12 de enero de 2011

Orden




Nos han llenado la vida de normas e instrucciones.

No pasa un día sin que me pregunte para qué sirven en realidad.

23 de noviembre de 2010

La condena




Habían pasado los años, casi imperceptiblemente, con una mezcla de melancolía y dejadez que no dejaba marcas. Aparentemente. Hacía mucho ya que no sacaba aquellas fotos del cajón porque lo único que lograba era constatar de la forma más dolorosa el hecho de que aquella ya no era la misma mujer. Y los cambios físicos no eran lo más desalentador, sino aquella especie de invariable apatía que llenaba sus días y sus noches. Lo peor era que la benevolencia que en otro tiempo practicaba consigo mismo había dado paso a una actitud distante que prometía convertirse en censura, abiertamente y sin mucha demora. Comenzaba a odiarse.

Lo comprobó un día cualquiera mientras pasaba frente al espejo y la mirada apagada, sombría, casi sucia, desmintió su cuerpo aún apetitoso, altivo y sinuoso, su armadura. Se preguntó para qué le servía, de una forma casi soez, desvergonzada. Cuando salió a la calle el aire la abrió la liviana gabardina como deseando exhibir el pecho que viajaba indolente bajo aquel manto blanco y distinguido. La miraron dos hombre, murmurando, luego el cartero, obeso y sin afeitar. Lo miró ella también, obligándolo a bajar la vista. Y un instante después se sorprendió murmurando entre los rumores otoñales de las hojas. Quien te vería fozar aquí como un cerdo, gordo asqueroso... Seguía cruzándose con miradas ávidas, las de los hombres, y otras más esquivas a las que no prestaba mucha atención.

Se detuvo ante un escaparate y descubrió que nunca había actuado de aquella manera. De hecho despreciaba profundamente a quienes se sienten por encima de los demás, pero entonces... Los reflejos cambiantes del cristal servían de escenario a una reflexión basada en recuerdos vagos y visiones de épocas pasadas. Volvió a la carga... gordo asqueroso... jamás había siquiera pensado algo tan ofensivo de alguien. Simplemente, no se lo permitía. Estaba a salvo de aquellas miserias de los demás. Ella era diferente. Una señora.

Una hoja detuvo su vuelo ante el cristal y cayó a sus pies, danzando caprichosamente ante los vivos colores de las blusas, los trajes masculinos, las cinturones estrechos y brillantes. Ha muerto, pensó. Y parece alegre, sin embargo... Y yo viva y tan... Se le atragantó la palabra en la garganta y notó un cosquilleo en las fosas nasales. Las imágenes del escaparate perdieron nitidez y algo pesado le oprimió el pecho como la losa de una tumba. Contempló la carrera de las dos gotitas en el cristal, mejillas abajo. Luego se sacudió la tristeza con pasos firmes y vigorosos bajo una leve llovizna que consiguió calmarla poco a poco. Sonó denso y fatigado el reloj de la catedral, con sus pasos metálicos y cansados. Algo le hervía dentro. El cuero del bolso estaba humedecido por algo que nacía en sus manos siempre que la asaltaban aquellos repentinos estados de ansiedad y tristeza.

Pasó el lado de la tienda. Libritos de todos los tamaños, algunos con una llamativa tira cruzando su inofensiva geografía. "Anunciado en tv". Miró el rinconcito que conocía. Autores eslavos, desconocidos para cualquiera que no devorara los libros como ella lo hacía. Como si fueran su verdadero alimento. Una moderna edición del Decamerón y lo último de Saramago. Enfocó al fondo del local, a la mesa que conocía tan bien. Y allí estaba. Siempre estaba allí. Se preguntó por la razón de aquella calma invencible de hombre sereno e inconmovible, y un poco más tarde por la razón de aquellos dos adjetivos tan aparentemente precisos y esclarecedores. No sé nada de tí, pensó. Y de mí, tampoco. Súbitamente lo vio alzar la cabeza de la lectura y sonreír lentamente con la mirada, casi sin cambiar de posición, con aquella mezcla de desinterés y todo lo contrario. Tardó en reaccionar cuando se quitó las gafas y le hizo un gesto para que entrara, desde la penumbra de aquel local ajado y al tiempo bendecido por los años.

Tenía algo que le interesaría, le dijo, mientras ella dejaba la vista vagabundear por las estanterías llenas de colores opacos y aquella extraña formación de lomos con letras serias y circunspectas. Olía a un abandono natural, como huelen los bosques en otoño. Mientras él avanzaba por el estrecho pasillo entre columnas de libros dispuestos en equilibrios improbables, recordó su voz intimidada y casi ronca aquel día que había decidido olvidar. Cuántos años pasan desde el día que niegas sin saber bien por qué y ese otro en que, por la misma razón, te preguntas qué hiciste en aquel preciso momento.  Había abandonado su mirada como derrotado de antemano, pero la frase nació igualmente en su garganta triste. No sé por qué te quiero... Recordó sus pasos vencidos a través de aquellos mismos pasillos, y su propio rechazo manifestado sin la más mínima duda, con  aquel caminar altivo en dirección a la puerta, poniendo distancia con la estatua que ya no tenía ni valor para mirarla de nuevo.

Ahora se le antojaba no sólo extraño, sino también enfermizo y hasta humillante, el hecho de que aquel hombre se hubiera convertido con el paso de los días y las horas en "su librero". De repente no podía entender nada y se le hizo incluso más insoportable cuando su voz le llegó a los oídos. He marcado estas frases porque sé que te gustarán. A punto de asir el pasamanos, vislumbró al contraluz las huellas de su mano derecha en el barniz gastado de aquella madera amiga. Y pensó que en setenta y ocho años no había sido capaz de fijarse en nada verdaderamente importante. Se quedó mirando aquellas breves lineas mientras ella contemplaba los surcos de su piel pálida, casi translúcida. Algo le estalló dentro cuando sus ojos azules y desesperanzados descansaron como siempre lo hacían en los suyos, confiadamente, casi beatíficamente. Nunca tenía que confirmar nada. Él lo sabía y al cabo de los años llegó a saber que no necesitaba más que una sutil indicación para envolver el libro ciudadosamente en aquel papel que olía vagamente a resina y alcanfor.

Como si no fuera suya, observó la languidez de su mano cuando dejó el billete en la del hombre demorándose una eternidad. Notó su tacto frío y suave, el leve envaramiento de los dedos largos y cuidados, acaso un leve temblor al devolver las monedas. Oyó su propia voz como si una supuesta doble asistiera a la escena en lo alto de las estanterías, con un eco metálico y extrañamente monocorde. Estaré sola en casa esta noche. Las palabras caían desde la boca con lentitud de estrellas, con un sonido de lluvia traída por la fatalidad, como algo inevitable, orgánico. Ven a verme. Como él en aquel lejano día, desvió la mirada antes de dejar de hablar, como si le pesara más de lo soportable. Metió el libro en el bolso con un gesto mecánico y avanzó hasta alcanzar la puerta y salir al exterior de nuevo.

El hombre salió de la casa algo más tarde las tres de la madrugada y caminó muy lentamente hasta el auto, absolutamente ensimismado. Introdujo la llave en el contacto y encendió los faros. El rumor del vehículo apenas perturbó los ecos de la noche en calma, atravesando lentamente las avenidas hasta llegar al parking. Encajó su anticuado perfil entre dos rayas blancas observando que no había ningún otro coche alrededor, apagó el contacto y encendió parsimosiosamente un cigarrillo. El retrovisor reflejaba el alma incandescente de las dos farolas en el asfalto empapado por la lluvia tenaz, en una luz amarillenta y melancólica. Por qué... se repetía, con un dolor extraño ganando terreno entre los dedos, en los labios, en el vientre y el sexo, donde aún palpitaban las huellas insufribles de sus dedos, el calor imborrable de su aliento, la ronca agonía de sus suspiros rotos... 

Despertó entumecido, con un frío atroz envolviéndole el semblante y la sensación de haber muerto hacía mucho, como si morir no tuviera la más mínima importancia. El alba había nacido levantando una nube de brumas en el río, y las farlolas permanecían encendidas, contradiciendo al mecanismo que tendría que haberlas apagado. Se quedó mirando las llaves en el arranque, ensimismado, hasta que pasó un cartero obeso y sin afeitar. En la piel continuaba el rastro hiriente de sus manos incandescentes. Murmuró quedamente una especie de conjuro. No sé por qué te quise. 

10 de noviembre de 2010

Caer en gracia



El mundo se mueve merced a extraños engranajes y por más que se hable del esfuerzo y la constancia y toda esa matraca, está claro que la suerte cuenta y a veces mucho más de lo que pudiera pensarse. Por otro lado, parece que hay gente que nace con un don que no es nada común, y hasta en la desgracia tiene suerte.

La cosa viene al caso (obsérvese el escorzo léxico-fonético con atención, porfa) de un personaje que en otros tiempos se llamaba Kurt Savoy, y ahora ha decidido ponerse más "fashion" y se lo ha cambiado por Curro Savoy, que parece que va más con los tiempos. Este tipo se gana la vida silbando. Como lo cuento. No os vayáis a pensar que es cosa de fruncir los morros y ponerse a soplar como cuando te afeitas, no. Hay que silbar con cierto arte, como él. Pero lo gracioso está en cómo ha llegado a ese extraño destino. Resulta que estaba en un concurso de cantantes (qué feo ha sonado eso...) y en esto que se le olvida la letra de la canción y se pone a silbar. Y gana el concurso.

Dice que se fue para casita como unas pascuas, con veinte duros y una lata de Colacao de las grandes. "Porque no veas como las estábamos pasando". El hombre sigue dando guerra con su "Curro Savoy" a las espaldas, y ha venido a caerle en gracia a cierta gente de Radio 3. Gracias a ellos completamos un poco la foto del personaje con algún detalle curioso. Como tantos otros gladiadores del mundo de la música no llegó a completar sus estudios. Cuenta que el día en que debía examinarse, "con los nervios que llevaba",  cometió el pequeño desliz de olvidarse de su santa en una gasolinera. Y en esto que vio el bolso en el asiento y tuvo que dar la vuelta, lo cual le impidió realizar su sueño. La oportunidad no volvería a presentarse, pero lo que realmente sorprendió al hombre fue la reacción de su mujer. "Quería divorciarse y todo", dice con aire dramático. "Pero es que no pudo ser y qué se le iba a hacer. Conducí cinco o seis kilómetros marcha atrás, y claro,  los chóferes de los camiones se enfadaban". El entrevistador traga saliva y confirma los detalles. La cosa se pone aún más cachonda. "¿Por la autopista??" "Sí, claro".

Os dará la risa, pero el tío se pasea la geografía española (no sé si la de afuera también) de arriba a abajo, conoce a toda la gente importante y se bandea como un salmón en la corriente. Y encima lo sacan por la radio porque les ha caído en gracia.

Y es que tener gracia tiene su aquel. Aunque vengas de robar un banco. Es más, robar un banco también tiene su gracia.

http://www.youtube.com/watch?v=WycrKk-q-Bc&feature=fvsr

28 de octubre de 2010

El corcho



Van de un sitio a otro, confiados, con la copa en la mano, la mayoría rodeando el cáliz con dedos delicados, despreocupadamente. Ella, sin embargo, empuña el cuello transparente del cristal con firmeza, rodeándolo con el pulgar y el índice mientras los tres dedos restantes bajan por la copa como un coro de acompañantes hasta llegar a a la base, relajados. Su sonrisa ilumina los rostros de aquellos a quienes saluda con un simple gesto. Sólo se detiene un instante, cuando una amiga acaricia delicadamente su larga cabellera azabache, exhibiendo la envidia en la mirada.

La atmósfera está llena con la voz contenida y acaso ensimismada de Chet Baker, un tipo que fue vapuleado una y mil veces por la crítica de la época. Simplemente se atrevió a cantar y eso desató una tempestad. Probablemente es adecuada para que estas bocas se muevan unas frente a otras, mientras los ojos viajan buscando siempre a alguien, con discreción, y luego vuelven hasta el contertulio, que inspecciona el lugar de donde vienen para corresponder luego amablemente a la sonrisa que reclama de nuevo atención. A esto lo llaman una fiesta.

Hay un tipo sentado desmañadamente en una butaca de un color chillón y mate, opaco, un color denso, casi pesado, agobiante. Lleva una camiseta de listas blancas y verdes que desentona de una manera brutal con los vestidos oscuros y vaporosas de ellas, con los trajes de verano de ellos, con el suave perfume de la sala y las notas aisladas del equipo de música. Dos mujeres le escuchan sentadas en los brazos de la butaca, con expresión maternal y cierto aire protector. Él recita versos de un libro amarillento y sorbe muy a poquito el líquido dorado de la copa estrecha.

Sale el camarero y de la bandeja cae el corcho sin que nadie repare en el. Llega más gente a la sala haciendo subir la temperatura. Alguien abre la puerta del balcón para que corra el aire. La cortina se abate sobre la concurrencia hasta que alguien la hace prisionera. Chet insiste en su mensaje, "the thrill is gone..." sin conseguir que nadie preste atención a su voz de penumbras, a sus tonos de amante entristecido, derrotado.

Un hombretón pisa el corcho que ha caído de la bandeja y lo proyecta contra las piernas de una morena pálida con acento nórdico y cuerpo ligero. Dos pasos más allá una rubia mucho menos grácil da un paso hacia atrás, riendo la gracia de su acompañante. Su pie se desliza involuntariamente sobre el corcho y en una décima de segundo su compostura se transforma en un conjunto de ángulos descompuestos que vacila en el aire y termina aterrizando sobre una mesita auxiliar donde reposan botellas de licor, un recipiente con cubitos de hielo y un plato de cristal de bohemia en el que agonizan media docena de rodajas de limón.

El hombretón acude raudo al lugar de la catástrofe, interesándose por la mujer con expresión de preocupación. "No es nada, cariño". El afectuoso vocativo estalla en la sala como una granada de infantería. Ella exhibe por un instante una mirada confusa y después se sacude las ropas mientras él examina el suelo recién abrillantado, con un gesto de ira contenida. -Ricardo, siempre tan amable, ya veis-... Hay sonrisas maliciosas en los ojos de la concurrencia y un silencio que la dama intenta llenar con una incesante verborrea. -¿Va todo bien...c a r i ñ o?- Esta vez el vocativo se ha demorado eternamente hasta que al final ha salido de la boca de la morena con la lentitud quien atraviesa un campo de minas. Ni las moscas se atreven a poner fin al espeso silencio mientras ella atraviesa la sala haciendo girar la copa entre el índice y el pulgar. Al llegar frente al balcón, tira del lazo que sujeta la tenue cortina, y ésta vuela hasta encontrar el cuerpo del hombrón absorto, petrificado, y envolverlo como un sudario. Pero sólo los más alejados se atreven a celebrar lo cómico de la escena.

- Mi marido siempre ha sabido cuidar a las mujeres -. Las palabras se persiguen casi voluptuosamente, hasta que la frase llena el espacio entre las las paredes altas e inmaculadas. Ella lo mira, absurdamente inmóvil tras  el tul blanco, compone una mueca compasiva y finalmente se aleja dando la espalda con un movimiento de bailarina. Chet interpreta la escena desde una cabina de grabación de los años cincuenta, "this is the end, so why pretend...". Alguien entrega una servilleta para reparar los daños del cava en los brazos bronceados de la rubia, las damas examinan su cuerpo como buscando partes extraviadas y los hombres encuentran el momento adecuado para admirar los cuadros de las paredes, las exuberantes lámparas del  techo, los botones de sus chaquetas de lino, la boquilla humedecida de los cigarrillos, los flecos de las alfombras...

El hombretón aparta la cortina con un gesto de condescendencia, se excusa amablemente sin obtener respuestas, atraviesa la sala con paso vivo y da un manotazo a la puerta del interminable corredor. Al llegar al cuarto de baño arroja la copa contra uno de los espejos manchando la chaqueta con el flujo de cava que brota sin control del recipiente. Después, se va.

El incidente dio lugar a lo que más tarde sería conocido como "la guerra del corcho", una batalla comercial que costó incluso vidas humanas. El biógrafo del hombretón, aseguró que éste le confió poco antes de morir, que nunca había perdido el control de las cosas importantes de su vida. Con la excepción del corcho de aquella maldita fiesta. El camarero desapareció y no se supo más de él hasta pasados meses. La policía lo contabilizó entre las víctimas de la guerrilla. Nadie hizo preguntas.


(Imagen de Mundofotos.net)

17 de octubre de 2010

Flor





Te regalo una flor diminuta, del color de la paja y del sol, perdida entre otras muchas como ella, y sin embargo luminosa, diáfana, irrepetible.
Te la regalo porque es hermosa en su insignificancia, tan poca cosa que no hay con qué pagarla. 
Te la doy para que recuerdes que siempre hay muchas a tu alrededor, y poco importa si nos fijamos o no en su humilde apariencia de cosa-que-no-sirve.
Te prometo que vale tanto como el complejo mundo que un día levantamos y ahora se nos escapa  entre los sueños y la hojarasca de los días.
Te aseguro que esa pequeña flor es todo lo que en realidad tenemos.
Y es mejor que me creas.

26 de septiembre de 2010

Verano tardío



Tenía mal aspecto y pinta de no haber dormido bien en muchas noches. No era su problema. Abrió la cazadora y dejó que viera la pipa asomando en la cinturilla del pantalón. Cierra y ponte aquí detrás. La contempló unos instantes antes de empezar a retirar de las estanterías lo que le pareció más valioso. Algunos frascos de colonia se fueron al suelo estrepitosamente mientras iba y venía sorteando las mesas y los paneles publicitarios. Le echó otra rápida mirada y confirmó que no estaba nada bien. Se detuvo un instante y preguntó. ¿Se puede saber qué te pasa? No voy a hacerte nada, por si pensabas que soy el destripador. Le sorprendió la dificultad con que levantó los párpados. Hablar le costó más todavía .Si te llevas eso me veo en la calle... 

Ya. Vas a ser feliz con esta esclavitud mal pagada, ¿no? Los párpados se derrumbaron de nuevo, mientras el cuerpo se recostaba contra la pared. Volvió a su serie de frenéticas carreras entre los anaqueles, valorando en una décima de segundo si los relojes o los gemelos o los perfumes merecían realmente la pena. Cuando volvió a pasar ella reposabe en el piso encerado con las piernas descompuestas y el vestido recogido hasta la cintura. Tenía los ojos abiertos y una expresión ausente instalada en los ojeras violáceas. No había rastro de lágrimas en sus ojos, sólo un aura de impotencia que manaba de las cuencas de sus manos abiertas hacia el techo, como esperando una lluvia refrescante de la superficie metálica y abrillantada. Se inclinó y la miró mejor apartando los cabellos rubios de los ojos. De su nariz manaba lentamente una mucosidad transparente. Recordó las voces de su madre instruyéndolo siempre en la necesidad de las buenas costumbres y particularmente en la conveniencia de llevar siempre un pañuelo en el bolsillo. Secó con él la corriente que bajaba de los hoyuelos de la nariz. Después movio su cabeza para mirarla de frente hasta que ella retiró la mirada fijándola en algún punto del suelo, sin decir nada. 

Había rumores en el exterior y la claridad del amanecer prometía un día cálido y luminoso. Juró inconscientemente antes de que las palabras del Chorvo volvieran a taladrar su mente como tantas otras veces. No vales para esto, eres un pringao. Volvió a mirarla despacio. Sería bonita si cuidara más el cutis y se peinara más acorde con las últimas tendencias. Tenía la voz ronca cuando preguntó. ¿Es cierto eso que me has dicho? Los párpados se alzaron de nuevo, pesadamente, y en los ojitos negros brilló una expresión esperanzada. Se levantó, juró de nuevo y miró el reloj nerviosamente. Tendrás que colocarlo tú de nuevo, ¿vale? Miró el saquito donde había acumulado el botín de cualquier manera mientras la voz de ella se rompía sin llegar a hacerse comprensible. No podía dejar de mirarla mientras se abría camino hacia la puerta trasera. Definitivamente, era bonita. 

Advirtió la sombra que se precipitaba sobre él por puro instinto. Y por puro instinto la mano voló hacia el interior de la cazadora de cuero. Algo paró su carrera dos veces y lo dejó sentado ridículamente sobre los canalillos sucios de la acera, poblados de colillas de cigarros y de las hojitas secas de los plátanos jóvenes. Las fuerzas lo abandonaron súbitamente y su espalda cayó contra la pared. Por primera vez en su vida se fijó en el vuelo grácil e indisciplinado de las golondrinas. Vislumbró la silueta borrosa de un uniforme azul y una gorra de plato con manchitas blancas y azules. Después el calor de una mano menuda en la mejilla y unos cabellos dorados danzando ante unos ojos marchitados por esas típicas ojeras de los días de insomnio. Y la noche llegó extrañamente, cuando apenas el día había nacido. 

Ocurrió un lunes de un verano tardío. Un día limpio, cálido y luminoso como tantos otros.

2 de septiembre de 2010

De mis (hermosas) partes.





¿Por qué creéis que un tipo tarda media hora en salir del cuarto de baño? Porque dentro del cuarto de baño hay un espejo, lo saben hasta los perros. Entre tirar de la cisterna y repasar tu excelsa geografía hay una clara prioridad que engorda día a día la estadística. Esa que dice que un elevado tanto por ciento de los varones no tiramos de la cisterna. Lo que no dice es que lo hacemos porque tenemos algo más importante que hacer. Adorarnos. 






Nos adoramos porque pensamos que los demás no nos adoran lo suficiente. Y es rigurosamente cierto. No tanto como quisiéramos. Y sanseacabó. El narcisismo es una parte como otra cualquiera de la autoestima. Una que nos grita que somos más altos, más guapos y más inteligentes que cualquier físico nuclear. Porque sí. Porque pa eso somos nosotros y no los demás. Se entiende ¿no?. Mucho mejor que el misterio de la santísima trinidad, a fé. 



Servidor viene observando en los últimos días un desfile de pinreles por cierta red social que no puede menos de excitar sus centros neurálgicos. Los de uno. Y finalmente ha decidido unirse a la vorágine podal y enseñar sin pudor sus partes más hermosas. Ojo lo que andamos pensando a estas alturas. Esto es una casa decente. Aquí se reza al dios de occidente, se vota después de leer la prensa y se folla con la luz apagá, que ya bastante porquería hay en el internés. Pero tampoco está de más regalarse un poco la vista, que tiempo de no ver ná ya tenemos bastante por delante. Ea. 



Prima, ni se te ocurra hacer comparaciones, que te veo venir. Y si no me pinto las uñas es pa no terminar pintándome hasta los pelos de las orejas, que uno da el primer paso y el siguiente abre la puerta de los infiernos. A ellos vamos. Me acompañen, porfisss, que el cielo es muy aburrío. 



Ah !! Los requiebros en english, please. There you have given him, uncle !!



"Qué vicio tienes, criatura... Qué vicio"


La foto y el texto de la parte inferior son colaboraciones involuntarias de Toto, lo cual se le comunicará oportunamente. Gracias, prima.