31 de marzo de 2016






No sé si puede decirse que los espacios tienen un destino. Tampoco si todas las cosas deban tener una utilidad. Quizás con sólo "ser" debería ser suficiente, quién sabe... Tal vez nos cuesta trabajo entender si las cosas que están, "son", por el mero hecho de estar, o "son" unicamente cuando tienen un fin, o sirven para algo. Sirven, para nosotros, claro, siempre está ahí ese antropocentrismo inevitable, el mundo "creado" para los humanos.

Lo asombroso es el estado nuevo, no querido, de esos espacios que han sido concebidos para ser llenados (de personas) y al final están vacíos. Es ese un estado sobrecogedor, de alguna manera. Es como poner un marco a la ausencia. Más grandioso cuanto más desprovisto de vida.

No se puede decir que haya silencio aquí. De hecho, parece que lo más común en estos ambientes es la presencia del agua. Una especie de eco de carrillón oculto que, en lugar de pregonar las horas, anuncia los segundos. Cada uno de ellos. Rumores a destiempo, de tamaños variables y un algo de ultratumba. Goteras, les llamamos, pero son más que eso. El hecho de ponerle nombres a las cosas puede servir para diferenciarlas. Pero a entender no ayuda.

El aire suena aquí también, como si de las paredes hubieran brotado hojas tiernas. El aire se pasea placidamente por las estancias. Casi se puede decir que curiosea, se deja oir en algún murmullo, cerca de las ventanas, se va, y después vuelve. No sé si ese aire u otro, pero sí... Vuelve.

Aún así, lo más impresionante es la huella de las almas que estaban y no están. Como si hubieran dejado una huella cuya naturaleza nadie sabe identificar bien. La turbadora e incluso inquietante no-presencia. Un cierto aroma que debe recrear la imaginación, porque no queda rastro del olor de las especias en las burbujeantes potas de la cocina. Esa huella se transformó en algo, nadie sabe exactamente en qué.

En el silencio de los cuartos vacíos se sueñan voces del pasado. Sólo pueden soñarse, pero están, eso es lo inexplicable, como si hubieran dejado algo adherido a las puertas, a las baldosas... Donde queda una cama arrasada por la carcoma hay un rumor de sexo tal vez clandestino, rastros de la voluta azul de un cigarrillo que él se echó a la boca después de aquello. Huellas de la respiración en las paredes, vaho de bocas desecado por el calor en los cristales. Surcos de aquellos dedos que componían un corazón después de que la boca exhalara un aliento de amor el tiempo suficiente para que el corazón viviera un par de segundos.

Si se escucha con cierto desprendimiento de uno mismo, como olvidando el cuerpo, se oyen conversaciones intrascendentes, algún grito infantil, el roce del tejido de una falda contra una mesa de billar, el siseo inquietante de una confidencia... Fijándose muy bien hasta se podrían trazar en el aire los rastros de las miradas que se cruzan y se encuentran, o se huyen, o se esconden... Hasta se pueden adivinar las razones de las bocas que no responden a una pregunta hecha en voz muy baja.

Los insectos merodean por los vértices de las puertas y las paredes, todo un ejército disciplinado ordenando la vida bajo las hojas acumuladas en el suelo, amontonadas en ciertos lugares, como por capricho de este espacio anegado de nada.

Uno mira hacia arriba y se pregunta por qué no se ha caído todo, un segundo después de que la última vida abandonara la sacralidad de ese templo sin dioses. ¿Por qué las cosas no se mueren?

Alguien hablaría de un cierto aire fantasmal, especialmente cuando las nubes caen sobre el tejado abierto y de las puertas brotan haces de luz extraña. Las puertas gimen. Uno intenta fijar el origen de cada pequeño chasquido y al instante se da cuenta de que está rodeado de millones de entes, tal vez insignificantes, pero presentes por todas partes. Casi se siente miedo, porque el miedo no es más que el desconocimiento.

Pero no. Apenas se traspasa de nuevo el umbral de la puerta, esta vez para salir, uno se siente reconfortado. Estúpidamente reconfortado. Porque hay que decirlo, ahí adentro la única amenaza proviene de algún resto que pueda desprederse de las paredes. Hay mucho más peligro en el exterior. Y es que los fantasmas de verdad estamos afuera.


1 comentario:

FG dijo...

A veces incluso en los lugares más silenciosos, podemos sentir que habita el vacío, aunque parezca algo incoherente pero se siente así, el vacío lleno de aire, sonido, ausencia y que sin embargo ahí sigue.

Puede que seamos nosotros mismos que nos aferramos con fuerza a esos espacios que fueron, dejaron de ser y queremos que sigan siendo, pero mientras tanto, tal vez sea mejor observarlos desde afuera, no sea que nos caiga encima el peso de su propia ausencia.

Bicos