21 de abril de 2009

Ausente


Quizás alguien lleva cuenta allá arriba de mis deudas, aunque no recuerdo haber dejado nada a deber. Puede que sea un tipo de mente endurecida por miles de razones. A lo mejor no puede evitar endurecerse después de ver todo lo que ve. Es lo que tiene poder verlo todo.

Ayer se me ocurrió pensar que quizás he vivido muchas vidas diferentes, porque no me reconozco en todas las personas que he sido. Me veo de moza, con las trenzas recogidas, de la mano de mi padre, orgulloso él. Más tarde de joven, del brazo de aquella amiga a la que después perdí de vista, y casi inmediatamente, casada. Creo que después del parto algo se rompió dentro, no sé muy bien donde, pero sí que algo se rompió, porque de pronto empecé a verlo todo diferente.

Un día dejé de contarle mis pecados al cura aquel, recién llegado de la capital, y comencé a despachar mi rutina de confesionario con tres o cuatro comentarios que eran iguales todos los meses. Creo que se dio cuenta, pero no dijo nada. Tuve tres hijos más, sólo una niña. La última. Y siempre aquella sensación de que algo se estaba perdiendo. Sentía una especie de ruido interior, más a más insistente, muy parecido al que hace el agua cuando se precipita por la tubería del lavabo.

Llegó un momento en que dejé de hacerme preguntas y el ruido cesó. Pero dio paso a una sensación mucho más molesta porque ya no dependía de mis mundos interiores, sino que estaba por la casa adelante. En las esquinas, tras los espejos, dentro de los armarios. Fue un día cálido de verano, después de una tormenta que descargó durante buena parte de la tarde y estuvo aún de noche rondando los montes, como un desheredado que ha sido expulsado de casa y se resiste a abandonar los propios caminos. A la luz de un relámpago lejano, y cuando ya el día comenzaba a declinar, me di cuenta de que estaba sola. No sola físicamente, porque a eso hacía mucho tiempo que me había acostumbrado. Sola en el mundo, en la vida. Sola a pesar de todos cuantos me rodeaban que nunca eran pocos. Y no por culpa suya, ni siquiera por culpa mía. No fue un descubrimiento doloroso. Sólo sorpresivo. Como cuando abres el grifo para mojar las manos, con ese gesto casi instintivo, y no sale nada.

Un día abandoné mis costuras eternas sin ninguna razón. Las miré durante un rato como si fueran a decirme algo, pero permanecieron perfectamente indiferentes. Después arrastré la silla que papá había adaptado a mi escasa estatura y la situé junto a la puerta acristalada que ya nunca daba paso al balcón. Oí claramente mis pasos y la protesta infantil de la madera al recorrer las tablas enceradas del suelo. Abrí la contraventana, miré los ovillos de lana, la cinta métrica mostrando la numeración ya desgastada de tanto uso, y me senté. Por primera vez me fijé realmente en el puente y el arroyo que pasaba por debajo, al lado de la casona, tras aquella higuera que parecía llevar allí toda la vida. Y sencillamente me acostumbré a aquel lugar. La silla baja, los cristales, las volutas pintadas de la balaustrada metálica del balcón, y más abajo la casona, el puente y el arroyo.

Después de aquello sólo recuerdo un desfile de críos y mujeres y hombres que apenas se paraban a probar el vino, decían un par de frases tópicas sin esperar respuesta y ya no volvían a dirigirte la palabra hasta que se despedían, lo cual ocurría siempre pronto. A veces me pregunto si yo misma causé ese estado de cosas, con mis silencios y mis presencias apenas perceptibles, aunque no recuerdo haber tomado esa decisión. En realidad me da igual. No es algo que me haya molestado nunca.

Estos últimos días me ha dado por recordar. Por pasar las páginas de la vida que recuerdo. Y he comprobado que he tenido una vida extrañamente tranquila. Lo que se dice una vida muy normal. He sido una niña, una joven, una madre y después una dama de compañía que raramente salía de casa. Sólo recibía a las amigas y las dejaba hablar, que es lo único que querían. Es extraño, quizás, pero no recuerdo que nadie haya intentado nunca convencerme de que mi manera de vivir era equivocada. Unos y otros hablaban a mi alrededor, reían, gritaban y cantaban en las celebraciones. Después se iban. Yo no preguntaba a dónde y ellos no sentían la necesidad de decirlo. Quizás yo misma les impuse esa norma. No sé decir cómo.

Estaba enfermo. Volvía a casa. Eso decía la carta que me llegó desde el mar un día en que la lluvia permanecía colgada de la baranda del balcón, escurriéndose lentamente por los conos cristalinos del hielo, como si temiera hacerse daño al caer. Aquel día me pregunté cuál era la diferencia entre estar vivo, estar enfermo y estar muerto. Aquel gélido día me convertí en una apasionada víctima de la filosofía y deambulé por la casa adelante preguntándome qué era ser y qué estar. Y cuando duraba. Y con quien había que ser y con quien estar. No averigué nada y tampoco dormí. Cuando me senté en mi reino ante los cristales, rompía el día, pero aún la apática farola alumbraba pálidamente la piel rugosa y fría de la higuera eterna.

Lo metieron en casa en una camilla. Tenía la piel amarilla y los labios extrañamente blancos, casi translúcidos. Mientras los dos camilleros lo introducían en la cama noté un olor dulzón flotando en el ambiente, marcando el escaso camino recorrido entre la puerta y la habitación. Cuando me coloqué a los pies de la cama, me miró unos instantes y luego cerró los ojos. No dijo nada. Uno de los enfermeros me informó sobre lo que debía comer, con una expresión ausente en la mirada, mientras miraba el reloj. Esa noche olvidé darle la cena, irremediablemente absorta en mis cavilaciones.

Al día siguiente llegó mi hija y dijo que se quedaría a cuidarlo. Pregunté no sé qué de su trabajo sin mucho convencimiento. Ella explicó brevemente algo sobre pensiones, dijo que nos arreglaríamos y dio el tema por agotado. No entendí su declaración. Entendí mucho mejor su mirada huidiza y luego me creció por dentro algo que pugnaba por salir de una especie de cautiverio. Eran sólo palabras. Pero callé. Mientras ella recorría la casa mil veces haciendo una pregunta de vez en cuando, yo volví a la silla que ocupaba ante los cristales y supe con quien había que ser y estar.

La casa se llenó de gente cuando murió. Había tanta que decidí darme un paseo por el huerto que cuidaba mi vecina y que solía ser una especie de dispensario del que podía esperarse cualquier cosa, desde un hermoso repollo hasta un ramo de flores. Por alguna razón supe que era el día indicado para agradecérselo. Hubo un velorio incluso más concurrido, donde se vaciaron muchas botellas de vino dulce y se sancionaron públicamente las virtudes del finado antes de dar paso a los pasteles y las galletas de chocolate. Me dijeron que cuando la discusión pasó al tema político y los ánimos empezaron a exaltarse, alguien de la familia elevó la voz dando fin a la reunión y la concurrencia se evaporó. Los pocos con los que me crucé en las escaleras apenas se despidieron con una mirada. Tenían los ojos enrojecidos, pero se habían olvidado de como se llora.

Ella se ha quedado. La pensión que era antes apenas suficiente ahora nos da más que de sobra para las dos. Por las mañanas hace las compras, asea la casa un poco y después hace algo de comer. A eso de las diez, me peina mojando el peine de carey en una pequeña palangana y me sujeta el pelo en un moño pequeño. Después me ayuda a desplazarme hasta mi trono ante la cristalera. Desde allí veo pasar el agua del arroyo, y recuerdo. Muchas veces sin querer. Es como si los recuerdos acudieran a una cita previamente programada. Desfilan con tranquilidad. Como ha sido mi vida. Tranquila. Aunque a veces, cuando el agua pasa turbia bajo el puente por culpa de las lluvias interminables, tengo una impresión extraña. Por un instante se me antoja que quizás mi vida no era exactamente mía. Quizás me he limitado a vivir trocitos innumerables de otras vidas. Las de los demás.

4 comentarios:

Andrea dijo...

.... un texto maravilloso ( al que nos acostumbras fatalmente) rico en matices, en veladuras...
Se adivina, se dice sin decir.
Me dejas cualquier resto de imaginación trepando por las paredes, siendo alguno de mis yo en alguna de mis vidas....

( porque a diferencia de otrossss: soy de tó pero no una "preguiceira" :o ...ejem)

Mi beso...en la frente :P
A:

MGJuárez dijo...

Felicidades nuevamente. Muchas han sido las mujeres que al final de sus vidas, aparecen tras una cristalera como observadoras de otro mundo, de uno al cual han pertenecido y que ahora no pueden evitar ver como ajeno. Tu texto se desliza por varias vidas, como ese lluvia que levemente lo inunda todo. Vidas sin ruido,vidas interminables.

AbraçadesMontse.

Rosg dijo...

Tengo la impresion de haber comentado ya esta historia, pero creo que no ha sido aqui. He vuelto a leerla por que la primera vez me conmovió mucho.

Lo que cuentas tan bien (sabes lo que puede sentir una mujer en esa situacion) les ha pasado a muchas mujeres de otras generaciones no lejanas. Sobre todo, pero no solo, en aldeas y pueblos.

Y lo mas terrible de sus vidas seguramente es el silencio. Ese silencio resignado ante su invisibilidad para los demás.

Mas bicos y musus.

Paloma dijo...

Qué manera de recorrer por dentro y por fuera tan admirable, Quino!!
Cuánta empatía y cuánta dulzura en tu mirada..

Respetuosamente,
Paloma