27 de octubre de 2007

Un pequeño reino


Se había casado por consejo paterno, sin ningún sentimiento especial, lo cual era absolutamente normal en aquel momento y en aquel lugar. Él era un hombre fuerte, corpulento y muy elegante. Se había propuesto levantar el antiguo imperio familiar y lo conseguía sin esfuerzo aparente. Estuvo con ella cuatro años, mientras afirmaba los fundamentos del futuro negocio, le dio cuatro hijos concebidos entre tinieblas y después se marchó.

La mujer se había acostumbrado a sus modales rudos, sus urgencias y su carácter altanero y autoritario. Admiraba su determinación y llegó a considerarse afortunada de tener a un hombre como él en casa.

Luego se le rompió algo dentro cuando la ausencia empezó a prolongarse más de lo que ella consideraba razonable. Recibía una carta cada año, puntualmente, el día de su santo. Sonreía cuando leía aquel "De tu amante y laborioso esposo" y luego derramaba unas lágrimas espesas que enjugaba con un pañuelo blanco antes de que nadie llegara a notarlas.

Cuando el primogénito estaba a punto de cumplir los nueve años, sorprendió una conversación de su madre con el médico de la familia. Parecían muy alterados, pero cuando preguntó qué ocurría ya los dos habían desaparecido. En su precipitación olvidaron aquel periódico de ultramar que enviaba a casa Pascual, un familiar lejano, que trabajaba en la región de Buenos Aires desde hacia ya tiempo, y consideraba que era la única forma de mantenerles informados de lo que en realidad ocurría en el mundo.

Las hojas descansaban descompuestas sobre el sillón de tercipelo rojo que había usado su abuela en vida y ahora no quería usar nadie. Amaba el orden y aquella especie de grito del papel desordenado no podía durar más tiempo. Observó con tristeza la foto con las bailarinas sentadas sobre las rodillas de un hombre grande y sonriente, como siempre hacía con aquellas escenas de cabaret. Una escueta línea de letras oscuras bajo la escena rezaba con aire abiertamente cínico "Industrial español a la cabeza del desarrollo de la región". Entonces se fijó mejor y el corazón se le heló en un instante turbio y negro como la tiniebla más espesa. El periódico cayó al suelo desde sus manos inertes y desmadejadas y un sentimiento de frio y desesperanza la invadió como un trueno violento e inapelable.

No quiso atender las explicaciones sobre el periódico responsable de la publicación, al parecer propiedad de un competidor directo, ni la carta de disculpas que los suyos le anunciaron. Dejó en sus manos los acuerdos económicos que fueran necesarios y olvidó. Acogió aquel vacío en el lugar en que antes habitaba la ausencia, con aquella extraña fatalidad con que simpre aceptaba las malas horas. Después, ante la insistencia de quienes la veían languidecer como una flor tardía, accedió a recibir a un sacerdote con cierta regularidad. Por alguna extraña razón, decidió hacerlo en la galería, un espacio que hasta aquel momento no visitaba con frecuencia. El hombre, un cura ya mayor, austero y generoso, le regaló un rosario y la aleccionó sobre los efectos balsámicos de la oración, acudiendo puntual a su cita durante un par de meses para luego excusarse por motivos de salud.

Ella nunca había sido especialmente religiosa, pero aquel rosario, con su tacto leve y perenne sobre las manos, la acomodó en aquel espacio donde el sol y algunas plantas de hojas amplias y lustrosas llenaban el vacío que ya nadie podía remediar.

Pero no rezaba. Jugaba con las palabras que nacían de la calle que discurría a sus pies, bajo la galería, o del rio que vivía a su lado, casi estancado, lleno de hojas verdes o amarillentas, o del aire que enviaba los gritos de los crios o el canto agitado de las golondrinas y todos aquellos seres alados que se empeñaban en recordarle que se puede vivir de cualquier cosa. Trino, capullo, amarillo, canto, reflejo, surco, del agua, vena, del aire.... Trino amarillo vena del aire, capullo reflejo del surco en el agua...

Terminó por vivir en un mundo de sueños de palabras, o de palabras de sueños. O en un sueño de mundos de palabras. Y un día, como quien se suicida sin querer dejar el mundo, escribió lo que había soñado. Y al día siguiente, temblando, levantó el tapete donde había dejado aquel papel delator. Lo leyó de un tirón y comprobó, con alegría, que algo parecía haber brotado dentro de sí sin que nada irremediable habiera sucedido.

Descubrió que no era la única que cultivaba aquella extraña afición después de fijarse un par de veces en aquel hombre. Siempre acudía en las tardes soleadas. Iba desaseado, o más bien descuidado, con aquel abrigo destartalado como escurriéndosele por los hombros. Pero caminaba de una manera que desmentía la necesidad. Y llevaba la cabeza alta, aunque se adivinaba un gesto ausente quizás, quizás dolido, pero estaba claro que no pedía nada. Despreciaba los bancos de madera y se sentaba en aquel bloque de granito del puente, apoyaba la cabeza en el frio metal de la farola y después, con urgencia, extraía del interior del abrigo una libreta sencilla, la apoyaba en las piernas, escribía un par de líneas y se quedaba mirando a ninguna parte hasta que de nuevo alguna idea asaltaba su cabeza exigiendo el testimonio en el papel.

Se preguntó la razón de aquella extraña coincidencia. Su mundo de palabras de sueños seguía poblándose de fantasías que alguna vez asomaban al papel con vergüenza y quedaban plasmados en algunas escasas líneas, tímidas y faltas del calor del convencimiento. Pasó un tiempo sin que él volviera a dejarse ver y un buen día, mientras acudía a una visita de compromiso, acompañada de su hermana mayor, reconoció el familiar color de la libreta, encajada entre los bloques de granito del puente. Su hermana había sido siempre muy solícita, así que sólo necesitó del socorrido "he olvidado algo.." para que ella volviera a la casa. Se hizo rápidamente con aquel ser de papel que abrió las alas sin que ella lo hubiera pedido. Las hojas estaban limpias, y sólo mostraban huellas de la lluvia por aquí y por allá. Dejó caer la vista sobre aquellas líneas de letra apretada y menuda pero comprensible y luego la guardó entre las ropas al ver aparecer a su hermana.

Aquella misma noche leyó las primeras líneas, algo confusa y con la timidez de quien entra en un mundo de otros. No se detuvo a pensar si tenía derecho o no. Tuvo una primera sensación de confusión ante aquellos poemas crípticos y oscuros que no conseguía entender. Después otra casi de pánico ante aquellas palabras desnudas. Luego otra de placidez total en apenas cinco lineas de amor parco y sencillo, ingenuo y transparente. Después dejó de preguntarse qué sentía y se dejó llevar sin prisas hasta aquellos cuatro últimos y breves versos sin rima :

Voy a mundo apartado
de caminos vacíos y hiedras moribundas
Habito en mis secretos y no pregunto nada
porque saber no es nunca lo mismo que saberse.

Un día separó aquellas páginas, una a una y las ocultó en el misal. Tenía un tamaño desacostumbrado y sabía que nadie osaría hacerse con el. Repasó aquellas líneas mil veces, aprendiendo a aquel ser oscuro a veces, caótico en ocasiones, pero siempre portador de un sentimiento desacostumbrado. Se fue haciendo una imagen a base de retazos seguramente idealizados, porque escasamente acertaba a recordar aquella silueta alta y delgada. Y llegó un momento en que casi podía representárselo ante ella. Pero no acertaba a vislumbrar un sólo rasgo de aquel rostro. Sólo podía soñar una expresión quizás ausente, quizás dolida, que había quedado anclada en algún sitio.

Sin saber muy bien qué la empujaba a hacerlo, se las compuso para hacer alguna averiguación a través de Alina, una mujer que acudía a hacer algunas labores de la casa, callada y reservada, pero discreta también. A cada pequeña noticia que le llegaba se preguntaba cuál era la razón de aquel interés insensato, pero como nunca conseguía una respuesta con sentido, terminó por aceptarlo, como había aceptado tantas cosas que nunca había pedido. No había mucha concreción en lo que Alina comunicaba de tarde en tarde. La familia Rivera siempre había sido muy apreciada en aquella pequeña capital de provincias. Hasta que un día regresó aquel hombre al que ya no esperaban, después de abandonar a su mujer y dos hijas, presa de un extraño mal al que todos se referían como "aquel problema". Nunca habían tenido un contacto muy directo con su familia, así que resultaba difícil saber qué había de cierto en todo aquello.

El invierno pasó sin sobresaltos mientras los jóvenes se hacían menos jóvenes y los mayores asistían al paso de los días con los cuidados habituales por las cosas de la casa y la familia. Todos acudían alguna vez a la galería, repartiéndose la tarea de hacerle compañía como un pequeño sacrificio compartido de buenas maneras por todos. Para ella lo era en un sentido más literal. Había conseguido verter al papel los propios sentimientos hasta entonces escondidos. Nacían casi violentamente y hasta la misma forma de expresarlos le resultaba extraña, casi ajena, pero liberadora. Y resultaban ser todo lo contrario de lo que acostumbraba a vivir o escuchar. Aquellas íntimas vivencias, lejos de quedar en relegadas a su intimidad, habían invadido su atmósfera familiar, otrora agradable, convirtiéndola en algo sólo soportable.

Un día abrió el misal por las últimas páginas con cierta sensación febril en las manos y el corazón en un puro galope. Aquel poema era su peor pesadilla pero la atracción que ejercía se hacía notar ya no con los días sino con las horas. Solía terminar la lectura en aquellos versos procaces, sin atreverse a continuar, confundida como una cría por la atracción que habían despertado. No se reconocía. Pero volvía a beber de aquel pozo prohibido cada día, víctima de una vergüenza insuperable y de una sed más fuerte que la propia vergüenza. ¿Era aquel hombre de figura fugitiva y extraviada quien había escrito aquello? Lo que más la inquietaba era que comenzaba a preguntarse el por qué.

Aquel Domingo en que todos habían salido para una celebración de la que había conseguido liberarse alegando una fuerte jaqueca, Alina se presentó en casa inopinadamente. Para su decepción, sólo se trataba de recoger algo que creía haber dejado en la galería durante su última sesión de limpieza. Mantuvieran una conversación intrascendente mientras la mujer recogía un par de llaves diminutas y ya cuando se despedían escuchó un "ha vuelto" que apenas entendió porque Alina solía dar aquel tipo de noticias apenas mirándola y no esperaba nunca respuesta. De vuelta a la galería no pudo evitar dirigir la mirada hacia aquel rincón del puente. Le reconoció inmediatamente, aunque alguien se había cuidado de proporcionarle ropa nueva y un sombrero que había colocado de forma un tanto estrafalaria.

Se había sentado donde siempre lo hacía, y apoyado la cabeza en el frio metal de la farola sin reparar en el sombrero, que se vino al suelo. Lo recogió con un gesto cansino y extrajo una libreta idéntica a la que ella tenía. La sensación de tener algo que no era suyo invadió entonces a la mujer. Se puso en pie, decidida. La tarde amenazaba lluvia, lo cual le permitió tomar un viejo paraguas que quizás consiguiera hacerla invisible. Se compuso mínimamente ante el espejo y salió de la casa asombrada de su propio atrevimiento. Abrió el paraguas sin preocuparse de que el suelo estaba absolutamente seco y anduvo la escasa distancia que la separaba del puente. Se paró ante él, que la miró con un gesto asombrado mientras tomaba el sombrero como intentando protegerse y se levantaba de su improvisado asiento cruzando las manos ante sí con un gesto azorado.

- He de pedirle disculpas. Creo que tengo algo suyo, aunque lo cierto es que creí que estaba abandonado.

Hizo ademán de entregarle la libreta pero él negó con las manos.

- Todas las cosas lo están, aunque a veces nos creamos sus dueños.

La respuesta llegó sin hacerse esperar. Tenía una voz ronca y hablaba con lentitud, como contando las palabras. Enseguida preguntó.

- ¿Lo ha leído?

- En su mayor parte.

Observó una sonrisa triste en aquel rostro extraño, como varado en un momento de un pasado-futuro.

- Tiene usted miedo de las palabras.

Ella comenzó a caminar despacio, invitándolo a seguirla. Hubo de esperar hasta que llegó a su altura.

- ¿Hace mucho que escribe usted esas poesías?

- ¿Tiene usted miedo de las palabras?

- Si. Las palabras habitan en uno. No se dice lo que no se ha pensado antes. ¿Piensa usted a fondo en todas las cosas que escribe?

- Las palabras son un mensaje del pensamiento o del corazón. Pero no siempre aciertan a entender lo que el pensamiento o el corazón dicen realmente. La mayoría de las veces las palabras no dicen nada porque no han entendido nada. Otras veces dicen cosas que sólo sirven para arreglarse la ropa o para castigar al perro desobediente. Entonces son inútiles. Sería mejor callar.

- La vida es muchas veces las pequeñas cosas que no sirven de nada, ¿no le parece?

- La vida es un llanto inútil o un deseo inútil.

Se paró y lo miró directamente. Él la miró un segundo y luego dejó vagar la mirada sobre su cabeza con una expresión extraviada.

- Y esos versos tan ... ¿de dónde nacen?

- No puedo contestarle. Usted teme a las palabras y yo no quiero causarle temor.

Seguía mirando al aire por encima de su cabeza, en una y otra dirección. Debía de ser un síntoma de "aquel problema". Trató de fijar aquellos rasgos en la memoria, pero en cuanto apartaba la vista le resultaba extremadamente difícil recordarlos. Se despidió con la sensación de haber atravesado una puerta que no debía haber abierto, desasosegada e incluso ligeramente atemorizada.

- Le agradezco el presente y la compañía, y espero que se mejore usted.

Lamentó su falta de discreción en cuanto hubo liberado aquella frase imprudente, pero él no se inmutó.

- Yo estoy bien. Adiós.

Volvió por sus pasos y cuando cruzó el puente dirigió la mirada hacia la silueta alargada, apenas unos segundos. Había vuelto a colocarse el sombrero cubriendo sólo la parte posterior de la cabeza, lo cual le daba un aire absolutamente extraño. Estaba de cara al rio, lánguido como un ciprés y con la vista fija en sus zapatos. No volvió a verlo.

La vida tomó un ritmo vertiginoso y los años la llevaron a la resignación de quien sabe que no queda nada más que esperar. Los acontecimientos, buenos o malos, marcaban el devenir natural de las cosas, sin que llegaran a incomodarla más de lo que habría podido hacerlo un viento molesto. Tenía la sensación de haber vivido todo cuanto merecía la pena hacía ya mucho tiempo. Cuanto pudiera pasar ahora eran puros eventos que apenas llegaba a recordar con el paso de los días.

Vivía de las letras que nadie leía y de los recuerdos que nadie compartía. Eran su mundo aparte, como aquella galería que acusaba el paso de las estaciones sin recibir atención de nadie. Hubo de cambiar su rincón favorito por otro algo más alejado. Las grietas de la madera dejaban pasar el frio aire de Enero y aullaban en los días ventosos del otoño o la primavera, pero nada conseguía apartarla de aquel rincón donde era reina y señora.

Aquel bloque de granito, extrañamente descabalgado del resto de la estructura del puente, sólo era reposo ocasional de niños y viejos, menos formales que toda aquella gente de bien, enfundada en sus rígidos trajes, sus bombines y sus vestidos de amplios vuelos. Continuó con la vigilancia de aquel insignificante rincón día tras día, sin saber muy bien qué esperaba. Fuera lo que fuera, nunca llegó.

La casa comenzó a quedar vacía y sólo recibía la visita ocasional de alguna mujer que casi le resultaba desconocida, normalmente acompañada de algún crío más o menos ruidoso. Alguien no se atrevía ya a acudir a la casa ruinosa y dejaba su mensaje de recuerdo por medio de aquella presencia que a ella le resultaba siempre extraña. No permitió que nadie tocara aquellos muros vetustos ni la galería, batida ya por los vientos y la lluvia, que aprovechaban cada resquicio para adueñarse de aquel pequeño reino.

Al final de sus días hubo de retirarse al interior renunciando por fin a su vigilia diaria. Poco después la casa quedó completa y definitivamente vacía. Nadie quiso acordarse de ella una vez su huesped hubo desaparecido. Las grietas abrieron la madera con la complicidad del aire y el sol y las piedras lanzadas por los crios, ajenos a una historia lejana e irremediablemente desconocida, acabaron con la suciedad de los cristales de forma rápida y expeditiva. Apenas quedan hoy sus restos llenos de polvo petrificado.

2 comentarios:

xenevra dijo...

creu que se lle rompía algo dentro mais o que acontecía era que se estaba a abrir unha porta, a porta das palabras, dos sentimentos libres, da mirada, dos ruídos. Unha porta que acabou de abrirse definitivamente tras as follas dun xornal que escupían á cara unha verdade en certo modo ansiada; unha verdade que a convertía nunha muller libre, por fin. Libre del, dela, dos fillos. Libre para vivir "en un mundo de sueños de palabras, o de palabras de sueños" semiocultando o seu novo ser nunha galería ou tras un paraugas. Libre para non temer as palabras, nin as súas nin as alleas. Libre para vivir as pequenas cousas nun ritmo vertixinoso e reinar dende unha galería o mundo enteiro dos sentimentos.
Voy a mundo apartado
de caminos vacíos y hiedras moribundas
Habito en mis secretos y no pregunto nada
porque saber no es nunca lo mismo que saberse.

As palabras son un don que tes para aprehender o mundo e aprenderte... e así saberte!!!

Xesca dijo...

Tal vez un@ opte por continuar viviendo, seguir adelante e ir guardando entre los pliegues de la ropa, las arrugas de la piel o las patas de gallo todo aquello que podía haber sido algo más pero que no pasó de ahí y se quedó tan sólo para matar el hambre de las horas muertas.

Todos tenemos o queremos esas pequeñas cosas que nos dan suficiente para continuar.