16 de marzo de 2010

Las hojas muertas (I)

En contra de todo cuanto me había propuesto, me detuve. Corría un vientecillo frío que había secuestrado las vidas en las casas, coquetas y bajitas, con algunas muestras de cansancio en los tejados y en las ventanas de madera, agrietadas ya por el acoso constante del sol y la lluvia. Contraviniendo aún más el propósito pacificador de aquel paseo, miré hacia la puerta. Todo seguía en su sitio. El llamador de bronce, con su pátina azulada y el gesto abatido de los malos días. La lámpara que habíamos traído de casa de la abuela muerta, con su eterno lamento de metal. Los adornos de estaño sobre la policromía del cristal. Las volutas metálicas de la barandilla, los pomos dorados de la verja...


Los casi seiscientos kilómetros que había recorrido parecían ahora un inútil recuerdo. Una de esas cosas que se anotan en algún sitio sin saber bien por qué y luego se olvidan sin que ni siquiera la voluntad tenga necesidad de intervenir. Cuarenta y cuatro años. Media vida. Caminé hacia la casa sin prestar atención a una señal de alarma que surgió entre las ramas de los plátanos, agitados de repente por una mano enorme e invisible. Salió un hombre mayor de la casa contigua, al que no reconocí. Recogió un periódico del alféizar de la ventana, y sin dejar de mirar, con ese descaro de los viejos que se parece mucho a la burla, volvió al interior de su cubil.


A medida que atravesaba la calle, las alas del tejado iban ampliando la perspectiva, dándole a lo que había sido un hogar el aspecto de un abrazo no deseado. Parecía mucho más grande de lo que realmente era. La verja chirrió desabrida, como era de esperar. La pulida superficie de las escaleras había saltado aquí y allá, como expulsada de su insignificante quietud por miles de tempestades. Ante la puerta, la hojarasca danzaba siguiendo los mandatos de un viento creciente. Habían colocado un timbre bajo el marco. Apenas un pequeño resalte negro sobre una placa de plástico de aspecto sucio y ordinario. Al presionarlo, con cierta sensación de desamparo, se produjo un rumor muy lejano que no tenía nada que ver con los recuerdos que se agolpaban en la memoria. Las hojas continuaban en su loca carrera hacia las esquinas, y de allí salían después despedidas hacia mis pies, como pidiendo un poco de cariño. Nadie abrió. La puerta tampoco cedió a la leve presión de la mano, torpe y dubitativa.


Apoyada contra la pared, en el ángulo que formaban las escaleras con la fachada de la casa, una manguera que había sido verde esperaba el paso de los años para encontrar refugio en la tierra, renegrida y abierta por miles de heridas que no habían conseguido poner fin a su extraña verticalidad. El sendero bordeaba el contorno de la casa, apenas visible ya por el mundo vegetal que había recuperado sus viejas posesiones. Al doblar la esquina, nació la silueta de la balconada frente al sauce, ahora indolentemente desnudo. Ecos de risas en la memoria, de carreras por la hierba fresca de la primavera y luego el recuerdo helado de una mirada azul y despiadada.


Las ventanas de la planta baja permanecían cerradas, con las contraventanas bien aseguradas y la pintura de los marcos acusando el paso de las horas. En la parte de atrás, el pozo parecía haber sucumbido a la invasión de las enredaderas hacía mucho ya, lo mismo que los bancos de madera, desplazados de su lugar habitual seguramente por la chavalada del lugar. Tras los muros, la calle recorrida por el silencio y la soledad. Los últimos rastros de los juegos infantiles parecían haber desaparecido tiempo atrás. La puerta trasera resistía bien el paso del tiempo. Superados los cinco escalones sucios e impersonales, introduje la mano en el bolsillo interior de la gabardina y extraje la llave, grande y oscura. En seguida recordé el olor de las manos de Anuncia, que solía encargarme de cerrarla en las noches de invierno. Cuando se olvidaba de perfumarse olía a caldo, a verduras frescas y a carbón. La cerradura cedió sin esfuerzos. No así la puerta, que parecía encajada en el marco irremediablemente, hasta que al levantarla levemente franqueó el paso a regañadientes.

(continuará)

5 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

Entraste en la casa con retraso, en relación con los recuerdos.

DW dijo...

Siendo honestos, es un cuento construido, como dice esa expresión norteamericana, "by the book". ¿Dónde está la propuesta, la impronta aunque sea imitativa, de un autor emergente?
Te digo qué cosas me parecieron clichés, redundantes y ya escritas mejor y hace mucho más tiempo:
1.- Descripción sobre acción: Está bien, algunos cuentos son necesariamente descriptivos por la atmósfera o el punto de vista del personaje principal; sin embargo, eso no explica el porqué debe suceder tan poco dentro del cuento. Recuerda a Poe, Quiroga, Borges, Monterrosso: todos encontraron en el cuento la unidad perfecta entre lo que debe decirse y lo que debe hacerse. Aquí, se dice mucho, pero poco en realidad acontece.
2.- Vocabulario: "Hojarasca", "alfeízar" y no sé cuantas otras palabras que ya no se usan, excepto para escribir como se escribía en los 50. Digamos, más bien, "montón de hojas" o "baranda", es más natural, más honesto y más verídico. A estas alturas, encontrar a alguien que diga tener un alfeízar en su casa en una conversación diaria es complicado.
3.- Longitud: Si bien el cuento es bastante breve, esto no está bien aprovechado. Es demasiado evidente el acto verbal de "no querer decir" de qué se trata todo el asunto. Como lector, se ve como un acto egoísta y mezquino, como una historia que se desea contar y censurar a la vez, sin dar ni dejar nada a cambio. A mi gusto, una mayor longitud, un mayor desarrollo y, por Dios, una acción coherente y consistente, alivianada por un vocabulario menos barroco, le habría hecho a este cuento un gran favor.
De 1 a 10, es un 5, pero hey, fue un gusto leerlo. Siéntete libre de leer mis propias creaciones y darme tus aportes en www.cuentosblancos.blogspot.com
Saludos.

Isabel Martínez dijo...

Discrepo absolutamente del comentario anterior:

1.- Se le ven trazas de relato y, de hecho, pone un "continuará" al final. El "tempo" narrativo no es igual en un cuento que en un relato. Un cuento coge un fogonazo, lo plasma y se cierra. Un relato es una especie de mini novela, con pocas situaciones y pocos personajes. Claro que esto es sólo mi opinión, lo que para mí es uno y otro, sin basarme en distinciones de manual.
Por otra parte, lo que le molesta al comentarista anterior es lo que a mí más me gusta: esa morosidad en la descripción, ese mimo en las frases (algunas realmente sublimes en técnica literaria), ese suspense que se crea por el transcurrir lento.

2.- Desde mi óptica, ninguna de las palabras que has usado las veo obsoletas. Al contrario, todas andan vivitas y coleando y demuestran tu riqueza de vocabulario, por la que te felicito.

3.- En cuanto a la longitud, ya anuncias claramente que continuará.

Cuando concluya, podré darte una opinión más formada
De momento, decirte que me ha gustado mucho este inicio, que me dejas a la espera, con ganas de seguir.

Mi enhorabuena.

Xocas dijo...

Estimado DW:

Como no alcanzo ni a una mínima altura de esas excelsas plumas que citas, no dudo en que podrás tener razón. Con todo, he de hacer en mi defensa las siguientes puntualizaciones, si bien no voy a hacer de ello una costumbre:

1. No me siento obligado por las modas ni las tendencias, mucho menos por las americanas. Las lenguas están siendo reducidas a una mínima expresión, pacata y usurera. Niego que la hojarasca sea un "montón de hojas" y desde luego jamás tendrá un alféizar nada que ver con una baranda.
2. Perdidos en el funesto hábito de contemplar simples acontecimientos, se está perdiendo la costumbre de leer con atención. Y leer sin atención no es leer. De hecho, se te ha despistado un número romano al lado del título que quizás explique algunas de tus observaciones. En todo caso, creo que debe haber una diferencia entre la literatura y las series de televisión, incluidas las buenas, que las hay.
3. Implícito en lo anterior está el hecho de que el texto está inacabado. Cierto que suelo olvidarme de colocar el aconsejable "continuará", pero la prudencia aconseja cerciorarse antes de utilizar cierto tipo de adjetivos que resultan (innecesariamente)poco amistosos.

Dicho sea todo esto con la mayor de las cordialidades, reconociendo tu derecho a criticar lo que lees, incluso duramente. En realidad, ni se me pasaba por la imaginación que pudiera ser objeto algún día de tanta dureza. Casi resulta halagador.

Un saludo.

xenevra dijo...

Y pasearé estos lugares enganchada a los olores de los verdes, de los recuerdos de antaño. Resuena el chirriar de la puerta mientras vuelvo para recorrer el sendero y asgeurarme que nada he olvidado, ni siquiera el periódico en el alfeizarde la ventana.
Es un gusto dejarse llevar de tu mano. Pintas los cuadros con una sensibilidad que reborda cualquier letra y avanza hacia el camino de le literatura.

Vamos, que a mí me encantan tus escritos, tus descripciones. No me prives de ellas.