaban, amedrentada por la proximidad de la tiniebla, temiendo algo oculto, no previsto. Cayeron las nubes un poco más, corriendo sobre las lomas de los alrededores, como un ejército de sombras practicando el silencio, siguiendo los contornos sinuosos del monte y el destino del viento. Las brasas pequeñas de los cigarrillos se hicieron presentes, aspiradas por bocas que apuraban el veneno para encontrar una calma lánguida y sólo aparente. Se encendieron las luces interiores de los autobuses revelando la obligada inmovilidad de los viajeros. Y poco a poco la tiniebla fue ganando la partida, hasta que ya las nubes y los montes se declararon temporalmente desaparecidos .
Caminó despacio buscando el silencio y el vacío. Llegaba un momento en que tanto ruido y tantas presencias parecían negar la propia vida, las cosas de una, los propios espacios, incluso los propios pensamientos. Las luces amarillentas de las farolas se fueron haciendo cargo de las pequeñas y acostumbradas agonías del día a día, y las más violentas de los escaparates esclavizaron los ojos una y otra vez, a medida que los pasos la alejaban de todas partes.
Una gota viajó bajo las nubes ocultas, acarició la piel brevemente y luego se perdió en la nada. Otras siguieron su camino, iniciando un juego inocente cuyo objetivo nadie conoció. Quizás quisieron encontrarse en el suelo común al final del camino. Al poco un tamborileo familiar se hizo con el entorno, sobre las marquesinas y las paradas de autobús, leve y reconfortante. Oprimió el pequeño botoncito negro y la tela del paraguas ascendió en el aire y coronó el espacio sobre su cabeza. Encima de la bóveda ligera se inició una melodía sin ritmo conocido, de notas opacas, breves, puntuales y quizás entrañables.
De pronto se vio en medio de aquel apacible lugar sin reconocerlo en absoluto. Años de estar en aquella colmena y no podía recordar un sólo instante en que hubiera estado allí o depositado la mirada sobre alguna de aquellas piedras lisas y perfectamente rectangulares del suelo. Repasó con la mirada los pequeños detalles de aquel rincón inopinadamente desconocido, mientras las gotas se atropellaban en su camino y morían pacíficamente sobre el suelo hasta componer un manto de agua donde la luz encontró el cobijo perfecto. Ni un solo sonido que apagara el canto incansable del agua. Ni una presencia que demostrara que no era la única mujer en el mundo. En todo el universo.
Pensó en un laberinto, pero no había puertas de entrada o salida, sino sólo luces, blancas, azules, púrpuras, amarillas, como testigos mudos de alguien que no quería demostrar su presencia. Un mundo vacío pero luminoso, alegre, aseado por aquel mar que en lugar de viajar en las olas descendía del cielo para lavar las almas. Anduvo unos pasos entre el rumor perdido de las gotas moribundas hasta llegar a un escaparate que había quedado a medio componer. Allí dejaron un maniquí desnudo con los brazos alzados en el aire y la mirada perdida en una súplica inútil.
Caminó protegida por las marquesinas sonriendo a aquellas promesas de felicidad textil multicolor y regresó de nuevo a la lluvia de pulso anárquico y ecos contagiados a las piedras y las magnolias. Se dejó abrazar por la luz descompuesta en mil partículas ligeras como un aliento. Escuchó cuidadosamente, casi con devoción, la dulce melodía del agua. Después tiró hacia abajo del mecanismo del paraguas y alzó el rostro hasta que sintió que corría libre por las mejillas y la frente, provocando un escalofrío que llamaba a la vida y bajaba por el cuello mojando la camisa hasta recalar codiciosa en el pecho tibio y acogedor.
Cuando abrió los ojos se encontró un peluche con la carita inocente aplastada contra el cristal. Una niña de pelo ensortijado la miró curiosa mordiéndose los dedos. En el piso contiguo un hombre ya mayor sonrió y la miró largamente sin avergonzarse. De repente se sintió rodeada de sonrisas extrañamente próximas tras aquellos castillos de cristal. Saludó al peluche de una manera deliberadamente infantil y la criatura siguió el movimiento de su mano, asombrada.
Después, poco a poco, aquella música licuada cesó. Alguien cerró una ventana. Pasó un hombre y miró hacia atrás con gesto impaciente. Después una mujer ensimismada con un increíble lote de libros bajo el brazo .Y luego un hombre joven arrastrando un viejo carrito de la compra que no paraba de quejarse del peso que tenía que soportar.
Tras aquel ruido volvieron poco a poco los rumores rutinarios de la calle. Los chasquidos de las puertas de los taxis. Las voces urgentes de los camareros. La queja de la persiana de un comercio que ponía fin a una jornada excesiva. Finalmente el aire se llenó otra vez de los mil ecos conocidos.
Un día, pasados muchos años, alguien le preguntó en una de aquellas comidas familiares cuál había sido el momento más feliz de su vida. Y el olor de aquellas piedras mojadas volvió a sus recuerdos. Como los mil fulgores del espejo del suelo. Su marido la miró arqueando una ceja, con uno de aquellos nietos imparables encajado entre las rodillas. Ella sonrió mientras todos la miraban con curiosidad. Y no dijo nada.
Gráfico por cortesía de Marian
24 de junio de 2008
Galeg@s
Esto somos: piedras inconmovibles. Granitos redondeados por mil dias de lluvias y mil vientos gélidos y furiosos. Pinos que se atreven a crecer donde el alimento es un milagro, sobre los riscos, abocados siempre al precipicio y siempre buscando la luz. Rocas abiertas por las heladas inclementes y arbustos pequeños pero invencibles. Frutos de una sangre verde que, a falta de los mitos que a otros se les permiten, viven del pulso inmaculado del tiempo y del río que pasa invisible a los pies de las rocas, indiferente a cualquier contienda pero consciente de su eterna tarea.
Moriremos el día que el río detenga su marcha y las piedras abdiquen de su vigoroso silencio. No antes.
22 de junio de 2008
Mondoñedo
Tierra de silencio y de melancolía al decir de algunos. Y escenario de trágicas historias pocas veces contadas, porque ya se sabe que la historia la escribe el vencedor y suelen olvidársele los pasajes desagradables.
En ese plaza y ante esa catedral dicen que rodó la cabeza del mariscal Pardo de Cela, rebelde a los católicos monarcas, gritando "¡Credo!" según algunas fuentes y "¡Clero!" según otras. A las puertas de la ciudad esperaba su amada, portadora del perdón de los imperiales y entretenida por los secuaces del obispo, mientras el religioso apremiaba la ejecución de la sentencia.
12 de junio de 2008
8 de junio de 2008
El Pozo
Lo recuerdo. Un pozo amplio como un cuerpo concentrado en la boca, dilatado y oscuro en su camino hacia los misterios de abajo. Hasta que el sol recorría su sendero azul habitual y uno podía ya ver su propio reflejo allá en el fondo, entre las aguas quietas.
Un espacio mágico del que recomendaban apartarse porque la magia y el peligro suelen tener que ver. Aunque una vez asomada la cabeza al círculo de piedra y envuelta la mirada en las paredes redondas invadidas por el silencio y el palpitar del agua, ya el peligro no contaba.
El espejo del agua iluminaba entonces los muros admitiendo que la vida es posible en la penumbra y la quietud inmutable del fluido atrapado entre las piedras y las tinieblas. Hasta que uno sucumbía a la tentación de romper la monotonía de aquel no pasar nunca nada con algún pequeño guijarro que hacía brotar ondas en el lecho dormido del fondo y los ecos llegaban a los oídos como un murmullo de seres diminutos ocultos entre las piedras y las hierbas, y mil destellos bailaban en el aire frío y sorprendido.
Hay algo infinitamente hermoso en el silencio y la quietud. Algo que niega la angustia y afirma la verdad en su vulnerable universo. Algo que sitúa la respiración en otro mundo donde el aire se vive al tiempo que se respira. Algo que nos traslada a esa otra habitación donde no hay que cerrar la puerta para protegerse de nada.
La pena es no disponer de un par de alas que nos sitúen en ese mágico escenario a voluntad, siempre que el aliento delata un estertor agotado por la falta de calma. O poder reclamar a aquel ser mágico que llenaba las horas infantiles y transformaba todo en un misterio al alcance de la mano.
La pena es ser quien somos y no el proyecto divino fracasado.
Resistimos confiados a un sueño que promete recuperar más sueños y soñar más vidas hasta que ya la vida no puede soñarse por más tiempo.
Se me quedó la imagen del vientre blanquecino de una culebra larga atrapada en el señuelo ingenuo de una taza blanca llena de leche blanca. Y el cesto que la izó fuera del pozo donde fue sacrificada sin que nadie diera ninguna explicación.
Mi pozo está a mi lado en una vieja foto, sencillo y austero, apenas acompañado de los tres palos que sujetaban aquella roldana cantarina. Y aquella casa existe. Sigue allí después de que los grandes plátanos sucumbieran a lo que los hombres llaman conveniencia. Y no sé si mi pozo sigue allí todavía. Pero ya me es igual, porque no puedo verlo. Ni vivirlo asomado al círculo y al triángulo que lejos de vigilar mi debilidad, como hacía aquel otro en los viejos libros de texto, me procuraba alivio para la sed bajo la simple condición del esfuerzo.


