30 de junio de 2009

Oración para descreídos



Padre nuestro, acaso ubicuo pero ilocalizable

ten la bondad de ponerte un nombre como dios manda

venga a nosotros tu reino, que dos mil años es plazo razonable

hágase tu voluntad, aunque bien podrías contar con la nuestra

así en la iglesia como en los bancos

El pan nuestro de cada día... es nuestro, acuérdate

perdónanos nuestras deudas

porque a tus delegados se les olvida esa sencilla instrucción

así como nosotros perdonamos a nuestros deudores,

por lo demás insolventes

Si nos ves caer en la tentación

recuerda que a esa tía buena la has puesto tú en el tierra

Y líbranos del mal, que ya es embarazoso recordártelo.


(Y de la hipocresía, que se te olvidó incluirla entre los pecaditos, caramba...)


Amén


(Será por pedir...)


Foto: interior de la iglesia de S. Francisco. Villafranca del Bierzo.

23 de junio de 2009

Fito

Se sentó en el sitio de costumbre, encima de una roca de cuarzo ennegrecido por las corrientes frías del invierno y el polvo que nacía en las charcas cuando los rayos del sol decretaban la llegada de la primavera. La vio llegar con prisas, con el pañuelo echado por la cabeza como quien quiere protegerse del sol, pero él sabía que no era del sol de lo que se protegía. Se le humedecieron los ojos sin querer, y bajaron al suelo, dejando la planicie por dónde la mujer caminaba a buen paso en dirección al molino. Elevó la mirada por los bosques y comenzó a rascar en la roca con la punta metálica de la peonza, que aún llevaba la cuerda rodeando su cuerpo de madera, redondo y cumplido. Qué mejor le sería quedarse en casa, pensó, con los labios fruncidos en un gesto de ira. A punto de perderla de vista, bajó de la roca y siguió de nuevo el sendero en el que quedaban apenas las huellas de las lluvias de antes del domingo.

Caminó sin perderla de vista, siempre al amparo del bosque, hasta llegar al puente de madera donde tuvo que dejar el camino y saltar por encima de la valla de las tierras del Chisco, procurando no dejar huellas, por culpa del mal genio de aquel viejo. Cuidando de poner los pies sobre de la hierba fresca, para evitar que lo oyeran, rodeó el molino . Iba el sol alto ya, y aquel mirlo corría por el suelo delante de él, sin echar a volar, anunciando su presencia con un grito irreductible. El viento pasaba perezoso por entre las ramas de los abedules, al lado del arroyo, y traía el murmullo de las campanas de las vacas prado abajo. Paró unos instantes a contemplar por un momento aquel bosque familiar del pequeño valle. Olía a tierra y agua. A excrementos del ganado y flor de jara. Aquella tarde iba a hacer calor. Mantenía heroicamente la esperanza de que algún día no ocurriera absolutamente nada, pero era inútil... Poco antes de que ella saliera por la puerta de atrás y abrazara inexplicablemente a aquel tipo flaco y largo, volvió a escuchar aquellos gemidos que iban aumentando de ritmo e intensidad hasta que ya se le hacía imposible seguir allí.

Aquel jueves no hubo manera de librarse de la carraca del Nicanor, apodado el Chambón, que los llevaba a la escuela del pueblo siempre que el tiempo y las tareas lo permitían. La mujer insistía en acompañarlo y no había manera de quitárselo de la cabeza. Fito pensó que tendría que buscar alguna estrategia mas eficaz para huir de aquella cosa insoportable que llamaban escuela. Los chavales del pueblo no le eran simpáticos y las chavalas andaban siempre lejos, apartadas en otra sala, todas juntitas, a lo mejor tenían miedo de que se volviera hombres. El maestro aquel, que se hacía llamar Don Braulio, estaba ya sentado en la mesa, delante del mapa surcado por líneas gruesas y negras que dividían las provincias, y marcaban el curso de los grandes ríos. Por más que se esforzaba no conseguía llegar a entender realmente lo que decía. De una parte, porque hablaba mal, y de otra porque lo hacía en aquel castellano duro y lejano que resultaba imposible comprender.

Cuando aquello acabó, echó un suspiro hondo y salió raudo. Había alguna gente esperando a los chavales del pueblo. Algún hombre también. Hombres bien vestidos que los cogían de la mano, mirándolos con cariño, y a veces se arrodillaban para componerles los botones de la camisa, o los cordones de los zapatos. Hombres altos y fuertes como robles. Nada podía pasar al lado de un hombre como aquellos. Tardó en llegar aquella tarde el Chambón. Carlos, el hijo de su padrino de Contes, se acercó con ganas de pasar el tiempo en una pelea de las que tanto le gustaban. Lo despidió con un tortazo rotundo y se quedó mirando las piernas largas y derechitas de aquella rubia de Quintáns, alta y delgada como un aliso, pensando en el trabajo que le costaba dirigirle la palabra. Ella lo miró también y siguió hablando con las amigas levantando la voz para hacerle la competencia a los gorriones que rondaban por los tejados.

Se sentó a su altura, al otro lado del pasillo que separaba las dos filas de asientos. Mientras el cacharro aquel los vapuleaba sin compasión pensó que sería agradable tenerla más cerca cuando sorteaban los baches invencibles de los caminos. Notó su mirada y se hizo el interesante recordando que llevaba en el bolsillo de la camisa una mariposita que había encontrado ya muerta tras los cristales de la ventana de la escuela. La depositó en la palma de la mano acariciándola delicadamente con las yemas de los dedos. La niña se quedó mirando con los ojos como platos y él sonrió con el gesto de pícaro que su madre le celebraba a veces. Estaba claro que había atraído su interés, de manera que terminó por acercársela para que pudiera verla tranquilamente. Miró a la mariposa, luego la miró a ella, y no supo cual de las dos le gustaba más. Me llamo Berta. Es tuya? Claro... yo soy Fito.

A Berta la fue a recoger una mujer ancha de caderas y rubia como ella, y un hombre que llevaba aún el sombrero de paja en la cabeza. Un hombre fuerte junto al que nunca podría pasar nada. Mientras se alejaban vio como su madre le hacía gestos desde la puerta de la casa de Teresa, la costurera. Ya iba en manga corta. Apenas pasaba marzo y ya su madre comenzaba a tener calor. Andaba con el mandil de flores rojas, encima de aquella falda blanca que solía poner cuando iba al molino. Atendió a sus preguntas mientras hacían camino y escurrió la mano cuando ella hizo ademán de cogerlo. Preguntó qué le pasaba y él no quiso contestar.

Merendó un pedazo de membrillo con un trozo del pan de maíz que les traía el abuelo una vez por semana. Sabía bien. Terminada la merienda resolvió fácilmente unos problemas de matemáticas, completando después la mitad de las frases que les había mandado aquel Don Braulio incomprensíble. Madre quedó mirándolo desde la mesa cuando se fue a cama dejando un tímido buenas noches.

Aquel día estaba a punto de llegar al gran cuarzo que era su trono cuando ella se le atravesó en el camino. ¿Puede saberse a dónde vas tú? No respondió. Echó andar hacia la aldea con las manos en los bolsillos y la boca cerrada, sintiendo los pasos a sus espaldas. ¿Pero que demonios te pasa? Caminaba más y más deprisa, pero no conseguía dejarla atrás. Iban llegando al enorme castaño del cruce de Parada cuando se detuvo ante él, le cogió la carita con las manos y lo miró con aquellos ojos que no sabían decir mentiras. ¿Que tiene mi cariñito? Medio se revolvió sin quitar las manos de los bolsillos, miró al suelo y luego a aquellos ojos que pedían ayuda. Se le mojaron las mejillas sin poder evitarlo, antes de que aquellas manos recogieran la lluvia de los ojos y la repartieran por la piel. Abrazado a ella, se sintió volar hasta descansar en su pecho blando y confortable, con los brazos rodeando el cuello blanco y los cabellos rizados haciéndole cosquillas en la nariz. Y habló. No quiero que te haga llorar. Ella volvió la cabeza queriendo mirarlo bien de cerca, pero él se cogió tozudo del cuello que le procuraba refugio. La madre que te parió... Echó a reír como una loca y él pensó que no había manera de entender a las mujeres. Tan pronto reían como lloraban. Finalmente lo echó de nuevo al suelo, se le acercó, y con la carita muy pegada a la suya, habló. Cariño mío... a veces se llora de alegría, y otras.... de otras cosas.

Pasaba la semana y la falda blanca seguía reposando indiferente en el respaldo de aquella silla vieja en su habitación. Volvía de la mano del abuelo un día cualquiera cuando los vio hablando a la vuelta de la casa de los de Paredes. Hablaban con urgencia, con las caras muy cercanas y gesticulando sin parar. El abuelo rezongó algo por lo bajo y se metió por la calleja donde estaba la barbería del Cuco, su amigo de siempre. Llegaron allá y el Cuco dijo que ya podían crecer sus pinos como crecía el chaval. Se pusieron de charla el barbero y el abuelo, así que buscó un rincón desde donde seguir la conversación de la pareja. Seguían hablando sin parar y a veces se ponían uno de espaldas al otro, como si discutieran. Finalmente la mujer echó a andar con el paso largo, sin despedirse, y el hombre quedó mirándola con una mano en el bolsillo y la otra levantada en el aire, como pidiendo limosna.

Cuando entraron en la casa había un plato encima de la mesa con un par de piezas de membrillo, un poco de queso curado y un trozo de pan de maíz. El abuelo llamó a la puerta de la habitación, entró y luego volvió a cerrarla para no dejar escapar el llanto de la mujer. No se entretuvo mucho. Cuando lo vio salir, preguntó con la mirada pero el viejo hizo un gesto quitándole importancia. Aún tuvo tiempo de contarle un par de cuentos mientras roía el queso. Después estuvo enredando en un estante que siempre amenazaba con venirse abajo mientras él recogía el plato y los cubiertos, y finalmente fue hacia su habitación y abrió la ropa de la cama, comprobando que todo quedaba en orden. Le dio un beso, echó la chaqueta por los hombros y guiñó un ojo antes de abrir la puerta. Desde fuera, a través del cristal, le hizo un gesto para que corriera el pasador.

El sábado amaneció con el sol contento. Abrió las contraventanas y a poco el mirlo vino a posarse en su rama favorita. Le gustaba jugar a invertir los colores, así que imaginó como sería si tuviera el pico negro y el cuerpo de aquel tono tan llamativo. Ella iba y venía ya por la cocina, cacharreaba en el vertedero y de vez en cuando salía afuera, levantando un lamento en la puerta que daba al patio. Se vistió con prisas por salir de la casa y pasó por el baño para mojar apenas las mejillas y las orejas soñando ya con los saltamontes y las santateresas y quien sabe lo que iba a encontrar bajo la higuera con su compañero Xan, el hijo de Marica. Pasaba al comedor con la toalla aún en las manos, cuando entró ella. Tenía los ojos hundidos y sorbía el aire por la nariz con el ruido de quien anda con la catarrera encima. ¿Desayunaste? Negó con la cabeza mientras devolvía la toalla a su lugar habitual. Entonces llamaron a la puerta.

La cortina que cubría el cristal dejaba ver una figura alta y delgada que le era familiar. Ella quedó parada, cruzó los brazos sobre el pecho y finalmente abrió. Entró él sin dudar y dejó la maleta en el suelo, mirándola. Después salió de nuevo y volvió con algo entre los dedos. Se acercó a Fito y le enseñó aquello. Aquella condenada hierba no paraba de dar vueltas, como si fuera capaz de tomar decisiones. El chaval andaba asombrado con aquel fenómeno. Miró la cara rasurada de aquel hombre largo y silencioso. Sonreía sin despegar los labios, pero tenía una risa también en los ojos, grandes y oscuros, que nunca había tenido oportunidad de contemplar. Cógelo. Fito tiró delicadamente hasta retirar la hierba misteriosa de la mano grande y fuerte. Sintió la piel endurecida por el trabajo y lo miró otra vez, ya sin miedo. Se le abrió la sonrisa cuando él le pasó la mano entre los cabellos. Entonces su madre volvió a llorar y el hombre se levantó, le echó los brazos alrededor, muy despacio, y ella, acomodada contra de su pecho, siguió llorando.

Fito acabó por pensar que su madre, por unas razones o por otras, lloraba todo el tiempo. Y no entendió por qué aquel hombre era capaz de reír cuando su madre lloraba

15 de junio de 2009

Sobre el lenguaje, Ebay y la desconfianza.



Qué pasaría por su cabeza cuando escribió aquello de "état moyen"... Qué pocas veces nos paramos a pensar que lo que decimos, lo que escribimos, ha tenido una razón de ser y tiene también un fin. Un destinatario. Alguien que va a interpretar el código a su propia manera y quizás influido por una noche mal dormida. O por los resultados de un partido de fútbol. Quizás se ha despertado y por primera vez en mucho tiempo el espacio al otro lado de la cama está vacío. Por eso tenía frío, se dirá...

Es fácil saber cuál es el sentido de esas dos palabras. Pero lo que significan realmente nos está vedado. Quizás Maurice Sylvain estaba en estado "moyen" cuando escribió la inocente frase. Si vive en un piso viejo, habitado aún por sus padres, es fácil que Maurice barrunte tempestades desde hace tiempo, como hacen los parados cuando el estado decreta que no hay más pasta. De esas tempestades que se quedan con uno aún en los sueños. Si es así, Maurice seguramente ha exagerado. Precisamente porque está acostumbrado a cosas no tan "moyen".

Como la vida nos aboca a cada paso a la desconfianza, el que ha leído las dos palabras ha hecho un diagnóstico casi inmediato. Menudo pájaro el franchute este. A saber lo que entenderá por "état moyen". Y se le ha venido a la cabeza, como una iluminación celestial, la misma frase en las columnas de venta de coches de segunda mano. "Estado medio". O sea, para la chatarra. Es que hay que echarle cara ...

Por suerte tenemos algo que nos sobra. Probablemente de las pocas cosas que no se agotan hasta que ya uno va cansado de disfrutarlas. Tenemos tiempo. En este caso, minutos. No han pasado más que minutos cuando una posibilidad se abre camino. Quizás Maurice sólo ha querido decir lo que ha dicho. Y estado medio signifique estado medio. ¿Medio con respecto a qué? ¿En opinión de quién? ¿A qué efectos exactamente? Y gracias a esos minutos, quien ha leído esas dos simples palabras, hará ahora una simple pregunta.

¿Qué has querido decir con "estado medio"? La versión en francés parece correcta, aunque hay alguna duda respecto de si aquellos dichosos guiones del dichoso "est-ce-que" siguen siendo normativos. El ordenador confirma que el mensaje se ha enviado a Maurice. Y es ahora cuando se sabe que la frase que va a leer resulta excesivamente lacónica. No hay un saludo, ni una palabra amable. Quizás hemos condenado al "franchute" definitivamente, mucho antes de pensar siquiera en hacerle una simple pregunta. Y nos hemos dado cuenta, sí. Pero después de que el correo haya iniciado su virtual camino hacia un lugar llamado Chassieu, en Francia.

Su respuesta llega pronto y es también corta. Sencilla y sin fórmulas de cortesía. Será joven Maurice y quizás piensa que hay cosas mejores que hacer que parecer más o menos amable y educado. O todo lo contrario y es de la opinión de que las frases amables están de más en un asunto comercial. Puede que piense que están de más en casi todo. Quizás Maurice está harto de disimular la mierda de vida que le ha tocado, responde a lo que se le pregunta y cuando cree que ha completado la respuesta, coloca un punto final. Y punto. Final.

Le hemos mandado al señor Sylvain, o al joven Sylvain la cantidad de dinero que nos pide por el macro en "état moyen". Y el correo se ha encargado de hacérnoslo llegar. Un poco tarde, lo cual invita a pensar que no hace mucho caso de las prisas. Cabe la posibilidad de que este Maurice haya tenido que atender a Monsieur Sylvain, a la sazón impedido en una silla de ruedas, por ejemplo, aunque ágil de memoria y locuaz en torno a los recuerdos que Maurice ya ha escuchado demasiadas veces. Tendremos pues que disculparlo si ha sido así. En todo caso el artefacto ha llegado cuando ha llegado y de poco sirve buscarle explicaciones.

La primera inspección no ayuda a mejorar la imagen que, por razones injustificadas e injustificables, nos hemos hecho de su persona. Las piezas giran bien, sin ofrecer resistencia, pero no están excesivamente limpias. No brillan como esperábamos. A saber por qué esperamos semejante cosa si la foto que mostraba el cacharro hacía pensar en lo contrario. Ocurre algo peor. El visor delata una fibra negra firmemente adherida a la lente. Y otras dos estrellas del mismo color a uno y otro lado, rotundas y dispuestas a hacer guardia el tiempo que haga falta.

Para confirmar una vez más el atractivo irresistible de la condena, emitimos veredicto al segundo siguiente. La has cagado. Vocación por el cilicio, podríamos llamar a esto. Vestigios paranormales de la educación católica que prometía hacer de nosotros gente de bien. El primer condenado, uno mismo. Y luego, confirmación irrevocable de la condena al infausto franchute. Ya ni las primeras fotos se hacen con interés. Total... Aunque... bueno, lo que es ver, sí que se ve. Incluso algunos colores resultan atractivos. Aunque se haya movido la cámara cuando no debía, lo cual no es culpa del franchute. Y las aproximaciones dibujan un mundo fantástico. Uno parece capaz de introducirse en una de esas corolas sonrosadas que prometen una puerta al paraíso. A despecho de las dichosas manchas. Que, por cierto... no sabemos donde se han metido. Curioso. Incluso si se aumenta la imagen lo inimaginable, se siguen mostrando esquivas. No están. Lo cual es una suerte. O un milagro. Porque en el visor sí que siguen estando. Serán fantasmas franchutes de visor. Por ejemplo.

Quizás Maurice se esté riendo del desconfiado carpetovetónico que le ha comprado ese viejo objetivo. Y habrá pensado, "anda la cara que va a poner cuando mire por el visor". Y es probable que se lo haya contado a Monsieur Sylvain, que habrá reído de buena gana y recordado tiempos en los que reía más, cuando su Charlotte le hacía cosquillas en el sofa y luego le ponía un dedo sobre los labios para frenar sus entusiasmos porque Maurice estaba a punto de dormirse. Quien sabe si Maurice sabe hacer milagros a distancia, que es la única manera de hacer milagros sin que venga algún espabilao a montar un chiringuito mariano.

Lo mejor será reír como ellos, mis virtuales amigos de Francia, que no franchutes, y recordar que los milagros están allí donde alguien quiere verlos. Y no es cuestión de fe. Sencillamente, vale la pena hacer una sencilla pregunta, aún cuando las esperanzas de una respuesta positiva sean casi nulas, porque ocurre que esa negación nace en nosotros mismos y es de nuestra exclusiva responsabilidad. Esa es la absurda manera en que llegamos a negar la posibilidad de ver al otro lado a un tipo generoso, con problemas parecidos a los nuestros, y capaz de hacer valer su generosidad por encima de nuestras torpezas
.


(Toma realizada con el "macro" adquirido a monsieur Sylvain).

PD: Se me olvidaron los créditos. Debo la inspiración de estas lineas a Tania Alegría. Ella me ha mostrado el camino a la hora de llevar "al papel" estas pequeñas aventuras del día a día: http://historiasdelmundovirtual.blogspot.com/

10 de junio de 2009

Idiosincrasia femenina (III)


- Llevas media hora acicalándote.
- Sí, y qué.
- Que se nos hace tarde.
-Sí, y qué.
-¿No sabes decir otra cosa?
- Es que no consigo que te lo aprendas, guapo.
- ...
- Y mira que es cortito, ¿eh?

4 de junio de 2009

Amapolas


¿Y por qué habría de ser todo perfecto...?

20 de mayo de 2009

En Galiza, en galego.

Hay alguna gente que cree que estos escaparates donde dejamos letras, imágenes, alegrías o tristezas, son algo parecido a un almacén donde se acumulan cosas para que desde el otro lado alguien las mire. Uno siempre ha pensado que si sólo sirven para eso, poco servicio harán. Siempre he pensado que esto es otra forma de comunicarse, una más, y en ese sentido requiere de una corriente en ambos sentidos. Por lo que sea, (es algo que se me escapa), cuando llegué aquí sintonicé con gente verdaderamente lejana en la distancia. Curiosamente, la mayoría eran de habla catalana, en sus diversas vertientes, catalana, valenciana o balear.



Este blogue forma parte da Rede de Blogueiras/os en defensa do Galego

Llevo un bichito dentro que, aunque tardíamente, me ha obligado a verter aquí una serie de sentimientos, reflexiones, y relatos que no dejan de ser una manera como otra cualquiera de comunicarse. El hecho de que esas personas estuvieran tan lejos me obligó a utilizar una lengua que conociéramos todos. Hay que decir que, como muchos gallegos y gallegas, he sido educado en castellano, porque las escuelas franquistas no entendían de respeto a las lenguas de este país de países. El hecho de que me exprese cómodamente en esa lengua, sin embargo, no oculta otro que es cada vez más palmario, y es que las escuelas de la democracia tampoco están a la altura en ese sentido, ni con populares ni con socialistas.

Hace unos años se parió en esta tierra mía una ley que prometía, si bien tímidamente, poner remedio a esa situación. La llamada Ley de Normalización Linguística. El objetivo de esa ley era que nuestra lengua, que es y ha sido siempre el gallego, tuviera en esta comunidad el peso y la dignidad que cualquier lengua debe tener en el territorio en que se habla. Se acometía, por ejemplo, la tarea de integrarla en los centros escolares, que es donde cualquier lengua del mundo tiene su lugar adecuado, estableciéndose el objetivo de que llegara a tener una utilización más o menos pareja con el castellano, lengua que se impuso de manera arbitraria y obviamente coercitiva a raíz del Decreto de Nueva Planta de Felipe II. Nunca llegó a complirse. Ha habido centros en los que la utilización del gallego, lejos de esa cuota teórica del 50%, no ha llegado al 10% y aún menos.

Aún así, algunos personajes que jamás han tenido idea de cual es el panorama linguístico en este tierra, han echado mano de la demagogia más elemental para alertar sobre los supuestos peligros que el castellano corre ante estos tímidos intentos de normalización. Alguna formación política de nuevo cuño ha situado la confrontación entre las lenguas del estado en el punto céntrico de su ideario y al grito de Galicia Bilingüe (aquí los conocemos más bien por Galicia Bífida) han llamado a la "cordura" que pregona el nacionalismo español más rancio y reaccionario. De lo cual ha sacado provecho el Partido Popular, por unas u otras razones.

La consecuencia inmediata es que le Ley de Normalización Linguística, que apenas nos permitía levantar un poco la cabeza después de siglos de maltrato y despotismo español, va a ser derogada para reimplantar lo que Feijoo, que no tiene puta idea de lo que dice, llama el "bilingüismo cordial", y que, para entendernos en pocas palabras, viene a ser retirar el gallego de las aulas y devolverlo a las aldeas, que es donde ya no va quedando nadie. Saben muy bien lo que hacen y saben por qué lo hacen.

En consecuencia, y como gallego en ejercicio que tengo el honor de ser, he decidido contribuir contra esta miseria política, intelectual y moral con un blog en gallego que he llamado Cen Mil Derrotas (http://setesoles.wordpress.com/), por razones obvias. Lejos de pensar que las lenguas nos dividen, creo que nos unen, siempre y cuando tengamos de ellas unos mínimos conocimientos. No es ni mínimamente normal que las diferentes lenguas del estado estén absolutamente desaparecidas de la educación a nivel estatal. Quienes argumentan que el castellano es el elemento común que nos une, ocultan interesadamente que esa unidad descansa en la eliminación pura y simple de las culturas que sobreviven en la península, a pesar de las políticas abiertamente excluyentes y liquidacionista de los gobiernos españoles desde siglos atrás.

El panorama de la política española es heredero de la llamada Reforma, operación de cosmética política que ha evitado la depuración de responsabilidades de la dictadura y nos ha regalado la presencia en el panorama político del país de personajes tan siniestros como Manuel Fraga, estandarte de la legión de fascistas disfrazados de demócratas que campan por las patrias praderas sin el más mínimo recato, y lo que es aún peor, de sus herederos, los Aznares, Mayor Orejas y demás fauna neofacha entre la que destaca sin duda la presencia del borbón, elegido directamente por el dictador, y de cuyas andanzas y corruptelas se han hecho eco algunos medios sin que la justicia, sorda y ciega ella, se haya molestado siquiera en abrir la boca, quizás por no llamar más la atención sobre lo que ya apesta a complicidad pura y simple.

Y de aquellos barros, estos lodos. Aquí se habla de bilingüismo sin tener ni idea de qué cosa será esa y se promulgan leyes que bajo la excusa de eliminar una supuesta imposición, imponen a toda la ciudadanía gallega las normas de los castellano-hablantes del país, a quienes previamente se ha despojado de su propia lengua. Es tan injustificable que hasta en los foros europeos les llaman la atención. La pena es que quizás sean esos foros los únicos que acudan en nuestra ayuda. Hay muchos castellano-hablantes que nos defienden y acuden con nosotros a manifestarse por nuestros legítimos derechos. A quienes leáis estas letras os pido vuestro apoyo, porque aquí nadie está hablando de exclusividad ni de exclusión, sino de convivencia basada en el respeto y el conocimiento cabal y profundo de nuestra realidad. Y nuestra realidad no será tal si nuestra cultura y muy en especial nuestra lengua no es respetada y promovida hasta recuperar la dignidad que se le ha arrebatado por medios muy poco presentables. Es absolutamente obvio que el gallego es la lengua de Galicia. Hasta el Estatuto que Fraga firmó lo dice.

Acabo con unos versos de Victoriano Taibo (que no de Piñeiro, corrijo el apunte) que han ornamentado cientos de blogs como este el Dia das Letras Galegas, jornada que algunos dedicaron a comedias florales y otros a defender en la calle, tan pacífica como rotundamente, su propia cultura.

O galego que non fala
a lingua da súa terra
nin sabe o que ten de seu
nin é merecente dela.

18 de mayo de 2009

Recursos


"Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria."


Groucho Marx.