9 de diciembre de 2007

Una sensación particular




A todos nos pasan cosas especiales, particulares. A mi me resulta increíblemente agradable ver trabajar a cierto tipo de profesionales. La primera vez que reconocí esa sensación fue viendo trabajar a un tonelero. Era vecino mío y padre de uno de mis amigos de aquel momento, un chaval muy fantasioso y algo salido de madre a la hora de las travesuras. Tenía el taller, una especia de carpintería especializada, debajo de su casa. Era un sitio oscuro con un olor indefinible, muy agradable. Tardé en coger confianza, pero luego no había forma de hacerme salir de allí.



Un tonel, de esos que se utilizan para hacer vino, puede parecer una cosa sencilla, pero eso es sólo una apariencia, claro. Ahora lo fabricará alguna máquina, con esa impersonal eficiencia de las máquinas. Pero esto era montar un puzzle complicadísimo a base de paciencia y buena mano. Y sin prisas.Lo he pensado y creo que esa negación de la urgencia, ese descartar lo apremiante, lo que no puede esperar, era lo que me producía esa sensación tan agradable. Me pasa lo mismo con un peluquero, o un albañil, o con una vecina que cuida sus flores con toda la calma del mundo.



Es ese ver las cosas discurrir amablemente, como si nunca pasara nada desagradable. Ver pasar el cepillo sobre la madera, escupiendo virutas pacíficamente, o el peine ordenando los cabellos que luego saltan por el aire y vuelan casi a cámara lenta hasta el suelo, o las manos de Anuncia, que acarician los tallos y luego cortan como si besaran.Entonces siento una especie de corriente que no sabría situar muy bien, aunque la sensación es muy epidérmica. Y me quedo extasiado mirando como la tarea va siguiendo su curso pasito a pasito. Como las manos amarran las tablas o las tijeras y van dando curso a un tiempo lento, casi líquido. Y me veo, allí presa de un bienestar que es fruto puro de la vista. Y me maravilla que dure segundos, minutos,... Nunca ha durado horas porque hay que decir que el sujeto observado suele sentirse intranquilo cuando ha pasado cierto rato.



Por cierto, no sé si he dicho la verdad. Lo he sentido mucho antes, ahora que lo pienso. Debemos ir hacia atrás, a la infancia. Esos momentos en que uno empieza a ser consciente de ser una persona. Madre nos prepara para salir, mientras padre, trajeado e impaciente, se limita a mirar. Hasta que ella, harta de la actitud contemplativa de su compañero, pide ayuda con cierta comprensible brusquedad. ¡Peina al niño!Entonces padre me acerca al lavabo, toma el peine entre las manos, lo moja en el fondo de la pileta y empieza a pasarlo parsimoniosamente por la cabeza. Y la corriente empieza a nacer, no sé si en las puntas de los pies, en algún sitio lejano y muy muy hondo. Y luego me recorre poco a poco, lenta como un río en el verano y alcanza los propios cabellos. Y me digo “que no acabe nunca”, antes de tener el más mínimo atisbo de malicia. Y el peine va y viene, de adelante atrás, después de marcar una raya a un lado para separar los cabellos en dos campos enfrentados y abrillantados por el agua.



Cuando oigo el “!vamos¡” de madre se me debe dibujar una cara de fastidio considerable. Lo que más me cabrea es que no es fácil que padre se pare en semejantes menesteres. Y madre suele hacerlo con mucha más urgencia, lo cual arruina en buena medida esta apabullante sensación. Los papeles de madre y padre siempre han sido injustamente repartidos. Y lo peor del caso es que son las propias sensaciones, que no los sentimientos, los que te lo hacen notar. Padre no suele hacerlo, pero cuando lo hace no se te olvida. Madre hace tantas cosas que contarlas sería imposible. Y no se notan nunca. Nadie las nota. Es curioso. Debe ser la primera vez que hablo de esto. Ni siquiera quien me peinaba lo sabe. Quizás lo he castigado por haberlo hecho tan pocas veces.



25 de noviembre de 2007

Antes del reloj



Todo ha cambiado mucho y muy rápidamente. Parece que el tiempo corriera a algún destino apremiante y nos llevara atados a su pellejo sin pedir permiso. Y ahí vamos, casi indefensos y presas de nuestro propio pánico inconfesado, a ninguna parte. Apenas nos da tiempo de recuperarnos de alguna humana preocupación para respirar con alivio mientras no se presenta la siguiente. Y permanecemos al acecho, vigilando la llegada de la próxima. Casi no tenemos tiempo ni para los recuerdos.

Es imposible que esto haya sido siempre así. De hecho recordamos tiempos más livianos, cuando el reloj no era tan importante y los horarios tenían mucho que ver con las clases de aritmética y muy poco con el afilador que aparecía un buen día con aquel artilugio increíble y el silbato que hacía danzar una escala de notas que progresaban raudas hacia el agudo y caían al grave por el mismo camino y con la misma diligencia. Había quien decía que anunciaban la lluvia, y tenían razón. Nunca ha dejado de llover, y el día que eso ocurra, más vale desconfiar. El viejo truco de las profecías.

Se me ocurre que el hecho de que nos desplacemos a la velocidad con que hoy lo hacemos debe tener algo que ver en toda esta sensación de agobio asfixiante que casi todos padecemos. Estoy por asegurar que quienes no lo padecen, no tienen coche. Usan el de los demás, los muy jodíos, como hace mi hermana. Dijo en su momento que no pasaba por el aro y lo cumplió. Ahora yo, que sí pasé por el aro, soy su cartero. Bien, a lo que iba... ¿qué sensación de agobio podía tener aquel afilador - paragüero? Un tipo que se desplazaba a pie con una rueda de un metro de diámetro para afilar cuchillos y reparar paraguas. La lógica del asunto no tiene desperdicio: no había que afilar los cuchillos todos los días. Ni mucho menos. Y el paraguas solía aguantar lo suyo porque así debía ser. Así que aquel hombre (no conocí ninguna afiladora-paragüera) pasaba ... cada año.

Lo cual implica que se ganaba la vida de una manera nada común. Hoy estás aquí y mañana allí y pasado un poco más lejos. Pero siempre hay cuchillos que afilar. Los que afilaste el año pasado, justamente. Y a nadie se le va a ocurrir protestar cuando aparezcas. Lo recuerdo bien. Toda la manzana haciendo cola junto al buen señor. Y el, cachazudo, gastando bromas y repartiendo saludos como un redentor de andar por casa, después de anclar el artefacto para ponerse a la tarea. Apenas una palanca sujeta al eje de la rueda para hacer girar aquella piedra que hacía saltar chispas como si fuera un saldo de fantasías. Todos los chavales nos preguntábamos como es que no se quemaba el condenado. Para cuando desaparecía de la vista, con aquel cacharro increíble, había pasado la tarde.

Cuánta gente se pasaba la vida yendo en burro de un sitio a otro. Incluso a pie. Como aquellas cuadrillas que iban a segar a Castilla y atravesaban los montes de Trevinca para terminar en algún lugar perdido de Zamora desde donde, según cuentan, los trasladaban hasta sus diferentes destinos a base de tracción animal. Cuántos caminos de esos son aún testigos de un tiempo que tardaba en pasar tanto como hiciera falta. ¿Qué habitaría la cabeza de aquellos que, a lomos de un asno, ocupaban un par de días en resolver un simple asunto de intendencia? Necesito harina, un peine, cuerda para pescar, aceite, también jabón si tienes...

Puede que lo mismo que ocupa ahora nuestras mentes tan ocupadas y preocupadas. Pero quizás fueran capaces de fijarse en las hayas, o en el curso ondulado de los riachuelos, y admirar los cambios en las tonalidades del sol que se oculta perezoso. Y sonreir ante el canto de los petirojos sin confundirlos para nada con los jilgueros. O torcer el gesto cuando la noche se echaba encima y las sombras de la aldea que habían divisado desde lo alto no acababan de hacerse presentes. Y al llegar a refugio quizás avisaran de la presencia del lobo, allá en lo alto. Eran tres por lo menos, y le habían acompañado un buen trecho, que a duras penas había conseguido dominar el pánico del asno, nada tranquilo con aquella presencia...

Vivir haciendo camino. Y haciendo del camino una buena parte de la vida. Convivir con un tiempo que convertía su ley en esencia misma de la vida. Un tiempo acompañante. Un consejero de sueños. ¿De qué otra forma se podría viajar por esos caminos sinuosos, multiplicando la distancia para evitar las rocas imponentes de las alturas o los rios impetuosos en la primavera? Un tiempo que invitaría a celebrar los olores del aire, los rigores del frio y las calimas justicieras del verano. Sin todos los disimulos que hoy llamamos comodidades. Un tiempo para dormir en colchones rellenos de llana de oveja y cáscaras vegetales. Un tiempo para apreciar el plato de sopa ante la lumbre y salir luego a la puerta a liar un cigarro y escuchar el aullido del lobo y explicar a los asombrados contertulios que al lobo no se le puede demostrar miedo porque lo huele y entonces es cuando estás perdido... Tú y el pobre asno, que no tiene la culpa.

Quizás el tiempo deja su huella en las hojas, en las piedras, en los granos diminutos de sílice arrastrada por los rios hace miles de años. Quizás sea posible conocer la historia de todos cuantos recorrieron estos caminos sin saber a ciencia cierta cuando llegarían ni como. Acaso ni si llegarían. Quizás sea posible apoyar la mano en el tronco de un árbol centenario y advertir enseguida que allí se apoyaron uno y una un día, mirándose a los ojos mientras las manos eran puro deseo. O tumbarse en el suelo y notar la pasada presencia del que huía víctima del abuso, decidido a resistir como los lobos. Solo e indefenso. Grandioso en la pura heroicidad de su insignificancia. Quizás sea posible virar ese recodo del camino y escuchar desde el pasado las voces airadas de los que se ganaban el pan a golpe de trabuco y amenaza.

Quizás, pero...¿quién sabe hacerlo?

10 de noviembre de 2007

La beca


Nunca le había resultado fácil atarse los zapatos. Componía los lazos como un castillo de naipes que se fuera a desplomar de un momento a otro y mantenía una mano paralizada mientras la otra completaba la tarea si había suerte de que aquello no se descompusiera. Hacía frío en la casa, como siempre. Se enfundó el pantalón corto y se lavó la cara y las manos en aquel lavabo medio desvencijado, después de llenarlo con una tinaja de porcelana. Odiaba el ruido del maldito cacharro y jamás era capaz de realizar aquella tarea, insignificante para los adultos, sin tropezar con algo.

Cuando estuvo listo entró en la cocina y se acomodó frente al tazón de leche, en su sitio habitual. La taza de ella estaba ya vacía. Se había olvidado de retirarla al fregadero como era habitual. El fogón de la cocina crepitaba aliviando el frio de la mañana con el aquel rumor entrañable. La puerta del patio estaba entornada y afuera se sentían los golpes del hacha contra aquella raíz indestructible. Comió un par de galletas más de las permitidas aprovechando que nadie podía advertir la infracción, recogió las dos tazas y se asomó el patio.

Madre levantaba el hacha con las dos manos, con una pierna firmemente asentada sobre la madera, y descargaba el golpe sin contemplaciones. Se dispuso a recoger los trozos que se arremolinaban alrededor de la leñadora en posturas caóticas y a veces muy lejanos. Colocaba un par de piezas grandes entre el antebrazo izquierdo y el estómago y el resto ya sólo era apilar mientras fuera posible.

Le sonrío sin decir nada mientras ascendía por las escaleras cuidando de que no cayera ninguna de aquellas pobres víctimas del hacha. Abrió la pesada puerta del horno y fue colocándolas sobre el fondo caliente cuidándose mucho de no sufrir el agijón de aquellas astillas traidoras. Cuando no hubo más espacio, depositó el resto sin muchos miramientos bajo aquel rincón que alguien había bautizado como "la meseta". Luego salió a recibir instrucciones de nuevo al patio.

Media docena de huevos, media hoja de bacalao, doscientos gramos garbanzos y una bobina de hilo blanco fino. Habia dicho fino, si... Agustina siempre tenía la sonrisa en el rostro, en aquel corpachón enlutado, lo cual la hacía preferible a cualquiera de cuantos podía andar tras aquel mostrador. Que se lo apunte en la cuenta. Se dio por despedido por el comentario de la mujer y arrancó un pedazo de papel del paquete de garbanzos para metérselo en la boca antes de marchar. Qué le encontraría a aquel dichoso papel...

Caminó con los paquetes junto a las cunetas desnudas acomodando el paso como mejor pudo. Lamentó no poder echar mano de aquellas pequeñas cascaritas que aparecían en los troncos de los enormes plátanos y mucho más el hecho de no poder arrastrar los pies para levantar nubes de polvo a su paso. Se acumulaba con facilidad y poderse transformar en una de aquellas máquinas de vapor que pasaban bajo el puente era una tentación muchas veces invencible. Sólo que la última reprimenda había sido más que convincente. Era difícil saber por qué se le antojaba tan apetecible aquella imitación mecánica. El problema era que cada vez se hacía más evidente el penoso espectáculo que ofrecía al llegar a casa cubierto de polvo de los pies a la cabeza. Y ver una vez más a aquella mujer fulminarlo con la mirada y echarse las manos a la cabeza, comenzaba a hacerse desagradable. Quizás era que se estaba haciendo mayor.

Entró en la casa cruzando la verja del patio para entrar por la cocina y evitarse los patines de fieltro que madre abligaba a calzarse para no dañar la cera de la madera. La enorme pota de caldo anunciaba verdura para varios días. Del segundo en adelante aquello era una delicia. Oyó una discusión al fondo del pasillo. Su hermana era una auténtica pesadilla cuando se empeñaba en gritar, así que consideró que había cumplido con su tarea y bajó el patio. Aquel pequeño espacio donde se apilaba la madera era un buen rincón para sus fantasías y alguna de aquellas varas podía transformarse con un poco de paciencia en una lanza comanche o una metralleta digna del mismísimo "Gorila".

Poco antes de comer, madre le mandó sacar agua del pozo. Contempló la danza del caldero de zinc mientras la cuerda hacía girar la roldana emitiendo un quejido metálico y luego tiró con fuerza para vencer el peso del agua fresca y cristalina. Mientras caminaba hacia la casa observó a su padre subir las escaleras con un gesto de alegría poco común. Su hermano mayor subía tras él, con una expresión de satisfacción que no podría disimular aunque quisiera.

"¡Nos han dado la beca!"

Nos han dado la beca significaba "¡toca crecer, chaval!" Significaba que "la academia", el único sitio donde entonces se podían cursar estudios oficiales, ya no era sólo cosa de aquel sabiondo espabilao que a la postre era su hermano, sino que ya había una oportunidad para el benjamín y su hermanita. Pues qué bien... adiós a las amables monjitas, los rostros conocidos y la comodidad de no tener que demostrar más que cuatro quebrados y las lecturas ya superadas del mamotreto aquel de nombre indiferente.

Seguramente por primera vez en su vida supo qué era un recuerdo y para qué servía. Madre Cruz, aquel rostro angelical enmarcado en la cofia rigurosa de las teresianas, las mesas verdes siempre limpias, el tipo largo aquel que nunca sabría por qué le tenía tanta manía, el ruidoso timbre del recreo, el miserable peñazo del rosario diario,... En fin, al menos el rosario habría terminado. Pero no conseguía saber por qué todo en mundo en casa estaba tan contento.

27 de octubre de 2007

Un pequeño reino


Se había casado por consejo paterno, sin ningún sentimiento especial, lo cual era absolutamente normal en aquel momento y en aquel lugar. Él era un hombre fuerte, corpulento y muy elegante. Se había propuesto levantar el antiguo imperio familiar y lo conseguía sin esfuerzo aparente. Estuvo con ella cuatro años, mientras afirmaba los fundamentos del futuro negocio, le dio cuatro hijos concebidos entre tinieblas y después se marchó.

La mujer se había acostumbrado a sus modales rudos, sus urgencias y su carácter altanero y autoritario. Admiraba su determinación y llegó a considerarse afortunada de tener a un hombre como él en casa.

Luego se le rompió algo dentro cuando la ausencia empezó a prolongarse más de lo que ella consideraba razonable. Recibía una carta cada año, puntualmente, el día de su santo. Sonreía cuando leía aquel "De tu amante y laborioso esposo" y luego derramaba unas lágrimas espesas que enjugaba con un pañuelo blanco antes de que nadie llegara a notarlas.

Cuando el primogénito estaba a punto de cumplir los nueve años, sorprendió una conversación de su madre con el médico de la familia. Parecían muy alterados, pero cuando preguntó qué ocurría ya los dos habían desaparecido. En su precipitación olvidaron aquel periódico de ultramar que enviaba a casa Pascual, un familiar lejano, que trabajaba en la región de Buenos Aires desde hacia ya tiempo, y consideraba que era la única forma de mantenerles informados de lo que en realidad ocurría en el mundo.

Las hojas descansaban descompuestas sobre el sillón de tercipelo rojo que había usado su abuela en vida y ahora no quería usar nadie. Amaba el orden y aquella especie de grito del papel desordenado no podía durar más tiempo. Observó con tristeza la foto con las bailarinas sentadas sobre las rodillas de un hombre grande y sonriente, como siempre hacía con aquellas escenas de cabaret. Una escueta línea de letras oscuras bajo la escena rezaba con aire abiertamente cínico "Industrial español a la cabeza del desarrollo de la región". Entonces se fijó mejor y el corazón se le heló en un instante turbio y negro como la tiniebla más espesa. El periódico cayó al suelo desde sus manos inertes y desmadejadas y un sentimiento de frio y desesperanza la invadió como un trueno violento e inapelable.

No quiso atender las explicaciones sobre el periódico responsable de la publicación, al parecer propiedad de un competidor directo, ni la carta de disculpas que los suyos le anunciaron. Dejó en sus manos los acuerdos económicos que fueran necesarios y olvidó. Acogió aquel vacío en el lugar en que antes habitaba la ausencia, con aquella extraña fatalidad con que simpre aceptaba las malas horas. Después, ante la insistencia de quienes la veían languidecer como una flor tardía, accedió a recibir a un sacerdote con cierta regularidad. Por alguna extraña razón, decidió hacerlo en la galería, un espacio que hasta aquel momento no visitaba con frecuencia. El hombre, un cura ya mayor, austero y generoso, le regaló un rosario y la aleccionó sobre los efectos balsámicos de la oración, acudiendo puntual a su cita durante un par de meses para luego excusarse por motivos de salud.

Ella nunca había sido especialmente religiosa, pero aquel rosario, con su tacto leve y perenne sobre las manos, la acomodó en aquel espacio donde el sol y algunas plantas de hojas amplias y lustrosas llenaban el vacío que ya nadie podía remediar.

Pero no rezaba. Jugaba con las palabras que nacían de la calle que discurría a sus pies, bajo la galería, o del rio que vivía a su lado, casi estancado, lleno de hojas verdes o amarillentas, o del aire que enviaba los gritos de los crios o el canto agitado de las golondrinas y todos aquellos seres alados que se empeñaban en recordarle que se puede vivir de cualquier cosa. Trino, capullo, amarillo, canto, reflejo, surco, del agua, vena, del aire.... Trino amarillo vena del aire, capullo reflejo del surco en el agua...

Terminó por vivir en un mundo de sueños de palabras, o de palabras de sueños. O en un sueño de mundos de palabras. Y un día, como quien se suicida sin querer dejar el mundo, escribió lo que había soñado. Y al día siguiente, temblando, levantó el tapete donde había dejado aquel papel delator. Lo leyó de un tirón y comprobó, con alegría, que algo parecía haber brotado dentro de sí sin que nada irremediable habiera sucedido.

Descubrió que no era la única que cultivaba aquella extraña afición después de fijarse un par de veces en aquel hombre. Siempre acudía en las tardes soleadas. Iba desaseado, o más bien descuidado, con aquel abrigo destartalado como escurriéndosele por los hombros. Pero caminaba de una manera que desmentía la necesidad. Y llevaba la cabeza alta, aunque se adivinaba un gesto ausente quizás, quizás dolido, pero estaba claro que no pedía nada. Despreciaba los bancos de madera y se sentaba en aquel bloque de granito del puente, apoyaba la cabeza en el frio metal de la farola y después, con urgencia, extraía del interior del abrigo una libreta sencilla, la apoyaba en las piernas, escribía un par de líneas y se quedaba mirando a ninguna parte hasta que de nuevo alguna idea asaltaba su cabeza exigiendo el testimonio en el papel.

Se preguntó la razón de aquella extraña coincidencia. Su mundo de palabras de sueños seguía poblándose de fantasías que alguna vez asomaban al papel con vergüenza y quedaban plasmados en algunas escasas líneas, tímidas y faltas del calor del convencimiento. Pasó un tiempo sin que él volviera a dejarse ver y un buen día, mientras acudía a una visita de compromiso, acompañada de su hermana mayor, reconoció el familiar color de la libreta, encajada entre los bloques de granito del puente. Su hermana había sido siempre muy solícita, así que sólo necesitó del socorrido "he olvidado algo.." para que ella volviera a la casa. Se hizo rápidamente con aquel ser de papel que abrió las alas sin que ella lo hubiera pedido. Las hojas estaban limpias, y sólo mostraban huellas de la lluvia por aquí y por allá. Dejó caer la vista sobre aquellas líneas de letra apretada y menuda pero comprensible y luego la guardó entre las ropas al ver aparecer a su hermana.

Aquella misma noche leyó las primeras líneas, algo confusa y con la timidez de quien entra en un mundo de otros. No se detuvo a pensar si tenía derecho o no. Tuvo una primera sensación de confusión ante aquellos poemas crípticos y oscuros que no conseguía entender. Después otra casi de pánico ante aquellas palabras desnudas. Luego otra de placidez total en apenas cinco lineas de amor parco y sencillo, ingenuo y transparente. Después dejó de preguntarse qué sentía y se dejó llevar sin prisas hasta aquellos cuatro últimos y breves versos sin rima :

Voy a mundo apartado
de caminos vacíos y hiedras moribundas
Habito en mis secretos y no pregunto nada
porque saber no es nunca lo mismo que saberse.

Un día separó aquellas páginas, una a una y las ocultó en el misal. Tenía un tamaño desacostumbrado y sabía que nadie osaría hacerse con el. Repasó aquellas líneas mil veces, aprendiendo a aquel ser oscuro a veces, caótico en ocasiones, pero siempre portador de un sentimiento desacostumbrado. Se fue haciendo una imagen a base de retazos seguramente idealizados, porque escasamente acertaba a recordar aquella silueta alta y delgada. Y llegó un momento en que casi podía representárselo ante ella. Pero no acertaba a vislumbrar un sólo rasgo de aquel rostro. Sólo podía soñar una expresión quizás ausente, quizás dolida, que había quedado anclada en algún sitio.

Sin saber muy bien qué la empujaba a hacerlo, se las compuso para hacer alguna averiguación a través de Alina, una mujer que acudía a hacer algunas labores de la casa, callada y reservada, pero discreta también. A cada pequeña noticia que le llegaba se preguntaba cuál era la razón de aquel interés insensato, pero como nunca conseguía una respuesta con sentido, terminó por aceptarlo, como había aceptado tantas cosas que nunca había pedido. No había mucha concreción en lo que Alina comunicaba de tarde en tarde. La familia Rivera siempre había sido muy apreciada en aquella pequeña capital de provincias. Hasta que un día regresó aquel hombre al que ya no esperaban, después de abandonar a su mujer y dos hijas, presa de un extraño mal al que todos se referían como "aquel problema". Nunca habían tenido un contacto muy directo con su familia, así que resultaba difícil saber qué había de cierto en todo aquello.

El invierno pasó sin sobresaltos mientras los jóvenes se hacían menos jóvenes y los mayores asistían al paso de los días con los cuidados habituales por las cosas de la casa y la familia. Todos acudían alguna vez a la galería, repartiéndose la tarea de hacerle compañía como un pequeño sacrificio compartido de buenas maneras por todos. Para ella lo era en un sentido más literal. Había conseguido verter al papel los propios sentimientos hasta entonces escondidos. Nacían casi violentamente y hasta la misma forma de expresarlos le resultaba extraña, casi ajena, pero liberadora. Y resultaban ser todo lo contrario de lo que acostumbraba a vivir o escuchar. Aquellas íntimas vivencias, lejos de quedar en relegadas a su intimidad, habían invadido su atmósfera familiar, otrora agradable, convirtiéndola en algo sólo soportable.

Un día abrió el misal por las últimas páginas con cierta sensación febril en las manos y el corazón en un puro galope. Aquel poema era su peor pesadilla pero la atracción que ejercía se hacía notar ya no con los días sino con las horas. Solía terminar la lectura en aquellos versos procaces, sin atreverse a continuar, confundida como una cría por la atracción que habían despertado. No se reconocía. Pero volvía a beber de aquel pozo prohibido cada día, víctima de una vergüenza insuperable y de una sed más fuerte que la propia vergüenza. ¿Era aquel hombre de figura fugitiva y extraviada quien había escrito aquello? Lo que más la inquietaba era que comenzaba a preguntarse el por qué.

Aquel Domingo en que todos habían salido para una celebración de la que había conseguido liberarse alegando una fuerte jaqueca, Alina se presentó en casa inopinadamente. Para su decepción, sólo se trataba de recoger algo que creía haber dejado en la galería durante su última sesión de limpieza. Mantuvieran una conversación intrascendente mientras la mujer recogía un par de llaves diminutas y ya cuando se despedían escuchó un "ha vuelto" que apenas entendió porque Alina solía dar aquel tipo de noticias apenas mirándola y no esperaba nunca respuesta. De vuelta a la galería no pudo evitar dirigir la mirada hacia aquel rincón del puente. Le reconoció inmediatamente, aunque alguien se había cuidado de proporcionarle ropa nueva y un sombrero que había colocado de forma un tanto estrafalaria.

Se había sentado donde siempre lo hacía, y apoyado la cabeza en el frio metal de la farola sin reparar en el sombrero, que se vino al suelo. Lo recogió con un gesto cansino y extrajo una libreta idéntica a la que ella tenía. La sensación de tener algo que no era suyo invadió entonces a la mujer. Se puso en pie, decidida. La tarde amenazaba lluvia, lo cual le permitió tomar un viejo paraguas que quizás consiguiera hacerla invisible. Se compuso mínimamente ante el espejo y salió de la casa asombrada de su propio atrevimiento. Abrió el paraguas sin preocuparse de que el suelo estaba absolutamente seco y anduvo la escasa distancia que la separaba del puente. Se paró ante él, que la miró con un gesto asombrado mientras tomaba el sombrero como intentando protegerse y se levantaba de su improvisado asiento cruzando las manos ante sí con un gesto azorado.

- He de pedirle disculpas. Creo que tengo algo suyo, aunque lo cierto es que creí que estaba abandonado.

Hizo ademán de entregarle la libreta pero él negó con las manos.

- Todas las cosas lo están, aunque a veces nos creamos sus dueños.

La respuesta llegó sin hacerse esperar. Tenía una voz ronca y hablaba con lentitud, como contando las palabras. Enseguida preguntó.

- ¿Lo ha leído?

- En su mayor parte.

Observó una sonrisa triste en aquel rostro extraño, como varado en un momento de un pasado-futuro.

- Tiene usted miedo de las palabras.

Ella comenzó a caminar despacio, invitándolo a seguirla. Hubo de esperar hasta que llegó a su altura.

- ¿Hace mucho que escribe usted esas poesías?

- ¿Tiene usted miedo de las palabras?

- Si. Las palabras habitan en uno. No se dice lo que no se ha pensado antes. ¿Piensa usted a fondo en todas las cosas que escribe?

- Las palabras son un mensaje del pensamiento o del corazón. Pero no siempre aciertan a entender lo que el pensamiento o el corazón dicen realmente. La mayoría de las veces las palabras no dicen nada porque no han entendido nada. Otras veces dicen cosas que sólo sirven para arreglarse la ropa o para castigar al perro desobediente. Entonces son inútiles. Sería mejor callar.

- La vida es muchas veces las pequeñas cosas que no sirven de nada, ¿no le parece?

- La vida es un llanto inútil o un deseo inútil.

Se paró y lo miró directamente. Él la miró un segundo y luego dejó vagar la mirada sobre su cabeza con una expresión extraviada.

- Y esos versos tan ... ¿de dónde nacen?

- No puedo contestarle. Usted teme a las palabras y yo no quiero causarle temor.

Seguía mirando al aire por encima de su cabeza, en una y otra dirección. Debía de ser un síntoma de "aquel problema". Trató de fijar aquellos rasgos en la memoria, pero en cuanto apartaba la vista le resultaba extremadamente difícil recordarlos. Se despidió con la sensación de haber atravesado una puerta que no debía haber abierto, desasosegada e incluso ligeramente atemorizada.

- Le agradezco el presente y la compañía, y espero que se mejore usted.

Lamentó su falta de discreción en cuanto hubo liberado aquella frase imprudente, pero él no se inmutó.

- Yo estoy bien. Adiós.

Volvió por sus pasos y cuando cruzó el puente dirigió la mirada hacia la silueta alargada, apenas unos segundos. Había vuelto a colocarse el sombrero cubriendo sólo la parte posterior de la cabeza, lo cual le daba un aire absolutamente extraño. Estaba de cara al rio, lánguido como un ciprés y con la vista fija en sus zapatos. No volvió a verlo.

La vida tomó un ritmo vertiginoso y los años la llevaron a la resignación de quien sabe que no queda nada más que esperar. Los acontecimientos, buenos o malos, marcaban el devenir natural de las cosas, sin que llegaran a incomodarla más de lo que habría podido hacerlo un viento molesto. Tenía la sensación de haber vivido todo cuanto merecía la pena hacía ya mucho tiempo. Cuanto pudiera pasar ahora eran puros eventos que apenas llegaba a recordar con el paso de los días.

Vivía de las letras que nadie leía y de los recuerdos que nadie compartía. Eran su mundo aparte, como aquella galería que acusaba el paso de las estaciones sin recibir atención de nadie. Hubo de cambiar su rincón favorito por otro algo más alejado. Las grietas de la madera dejaban pasar el frio aire de Enero y aullaban en los días ventosos del otoño o la primavera, pero nada conseguía apartarla de aquel rincón donde era reina y señora.

Aquel bloque de granito, extrañamente descabalgado del resto de la estructura del puente, sólo era reposo ocasional de niños y viejos, menos formales que toda aquella gente de bien, enfundada en sus rígidos trajes, sus bombines y sus vestidos de amplios vuelos. Continuó con la vigilancia de aquel insignificante rincón día tras día, sin saber muy bien qué esperaba. Fuera lo que fuera, nunca llegó.

La casa comenzó a quedar vacía y sólo recibía la visita ocasional de alguna mujer que casi le resultaba desconocida, normalmente acompañada de algún crío más o menos ruidoso. Alguien no se atrevía ya a acudir a la casa ruinosa y dejaba su mensaje de recuerdo por medio de aquella presencia que a ella le resultaba siempre extraña. No permitió que nadie tocara aquellos muros vetustos ni la galería, batida ya por los vientos y la lluvia, que aprovechaban cada resquicio para adueñarse de aquel pequeño reino.

Al final de sus días hubo de retirarse al interior renunciando por fin a su vigilia diaria. Poco después la casa quedó completa y definitivamente vacía. Nadie quiso acordarse de ella una vez su huesped hubo desaparecido. Las grietas abrieron la madera con la complicidad del aire y el sol y las piedras lanzadas por los crios, ajenos a una historia lejana e irremediablemente desconocida, acabaron con la suciedad de los cristales de forma rápida y expeditiva. Apenas quedan hoy sus restos llenos de polvo petrificado.

19 de octubre de 2007

Música y poesía

Supongo que tod@s hemos tenido esa hermosa sensación de recordar la música del pasado. Lo que oíamos cuando teníamos 18 años, ó 20, ó 30.... Es una sensación muy especial, pero hay otra incluso mejor. Hay músicas que llegan a olvidarse por no sé qué extrañas razones. El caso es que un buen día descubres de nuevo aquel vinilo, lo tomas en las manos, le quitas el polvo con los dedos sin que te importe en absoluto mancharte, y te quedas ahí, como alelado, pensando. “¡Mira lo que hay aquí!”

Hay músicas que llegan a amarse tanto que no es de extrañar que pasado el tiempo uno vuelva a sentir las mismas cosas, e incluso más. Como si el tiempo, en lugar de trabajar a favor del olvido, hubiera dejado un valor añadido. El por qué de semejantes reencuentros escapa un poco a la propia comprensión, a menos que sea uno tan pulcro que limpie la colección de discos cada cierto tiempo. Creo que no es frecuente.

Quizás habías estado hablando de poesía con alguien y de repente un sustantivo estalla entre las ya indisciplinadas neuronas y abre una puerta que había estado cerrada tanto tiempo. Ondas. Una palabra simple. Bonita también. Como rizada, sugerente, cálida. Una palabra que sugiere el movimiento del aire, del agua, de la vida...”en crespas ondas su caudal levanta”... José Martí, poeta de Cuba, enorme a decir de muchos.

Pablo Milanés, otro cubano de voz bellísima, tuvo la feliz idea de clavar esos versos en un vinilo que habré escuchado miles de veces, pero que por alguna razón nunca llegué a tener. El disco se llama Versos de José Martí, si no me equivoco, y es, a mi parecer, de lo que mejor que pueda escucharse cuando lo que se quiere oír son buenos versos y apenas una guitarra bien afinada. Esa sencillez en la producción apoya el verso de Martí de una forma inesperada. Un verso afilado, despiadado a veces, amoroso otras, humano hasta lo más profundo y siempre ansioso del fuego de la verdad. Un auténtico regalo.

http://www.trovadores.net/nd.php?NM=512&CN=14



17 de septiembre de 2007

Ramón


Me gusta hurgar en la memoria. En ese baúl donde se acumulan las cosas importantes y las que no lo son aparentemente. Ahí hay ratos de la niñez, recuerdos que a veces no son tales sino fantasías que se han hecho un hueco sin pedirte permiso, imágenes de un camino, reflejos de un arroyo, sensaciones entrañables a veces, y otras veces no tanto. En ocasiones creo que la memoria es un almacén muy mal ordenado, porque de ahí pueden surgir al mismo tiempo cosas que no tienen nada que ver, retratos inconexos, momentos que parece que se hubieran extraviado y de repente se encuentran juntos inexplicablemente.

Pero no es así. Es un almacén bien dispuesto, donde todo se clasifica con cuidado y mucho esmero. Por la razón que sea, todo encaja perfectamente en ese enorme puzzle y las cosas, las vivencias, quedan en su sitio. Y un buen día, viven de nuevo, como si pensaran "hoy me apetece salir un ratito del almacén". Del almacén de recuerdos.

No sé por qué hay personas que, sin ser necesariamente muy próximas, son capaces de hacerse un espacio en la vida de los otros como si esa capacidad fuera algo inherente a su personalidad y no necesitaran hacer nada especial para conseguirlo. Conocí a un hombre así, una vez, en una pensión de Coruña. No llegamos a tener una relación muy estrecha. Compañeros de pensión y poco más. El caso es que está aquí, en algún lugar del puzzle. Se ha quedado de una forma silenciosa y entrañable y no sé bien por qué. Había vuelto de Nueva York, donde parece que pasó buena parte de su vida y hablaba en inglés de vez en cuando, con una soltura que me asombraba y con esa típica manía yanqui de comerse las tés... Decía Coul Pora....y yo tenia que ordenar las neuronas para darme cuenta de que ese era Cole Porter.

Debía andar por los setenta y más. Delgado, no muy alto. Siempre llevaba la sonrisa en el rostro, dentro de un conjunto de apariencia muy sencilla pero no falto de elegancia. No recuerdo bien su aspecto en el verano, pero el resto del año era siempre el mismo. Zapato negro, siempre brillante, pantalón oscuro y gabardina. De esas de color marfil. Una prenda muy modesta. Todo en él lo era. El sombrero también. A juego con la gabardina, con una banda quizás de color negro... no recuerdo muy bien.

Tengo una imagen suya grabada en algún rincón, parado en la acera frente a una vecina, o amiga, o novia, (decía tener muchas) con los dientes blancos asomando tras aquella sonrisa cinematográfica y riendo con los ojos también. Era de esas personas que te prestan tanta atención cuando le hablas que te sientes el centro del mundo y luego reparas en la sonrisa y te preguntas qué más te puede regalar el día. Con razón tenía tantas novias.

No era nadie importante y sin embargo a mi me lo parecía. Tenía eso que llaman don de gentes, aunque casi nunca se le veía acompañado. Quizás eso me parecía en él un detalle a tener en cuenta, porque es una de esas cosas que nadie deja de observar, pero no debía importarle demasiado. Parecía comportarse conforme a algunas decisiones tomadas de forma muy meditada en algún momento y debía sentirse muy a gusto consigo mismo. Muy tranquilo. Y tenía muy pocas necesidades. Una de ellas era tomar el sol en el invierno. Parece que le veo sentado en el banquito aquel de A Palloza, con el tenue olor de la fábrica de tabaco envolviéndolo todo.

No estoy de acuerdo con esa gente que no se cansa de repetir eso de vivir sólo el presente. Qué sería de nosotros si no tuviéramos recuerdos... Todas esas presencias del pasado toman forma y vida en el recuerdo y en él se hacen importantes e incluso cumplen una función en la vida propia. Ocupan un lugar que no puede quedar vacío.

Un recuerdo, Ramón.








25 de agosto de 2007

A mi rio



Hoy he vuelto a mi rio, por más que el día no invitaba demasiado. Creo que ha sido una especie de ritual. De ese tipo de cosas que haces porque algo te lo pide desde dentro del cuerpo. O del alma, que sé yo. Creo que no volveré por aquí hasta el año que viene, a menos que mañana tengamos todo el verano que hasta hoy ha faltado, y no creo que vaya a ser así.

Parecerá una estupidez, pero lo cierto es que quería despedirme de estas piedras, a veces tan molestas. Desde la foto puede parecer un espacio casi ideal, pero lo cierto es que resulta bastante incómodo según a qué cosas estés acostumbrado. Sólo que esas incomodidades ya se han incorporado al ente que habita mi pensamiento y me recibe cada año con ese rumor de agua enbravecida sin el que la vida no sería lo mismo. Siento que este espacio, que no es de nadie, me pertenece.

Y ya me da igual que las piedras se me claven en las costillas. Sencillamente, las retiro hasta que la molestia que está debajo de la que acabo de retirar resulte soportable. En tiempos en que venía aquí bastante gente, terminábamos por allanar de alguna manera este mar de minerales errantes, expulsados de todas partes y vapuleados de por vida. Hoy resulta más difícil porque apenas queda ya quien venga a rendir visita a este rincón.

Cualquiera que me viera entrar en el agua se echaría unas risas, porque no es tan sencillo como parece. En las zonas en las que el agua baja mansamente termina acumulándose sobre las piedras una película arcillosa tan resbaladiza que es casi imposible no caerse. Así que lo normal es marcarse un numerito de equilibrista de vez en cuando, agitando los brazos en el aire casi involuntariamente, para evitar llegar al agua antes de lo previsto. Resulta absolutamente cómico, de verdad.

En un día nublado como hoy, en el que el verano parece decir adiós, no se puede evitar una fuerte sensación de melancolía. Y creo que sería equivocado combatirla. Es mejor abandonarse a ese tenue velo de tristeza mientras la vista recorre estos rincones tan conocidos y tan amados. Y dejar que las piedras, las pizarras, los arbustos, los tomates (¡¡ los hay !!), los mosquitos, las hormigas... el aire, la luz, el agua, ... te acompañen.

Hay tantos recuerdos ligados a este rincón que creo que no sabría interpretar mi vida si de alguna manera desapareciera de la memoria. Sería un auténtico desastre. Eso que llaman una pérdida irreparable.

Bien, me he despedido con un baño que ha resultado sorprendentemente frio. Mucho más de lo esperado, aunque el frio de estas noches ya lo anunciaba. En fin, como es imposible abrazar algo tan grande, sólo me dejaré abrazar. Hasta el año que viene, mi querido y líquido rincón.