
Por alguna extraña razón, alguien ha decretado que el llamado “feísmo” es algo consustancial con Galicia. Y nos lo hemos creído tan a pies juntillas que disfrutamos extendiendo la idea. A estas alturas creo que somos una de las pocas comunidades en el mundo que disfruta tirando piedras sobre su propio tejado. Aquí reímos los chistes “de gallegos”, votamos a los que nos envenenan los mares, y si alguien tapia la finca con algo mínimamente curioso, corremos a la red a poner un gran letrero que diga “gallego puerco”, no vaya a ser que no se enteren en Camberra.
Instalados ya en la cabalgante diglosia que nos divide la boca en una pura esquizofrenia colectiva, apuramos el cáliz de la enajenación y la extendemos al resto de nuestros espacios vitales. Hemos optado por hacer reír a los turistas, “que son los que nos dan de comer”. Y ya puestos a hacerles reír, terminamos por creernos el guión, sin darnos cuenta de que la cosa iba de broma.
Uno, que de vez en cuando se da una vuelta por el mundo, ha visto cosas feas por todas partes. Cosas feas, absurdas, indignantes y hasta delictivas. Y no hay lugar en el planeta que se salve, a menos que por allí no haya pasado la raza humana.
No hace tanto que se ha retirado del diccionario de la Real Academia Española cierto contenido del término “gallego” que más o menos venía a ser un sinónimo de retrasado mental, más bien sucio y con cara de puerco. No sé si ha sido buena idea. En realidad era el testimonio vivo de cómo desde el poder se estigmatiza todo aquello que ha de permanecer bajo el duro yugo de la dominación. En el presente, esa definición era más un insulto para el agraviante que para el agraviado y tenía la virtud de ser un testigo absolutamente fiable del trato que nos ha dispensado la historia o, más bien, quienes la escriben, en este caso la Real Academia de la Lengua de España.
Probablemente la mecánica de la dominación es tan sencilla como mantener a las almas sumidas en la suprema ignorancia y recordarles frecuentemente su condición. En realidad aquí tenemos los mejores huertos del mundo, los mejores ríos, los mejores montes y desde luego los mejores mejillones. Pero a mi pueblo llegan los mediocres, cuando sobran. Los buenos siguen camino. Esa continua fuga de lo propio, sean los mejillones o la electricidad, es una de las cosas que ha terminado por afianzar una idea profunda y arraigada de abandono.
En realidad, en muchos casos es el orgullo, unido a la falta de recursos, lo que aconseja plantar un somier a la entrada de una finca. Es la conciencia absoluta del desamparo lo que aconseja subsistir por los propios medios olvidándose un poco o un mucho de las apariencias. Y bien mirado, un cierre de hierro forjado es algo terriblemente pretencioso que la naturaleza niega a cada paso. Y aquí de naturaleza sabemos mucho más de lo que se cree.
En cualquier caso, estos somieres que aquí se ven, tienen domicilio social más al este, y poco importa cuál sea el lugar. Lo que tienen en común con los gallegos es el entorno de abandono en que suelen encontrarse. Abandono que la autoridad ha practicado en el pasado y sigue practicando en el presente, allá y aquí.
No es nuestra desidia. Es su infinita avaricia. Ni nuestra incuria. Más bien su falta de humanidad. Y quizá también nuestra pacífica condición. Pero esa sólo es un error en tiempos de guerra. Y de guerra, afortunadamente, entendemos poco.




