21 de septiembre de 2016

Monsieur Sylvain tras el espejo

Una vez compré un viejo objetivo Zuiko en cierta plataforma de venta de segunda mano. A un señor francés que se llamaba, y espero que siga llamándose, Maurice Sylvain. Andaba yo procurando el milagro de conseguir un objetivo macro sin gastarme la pasta. Uno que es un poco rata. Mi fijé en la reputación del señor Sylvain. Noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento. Impequeibol. Después en el estado del producto. "État moyen", o sea, estado "medio". Mi cabeza echó a andar en aquel momento siguiendo un laberinto que paso a resumir, porque más adelante, recordándolo, no pude menos de reírme de mis propias miserias. Comprobaréis, a lo largo de las líneas que siguen, que mi estado de cordura debía ser en aquel momento, sólo relativo.

Qué pasaría por la cabeza del señor Sylvain cuando escribió aquello de “état moyen”... Qué pocas veces nos paramos a pensar que lo que decimos, lo que escribimos, ha tenido una razón de ser y tiene también un fin. Un destinatario. Alguien que va a interpretar el código a su propia manera y quizás influido por una noche mal dormida. O por los resultados de un partido de fútbol. Quizás se ha despertado y por primera vez en mucho tiempo se ha encontrado en el puro y duro suelo. Por eso tenía frío, se dirá... Por eso me duele la cadera, se dirá...

"État moyen". Es fácil saber cuál es el sentido de esas dos palabras. Pero lo que significan realmente nos está vedado. Quizás Maurice Sylvain estaba en estado “moyen” cuando escribió la inocente frase. Si vive en un piso viejo, habitado aún por sus padres, es fácil que Maurice barrunte tempestades desde hace tiempo, como hacen los parados cuando el estado decreta que no hay más pasta. De esas tempestades que se quedan con uno aún en los sueños. Si es así, Maurice seguramente ha exagerado. Precisamente porque está acostumbrado a cosas no tan “moyen”.

Como la vida nos educa a cada segundo en la desconfianza, quien escribe, gallego para más señas, una vez leídas estas dos palabras ha hecho un diagnóstico casi inmediato. Menudo pájaro el franchute este. A saber lo que entenderá por “état moyen”. Y se le ha venido a la cabeza, como una iluminación celestial, la misma frase en las columnas de venta de coches de segunda mano. “Estado medio”. O sea, para la chatarra. Apañados vamos...

Por suerte tenemos algo que nos sobra. Probablemente de las pocas cosas que no se agotan hasta que ya uno va cansado de disfrutarlas. Tenemos tiempo. En este caso, minutos. No han pasado más que minutos cuando una posibilidad se abre camino. Quizás Maurice sólo ha querido decir lo que ha dicho. Y estado medio signifique estado medio. ¿Medio con respecto a qué? ¿En opinión de quién? ¿A qué efectos exactamente? Y gracias a esos minutos, quien ha leído esas dos simples palabras, hará ahora al señor Sylvain una simple pregunta.

"¿Qué ha querido Vd. decir con “estado medio?" La versión en francés parece correcta, aunque hay alguna duda respecto de si aquellos guiones del dichoso “est-ce-que” siguen siendo normativos. El ordenador confirma que el mensaje se ha enviado a Maurice. Y es ahora cuando  se sabe que  la frase que va a leer resulta excesivamente lacónica. No hay un saludo, ni una palabra amable. Quizás hemos condenado al “franchute” con excesivas prisas, mucho antes de pensar siquiera en hacerle una simple pregunta. Y nos hemos dado cuenta, sí. Pero después de que el correo haya iniciado su virtual camino hacia un lugar llamado Chassieu, en Francia.

Su respuesta llega pronto y es también corta. Sencilla y sin fórmulas de cortesía. Será joven Maurice y quizás piensa que hay cosas mejores que hacer que parecer más o menos amable y educado. O todo lo contrario y es de la opinión de que las frases amables están de más en un asunto comercial. Puede que piense que están de más en casi todo. Quizás Maurice está harto de disimular la mierda de vida que le ha tocado, responde a lo que se le pregunta y cuando cree que ha completado la respuesta, coloca un punto final. Y punto. Final.

Le hemos enviado al señor Sylvain la cantidad de dinero que nos pide por el artefacto en “état moyen”. Ha llegado un poco tarde, lo cual invita a pensar que no hace mucho caso de las prisas. Cabe la posibilidad de que este Maurice haya tenido que atender a Monsieur Sylvain, a la sazón impedido en una silla de ruedas, por ejemplo, aunque ágil de memoria y locuaz en cuanto a sus recuerdos. Maurice ha escuchado ya esa cantinela demasiadas veces. Tendremos pues que disculparlo si ha sido así. En todo caso el artefacto ha llegado cuando ha llegado y de poco sirve buscarle explicaciones.

La primera inspección no ayuda a mejorar la imagen que, por razones injustificadas e injustificables, nos hemos hecho de su persona. Las piezas giran bien, sin ofrecer resistencia, pero no están excesivamente limpias. No brillan como esperábamos. Por más que no sepamos por qué esperábamos semejante cosa. Ocurre algo peor. El visor delata una fibra negra firmemente adherida a algún sitio. Y otras dos estrellas del mismo color a uno y otro lado, rotundas y dispuestas a hacer guardia el tiempo que haga falta.

Para confirmar una vez más el atractivo irresistible de la condena, emitimos veredicto al segundo siguiente. La has cagado. Vocación por el cilicio, podríamos llamar a esto. Vestigios paranormales de la educación católica que prometía hacer de nosotros gente de bien. El primer condenado, uno mismo. Y luego, confirmación irrevocable de la condena al infausto franchute. Ya ni las primeras fotos se hacen con interés. Total...

Bueno, lo que es ver, la foto sí llega a verse. Incluso algunos colores resultan atractivos. Aunque se haya movido la cámara cuando no debía, lo cual no es culpa del franchute. Y las aproximaciones dibujan un mundo fantástico. Uno parece capaz de introducirse en una de esas corolas sonrosadas que prometen una puerta al paraíso. A despecho de las dichosas manchas, que, por cierto... no sabemos donde se han metido. Curioso. Incluso si se aumenta la imagen lo inimaginable, se siguen mostrando esquivas. No están. Lo cual es una suerte. O un milagro. Porque en el visor sí que siguen estando. Serán fantasmas franchutes de visor. Por ejemplo.

Quizás Maurice se esté riendo del desconfiado carpetovetónico que le ha comprado ese viejo objetivo. Y habrá pensado, “anda la cara que va a poner cuando mire por el visor!”. Y es probable que se lo haya contado a Monsieur Sylvain, que habrá reído de buena gana y recordado tiempos en los que reía más, cuando su Charlotte le hacía cosquillas en el sofa y luego le ponía un dedo sobre los labios para frenar sus entusiasmos porque Maurice estaba a punto de dormirse. Quien sabe si Maurice sabe hacer milagros a distancia, que es la única manera de hacer milagros sin que venga algún espabilao a montar un chiringuito mariano.

Lo mejor será reír como ellos, mis dos posibles o probables amigos de Francia, que no franchutes, y recordar que los milagros están allí donde alguien quiere verlos. Y no es cuestión de fe. Sencillamente, vale la pena hacer una sencilla pregunta, aún cuando las esperanzas de una respuesta positiva sean casi nulas. Lo contrario es negar la posibilidad de ver al otro lado del espejo a un tipo tan generoso como cualquiera, con problemas parecidos a los nuestros pero cabal cuando toca, buen encajador y capaz de reírse de nuestras torpezas con un aquel de magnanimidad que sólo los humildes poseen.


11 de septiembre de 2016

Mi chica-promesa



Dicen que las personas entran por los ojos. Aunque ese parece un rasgo más masculino que femenino. Los hombres somos "de imagen", y las mujeres "de concepto". Más espirituales, vaya, concedamos que sí.

Me gustó su foto, su forma de mirar, su expresión franca, su sonrisa distendida, sus piernas fuertes, su cintura menuda... Me entretuve en su perfil más de lo que acostumbro, porque suelen verse cosas francamente cómicas. Su presentación me pareció algo cómica también, pero después de examinar sus fotos una vez más, decidí ignorarlo. "Busco un hombre serio, que sepa lo que quiere, que haya dejado atrás su mochila, aseado, elegante, asentado económicamente, fiel, detallista sobretodo, que me haga sentir como una reina y que sólo tenga ojos para mi. ¡Detesto la mentira!"

La última frase figuraba en cada rinconcito del perfil, aprovechando cualquier oportunidad, como una de esas señales de tráfico omnipresentes. Cuando cerré la página, llevaba el mensaje tatuado en la mente como una maldición... Detesta la mentira... así que ándate con ojo, porque a la que respires va a notar el perfume del elixir barato. Y yo cobrando el paro... hay que joderse...

Conseguí una entrevista virtual en el chat de la página. "Pero no te retrases", me dijo. Y a las 19 h. en punto estaba yo como un clavo ante el ordenador. Apareció a las 19:14, quejándose del tráfico. "A alguna gente no deberían darle el carnet". Siguió una retahíla de recomendaciones, consejos y prohibiciones que no consiguió hacerme olvidar su cintura de avispa. Los tíos somos así.

Justo antes de concertar una cita me lo advirtió. "Has visto las veces que he puesto en mi perfil que detesto la mentira?". Contesté que sí, casi impresionado. Era imposible no percatarse, pero no dije nada porque recordé las moldeadas piernas de aquella diabólica foto.

Llegué tarde, o, por mejor decirlo, ella estaba allí cuando yo llegué. "Llegas tarde, nene". No me gusta que me llamen "nene", pero se me olvidó decirlo al contemplar su escote de sima. "Has tardado tanto que me han entrado ganas de cagar". No sé cómo algunas personas pueden lanzar las sillas hacia atras de esa manera estando sentadas. Tras el traqueteo de la silla metálica aparecieron sus piernas delgaduchas subidas a unas plataformas de unos 30 cm.

Recordé la foto de sus imperiales muslos, inevitablemente. Sólo que ahora, con una pierna al lado de la otra, tal como suelen estar a la hora de deambular, el volumen parecía haber desaparecido como por ensalmo. Caminó hacia el lavabo... pues eso... deambulando. ¿Sabéis esas personas que caminan proyectando las manos hacia atrás? Uno acaba temiendo por sus atributos masculinos y una de dos, o enfrentas los peligros del pavimento, o la amenaza del puño anti-escroto. Así caminaba mi chica-promesa.

Volvió transcurridos sus buenos 20 minutos, dando pasitos cortos e inseguros. Le costó descender desde los 30 cm hasta la silla, pero lo consiguió. Yo aproveché para echar una visual sobre el muslamen desaparecido. Confirmé el diagnóstico, no estaban. Me sobresaltó su voz destemplada: "!Tú!". Vi al camarero acercarse tímidamente mientras ella lo miraba como un juez de la Inquisición. El hombre, maduro ya y algo enclenque, soportó en un minuto lo que un boxeador aguanta tras un combate completo. "¡Qué cojones te crees, ¿que vengo a hacerme socia de este chiringuito de mierda?!", tronó en la cara del pobre hombre, para dar por finalizado el asalto.

Debo tener un ángel de la guarda, porque entonces sóno el timbre de mi anticuado móvil. Médicos sin fronteras, qué maravilla... Es fácil dejarlos hablar sin decir una palabra en mucho, pero mucho tiempo. Al cabo de unos minutos ella me miró, francamente mosqueada. "Qué! Vas a hacerme caso o has venido a pedir cita en la Itv?"

"Es mi padre", contesté. "Y qué cojones le pasa?". Dudé un instante y decidí no andarme por las ramas. "Se muere!" "No me jodas!", espetó. "Y de qué?". Esta es la mía, pensé... y lo solté sin demorar ni un segundo. "De lepra".

La miss compuso un gesto de asco insuperable y salió de nuevo trastabillando hacia el baño. No esperé a que regresara. De vuelta en el coche, mientras el paisaje desfilaba mansamente tras el parabrisas, bajé la ventanilla, contemplé los robles a ambos lados de la carretera y me dije: "¡Qué hermosa es la soledad, muchacho!".


Imagen sustraída del despacho de Rajoy. Previo pago al cajero-en-be, claro... buenos son ellos...

31 de marzo de 2016






No sé si puede decirse que los espacios tienen un destino. Tampoco si todas las cosas deban tener una utilidad. Quizás con sólo "ser" debería ser suficiente, quién sabe... Tal vez nos cuesta trabajo entender si las cosas que están, "son", por el mero hecho de estar, o "son" unicamente cuando tienen un fin, o sirven para algo. Sirven, para nosotros, claro, siempre está ahí ese antropocentrismo inevitable, el mundo "creado" para los humanos.

Lo asombroso es el estado nuevo, no querido, de esos espacios que han sido concebidos para ser llenados (de personas) y al final están vacíos. Es ese un estado sobrecogedor, de alguna manera. Es como poner un marco a la ausencia. Más grandioso cuanto más desprovisto de vida.

No se puede decir que haya silencio aquí. De hecho, parece que lo más común en estos ambientes es la presencia del agua. Una especie de eco de carrillón oculto que, en lugar de pregonar las horas, anuncia los segundos. Cada uno de ellos. Rumores a destiempo, de tamaños variables y un algo de ultratumba. Goteras, les llamamos, pero son más que eso. El hecho de ponerle nombres a las cosas puede servir para diferenciarlas. Pero a entender no ayuda.

El aire suena aquí también, como si de las paredes hubieran brotado hojas tiernas. El aire se pasea placidamente por las estancias. Casi se puede decir que curiosea, se deja oir en algún murmullo, cerca de las ventanas, se va, y después vuelve. No sé si ese aire u otro, pero sí... Vuelve.

Aún así, lo más impresionante es la huella de las almas que estaban y no están. Como si hubieran dejado una huella cuya naturaleza nadie sabe identificar bien. La turbadora e incluso inquietante no-presencia. Un cierto aroma que debe recrear la imaginación, porque no queda rastro del olor de las especias en las burbujeantes potas de la cocina. Esa huella se transformó en algo, nadie sabe exactamente en qué.

En el silencio de los cuartos vacíos se sueñan voces del pasado. Sólo pueden soñarse, pero están, eso es lo inexplicable, como si hubieran dejado algo adherido a las puertas, a las baldosas... Donde queda una cama arrasada por la carcoma hay un rumor de sexo tal vez clandestino, rastros de la voluta azul de un cigarrillo que él se echó a la boca después de aquello. Huellas de la respiración en las paredes, vaho de bocas desecado por el calor en los cristales. Surcos de aquellos dedos que componían un corazón después de que la boca exhalara un aliento de amor el tiempo suficiente para que el corazón viviera un par de segundos.

Si se escucha con cierto desprendimiento de uno mismo, como olvidando el cuerpo, se oyen conversaciones intrascendentes, algún grito infantil, el roce del tejido de una falda contra una mesa de billar, el siseo inquietante de una confidencia... Fijándose muy bien hasta se podrían trazar en el aire los rastros de las miradas que se cruzan y se encuentran, o se huyen, o se esconden... Hasta se pueden adivinar las razones de las bocas que no responden a una pregunta hecha en voz muy baja.

Los insectos merodean por los vértices de las puertas y las paredes, todo un ejército disciplinado ordenando la vida bajo las hojas acumuladas en el suelo, amontonadas en ciertos lugares, como por capricho de este espacio anegado de nada.

Uno mira hacia arriba y se pregunta por qué no se ha caído todo, un segundo después de que la última vida abandonara la sacralidad de ese templo sin dioses. ¿Por qué las cosas no se mueren?

Alguien hablaría de un cierto aire fantasmal, especialmente cuando las nubes caen sobre el tejado abierto y de las puertas brotan haces de luz extraña. Las puertas gimen. Uno intenta fijar el origen de cada pequeño chasquido y al instante se da cuenta de que está rodeado de millones de entes, tal vez insignificantes, pero presentes por todas partes. Casi se siente miedo, porque el miedo no es más que el desconocimiento.

Pero no. Apenas se traspasa de nuevo el umbral de la puerta, esta vez para salir, uno se siente reconfortado. Estúpidamente reconfortado. Porque hay que decirlo, ahí adentro la única amenaza proviene de algún resto que pueda desprederse de las paredes. Hay mucho más peligro en el exterior. Y es que los fantasmas de verdad estamos afuera.


26 de octubre de 2015

Pseudo-ensayo y disquisición

Sin ninguna animosidad, pero muy claramente, te lo digo. Escribo para mí, no para ti. No te lo tomes a mal, tampoco sé muy bien por qué lo hago. Probablemente porque quiero demostrar que este mundo podría ser algo menos absurdo, más dulce con los pequeños, más fuerte con los poderosos. Porque me gusta pensar que la dulzura es el arma de los que piensan con el corazón. Créeme, la cabeza está ahí para ponerte por delante de los demás y, sólo a veces, por encima de los demás. O por debajo, que es lo mismo, perdona esta inútil muestra de cinismo.

Todo cambia. Siempre. Siempre y nunca son dos palabras terribles, de un alcance tan pavoroso que de hecho no llegamos a entenderlas. Pero a veces, efectivamente, ocurren. Siempre vas a cambiar, no te engañes. Y pobre de ti si no lo haces, porque entonces será infinitamente peor. Serás reo de ti mismo, tu ser como tu propia cárcel. Huye de eso mientras puedas, amigo ...

Alguien debería colocar esa frase encima de la pizarra del colegio, en medio del altar, en la oficina, en los pasillos de los burdeles, en el refectorio de la cárcel, en los cajeros de los bancos, en el cuarto de baño, ese lugar que nadie podrá evitar jamás. Será por algo. En el ataud no será necesaria, salvo para los vivos. Ponedla pues a la entrada de los tanatorios. Es la única verdad inmutable. Todo cambia. Siempre.

Pero a lo que iba... No intento impresionarte, sólo aliviar esta distancia que produce el hecho de que tú y yo seamos dos extraños. Diferentes, distintos, separados, lejanos por muy cerca que podamos estar. Dos y no uno, aquí sólo sirve la resignación. Sólo invitándote a entrar en lo más íntimo de mí puedo aliviar esa angustia, y he de hacerlo mediante estos signos que te autorizan (es más, ¡te obligan!) a penetrar en el rincón donde habitan...iba a decir mis pensamientos, pero no... Ahí está la cosa, es mucho más. Piénsalo bien, no es tan "normal". Ahora estás dentro de mí, y ya quisieras que fuera sólo sexo. No, amigo, no... no es eso.

Voy a lo importante. Ya que te dejo entrar (o te obligo, de acuerdo...) ten la delicadeza de tomarte el trabajo de saber bien donde estás. Escarba con la vista en los rincones, tómate tiempo. Ya que estás dispensado de la más mínima responsabilidad sobre estas cuatro paredes, qué mejor que escudriñar incluso en los rincones más remotos... Quizás encuentres un tesoro en cada una de las pequeñas cosas. Fíjate bien, tócalo todo, aproxima incluso ese apéndice que te ha crecido sobre la boca, que para algo ha de servir...¡Huele, joder! ¡Huele!

¿Te has fijado alguna vez en lo bien que huele una buena biblioteca? Esa mezcla del polvo inevitable con los líquidos de limpieza es más potente que las drogas, amigo... Pero lo mejor nace dentro, en las líneas donde forman (¡demasiada disciplina!) las letras. Ahí existe algo más que perfume. Es la historia de los hombres, fíjate bien. Últimamente, también la de las mujeres. Ahhhh!... ese es otro olor, ¿te has dado cuenta?

No. Ya sé que no. Por eso me tomo la molestia de decírtelo. No apures la lectura. Lee como las abuelas toman la manzanilla. Por la boca y por la nariz. Lee por la punta de los dedos, como los ciegos. Lee con la lengua y con los genitales, pero sin prisa, porque en cuanto apures el paso dejarás de observar los objetos pequeños, los conceptos pequeños, las dulzuras microscópicas de lo aparentemente insignificante.

Y, ya para acabar, no creas que te lo cuento todo. Si te he dejado entrar en este santuario, no va a ser todo fácil. Practica con humildad y verdadero cariño esta comunión conmigo. Construye aquello que no he explicitado, porque lo he hecho así en la convicción de que ni el mismo Pessoa es tan especial. Cuando lees construyes, es más... lo que lees ya deja de ser mío y es tuyo. Es hermoso. Cada interpretación, una obra nueva, un libro que no se acabará jamás. Y al que nunca han de dar uno de esos premios que alguien (que casi nunca escribe) aprovechará para llenarse el bolsillo y el ego... ¿Se puede pedir más?

Allá tú si decides no aprovechar la oportunidad. Yo te he advertido.

6 de octubre de 2015

Mercurio

Llueve ligerito, gotitas menudas y sabias que caen sin hacer ruido, como jugando. El verano tiene ahora un algo de provisional, un eco de timidez en las miradas, esa cierta languidez de las cosas que saben que no vivirán mucho. Es extraño el hecho de que rara vez somos conscientes de habitar un planeta. Esa debe ser la razón de estas nostalgias de la lluvia, del lamento del viento o el bramido incansable del mar. Cómo no iba a estar furioso...

Te eché de menos hoy en mis sueños. Tú eras mi lluvia y mis céfiros y mis albas ansiosas, animales... La que iluminaba el lado oscuro de mi vida oscura y me ofrecía un auto-retrato lleno de colorido cuando el reloj ya va hacia el mediodía y no me acuerdo más de aquello que fue.

Así llovió esta noche, silente y cálido... O será que así lo soñé mientras hurgaba tus rincones en mis sueños turbios, faltos del puro azul que era (¡¡¡y es!!!) tu mirada. Esa debe ser mi penitencia...

A punto de amanecer, no queda ni rastro de esa catarata de minúsculas partículas inocentes, transparentes, livianas, limpias... Y ahora recuerdo que era así como llorabas. Ni un ruidito triste... Sólo un rocío continuo en los ojitos mustios... Ese fue mi pecado.

El sol se precipita y Mercurio se confunde con la luz, que ya vence. Pero cómo brilló mientras llovía...



5 de septiembre de 2015

Nazaré

No todo ha de salir bien siempre. Eso es la perfección y la perfección es un asquito. Sí o sí? Es mejor encontrarse de vez en cuando con el lado malo de las cosas, que todas lo tienen.

- Esto parece una cárcel (noséqué)ana, ¿no? - dijo ella. Y yo pensé... coñe, ¿de qué las conocerá? Pero como no era momento para polémica, me limité a escudriñar por las esquinas. No había cucarachas noséquéanas, ni colillas noséquéanas ni mierda noséquéana en general. Hay que reconocer que la estructura del edificio daba para pensar en esas películas de fugas de presos.

Algo tétrico el edificio...


El muchacho que nos alquiló la celda, quiero decir la vivienda, nos advirtió que los plomos podían saltar. Y saltaron nada más encendimos dos fuegos de la vitro. Bueno, pos las patatas primero y la cebolla después. ¿A que somos listucos? Esa noche descubrimos que los perros se comunican ladrando y no tienen un horario particularmente cívico. Ladran cuando les sale de allí. Punto.Y por si todo eso no fuera poco, no hay wifi. La hemos cagao. Paciencia.

Al día siguiente bajamos al pueblo desatendiendo el consejo del muchacho antes mencionado: "Yo no bajaría en coche porque no hay donde aparcar". ¿Sabéis el chiste del gato que se fue de putas? Bueno, pues lo mismo. Después de muchos polvos, quiero decir de muchas vueltas, decidimos largarnos. ¿A dónde? Fácil de adivinar: a un sitio donde tampoco se podía aparcar, jejeje... Creo que acabamos en una playa preciosa donde no había un puto chiringuito, la arena tenía el tamaño justo para machacarte los pies y olvídate de una sombra. Ese día volvió a nuestra memoria la utilidad del bocadillo. Genial invento. De vuelta descubrimos que no todos los pajaritos duermen en un nido. Este, como veis, lo hace encima de una caja de fusibles (digo yo que será eso...) y tan fresco. Un placer ver correr cada noche a mis acompañantes, como si ahí arriba habitase el mismo conde Drácula, jijiji.

El pajarito que dormía fuera del nido.


Suerte que Portugal es un país lleno de historia y arquitectura y que existen los coches. Lógico, no íbamos a ir en patinete...Batalha, qué maravilla de monasterio. Leitão noséqué... qué maravilla de camarera. Aquí está la clave del asunto, señoras, señores. La vida es otra cosa si la risa anda alrededor. Eso es lo que nos salva siempre.Le pedí a la moza "uma imperial e uma taça de vinho verde". Me comí el "e mais", así que ella entendió "uma imperial em uma taça de vinho verde". Ya comprenden ustedes que servir una caña en una copa de vino se hace difícil. Ahí renacieron las risas que nos salvan.

M es eso que llamamos "una aventurera". Así que si ve un castillo en medio del Tejo, no queda otra que ver el jodío castillo. Y de buena gana, porque a los que no somos aventureros, también nos gustan a veces las aventuras, jeje...
Castelo de Almourol

 Antes pasamos por un lugar bien particular donde sirven comidas exóticas. Ella mantiene que el dueño del local no es de este mundo. De hecho cree que quería abducirla, y es cierto que no le quitaba ojo. Mi teoría es que el hecho de interrumpir su explicación gastronómica con un "¡Traiga pan!", no debió de gustarle un pelo al buen hombre, y menos en tan trascendental momento. Digo buen hombre porque me trató muy bien desde que, desdiciéndome, reclamé un poco de picante del que él mismo elabora. Con qué hermosa sonrisa recibió el "Mudei de opinião...". Ahí aprendí que el picante se administra como la pintura. Se extiende con generosidad y después se toman cantidades minúsculas. A menos que quieras arder, majo, tú verás... Para no perderse la decoración, como veis.

El local del abductor de cántabras
S mantiene que debe ser de Goa, antigua colonia portuguesa en territorio indio. Todo indica que tiene razón y los dos tipos de picante que fabrica el extraterrestre apoyan la teoría.Uno indio, otro africano. Los dos altamente peligrosos. También fabrica unas empanadillas a las que hay que introducir limón por un agujerito que has de practicar con los dientes. La supervisión de la operación por parte de este buen hombre tuvo su interés. Menos para M, que pensaba que seguía intentando entrar en su cerebro...

En las fotos parecía señorial el castillo de Almourol. Y el Tejo no es poco río... siempre que lleve agua, que no era el caso. Se puede pasar a pie, pero tienen una barquita para los Indiana Jones de turno. Así que pagamos la jodía barquita. Doscientos metros de razzia a tocateja. El barquero despierta nuestras sospechas cuando habla de recogernos en media hora."¿Media hora sólo?". "Meia hora já da, pode acreditar". Otra salva de risas. Y sí, tenía razón. Son cuatro piedras con un camino de subida y el mismo de bajada en medio de un calor torrencial. Pero eso sí, le ponen el letrerito de "Salida de emergencia", los muy cachondos. También ponen letreritos de "zona peligrosa" que son una auténtica invitación para la peña de más de setenta. Van como locas...

La vieja temeraria

Nazaré es un lugar que en realidad comprende cuatro localidades distintas. Praia de Nazaré, Sitio da Nazaré, Rio Novo y Pederneira. La playa recuerda mucho a cualquier localidad turística del mediterráneo. Las mismas aglomeraciones y cierto encanto en las callejas que suben hacia el interior, si no fuera porque hay demasiados coches y muy poca atención del municipio.

Praia da Nazaré
 El Sitio es otra cosa, más amable y lleno de rinconcitos deliciosos, siempre que te apartes del centro,pero tampoco da para mucho porque es bastante reducido.

"O Sitiado", en el Sitio.
Y si te bajas al faro podrás ver (además del lugar donde nació esa famosa ola de 30 metros) la Praia do Norte, que es una auténtica preciosidad. 

Praia do Norte
A la dichosa ola hay que echarle en cara, hay que decirlo, el hecho de que no quede ni rastro de las barcas con que pescaba esta gente no hace tanto. Todo parece reducido al turismo.


Nazaré en plena actividad pesquera
(Mensaje para navegantes: a esto conduce el desmantelamiento del tejido productivo, no es una casualidad. Redúcelo todo al turismo y mañana pasarás hambre sí o sí. Lo que yo te diga).

En resumen, quizás sea buena idea fuera de temporada. En el verano, no lo es. Y sin wifi ni medios cibernéticos a los que todos estamos ya acostumbrados no queda otra que canciones como esta, que me ha parecido una genialidad. ¿O no?

http://www.goear.com/listen/b1a710e/el-orinalin-eme-susana


En los alrededores no debe uno perderse Batalha, que básicamente es su monasterio. Es enorme en cualquier sentido, una de esas joyas arquitectónicas imposibles de valorar adecuadamente.

Mosteiro de Batalha
No muy lejos está Alcobaça, con otro monasterio de tamaño colosal. Sólo que Alcobaça no es sólo su monasterio.

Mosteiro de Alcobaça

Tumba de Ines de Castro.
Si Nazaré hacía pensar en cierdo descuido de lo público, aquí se tiene la impresión contraria. Un lugar de espacios abiertos, limpio, cuidado,  y con rincones de auténtico encanto. Sólo a esta gente se le acurre llamarle a un espacio verde "Jardim do amor". Y si eres de Galicia y quieres comprobar que Inés de Castro no era una leyenda, este es el lugar. Su sepulcro se encuentra enfrentado al de Don Pedro, en medio de una de las naves.

La historia es relativamente bien conocida, por lo que ha tenido de icono universal del romanticismo como imagen arquetípica de los amores imposibles, aunque también ha sido silenciada por otro tipo de razones. No en vano se dice siempre que doña Inés es más conocida en Portugal que en su propia tierra, que parece que fue la zona de A Limia - Monforte, en lo que hoy es la zona sur de Galicia. De mi propia cosecha y bajo mi propia responsabilidad, añado que las derrotas tienen siempre sus
Leyenda al pie del túmulo
 consecuencias, y dejamos aquí el tema porque no viene al caso.
Con todo, reconforta saber que las historias de amor tienen continuidad a través de los siglos, que no todo son las trampas y mentiras sobre las que al final se edifican los grandes imperios. En fin... terminando con Alcobaça, sólo le veo un problema.¡Las palomas son de un descarado que la flipas! No se les puede reprochar. Se han acostumbrado a la comida fácil que  representan los restos de la pastelería. Y si algo hay en Portugal, no lo dudes, son pastelerías.

Queda para finalizar una imagen de la vuelta, con comida y descanso en Vila Nova de Gaia, justo al lado del puente de Porto, en un ambiente genuinamente cosmopolita donde se debe tener cuidado a la hora de aparcar, porque es fácil que tengas que subir hasta el nivel del mismo puente antes de encontrar por donde salir. Y entonces te topas con que la máquinita estaba justo abajo de todo. Cosas que pasan.





Porto, desde Vila Nova de Gaia


¡Menos mal que nos queda Portugal!

14 de agosto de 2015

Perplejidad


La pescadera no le dirigió la palabra. Se dijo que siempre había sido un poco extraña. En la carnicería se encontró con una amabilidad como forzada, y pensó que tenían más tarea de la que podían atender.
La rubia de la caja central la saludó como si le resultara simpática, empaquetó todo con una rapidez inusitada y hasta le deseó un feliz día. Le dio las gracias y se notó la voz extraña. Será el frío, pensó.
Afuera la esperaba el tipo fortachón que hacía guardia cada día con la mano extendida. Contra su costumbre, metió la suya en el bolsillo, extrajo las monedas pequeñas y se las entregó examinando discretamente su expresión cautelosa.
Cuando llegó al portal, al levantar la vista, justo después de extraer las llaves, la bolsa se precipitó al suelo con un ruído sordo y la mano quedó suspendida en el aire como si alguien hubiera detenido el paso de las horas.
La puerta se abrió de nuevo, súbitamente, dando paso a Celia, la del quinto, que observó un instante las mercaderías naufragadas en la acera y se alejó enseguida como temerosa, sin saludarla.

Y mientras la puerta se cerraba lentamente, centímetro a centímetro, confirmó su aterradora impresión de un instante atrás. El cristal reflejaba la imagen perpleja de una perfecta desconocida.

(Imagen: Dafne, de Apolo y Dafne - Barnini)