24 de agosto de 2007

El "secreta"


Corren los años 70. Vivo en este barrio. Le llaman “Las Casas Baratas”. No son casas. Son pisos, siendo generosos. Se ordenan por bloques de viviendas de diferentes alturas, dispuestas en una sencilla trama que conforma un barrio obrero, o, mejor dicho, un barrio pobre.

Tenemos el matadero, la capilla, el cuartel, que incluye la cárcel, y el teleclub. Aquí vive gente trabajadora, la guardia civil y algún extraño personaje. Se rumorea que ha sido “secreta”. Unos cincuenta y muchos, corta estatura, enclenque, pelo cano rizado con dos amplias entradas , expresión ausente pero urgente al tiempo, y espalda ligeramente encorvada sobre un cuello casi inexistente. Siempre lleva el mismo atuendo, haga frío o calor. Un traje color azul con rayas blancas apenas perceptibles dispuestas verticalmente tanto en el pantalón como en la chaqueta.

Vive en la planta baja de unos de los bloques más altos, al que se accede por unas modestas escaleras de apenas 5 ó 6 escalones. La acera discurre entre este bloque y otro gemelo, dejando en medio un espacio donde se albergan un pequeño comercio de comestibles, la pescadería y el bar.

Acaba de salir del piso exiguo. Echa los codos hacia atrás y hurga en los bolsillos de la americana azul visiblemente perjudicada por el paso del tiempo, mientras pasea la vista arriba y abajo para comprobar que las cosas siguen en su sitio. Terminada la infructuosa búsqueda parece recordar que los gafas están en el bolsillo interior. Las extrae con cuidado y las deposita sobre la nariz tranquilizando el gesto.

“Buenos días”, “buenos días”. No suele pararse con nadie. Cruza ante la pescadería dejando una mirada curiosa en el interior y continúa hacia el bar. Hay dos espacios bien diferenciados. Un mostrador que compone una escuadra perfecta, justo enfrente de la puerta, y un reservado donde se disponen 6 mesas de mármol y patas de madera que sirven casi exclusivamente para jugar a las cartas. La blanca superficie acusa la huella del carboncillo de los lápices que van y vienen durante las partidas de tute o subastado.

Tras un escueto saludo al barman, que responde educadamente pero sin demasiadas familiaridades, ocupa su rincón habitual en la mesa del fondo después de recoger el periódico. Extrae un nuevo par de gafas de la americana y se pone a la tarea. Suele leerse el “Pueblo” de cabo a rabo. Eso le toma un par de horas bien a gusto. En el transcurso de ese tiempo, nada conseguirá distraer su atención. Apoya la cabeza en los dedos abiertos y, ligeramente inclinado sobre las páginas en blanco y negro, va tomando posesión de los acontecimientos. El crucigrama ocupará el resto de la mañana. Luego, una de esas cortas conversaciones con que solemos aliviar las despedidas, y vuelta a casa.

Por la tarde, cuando leo el periódico, termino siempre revisando el crucigrama en busca de algún espacio vacío. No suele haberlos y, cuando los hay, raramente consigo resolver el problema. Así pasa este hombre sus últimos años, en esa rutina de funcionario desubicado, si no desterrado, como algunos afirman. Lo último que recuerdo fueron algunas visitas al bar, ya por la noche, alguna de las cuales terminó en un súbito desfallecimiento que dio con su cuerpo por tierra, fulminado.

Murió un día cualquiera sin que nadie advirtiera su ausencia. De hecho fue el hedor y no la ausencia lo que obligó a averiguar qué había ocurrido. Nadie supo de familia, allegados o conocidos que acudieran a despedirle. Ni siquiera recuerdo su nombre.

3 comentarios:

Xesca dijo...

Es curioso que a veces situaciones parecidas se repitan en escenarios parecidos aunque ni tan siquiera sean cercanos.

Seres solitarios, personas que fueron quedando solas y distantes, que nadie reclama, que nadie conoce, que todos ven y sin embargo no saben ni su nombre...Y al fin y al cabo, desaparecen posiblemente cuando ni tan siquiera su sombra andaba pegada a sus zapatos.

La vida es bella, eh?

xenevra dijo...

e parece que xa o propio nome marca un destino: "as casas baratas"; parece incluso como, se o sino das xentes destas casas fose permanecer nelas, sen máis ansia que ocupar o día a día nun traballo pesado e mal pagado.
Pero... que era o que diferenciaba a este home dos outros moitos homes e mulleres que vivían alí?? Apenas nada. Só o medo dos demais a achegarse a el e establecer unha franca conversa. Unha pregunta directa e sincera. Algo tan galego coma: "e logo ti de quen vés sendo??"

Quizais o encrucillado chegaba a proporcionarlle unha inmensa felicidade cando o daba resolto, eh??

Anónimo dijo...

Que pena vivir toda una vida y que nadie te eche en falta, que no seas importante para nadie, que no recuerden ni tu nombre...., eso si es soledad eh? sniff sniff
Me gustaria saber que pensaba ese hombre, y como fue su comportamiento con los demás...ahí estara la clave seguramente, aunque es muy triste
Biquiñosss