2 de junio de 2007

Rioseco



Me encanta hacer fotos. Me he levantado temprano para que el sol marque las sombras como quiero. Subo hacia los montes huyendo del ajetreo urbano, dejo el coche en cualquier esquina y me interno en este "caborco" con intención de hacer la foto de mi vida. Hace frio. Hay un leve rocío encima de las hojas y las flores. Desciendo poco a poco entre amarillos violentos y violetas apacibles. Hago un par de disparos y sigo bajando con calma. Y enseguida las fotos empiezan a perder interés. Esto es fantástico.

Aún esquilmado en su mayor parte por los incendios que se repiten puntualmente cada dos años el pequeño valle revienta de colores y de sonidos. Los robles lucen una gama de verdes imposible de explicar. Desde lejos parecen enormes pompas de algodón.

Las "xestas" inundan los espacios más abiertos con sus diminutas flores amarillas. En medio crecen matas de espliego redondas y difusas con sus extrañas flores coronadas. Verde, amarillo, violeta, azul, ... Envidia me da quien pueda plasmar todo esto en una fotografía. Yo no soy capaz, así que me rindo a la sensación de poseer todo esto que no es ni será nunca de nadie.

Los saltamontes emiten un sonido amenazante, como de serpiente, sin dejarse ver. Corre una brisilla que obliga a cruzar los brazos sobre el pecho para combatir el frio. Me siento en una piedra blanca y seca, de esas que por aquí llamamos "xeixos" y dejo vagar la vista por la otra vertiente. Enormes copas verdes en torno al sendero antiguo de los pastores y sombras prolongadas hasta el infinito por el sol que se levanta cansinamente. Silencio de pájaros y arañas, de saltamontes y mosquitos, de culebras esquivas y ratones inquietos.

Vuelvo la cabeza después de oir ruido tras de mi y apenas llego a ver la cómica carrera de un conejo sorprendido por mi presencia. Luego una sombra cruza el suelo saltanto del amarillo al violeta y de ahí al verde. Un pequeño gavilán busca sustento. Sólo faltan las hadas.

Aquí no pasa nada. Sólo ocurre la vida. El viento transporta semillas y mensajes a algún lugar elegido al azar y el sol seca el leve rocío de la noche ascendiendo después a su trono inalcanzable. Mil vidas minúsculas recorren microscópicas veredas procurándose alimento sin que su frenética tarea parezca afectar a nada ni a nadie. Gorriones y mirlos atruenan el aire con un grito incansable y acaso imprescindible. Todo el espacio cautivo entre las dos vertientes tiembla con este ir y venir de preguntas y respuestas.

Cuando llegas crees estar solo y en silencio. De hecho esa sensación te invade de una manera clara, abrumadora. Sólo cuando te dejas vencer por los sentidos y el pensamiento se detiene lentamente, como una vieja locomotora, expulsando ansiedades y agonías como nubes de vapor blanco y efímero, te das cuenta de que no puedes estar más compañado. Y que el silencio aquí es un canto que no empieza nunca y no termina nunca.

Dejo vagar la vista, descendiendo la ladera por entre las matas de flores blancas y azules y rojas y violetas y negras. Abarco distancias infinitas en un viaje aéreo que ojalá pudiese ser real. Y al llegar al final asciendo por el lienzo de la otra vertiente, preñado de colores y sombras, luces y lejanías, hasta alcanzar la cima de los montes, redonda y mansa a veces, y otras aguda y brava. Y pienso en el largo de viaje de esas rocas que desde el magma incandescente de los abismos han ascendido hasta tocar el cielo. Hay cosas que no se pueden comprender.

A punto de abandonar el lugar, vuelvo la cabeza a uno y otro lado, intentando llevarme conmigo la sensación de plenitud que proporciona la vista. Me imagino como sería esto antes. Hace quizás mil años aquí no habría un sólo espacio donde el sol no tuviera que luchar para abrirse camino. Un mundo de castaños desproporcionados, robles invencibles y alcornoques de ramas caprichosas y robustas. Contemplo desde la lejanía a los que han logrado sobrevivir. Si tan pocos consiguen alimentar estas sensaciones, más vale no pensar en el bosque original. Por respeto.

Volveré. Eso espero.

1 comentario:

Xesca dijo...

Desde luego hay que afirmar que la propia naturaleza carece del sentido total de la soledad. En sí toda ella nos rodea y nos transmite vida, sonido y sensaciones. Las cuales nos plasmas aquí en estas líneas.

Por cierto que el paisaje es de envidia...Sinceramente me gustaría vivir en un lugar así.