24 de diciembre de 2024

Furia roja

 


Las siguientes rimas fueron recientemente recuperadas de entre estos cachivaches digitales. No tengo idea de cuándo ni por qué se extraviaron. Por lo que leo tienen que ver con la Eurocopa de 2004 y el acostumbrado ambiente chovinista alimentado por los medios desinformativos. El euro acababa de ser implantado y los bancos campaban por sus respetos como siempre. Aquel Oéoeoeoeeee sigue presente en las canchas para disfrute de los furi-rojos (muy poco rojos en general) y horror del resto.

Me consta que el esfuerzo (el mío, digo) fue considerable y por esa razón he decidido devolverlo a la vida. Espero que sea para bien.


Ya que el euro tragamos bien doblado
y del banco pagamos el expolio
la gloria perseguimos por mandado
para olvidar el míbor y el petróleo

Faltándonos las épicas espadas
a patadas buscamos la victoria
y a berridos alzamos otra Armada
para volver al carro de la historia

Óyenos arbitrillo, éste es mi puerto
Ojo con lo que pitas esta noche
Oye que es mucha pasta, que estás muerto
Olé por nuestras partes, y es deporte

Superada la previa escaramuza
templamos las gargantas decididos
y conjurados contra la chapuza
nos fuimos hasta octavos convencidos

De que un Oé es cierto vaticinio
y que un toro conjura nuestros males
que un profeta juró nuestro dominio
y a la puerta ya esperan las vestales

De locos es dudar de nuestras manos
altas Torres empujan sus puntales
poco podrán hacer los lusitanos
ante la galanura del rubiales

Óiganos todo el mundo, entreguensé
Óleo en nuestros cabellos, es de fé
Oro en nuestros bolsillos, es de usted
Ondearemos mañana, en ABC

(Y a toro pasado, nunca mejor dicho...)

Los pórtugos pasaron por encima
del Oé, de toro y galanura
quién sabe ya si fue la infame rima
la culpable de toda esta locura

Algún poeta dijo que fue un lastre
que produce burramia y espeluzno
que nos salvara el cielo del desastre
si hubieran puesto letra al tal rebuzno

Olé vuestras pudendas, Esto es chiste
Ojo como volvéis, Emasculados
Oid que nos traéis, Esto es más triste
Oníricas victorias, Esmirriados.

Los más sabios dijeron que fue errado
juzgar endeble al rudo portuguino
que el bombo del Manolo no ha logrado
vestir de furia al rico lechuguino

En próxima ocasión se recomienda
cantar a poder ser más presentable
lucir vigores sólo en la contienda
y la furia fuera del plató amable

Hay que decir que no causa sorpresa
que nunca peras olmo ha dispensado
que es iluso esperar sobre la mesa
ímprobo esfuerzo de guapo acuadalado.

Júzguese pues mérito prescindible
haber anticipado tal destino
ya que el desastre era tan previsible
que humilde bardo deviene en adivino.

Otra vez será, 
         lo bonito 
                          Es participar.
(dijo el banquero).
 
 
#fútbol #burramia #espeluzno #endecasílabo


 


22 de diciembre de 2024

Rubor


En occidente

         la gente se pone

                  colorada

Cuando dice

           la Verdad.
 
 

#verdad #rubor #mentira #occidente




21 de diciembre de 2024

Dificultades




Se habla mucho de la negociación entre Rusia y Ucrania. Parecería lo normal.

Antes. Pero ya no, creo.

Cuando habla del mundo, Occidente se sitúa en el centro mismo del concepto. Sin complejos, dirían algunos. Eso es porque se siente el centro del mundo. Le ha pasado antes a otros, sí.

Occidente ha hecho de la trampa su modus vivendi. En occidente sólo trabajan los tontos. Pregúntenle a Isabel, que de eso sabe ladediós. En occidente el que puede sisarte 50 (robar, se le decía antes a eso), no se conforma con 20.

La gente que manda en Occidente es perfectamente capaz de decir ante una cámara que firmó tal acuerdo para ganar tiempo y hasta lo presenta como parte de sus habilidades. En occidente la mentira ya necesita otro nombre porque ése no alcanza ni en broma a definir el concepto.

Y sin embargo, el mundo existe. Y Asia, África, América, (la auténtica, no Yanquilandia)...

Existen los Brics, no hay síntoma más claro de la gravedad de la enfermedad occidental.

En occidente, cuando se habla de una nueva personalidad política (véase el caso de Mertz), suele añadirse la coletilla de "el hombre de" y ahí comienza la retahíla de corporaciones ya aprendida. Blackrock, Rothschild... Pasen por el parlamento europeo y averigüen afiliaciones: la mayoría son directamente empleados de Washington. Y no sólo no se avergüenzan, lo ponen en el c.v.

Occidente no se da cuenta de que ya no puede mirar por encima del hombro a India, China, Brasil etc. La ultima víctima de las fechorías yanquis, Alemania, (sic!) se quedó muda ante la voladura del Goldstream y asiste ahora muda también a una decadencia tan galopante como irreversible. El amo manda y el kaiser se murió sin levantar la voz, como un esclavo, qué cosas. ¿Esperará Alemania que alguien la recompense cuando Rusia sea derrotada? ¿Es ese el plan?

Volviendo al principio, ¿quién se va a sentar ante Lavrov esperando que éste crea una sola palabra de lo que oye? ¿Merz, Macron, Sullivan... Boris Johnson?

La diplomacia europea murió. No hay más que ver a qué se dedica Josep. Si en lugar de Alto Representante fuera Bajo, se lo tragaría la taza del váter. Los estadistas europeos son una clase extinta hace tiempo.

Y no me parece que en los Estates estén mucho mejor al respecto, de hecho creo que están peor.

Así que, queridos, queridas... ¿quién para ahora la demolición? ¿Con qué? ¿Con promesas como las de Reagan? ¿No ven que Ya No Cuela?.

Occidente confía mucho en los megatones y la bravura (que ponen otros). Y la escasa credibilidad que tenía, se esfumó en pocos años. He ahí el resultado de las hazañas de los Blair, los Aznar, los Bush y otros pollinos encorbatados. 

En Asia, hasta los críos saben que el prestigio y la credibilidad son más importantes que el arsenal. Lo aprendieron antes de que en esta Europa amortizada hubiera siquiera voces inteligibles.

Aquí pasamos por la experiencia del nazismo y es hoy el día que no hay ejército europeo que no porte en alguna unidad aquellas vergonzosas banderas.

Por cierto, sus antiguas víctimas soy hoy más nazis de lo que fueron ellos.

No aprendemos.

Y mucho me temo que lo vamos a pagar.

(Caricatura de Joan Vizcarra. Insuperable en mi humilde opinión).


18 de diciembre de 2024

Cutre


 

Bar de poca monta. Tasca. Boliche... Algo así. Mi acompañante y yo. Conversación más o menos intrascendente. De fondo, la tele. Como siempre, incapaz de callar, irreductible. (Cuánto necesitamos del silencio).


Tema del debate: sexología. La respuesta sexual de las mujeres con orientación lésbica.
Mesa próxima en la pared de enfrente. Dos viejitos instalados en sus sillas, bastón mediante. Bien atentos al asunto, cejas arqueadas y sonrisa suficiente. Sin intervenir pero sin perder detalle.


Hasta que, por fin, surge la pregunta, insolente, exultante, estentórea.

- ¿Entonces qué hacen? ¿Se refriegan?

Carcajadas. Ya no estentóreas, lo siguiente. Ni se han preocupado de atender a las reacciones a su alrededor. Ojipláticos todos, todas.

Et voilà. Así son las cosas en 2024, una ciudad gallega, primer mundo que dirían algunos. Uno se imagina a Rajoy, por ejemplo, en la situación, y se pregunta qué habría dicho él . Lo mismo, lo sé. Precisa y exactamente.

Después dirán que la presencia de las mujeres en las instituciones es un problema inventado. Así nos luce el pelo.

 (Imagen de Freepick.es)

#cutre #sociología de bar #renovación #ignorancia-suficiencia #rancio

17 de diciembre de 2024

17 de Dic. 2024

Casi ocho años. No es moco de pavo. Recuerdo el por qué de esa última entrada. El por qué y el lugar. Y a la dueña de los suspiritos, espero que siga bien.


Ocho años hará el próximo día 2, que está “al caer”. Y ahora repasando la vieja bitácora, no puedo dejar de sorprenderme, por muy sabido que esté todo ya, aparentemente. El rastro sigue ahí. El de la gente, digo. Hasta el de cierto gato que me invitó a un divertido juego. Espero que también él siga bien. Y la dueña, claro, a quien le debo el préstamo y un montón de sonrisas desatadas al amparo de este mundo virtual.

 

Pasados esos casi cien (sic!) meses, pareciera que lo que me apartó del lugar, ha vuelto a mostrarme el camino de vuelta. No sabré nunca cuál fue la razón de la sequía pero es cierto que cuando los acontecimientos se precipitan de esa manera, es natural que los cambios se den drásticamente.


De manera que me dispongo a tirar del hilo de nuevo, sin muchas garantías pero con la sensación de volver a ser habitado por las esquivas musas, tanto tiempo calladas.


¡Que así sea! ¡Nos “vemos”!



2 de enero de 2017

El Parnasillo

Al salir por la puerta el frío te recibe con un regalo azucarado: huele a café de pueblo dentro de la gran ciudad. A este rincón tan pequeño llega gente de todo un mundo, y el rincón los recibe sin preguntar. Mira, pero no juzga, confía antes de evaluar. De hecho, no evalúa, parte del gran principio que es el gran comenzar. Todo nace. Y porque fue capaz de nacer, ha de ser respetado.

En este pequeño rincón del centro del emporio-imperio no todo es imperial. En realidad sólo en las alturas de las torresnoséqué se añora a ese viejo difunto. Abajo, en la calle más verdad, la de los bares, aún los más puteados son amables. Debe ser que han entendido que sólo la risa los puede salvar. Y por eso los salva.


El café y el ruido de las estrechas calles como despertador a prueba de pilas que se acaban, un signo de identidad. Turbante, tez canela, negra mate o brillante como la luz en junio, sonrisa árabe o maya o turca o francesa, la piedra filosofal. Y qué me importa Trump si los días ríen a través de tu boca humilde y sabia. Y qué si nos damos de cabezazos contra las putas vigas de la hermosa buhardilla que no pensó nunca en ser un continente. Y nosotros ahí... de palabra en palabra y cerveza en cerveza, con la televisión muerta desde el minuto cero y los ojos manando preguntas.


Haces que una ciudad enorme resulta pequeña. Te la comes a pasos y a miradas. A preguntas y a sonrisas. Debe ser por eso que no hay rincón hermoso que se te resista en esta ciudad de las plazas hermosas. Y a los que no son hermosos los bautizas porque piden el título con gracia y humildad. Se buscan clientes... Ay, la humildad... que nos roba la vida y no queda ni gota en los supermercados... 


Y Sabina pregonando su exilio en una terraza donde el ruido del ambiente lo borra de la escena, ni qué decir del auditorio. Y vamos a equivocarnos de calle otra vez, sigamos perdiéndonos, dónde está el problema... Y será que perderse es la mejor manera de encontrar una puerta distinta que te aboca a otra vida y no te hace preguntas, por más que te hagas tú.


Calidez de lámpara reciclada en un mundo de madera donde la luz lo es todo, o la escasez de luz, como cuando los cines servían de cobijo al amor prohibido. Una especie de biblioteca llena de botellas, como si el alcohol hubiera vencido ya a los libros. Palabras llenando el espacio que media entre los dos y la luz, o su ausencia, de testigo alcahuete... 


No sé por qué tendrá que ser en la calle del Príncipe. Voy a pensar que se trata del príncipe de aquel Antoine que hirió al mundo con el sacrilegio de la ingenuidad y la condena rotunda de la palabra, ese truco barato que cultivamos con tanto perseverancia hasta que nos atrevemos a mirarnos a los ojos. Y será por eso que no le doy importancia al rótulo, porque no la tiene. Pero se llama como se llama.


¡Salud, "Suspiritos"!




4 de octubre de 2016

Taxidermia

    Pasear es un arte. Y una buena compañía para el paseo es una cámara fotográfica. Además de que no habla, ayuda a justificar el ir y venir por mil rincones sin que nadie perciba nada extraño en tu deambular por aquí o por allá, a veces de forma errática.

Las cámaras fotográficas adoran las cosas viejas, vapuleadas por el tiempo, muertas (o no tanto) hasta la herrumbre. Se sienten irremisiblemente atraídas por esa herida y uno no puede contenerlas. Cuando te das cuenta estás en medio de un patio que no es de tu propiedad, y sueles percibirlo cuando ya la cosa no tiene solución. Perdone, ¿qué hace usted aquí? La pregunta te deja helado pero tiene la virtualidad de pintarte cara de inocencia. Balbuceas cualquier excusa escasamente inteligible y casi siempre te encuentras con la magnanimidad de tu desconocido interlocutor. A veces incluso te llevas grandes sorpresas.

¿Usted es gallego, verdad? Este hombre es directo y no le importa dejarlo claro desde el principio. La pregunta disipa la tensión de inmediato, invitando a la charla cuya necesidad acabamos de negar. Asiento, sorprendido, mientras él se sienta en una silla de cuerda con un saco en una mano y una navaja en la otra. Pues aunque le parezca extraño, yo también. ¿No me diga? Esta vez se ha entendido lo que ha salido por mi boca casi automaticamente, al percibir la aparente contradicción entre la declaración y el acento claramente andaluz que detecto. La reacción es un simple movimiento de cabeza y un suspiro que acompaña el movimiento del cuerpo que toma asiento con parsimonia.

¿Conoce un lugar que se llama Soldón? Cientos de veces he pasado por allí, señor, en el tren que me llevaba a la capital. Esto lo pienso pero no dejo que salga de boca para afuera, quizás intimidado por el hecho de haber sido pillado en falta, así que me limito a asentir bajando la cabeza. La navaja muerde la piel de la patata que acaba de surgir del saco de esparto, mientras el hombre, más bien grande, más bien grueso, mueve la cabeza arriba y abajo sin decir nada. Sí, señor, Soldón Sequeiros, allí he nacido, confirma.

Es una historia como otras, todos tenemos una. Un padre ferroviario, una madre muerta prematuramente, tres hermanos y una hermana mucho más joven. Y el trabajo. La historia de alguna gente es esa: puro trabajo. Jornalero y cazador, porque las viñas se le daban mal y allí no había mucho más que hacer. No intervengo mucho en la conversación, él no parece necesitarlo y yo prefiero, como siempre, escuchar.

¿Sabe usted lo que es la taxidermia? Asiento, envuelto de nuevo en la sorpresa. El aspecto de esta persona no hace pensar en una terminología ni medianamente sofisticada. Me reprendo por esta lamentable reflexión mientras él desliza la navaja sobre una oronda patata con verdadera maestría. Mi padre también era taxidermista, además de ferroviario como le he dicho. Habla a ráfagas y después descansa, como tomando aire. No parece estar en paz, aunque no sé exactamente por qué digo esto.

Me pregunto entonces por qué estoy aquí. No tenías gasolina, me respondo, es así de fácil. Y en estas sierras aisladas del mundo no parece buena idea esperar a encontrar otra estación de servicio tras las mil y una revueltas de una carretera que parece haber sido trazada siguiendo el curso de un relámpago cegador.

Las frases van hilvanándose unas a otras, con largas pausas por su parte y largos silencios por la mía. Hasta que la curiosidad puede conmigo. ¿Y cómo ha venido a parar aquí? La pregunta detiene un instante el ir y venir de la navaja y también el curso de la conversación. La piel de la patata aterriza mansamente en el suelo cuando su respuesta corona la atmósfera otoñal de la tarde. Por amor, señor, por amor. Observo las botas ásperas, teñidas del color ocre de la tierra, las ropas algo descuidades sin llegar a la suciedad, la piel endurecida por las heladas, el vello cubriendo los brazos y asomando como un torbellino negro por el escote de la camisa abierta de par en par. No es una declaración que se pueda asociar facilmente a esta imagen de jornalero taxidermista.

He tocado un punto sensible. Siéntese, ordena, antes de entrar en la casa y salir con dos vasos bajos de cristal y una botella de vino ya mediada. Para cuando llega a vacía, cosa que ocurre sin grandes demoras, estamos en medio del salón de la casa, literalmente atiborrado de fotografías. Ni el más mínimo rastro de la afición taxidermista de este hombre que habla y calla como siguiendo un ritmo marcado por el reloj de la pared.

De vez en cuando lo escucho murmurar, ensimismado. Era tan bonita... Pero no me atrevo a encararlo directamente porque le adivino la mirada húmeda y lastimosa. Las fotografías, amarillentas y no siempre protegidas por el cristal habitual, muestran a la familia en los años 50, en el andén de la estación, dispuesta por orden de estatura y vestida con colores neutros que resaltan las camisas blancas. Aquí y allá algunas fotos de la pareja, en primer plano, con expresión seria él, más animada y sonriente ella. Era bonita. Una de esas morenas que no necesitan de grandes aspavientos para atraer las miradas de los hombres. Ojos negros soñadores, boca carnosa, cabellera negra y ondulada, nariz rectilínea, casi griega. Una belleza sencilla pero muy convincente.

No me atrevo a preguntar qué ocurrió, pero estoy seguro de que voy a saberlo. Como adivinando mis pensamientos y mientras contempla ensimismado las fotos de la mujer, murmura, casi para sí mismo... La vida no es justa, señor. Las maderas del piso crujen lastimeras bajo el peso de su humanidad, como llorando, mientras el peso del cuerpo va cambiando de una pierna a la otra, siguiendo la ruta que marca la mirada, literalmente prisionera de las imágenes desvaídas que pueblan las paredes. No es justa, no señor... Consuélese pensando que todos nos iremos, aquí no queda nadie, declaro con convencimiento. Él se vuelve y, parado sobre el suelo, mirándome fijamente con el vaso de vino atenazado en la mano derecha, como quien devuelve una compra en mal estado, me espeta: se murió, señor, pero no se ha ido.

El vaso de vino aterriza casi con violencia sobre un viejo aparador de castaño, mientras dirige sus pasos hacia la parte de atrás de la casa. Venga, ordena otra vez, y algo me dice que no se puede desobedecer. Atravesamos un cuarto apenas iluminado y después una despensa donde reina la fragancia rotunda de un jamón en proceso de curación, cruzando puertas situadas en medio de las paredes encaladas, tal como se hacía en las viejas casas de las aldeas, donde la intimidad parecía estar reducida a las puras noches. Finalmente llegamos a otra estancia diminuta con una ventana orientada al sur y abierta de par en par. Enseguida percibo la extraña ausencia de cualquier tipo de mobiliario.

Cuando por fin distingo lo que el corpachón del hombre ha estado ocultando, no puedo por menos de dar un respingo. Él, concentrado en algo perentorio, no se inmuta y continúa avanzando hacia la tumbona donde reposa un bulto que recuerda a un ser humano. De no ser porque los mechones de pelo caen sobre las ropas negras, descubriendo una piel escuálida y blancuzca que ha comenzado a insinuar el nacimiento de los dientes, en una mueca que sería aterradora para cualquiera. Para este hombre, no. No alcanzo a ver de dónde ha salido el escueto taburete donde asienta ahora sus posaderas, absorto en la contemplación de los restos de lo que un día debió ser una mujer hermosa. Cuando su mano avanza para cubrir los dedos femeninos, de un blanco mezquino y petrificado, murmuro una excusa cualquiera y desando el camino sin mirar hacia atrás. Al llegar a la puerta, vuelvo la cabeza. Nadie me sigue.

De repente, las casitas blancas, dispuestas en formación a lo largo de la pronunciada pendiente, han dejado de tener su encanto y hasta percibo alrededor de los olivos un efluvio que se niega a abandonarme. El rumor del motor de mi viejo Fiat me devuelve un poco a la realidad de un día luminoso que el sol aprovecha para recorrer los campos áridos bajo la mole impresionante de los montes vecinos. De repente se me ocurre que estos paisajes de la Alpujarra granadina tienen algo de irreal.

Al pasar delante del cuartel de la Guarcia Civil, algo me hace pisar el freno de improviso. El coche se detiene abruptamente y se cala antes de que consiga pisar el pedal del embrague. Algunas ideas confusas rondan mi cabeza, pero es mucho más intensa una sensación de alarma que parece haberse instalado para siempre. Contemplo por el retrovisor la bandera sobre la austera arquitectura de la casa-cuartel. Alguien asoma por la puerta fijando su atención en el coche anclado firmemente en medio de la carretera. Así que me decido, arranco de nuevo, coloco absurdamente el intermitente e inicio la marcha  como si acabara de robar la imagen del patrón del pueblo.

Y cuando por fin veo, ya a lo lejos, las casitas encaramadas en la montaña, me justifico mentalmente: ¡Y quién coño soy yo para entender sobre la vida y la muerte!