11 de septiembre de 2016

Mi chica-promesa



Dicen que las personas entran por los ojos. Aunque ese parece un rasgo más masculino que femenino. Los hombres somos "de imagen", y las mujeres "de concepto". Más espirituales, vaya, concedamos que sí.

Me gustó su foto, su forma de mirar, su expresión franca, su sonrisa distendida, sus piernas fuertes, su cintura menuda... Me entretuve en su perfil más de lo que acostumbro, porque suelen verse cosas francamente cómicas. Su presentación me pareció algo cómica también, pero después de examinar sus fotos una vez más, decidí ignorarlo. "Busco un hombre serio, que sepa lo que quiere, que haya dejado atrás su mochila, aseado, elegante, asentado económicamente, fiel, detallista sobretodo, que me haga sentir como una reina y que sólo tenga ojos para mi. ¡Detesto la mentira!"

La última frase figuraba en cada rinconcito del perfil, aprovechando cualquier oportunidad, como una de esas señales de tráfico omnipresentes. Cuando cerré la página, llevaba el mensaje tatuado en la mente como una maldición... Detesta la mentira... así que ándate con ojo, porque a la que respires va a notar el perfume del elixir barato. Y yo cobrando el paro... hay que joderse...

Conseguí una entrevista virtual en el chat de la página. "Pero no te retrases", me dijo. Y a las 19 h. en punto estaba yo como un clavo ante el ordenador. Apareció a las 19:14, quejándose del tráfico. "A alguna gente no deberían darle el carnet". Siguió una retahíla de recomendaciones, consejos y prohibiciones que no consiguió hacerme olvidar su cintura de avispa. Los tíos somos así.

Justo antes de concertar una cita me lo advirtió. "Has visto las veces que he puesto en mi perfil que detesto la mentira?". Contesté que sí, casi impresionado. Era imposible no percatarse, pero no dije nada porque recordé las moldeadas piernas de aquella diabólica foto.

Llegué tarde, o, por mejor decirlo, ella estaba allí cuando yo llegué. "Llegas tarde, nene". No me gusta que me llamen "nene", pero se me olvidó decirlo al contemplar su escote de sima. "Has tardado tanto que me han entrado ganas de cagar". No sé cómo algunas personas pueden lanzar las sillas hacia atras de esa manera estando sentadas. Tras el traqueteo de la silla metálica aparecieron sus piernas delgaduchas subidas a unas plataformas de unos 30 cm.

Recordé la foto de sus imperiales muslos, inevitablemente. Sólo que ahora, con una pierna al lado de la otra, tal como suelen estar a la hora de deambular, el volumen parecía haber desaparecido como por ensalmo. Caminó hacia el lavabo... pues eso... deambulando. ¿Sabéis esas personas que caminan proyectando las manos hacia atrás? Uno acaba temiendo por sus atributos masculinos y una de dos, o enfrentas los peligros del pavimento, o la amenaza del puño anti-escroto. Así caminaba mi chica-promesa.

Volvió transcurridos sus buenos 20 minutos, dando pasitos cortos e inseguros. Le costó descender desde los 30 cm hasta la silla, pero lo consiguió. Yo aproveché para echar una visual sobre el muslamen desaparecido. Confirmé el diagnóstico, no estaban. Me sobresaltó su voz destemplada: "!Tú!". Vi al camarero acercarse tímidamente mientras ella lo miraba como un juez de la Inquisición. El hombre, maduro ya y algo enclenque, soportó en un minuto lo que un boxeador aguanta tras un combate completo. "¡Qué cojones te crees, ¿que vengo a hacerme socia de este chiringuito de mierda?!", tronó en la cara del pobre hombre, para dar por finalizado el asalto.

Debo tener un ángel de la guarda, porque entonces sóno el timbre de mi anticuado móvil. Médicos sin fronteras, qué maravilla... Es fácil dejarlos hablar sin decir una palabra en mucho, pero mucho tiempo. Al cabo de unos minutos ella me miró, francamente mosqueada. "Qué! Vas a hacerme caso o has venido a pedir cita en la Itv?"

"Es mi padre", contesté. "Y qué cojones le pasa?". Dudé un instante y decidí no andarme por las ramas. "Se muere!" "No me jodas!", espetó. "Y de qué?". Esta es la mía, pensé... y lo solté sin demorar ni un segundo. "De lepra".

La miss compuso un gesto de asco insuperable y salió de nuevo trastabillando hacia el baño. No esperé a que regresara. De vuelta en el coche, mientras el paisaje desfilaba mansamente tras el parabrisas, bajé la ventanilla, contemplé los robles a ambos lados de la carretera y me dije: "¡Qué hermosa es la soledad, muchacho!".


Imagen sustraída del despacho de Rajoy. Previo pago al cajero-en-be, claro... buenos son ellos...